Un pandano adulto se sostiene sobre un cono de raíces que arrancan del tronco a medio metro del suelo, como si el árbol estuviera montado sobre zancos. Esas raíces no son un adorno: son las que sujetan la planta en arenales de playa donde el sustrato se mueve con cada temporal. Y son también lo primero que se estropea cuando alguien trasplanta un pandano como si fuera un ficus.

Pandano es el nombre común de varias especies del género Pandanus, familia Pandanaceae, originarias de las costas tropicales del Índico y el Pacífico. En España se cultivan casi siempre en maceta, dentro de casa, y solo en Canarias y en algunos puntos muy abrigados del litoral sur y sureste pueden vivir al aire libre todo el año.

Ejemplar de Pandanus utilis con sus raíces zancudas visibles

No es una palmera, ni un pino, ni un árbol en sentido estricto

El pandano es una monocotiledónea, como las palmeras, los plátanos o el bambú. Eso significa que no tiene cámbium y no engorda el tronco añadiendo anillos de madera año tras año: el diámetro que consigue de joven es prácticamente el que tendrá siempre. De ahí se derivan varias consecuencias prácticas que conviene tener claras antes de comprar uno.

La primera es que las heridas del tronco no cicatrizan como en un árbol leñoso; se quedan ahí, se secan y en ambientes húmedos se pudren. La segunda es que el crecimiento sale de un único ápice en cada eje. Un ejemplar joven de un solo tallo al que se le corta la punta no rebrota por ese eje: como mucho emite hijuelos desde la base. Con los años, y a menudo tras la floración, sí se ramifica de forma dicótoma y acaba formando esa copa en candelabro tan reconocible, pero eso ocurre en ejemplares grandes plantados en suelo, no en el que tienes en el salón.

El nombre inglés, screw pine, viene de la disposición de las hojas: nacen en tres hélices que recorren el tallo, y al mirarlo desde arriba se ve el giro con claridad. Las hojas son largas, acintadas, envainadoras, y en la mayoría de las especies llevan espinas curvas en los bordes y en el envés del nervio central. Son espinas de verdad, que enganchan y arañan. Si hay niños pequeños o el sitio elegido está en un pasillo, elige otra planta o elige una de las especies inermes.

Las especies que vas a encontrar en un vivero español

Pandanus veitchii es la más habitual como planta de interior. Se considera una forma variegada de Pandanus tectorius, con hojas verdes recorridas por bandas blancas o crema en los márgenes. En maceta se queda en 1 a 1,5 m de alto y otro tanto de ancho, y produce hijuelos basales con facilidad. Tiene espinas finas pero muy eficaces.

Pandanus utilis, el pandano de Madagascar, es el que se planta en jardines de Canarias y en algunos paseos marítimos. Hojas de un verde azulado con el margen espinoso rojizo, muy rígidas, y un porte que en suelo alcanza sin problema los 6 u 8 m, con raíces zancudas espectaculares. Es la especie más resistente al viento salino de las tres.

Pandanus tectorius es la especie silvestre de las playas del Pacífico, la que produce esos frutos globosos que parecen piñas tropicales. Aguanta la arena, la salinidad del suelo y la salpicadura marina como pocas plantas, lo que la hace interesante en primera línea de costa donde el clima lo permite.

Y luego está Pandanus baptistii, sin espinas y con hojas rayadas de amarillo, que resuelve el problema de los arañazos a cambio de ser algo más delicada con el frío.

El pandan de cocina es otra especie distinta

Quien haya probado un pastel tailandés verde o un arroz aromatizado del sudeste asiático puede pensar que ese aroma sale de cualquier pandano. No es así. La planta aromática es Pandanus amaryllifolius, una especie pequeña, de hojas blandas, sin espinas, que no forma tronco alto y que no se conoce en estado silvestre: se cultiva solo por hijuelos porque no fructifica. El aroma se debe a la 2-acetil-1-pirrolina, el mismo compuesto que da olor al arroz basmati recién hecho, y se libera al machacar o cocer la hoja.

Las hojas de P. veitchii o P. utilis no huelen a nada parecido. Si buscas la planta para cocinar, mira la etiqueta: si la hoja tiene espinas en el borde, no es la que quieres. En España se consigue P. amaryllifolius en viveros especializados y en tiendas de producto asiático, y se cultiva igual que el resto del género pero con más humedad y algo menos de luz directa.

Luz: mucha, y sin trampas

El pandano quiere luz abundante todo el año. En interior, junto a una ventana orientada al sur o al este, incluso con algo de sol directo por la mañana. Detrás de un cristal el sol de mediodía en julio sí puede quemar las hojas de las formas variegadas, así que en verano conviene un visillo en las horas centrales; el resto del año, cuanta más luz, mejor.

Colocado en un rincón oscuro pasan dos cosas y ninguna tiene arreglo rápido: las hojas nuevas salen alargadas, blandas y separadas entre sí, y las bandas blancas o crema se van perdiendo porque la planta prioriza tejido verde con clorofila. Cuando se recupera la luz, las hojas viejas ya deformadas no vuelven a ponerse bonitas; hay que esperar a que se renueve la corona entera, y eso lleva un par de años.

Al aire libre en Canarias o en la costa de Málaga, Almería o Murcia, admite pleno sol una vez aclimatado, siempre que el paso de la sombra al sol se haga de forma gradual a lo largo de unas semanas.

Temperatura: el límite está más arriba de lo que parece

Es una planta estrictamente tropical. Por debajo de 10 °C empieza a sufrir, con manchas pardas y hojas que se ablandan, y una helada, por ligera que sea, la mata o le arrasa la corona. Para tenerla dentro de casa el rango cómodo va de 18 a 28 °C, y en invierno no conviene bajar de 13-15 °C, sobre todo en P. veitchii y P. baptistii.

Esto descarta el jardín al aire libre en el interior peninsular y en toda la mitad norte. En Madrid, Zaragoza o Valladolid un pandano plantado en el suelo no pasa del primer invierno. En la costa mediterránea sur y en Canarias sí, con la precaución de buscar un rincón resguardado del viento seco de poniente o del terral.

Cuidado también con la corriente fría de una ventana abierta en enero y con el aire directo del aparato de climatización: seca las puntas de las hojas en cuestión de días y deja unos ápices marrones que ya no se recuperan.

Riego y sustrato: drenaje antes que nada

Viene de arenales costeros, no de turberas. El sustrato tiene que drenar rápido: dos partes de sustrato universal de calidad o fibra de coco, una parte de arena gruesa de río lavada o perlita, y un puñado de corteza de pino fina si quieres airearlo más. Sirve también un sustrato comercial para palmeras. El pH ideal ronda el neutro o ligeramente ácido.

El riego se ajusta por tacto, no por calendario: de mayo a septiembre, cuando los tres o cuatro centímetros superiores del sustrato estén secos; de noviembre a febrero, bastante menos, dejando que se seque más de medio cepellón entre riegos. Riega hasta que salga agua por los agujeros y vacía el plato a los diez minutos. Un pandano con el plato permanentemente lleno acaba con las raíces basales blandas y con la base del tallo hueca; para cuando la corona se vence, la planta ya no tiene salvación.

El agua muy dura deja sales que se acumulan en el sustrato y queman los ápices foliares. En zonas de agua calcárea conviene alternar con agua de lluvia y, una vez al año, hacer un riego largo y abundante que lave el cepellón por completo.

Sobre la humedad ambiental: agradece un ambiente húmedo, pero en un piso con calefacción lo eficaz no es pulverizar la hoja —el efecto dura minutos— sino poner la maceta sobre un lecho de arcilla expandida con agua que no toque el fondo del tiesto, o agrupar plantas para crear un microclima.

Abonado

De abril a septiembre, un abono líquido para plantas verdes cada dos o tres semanas, a la mitad de la dosis que indique el envase. Es una planta de crecimiento moderado y el exceso de nitrógeno le hace lo mismo que a cualquier otra: hojas grandes y blandas, más sensibles a la cochinilla, y en las variegadas un dibujo más apagado. En otoño e invierno, nada. Si prefieres no acordarte, un abono de liberación lenta en primavera cubre la temporada.

Trasplante sin destrozar las raíces zancudas

Aquí es donde se arruina un pandano de interior en una tarde. Las raíces zancudas son raíces adventicias que brotan del tallo por encima del sustrato, se dirigen hacia abajo y, cuando llegan a tierra, se anclan y empiezan a sostener la planta. En un ejemplar sano son un mecanismo de sujeción y de absorción, no una anomalía.

Lo que no hay que hacer con ellas: cortarlas porque afean, doblarlas para meterlas en la maceta, o enterrar el tronco más hondo para taparlas. Enterrar el cuello del tallo es la vía directa a la pudrición basal. Lo correcto es trasplantar a un tiesto más ancho y algo más alto, dejando que las raíces aéreas queden por fuera y añadiendo sustrato solo hasta donde estaba antes, y si alguna raíz zancuda queda en el aire sin llegar a tierra, se deja en paz: ya llegará.

La época es la primavera, cada dos o tres años mientras la planta sea joven, y después solo cuando el cepellón esté completamente colonizado. Sube un solo número de maceta cada vez. Y ponte guantes gruesos y manga larga: manipular un P. veitchii adulto sin protección es garantía de arañazos en los antebrazos.

Hojas variegadas de Pandanus veitchii con el margen espinoso

Poda y multiplicación

Poda, casi ninguna. Se limitan a retirarse las hojas secas o muy dañadas, cortándolas a ras de la vaina con una tijera desinfectada y tirando con cuidado, porque la vaina abraza el tallo y un tirón brusco arranca corteza. No se despunta, no se recorta la altura y no se "iguala" la copa.

Para multiplicarlo, lo práctico son los hijuelos basales. Cuando un hijuelo alcanza unos 20 cm y ha emitido dos o tres raicillas propias, se separa con un corte limpio en primavera o principios de verano, se deja cicatrizar la herida unas horas al aire y se planta en una mezcla muy arenosa, con calor de fondo (22-25 °C) y humedad ambiental alta. Enraiza en cuatro a ocho semanas.

Por semilla es posible con las especies que fructifican, pero el género es dioico: hacen falta pies masculinos y femeninos para obtener semilla viable, y la germinación es lenta y desigual. Para el aficionado no compensa.

Problemas frecuentes

Cochinilla algodonosa. Se instala en las axilas de las hojas, justo donde la vaina abraza el tallo, que es el sitio más incómodo de tratar y el que menos se mira. Se detecta por unas motas algodonosas blancas y por la melaza pegajosa que gotea. Tratamiento con aceite de parafina o jabón potásico, insistiendo en las axilas con un pincel, y repetición a los diez días.

Araña roja. Aparece con aire seco y calefacción, sobre todo en el envés. Punteado amarillento y, en ataques avanzados, telilla fina. Subir la humedad ambiental y tratar con acaricida específico o con azufre mojable si la planta está fuera.

Puntas marrones. Casi siempre aire seco, corriente de climatización o acumulación de sales de riego. Recórtalas siguiendo el perfil de la hoja si te molestan, pero corrige la causa o volverán.

Hojas amarillas desde la base. Si son las viejas de abajo y se van cayendo de una en una, es la renovación normal de la corona. Si amarillean muchas a la vez y el sustrato está permanentemente húmedo, revisa el drenaje y el plato.

Usos tradicionales de una planta que da mucho más que hoja

En Polinesia y Micronesia el pandano ha sido durante siglos una de las plantas más aprovechadas del entorno costero. Las hojas de P. tectorius, despojadas de espinas, secadas y ablandadas, se trenzan para hacer esteras, velas, sombreros y cestería —el lauhala hawaiano— y se usan para techar. Los frutos, unos sincarpos naranjas formados por decenas de drupas fibrosas, se consumen tradicionalmente cocidos o asados y son un alimento importante en atolones donde poco más crece sobre la arena. Las fibras de P. utilis se emplean en cordelería y sacos.

Aquí, su papel es otro: planta de interior arquitectónica para sitios luminosos, y en el litoral cálido, un ejemplar aislado en el jardín que resiste el viento salino mejor que casi cualquier otra cosa de ese tamaño. No se le conoce toxicidad relevante; el riesgo, insisto, es puramente mecánico y está en el borde de las hojas.

En resumen

El pandano es una monocotiledónea tropical que crece desde un ápice, no cicatriza heridas de tronco y se apoya en raíces zancudas que hay que respetar. Quiere mucha luz, sustrato drenante, riegos por tacto y ningún encharcamiento, y no baja de 10 °C sin daños, lo que lo confina al interior en casi toda España y al jardín solo en Canarias y en la costa cálida del sur y sureste.

Las tres especies que verás son P. veitchii (variegada, de interior), P. utilis (de porte grande y jardín costero) y P. tectorius (la de playa). El pandan aromático de cocina es P. amaryllifolius, sin espinas y con hoja blanda: distinta planta, distinto uso.

Se multiplica por hijuelos basales en primavera, se abona solo de abril a septiembre y se trasplanta cada dos o tres años sin enterrar nunca el cuello del tallo. Con guantes.


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