Lo llaman «árbol de Navidad de Nueva Zelanda» y aquí florece en junio. No hay contradicción: en su tierra, el hemisferio sur, diciembre es verano. Trasladado al calendario peninsular, el metrosideros abre sus estambres rojos a finales de primavera y sostiene la floración buena parte del verano. Quien lo compre esperando color en enero se va a llevar un chasco de doce meses.
Es un árbol de costa, de porte ancho, hoja perenne y sombra densa, y en España se comporta bien exactamente donde el mar suaviza el invierno: cornisa cantábrica, Rías Baixas, Levante, sur andaluz, Baleares y Canarias. Tierra adentro es otra historia, y conviene saberlo antes de gastarse el dinero.
Qué árbol estás comprando
El género Metrosideros pertenece a las mirtáceas, la familia del mirto, el eucalipto y el limpiatubos. En viveros españoles circulan sobre todo tres cosas:
Metrosideros excelsa, el pohutukawa neozelandés, es el clásico. Árbol de 10 a 20 metros en cultivo, con copa que se abre en paraguas hasta rebasar los 10 o 12 metros de diámetro en ejemplares viejos. Hojas opuestas, elípticas, coriáceas, verde oscuro por el haz y cubiertas de un fieltro blanco por el envés: ese contraste plateado cuando sopla el viento es tan característico como la flor. Los troncos maduros en zonas húmedas echan raíces aéreas colgantes, como barbas rojizas.
Metrosideros kermadecensis es la opción para jardines pequeños. Se queda en 5-8 metros, tiene la hoja menor y florece de forma intermitente casi todo el año en lugar de concentrarlo en junio. Sus variedades abigarradas ('Variegata', 'Radiant') se venden mucho en maceta y aguantan bien el cultivo en contenedor grande.
Metrosideros robusta y Metrosideros polymorpha (el 'ōhi'a hawaiano) aparecen de vez en cuando en colecciones, pero son mucho más exigentes y no son para un jardín corriente.
Hay también una forma de flor amarilla de M. excelsa, el cultivar 'Aurea', bastante más escaso y de efecto muy distinto: parece otro árbol.
Cuidado con el parecido con el limpiatubos. Ambos son mirtáceas de flores rojas hechas de estambres, pero el Callistemon agrupa las flores en un cilindro apretado alrededor del eje —el cepillo— y tiene hojas alternas y estrechas. El metrosideros las reúne en ramilletes redondeados en la punta de la rama, y sus hojas van enfrentadas de dos en dos y blancas por debajo. Con la hoja en la mano se distinguen en tres segundos.
Frío: hasta dónde llega y dónde se queda
Este es el dato que decide todo lo demás. Un ejemplar adulto y bien asentado tolera heladas cortas de hasta unos -4 °C. Uno joven, recién plantado, sufre daño visible ya a -1 o -2 °C: se le queman los brotes tiernos y se defolia parcialmente. Y las heladas largas, esas de amanecidas de -5 °C repetidas durante días, lo matan sin remedio.
Traducido al mapa: en Madrid, Zaragoza, Valladolid, Albacete o Burgos no tiene sentido plantarlo en suelo. En Vigo, Gijón, San Sebastián, Valencia, Málaga, Palma o cualquier punto de Canarias, sí. En zonas de transición —interior de Cataluña, Vega del Guadalquivir, comarcas de media montaña litoral— depende del microclima concreto: un patio cerrado orientado al sur con muro que acumule calor puede salvar un árbol que a doscientos metros, en campo abierto, se pierde.
El viento salino, en cambio, le trae sin cuidado. Aguanta primera línea de playa, salpicadura directa incluida, mejor que casi cualquier árbol ornamental de hoja perenne. En los acantilados de su Nueva Zelanda natal crece agarrado a la roca desnuda con el mar debajo.
Suelo: el problema es la cal, no la pobreza
Le va bien un suelo suelto, arenoso incluso, con drenaje franco y pH entre 5,5 y 7. La fertilidad no le preocupa demasiado; el encharcamiento, sí, y mucho.
Donde se tuerce la cosa es en suelos calizos con caliza activa, que es media España mediterránea. Como buena mirtácea, el metrosideros no absorbe bien el hierro con pH alto: las hojas nuevas salen amarillas con los nervios verdes, el crecimiento se para y el árbol se queda enano y feo durante años sin llegar a morirse del todo. Si el agua de riego además es dura, se agrava.
Se corrige con quelato de hierro EDDHA —el único que sigue siendo estable por encima de pH 7,5— aplicado en riego a la salida del invierno y repetido si hace falta a principios de verano. Pero es un parche anual, no una cura. En un suelo muy calizo, plantar otra especie sale mejor que condenarse a comprar quelatos cada marzo.
Dónde ponerlo y a qué distancia
Sol directo, todo el que se pueda dar. A media sombra vegeta, se estira buscando luz y prácticamente no florece.
La distancia importa más de lo que parece porque el metrosideros tiene raíces superficiales y agresivas. Plantado a dos metros de la acera, en diez años levanta las losas; junto a un muro de bloque sin cimentación, lo empuja. Deja al menos 5 o 6 metros respecto a pavimentos, fachadas, piscinas y arquetas de saneamiento, y cuenta con una copa final de 8 a 12 metros de anchura.
Como árbol de sombra funciona muy bien: la hoja es perenne y la copa cierra tanto que debajo apenas pasa luz. Eso tiene su reverso: bajo un metrosideros adulto no prospera el césped, y en junio los estambres caídos alfombran el suelo de rojo durante un par de semanas. Si vas a plantarlo sobre una zona de aparcamiento o una terraza de madera clara, cuéntalo.
El crecimiento es moderado, no fulminante. Con riego regular y clima suave hace entre 20 y 40 cm al año una vez arraigado; en Canarias, algo más. Quien lo plante buscando sombra inmediata tendrá que esperar cinco o seis años.
Riego
Los dos o tres primeros años necesita riego de verdad: un aporte generoso cada semana en verano, espaciándolo en otoño, para que la raíz se profundice. Riegos cortos y frecuentes producen exactamente lo contrario, un cepellón de raíces someras que luego levanta el pavimento y se seca en cuanto falla el goteo.
Pasado ese periodo, en clima litoral húmedo se apaña casi solo. En el sureste seco agradece un riego profundo cada dos o tres semanas en los meses de calor. En invierno, nada: en suelo frío y mojado la raíz se asfixia.
Poda: hazla justo después de la flor
El metrosideros tolera la poda mucho mejor que la mayor parte de los árboles ornamentales de hoja perenne; en Nueva Zelanda se usa incluso como seto cortado y rebrota con ganas de madera vieja.
La cuestión es cuándo. Las yemas de flor se forman sobre los brotes que maduraron el verano y el otoño anteriores. Si podas en febrero o marzo, estás cortando precisamente esa madera: el árbol responde con brotación vigorosa y tú te quedas sin floración ese año, y a veces también el siguiente si repites la operación. El momento bueno es inmediatamente después de la floración, entre finales de julio y agosto, para que el rebrote tenga tiempo de endurecer antes del frío.
El trabajo se limita normalmente a quitar ramas cruzadas, aclarar el interior de la copa para que corra el aire y levantar la cruz si quieres pasar por debajo. Nada de desmoches: un metrosideros terciado responde con un bosque de chupones y pierde para siempre la silueta abierta que lo hace valioso.
Multiplicación
Por esqueje semileñoso a finales de verano es lo práctico. Ramitas de 10-12 cm del crecimiento del año, ya algo endurecidas, sin las hojas de la mitad inferior, con hormona de enraizamiento y en sustrato inerte —perlita con turba a partes iguales—, bajo plástico y con calor de fondo si se dispone de él. Enraízan en seis u ocho semanas con un porcentaje razonable.
Por semilla también, y es curioso de ver: las cápsulas leñosas sueltan un polvillo de semillas diminutas que germinan en superficie, sin enterrar, sobre sustrato fino y húmedo, con luz. Necesitan estar frescas; pierden viabilidad rápido. La pega es que las plántulas tardan mucho —siete u ocho años como mínimo— en dar la primera flor, y en las formas variegadas la semilla no reproduce la variegación.
Plagas y contratiempos
Las cochinillas, algodonosas y de caparazón, son el visitante habitual, sobre todo en ejemplares en maceta o en árboles con la copa muy cerrada y poca ventilación. Producen melaza y detrás llega la negrilla, ese hollín negro que ennegrece hojas y ramas. Se combaten con aceite de parafina en primavera, insistiendo en el envés y en las axilas de las ramas, y aclarando la copa para que corra el aire.
El otro problema serio ya lo hemos visto: la clorosis férrica en terreno calizo. Y un tercero, menos evidente, es el exceso de nitrógeno. Un metrosideros abonado como si fuera un seto de aligustre crece mucho, se pone verde oscuro y no florece. Con un abono equilibrado de liberación lenta en primavera, o directamente con nada en suelo decente, va sobrado.
Una advertencia sobre su capacidad de dispersión
La semilla es minúscula y la lleva el viento. En Sudáfrica, M. excelsa está catalogada como especie invasora en zonas costeras, donde compite con la vegetación autóctona de acantilado. En la fachada atlántica española no figura en el catálogo de exóticas invasoras, pero conviene no plantarlo pegado a espacios naturales litorales y retirar las plántulas que aparezcan en muros y taludes del entorno. Es un gesto de tres minutos al año.
En maceta
Se puede, con matices. M. kermadecensis y sus formas variegadas viven años en un contenedor de 40-50 litros; M. excelsa también, pero acaba pidiendo suelo. Sustrato con al menos un tercio de material drenante —arena gruesa, picón, perlita—, riego cuando los dos primeros centímetros estén secos y agujero de drenaje libre, sin plato con agua estancada debajo.
En zonas frías, esta es la fórmula que permite tenerlo: fuera de abril a noviembre y dentro de un invernadero frío o un porche luminoso el resto, sin calefacción. Un metrosideros invernado en un salón caldeado y oscuro pierde la hoja y sale en marzo hecho una lástima.
En resumen
El metrosideros da la sombra densa y la floración roja que promete, pero con condiciones: clima litoral sin heladas fuertes, sol pleno, suelo drenado y sin caliza activa, y distancia sobrada respecto a pavimentos y muros. Florece a comienzos del verano, no en Navidad, y la poda de invierno cuesta la flor del año. Crece a ritmo moderado, tolera el salitre como pocos árboles y, una vez asentado, pide poquísimo. Fuera de la costa y en terreno calizo, en cambio, será un árbol permanentemente amarillo y descontento: ahí conviene elegir otra cosa.