En la ladera del monte Fulufjället, en la provincia sueca de Dalarna, a unos 900 metros de altitud y por encima del límite del bosque cerrado, crece un abeto rojo escuálido de cinco metros que pasaría desapercibido en cualquier repoblación. Se llama Old Tjikko y lleva encima una cifra difícil de digerir: 9.550 años. Entender esa cifra —qué mide exactamente y qué no mide— es más interesante que la cifra misma.
Qué es y dónde está
Old Tjikko es un Picea abies, el abeto rojo o picea común, la misma conífera que se vende en España como árbol de Navidad y que forma bosques enormes en Escandinavia, los Alpes y los Cárpatos. Lo localizó el profesor Leif Kullman, de la Universidad de Umeå, dentro de sus trabajos sobre el ascenso del límite arbóreo en las montañas escandinavas, y le puso el nombre de su perro. La noticia saltó a la prensa internacional en 2008.
El ejemplar vive dentro del Parque Nacional de Fulufjället, en una zona de tundra alpina donde el viento y la nieve mantienen a raya a cualquier árbol. Su aspecto es el típico de esas condiciones: un tronco fino y desmedrado, ramas bajas que se arrastran por el suelo y una copa que no llega a formarse. Nada en él sugiere antigüedad, y ese es justo el quid de la cuestión.
Los 9.550 años: qué se dató realmente
El tronco que se ve hoy no tiene milenios. Tiene, como mucho, unos pocos siglos, y probablemente menos. Lo que se dató por carbono 14 fueron restos de madera y raíces conservados en el suelo, bajo la planta, a distintas profundidades. Las muestras dieron edades escalonadas: unos cuatrocientos años los materiales más superficiales, y hasta 9.550 los más profundos.
La interpretación de Kullman es que todo ese material pertenece al mismo organismo, un individuo que se ha ido renovando en el sitio desde poco después de la retirada del hielo, cuando el nivel del mar era más bajo y aquella zona quedaba unida al continente. Si es así, el sistema radicular es continuo y el tallo visible no es más que el último de una larga sucesión de tallos.
Conviene decir que esa lectura no está cerrada. El carbono 14 fecha la madera muerta, no acredita que el árbol vivo de encima descienda de ella; la conexión entre unos restos y otros es una inferencia razonable, pero no se ha demostrado con marcadores genéticos publicados que enlacen las capas profundas con el tallo actual. Quien repita el dato sin ese matiz está contando media historia. La edad de Old Tjikko es una hipótesis sólida, no una medición directa como la de un anillo de crecimiento.
Cómo un abeto se copia a sí mismo durante milenios
El mecanismo sí es indiscutible y es puro manual de horticultura: el acodo natural, lo que los suecos llaman krypgran y en la literatura alpina se conoce como layering.
En el límite del bosque, un abeto rojo no consigue mantener una guía vertical: el viento seca las yemas que sobresalen de la nieve y las hiela en invierno. Solo prospera lo que queda enterrado bajo el manto nival, protegido a temperatura próxima a cero. Las ramas bajas se apoyan en el suelo, quedan cubiertas de musgo y turba, y ahí emiten raíces adventicias. Cuando el tallo central acaba muriendo, esa rama enraizada toma el relevo y se convierte en el nuevo tronco. Genéticamente sigue siendo el mismo individuo; físicamente es otro árbol.
Repetido cientos de veces, el proceso permite que un mismo genotipo ocupe el mismo metro cuadrado durante milenios sin que ningún tallo concreto viva más de dos o tres siglos. La forma achaparrada y postrada que adopta el abeto en esas condiciones tiene nombre propio: krummholz, madera torcida.
Un detalle que dice mucho: desde mediados del siglo XX, Old Tjikko ha emitido un tallo vertical que antes no lograba mantener. Kullman lo atribuye al calentamiento de las últimas décadas, que ha suavizado el invierno alpino y ha subido el límite arbóreo en Escandinavia. El árbol funciona como un registrador climático que lleva escribiendo desde el Holoceno temprano.
Árbol más viejo, individuo más viejo, clon más viejo
Aquí se mezclan tres categorías distintas y de ahí sale casi toda la confusión.
Tronco individual más antiguo: el récord lo tiene un pino longevo, Pinus longaeva, de las Montañas Blancas de California. Matusalén ronda los 4.850 años contados anillo a anillo, que es una prueba de otro nivel. Prometeo, del mismo bosque, superaba los 4.800 cuando fue talado en 1964 para estudiarlo, un episodio que todavía se cita como ejemplo de lo que no debe hacerse.
Colonia clonal más antigua: Pando, un álamo temblón (Populus tremuloides) de Utah formado por más de 40.000 tallos que comparten un mismo sistema radicular sobre 43 hectáreas. Se le atribuyen miles de años, con estimaciones que oscilan muchísimo.
Old Tjikko está en la segunda categoría, no en la primera, aunque la prensa lo titule «el árbol más antiguo del mundo». No lo es en el sentido en el que lo entiende el lector: no hay un tronco con 9.550 anillos.
En España tenemos ejemplares que se cuentan por siglos y no por milenios, pero con dataciones más honestas: el tejo de Bermiego (Asturias), las sabinas albares de Calatañazor, el olivo de la Farga de Arión en Ulldecona o los tejos milenarios del Cañón del Río Lobos. Y una advertencia doméstica: las edades que se recitan del drago de Icod de los Vinos están muy infladas. Las monocotiledóneas no forman anillos de crecimiento anuales y por eso no se pueden datar así.
El mismo abeto en un vivero español
Picea abies es la especie que se vende cada diciembre en maceta o con cepellón como árbol de Navidad. Lo que ocurre después de Reyes merece un aviso: es una conífera boreal, adaptada a veranos frescos y húmedos, inviernos largos y suelos ácidos. En Madrid, Sevilla o Valencia no tiene ningún futuro plantada en el jardín. Aguanta un año, quizá dos, y muere de un verano seco con las agujas pardas de arriba abajo. No es cuestión de riego: es que sus raíces superficiales no soportan que el suelo pase de 30 °C y la planta no tiene mecanismos para cerrar el balance hídrico con 38 °C y 15 % de humedad.
Dónde sí funciona en la Península: cornisa cantábrica, Pirineo, Sistema Ibérico norte y zonas de montaña por encima de los 900-1.000 metros con precipitación repartida. Suelo fresco, ácido o al menos neutro —en caliza activa se vuelve clorótica—, media sombra en juventud y nada de encharcamiento prolongado.
Si el objetivo es un árbol de Navidad que sobreviva plantado en clima mediterráneo, la elección correcta es otra especie desde el principio: Cupressus sempervirens, Pinus pinea, Pinus halepensis o, en jardines amplios de suelo ácido, Cedrus atlantica. Comprar la picea sabiendo que es planta de temporada es legítimo; comprarla creyendo que hará sombra en el patio dentro de veinte años, no.
Reproducir una conífera por acodo, como hace Old Tjikko
El acodo que ha mantenido vivo a este abeto se puede imitar en el jardín, y en las coníferas es a menudo mejor opción que el esqueje.
Se elige una rama baja y flexible, se le raspa ligeramente la corteza en la zona que va a quedar enterrada, se hunde en el suelo unos centímetros sujeta con una horquilla o una piedra y se cubre con tierra fresca o musgo. En picea y en abetos el enraizamiento es lento: cuenta con dos o incluso tres temporadas antes de separar el acodo de la planta madre. La operación se empieza a principios de primavera y la separación se hace también en primavera, nunca en pleno verano.
Con estaquillado hay un problema añadido que conviene conocer antes de perder un año: el plagiotropismo. Una rama lateral de conífera cortada y enraizada conserva la «memoria» de su posición y sigue creciendo en horizontal para siempre, dando un arbusto asimétrico en lugar de un árbol. Para obtener planta con porte normal hay que tomar el material de la guía terminal o de brotes jóvenes verticales, y aun así el resultado no está garantizado. Es una de las razones por las que las coníferas ornamentales de porte llorón o rastrero se propagan tan fácilmente: se aprovecha ese mismo defecto como virtud.
Por qué merece la pena conocer este árbol
Old Tjikko obliga a replantearse qué es un árbol. Si el organismo es el genotipo y no el tallo, la longevidad deja de medirse en anillos y pasa a medirse en capacidad de rebrotar. Bajo ese criterio, muchas plantas que damos por corrientes son antiquísimas: los rodales de castaño rebrotados de cepa, las cepas de olivo injertadas sobre patrones centenarios, los setos de boj de un jardín histórico o las matas de brezo de un monte gallego pueden ser genéticamente mucho más viejos que el árbol más grande que tengas cerca.
Y hay una lección práctica: la longevidad de este abeto no viene de condiciones favorables, sino de lo contrario. El frío y el viento que le impiden crecer son exactamente lo que lo mantiene con vida, porque lo condenan a un porte rastrero que enraíza y se renueva. En horticultura ocurre algo parecido con la poda severa y el rejuvenecimiento por rebrote: forzar a la planta a partir de la base es, muchas veces, lo que alarga su vida útil.
En resumen
Old Tjikko es un abeto rojo (Picea abies) del monte Fulufjället, en Suecia, al que se atribuyen 9.550 años. La cifra procede de dataciones por carbono 14 de restos de raíz enterrados bajo la planta, no de los anillos del tronco visible, que tiene siglos y no milenios. La hipótesis es que se trata de un mismo individuo renovado indefinidamente por acodo natural: las ramas bajas, protegidas por la nieve, enraízan y sustituyen al tallo que muere. Eso lo convierte en un candidato al clon más antiguo conocido, no en el tronco más antiguo, título que sigue en manos de los pinos longevos de California con casi 4.900 anillos contados. Su especie es la misma que se vende como árbol de Navidad y no prospera plantada en el clima mediterráneo de interior o de costa: quiere veranos frescos, suelo fresco y algo de altitud.