En cualquier calle del interior peninsular hay moreras convertidas cada invierno en puños de madera nudosa, con una decena de brotes rectos saliendo del mismo punto. Ese árbol y la morera blanca que crece libre en un jardín, con copa redondeada de doce metros y sombra densa desde mayo, son la misma especie: Morus alba. La diferencia está entera en cómo se ha podado.

Es un árbol fácil, agradecido y de crecimiento muy rápido, pero tiene tres asuntos que conviene resolver antes de plantarlo y no después: dónde van las raíces, si va a fructificar sobre algo que se manche, y cuánto polen suelta en marzo.

Qué es exactamente la morera blanca

Morus alba pertenece a la familia de las moráceas, la misma de la higuera y del ficus, y viene del norte y centro de China, donde se cultiva desde hace milenios para alimentar al gusano de seda (Bombyx mori). A la península llegó por esa vía: las moreras de Valencia, Murcia y Granada son herencia directa de la industria sedera, y muchos ejemplares viejos de huerta y de camino proceden de aquellas plantaciones.

Es un árbol caducifolio que alcanza entre 8 y 15 metros, con tronco corto, corteza gris pardusca agrietada en los ejemplares mayores y madera blanda y quebradiza. Las hojas son alternas, de borde aserrado y brillo claro, y presentan una rareza útil para identificarla: en el mismo árbol pueden convivir hojas enteras acorazonadas con otras profundamente lobuladas, de dos, tres o cinco lóbulos. Ese polimorfismo foliar es normal y suele darse con más frecuencia en los brotes jóvenes y vigorosos.

La floración ocurre en marzo y abril, con la hoja apenas brotando. Las flores son diminutas, verdosas, agrupadas en amentos colgantes, y no tienen ningún interés ornamental. El fruto no es una baya: es una sorosis, una infrutescencia formada por muchas flores fusionadas, y en Morus alba madura en junio, de color blanco, rosado o casi negro según el clon, con un sabor dulzón y plano, sin la acidez que hace interesante a la morera negra.

Ejemplar adulto de Morus alba con copa redondeada

Variedades y clones que se encuentran aquí

La especie tiene decenas de selecciones, pero en los viveros españoles se repiten cuatro:

'Pendula'. Rama llorona, injertada a 1,8 o 2 metros sobre un pie recto. No crece hacia arriba: la altura definitiva es la del punto de injerto más unos centímetros, y el volumen se gana a lo ancho. Da una cúpula muy cerrada que en verano es un refugio de sombra y en invierno un armazón de ramas colgantes. Necesita que se le aclare el interior cada dos o tres años, porque las ramas se enredan, se rozan y acaban secándose por falta de luz.

'Macrophylla'. Hoja grande y entera, seleccionada en su día para producir mucha materia foliar en poco tiempo. Es la que se plantaba para la seda y la que se sigue usando como forraje.

Clones sin fruto, etiquetados como 'Fruitless', 'Sterile' o 'Kagayamae'. Son la elección habitual del arbolado urbano y de cualquier jardín con pavimento debajo. Aquí conviene entender qué se compra: la mayor parte de estas selecciones son pies masculinos, que no cuajan fruto porque no tienen flores femeninas, pero que sí florecen y sí liberan polen. Si el motivo para elegir un árbol sin fruto es evitar la mancha en el suelo, cumplen perfectamente. Si el motivo es la alergia, no sirven, y en muchos casos empeoran el problema. Existen clones no florecientes, pero hay que preguntarlo expresamente en el vivero.

var. tatarica. De porte menor, hoja más pequeña y notablemente más resistente al frío. Interesante para las mesetas frías y para el valle del Ebro.

El polen, dicho pronto

La morera es de polinización anemófila: confía el polen al viento, y por eso lo produce en cantidades enormes y de grano pequeño. En ciudades con mucha morera de alineación —Madrid, Zaragoza, Córdoba, buena parte de Levante— los recuentos de polen de Morus en marzo y abril son altos y provocan rinoconjuntivitis y asma en personas sensibilizadas. No es un árbol venenoso ni peligroso, pero si en casa hay alguien con alergia primaveral diagnosticada, plantar un macho de morera a cinco metros de la ventana del dormitorio es una decisión que se paga cada primavera. En ese caso, o se elige un pie femenino (fructifica, mancha, pero apenas emite polen) o se elige otro árbol.

El látex blanco que sueltan hojas y ramas al cortarlas es irritante para la piel sensible y para las mucosas, y los frutos verdes sin madurar sientan mal. Nada de eso reviste gravedad, pero explica por qué conviene guantes al podar y no darle a un niño moras a medio hacer.

Dónde plantarla

A pleno sol. En sombra parcial vive, pero se estira, ramifica mal y da una copa rala que no cumple su función. Tolera perfectamente el sol directo del verano manchego o extremeño.

El punto crítico es la distancia. La morera blanca tiene un sistema radicular superficial, extenso y agresivo, y además crece deprisa: un ejemplar joven puede alargar dos metros de rama al año en buenas condiciones. Levanta losetas, entra en arquetas y en tuberías viejas de saneamiento y coloniza el bancal del vecino. Como norma práctica, no menos de 6 metros hasta la fachada, el murete o el pavimento, y más si el terreno es húmedo. Plantarla en un alcorque de 60 × 60 centímetros junto a una acera de baldosa es garantizar que en diez años el ayuntamiento tenga que rehacer la acera o cortar raíces gruesas y desestabilizar el árbol.

Si además el clon fructifica, hay un segundo cálculo: las moras caen durante tres o cuatro semanas de junio, los pájaros las reparten, y la mancha morada en el porche, en el coche o en la piscina no se va sola. Bajo un árbol de fruto conviene tierra, césped o gravilla, no piedra clara ni madera.

Suelo, riego y abonado

El suelo la trae bastante sin cuidado. Vegeta bien en tierras francas, arenosas o algo arcillosas, y tolera la caliza sin dar clorosis, lo que en media España es una virtud que no todos los frutales tienen. Lo único que no perdona es el encharcamiento prolongado: en suelo compactado con agua parada en invierno se asfixian las raíces y el árbol decae por arriba.

El riego es generoso los dos primeros años, que es cuando se decide todo. Un riego semanal profundo —mojar 40 o 50 centímetros de perfil— vale más que tres riegos cortos, porque obliga a la raíz a bajar. A partir del tercer o cuarto año, un ejemplar establecido en clima peninsular aguanta el verano con un par de riegos de apoyo en julio y agosto, y en zonas de costa con precipitación decente puede vivir de secano. Si se quiere fruta de calidad, sin embargo, conviene no dejarla pasar sed en mayo y junio: el estrés hídrico durante el llenado hace moras pequeñas y secas.

Del abonado hay poco que decir porque es un árbol frugal. Una aportación de estiércol maduro o compost en la línea de goteo al final del invierno, cada uno o dos años, cubre sus necesidades. Los abonos ricos en nitrógeno le sientan mal en el sentido de que la madera blanda se vuelve todavía más blanda: brotes largos, acuosos y quebradizos que el viento parte en septiembre.

Plantación y multiplicación

La ventana buena para plantar va de noviembre a febrero, con el árbol sin hoja. A raíz desnuda solo en ese periodo; en contenedor se puede alargar hasta marzo. Hoyo amplio, tierra del sitio desmenuzada sin enterrar el cuello, tutor si el ejemplar es alto y riego de asiento abundante aunque llueva, que sirve para asentar el suelo alrededor de la raíz, no para regar.

Multiplicarla es sencillo. La vía más segura es la estaca leñosa: en diciembre o enero se cortan trozos de madera del año anterior, de unos 25 centímetros y del grosor de un lápiz, se entierran dejando fuera una o dos yemas y arraigan en primavera con bastante fiabilidad. Enraizan mejor con hormona, aunque sin ella también salen. La semilla germina bien tras estratificación fría, pero da plantas variables y de sexo desconocido hasta que florecen, lo que en un jardín es una lotería innecesaria. Para 'Pendula' y demás formas, la única vía es el injerto sobre pie de Morus alba, de escudete en agosto o de púa en marzo.

Poda: formar, no desmochar

Aquí está el asunto que más daño hace a esta especie. La morera aguanta el desmoche —cortar toda la ramificación cada dos o tres años dejando el tronco y unos muñones— y por eso se ha hecho durante décadas en calles y patios. Que lo aguante no significa que le convenga. Cada corte grande deja una herida que la morera no cierra bien; en el muñón entran hongos de pudrición y el interior se va vaciando, mientras por fuera brotan chupones que se sujetan solo a la corteza. A los veinte años se tiene un árbol con tronco hueco y una copa de ramas mal ancladas: exactamente el ejemplar que se parte con la primera tormenta seria.

Lo que necesita un árbol de jardín es poda de formación en los cinco o seis primeros años: elegir un eje, subir la cruz a la altura que interese (2,2 a 2,5 metros si hay que pasar por debajo), seleccionar tres o cuatro ramas principales bien repartidas y eliminar las que se cruzan o compiten con la guía. Después, mantenimiento ligero: quitar madera seca, aclarar el interior si se ha cerrado y poco más.

El momento importa. Las moreras sangran savia con abundancia si se cortan a finales de invierno o al arrancar la primavera. Es preferible podar en otoño, con la hoja ya caída, o en pleno verano para cortes pequeños. Y en cortes gruesos, corte limpio al collar de la rama, sin dejar tocón y sin apurar contra el tronco. Nada de mástic ni de pintura cicatrizante: no aporta y retiene humedad.

La 'Pendula' se poda distinto: no hay que subir nada, sino recortar las ramas que llegan al suelo y vaciar el interior de la cúpula cada dos años para que entre luz y aire.

Frío, plagas y problemas

La rusticidad es buena: un ejemplar establecido soporta sin daños −15 °C, y la var. tatarica bastante más. En la meseta norte lo que sí ocurre es que las heladas tardías de abril queman el brote nuevo y la floración; el árbol rebrota, pero ese año pierde la cosecha de moras. Plantarla en una vaguada donde se acumula el aire frío multiplica ese riesgo.

De plagas anda razonablemente limpia. Puede aparecer cochinilla en ramas jóvenes, sobre todo en ejemplares estresados o muy podados, y algún foco de pulgón en primavera que se resuelve solo con las mariquitas. En años húmedos y en árboles con heridas mal cerradas aparece Armillaria en la base, que es un problema serio y sin solución práctica más allá de mejorar el drenaje y evitar exceso de riego junto al cuello. Los frutos también sufren mohos si mayo viene lluvioso.

Un último apunte: Morus alba se naturaliza con facilidad en riberas y terrenos alterados, porque los pájaros dispersan la semilla lejos. En una finca con vegetación de ribera cerca, un pie femenino producirá plántulas espontáneas en los alrededores durante años.

En resumen

La morera blanca da sombra rápida y barata, tolera la caliza, el calor y la sequía una vez arraigada, y no exige casi nada más que sitio. Ese sitio es la condición innegociable: seis metros largos hasta cualquier pavimento o cimiento, porque la raíz es superficial y potente. Elija el clon con criterio —sin fruto si hay suelo duro debajo, femenino si hay alergia al polen en casa—, plántela entre noviembre y febrero, riéguela bien los dos primeros años y fórmela con podas ligeras en otoño en lugar de desmocharla. Un árbol formado dura décadas; uno desmochado se hueca por dentro y termina partiéndose.


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