En febrero, con las ramas todavía peladas y el resto del jardín parado, aparecen unas flores rojas pegadas directamente a la madera vieja, sin una sola hoja alrededor. Eso es el membrillero del Japón, y esa manera de florecer antes que nadie explica por qué lleva más de dos siglos en los jardines europeos pese a ser un arbusto espinoso, desordenado y de fruto casi incomible en crudo.
Qué planta compras exactamente
El nombre comercial "membrillero del Japón" cubre tres plantas distintas del género Chaenomeles, de la familia de las rosáceas, y la etiqueta del vivero rara vez lo aclara:
Chaenomeles japonica es el membrillero japonés auténtico. Arbusto bajo, de 60 cm a 1 m de altura, con ramas que se abren en horizontal y tienden a tumbarse. Flores anaranjadas o rojo ladrillo, frutos pequeños de 3 a 4 cm. Es el más rústico de los tres y el más adecuado para cubrir un talud o formar una banda baja.
Chaenomeles speciosa procede de China, no de Japón, y es el que más se vende. Alcanza 2 o 3 m, tiene porte erguido, espinas más largas y frutos de hasta 7 cm. Casi todas las variedades de flor blanca, rosa o bicolor que verás en un centro de jardinería pertenecen a esta especie o a Chaenomeles × superba, el híbrido entre las dos anteriores, que se queda en 1 o 1,5 m y concentra los cultivares más usados: 'Crimson and Gold', 'Pink Lady', 'Texas Scarlet', 'Nicoline'.
La diferencia importa a la hora de decidir dónde plantarlo. Quien compra un speciosa pensando que se quedará en medio metro acaba con un arbusto de dos metros y medio armado de espinas junto a un camino de paso. Mide el hueco antes y pregunta por el nombre botánico completo, no solo por el color de la flor.
Conviene también no confundirlo con el membrillero de toda la vida, Cydonia oblonga, que es un arbolito sin espinas cultivado por su fruto. En bibliografía antigua el Chaenomeles aparece como Cydonia japonica o Pyrus japonica, nombres ya en desuso pero que siguen circulando en catálogos copiados unos de otros.
Rusticidad: dónde funciona y dónde no
Aguanta sin daño temperaturas de -20 °C, y C. japonica resiste algo más. En la mitad norte peninsular, en la meseta y en cualquier zona de montaña sobrevive a inviernos que fulminan a otros arbustos ornamentales. Las heladas fuertes no son su problema.
Su problema es el contrario. El Chaenomeles necesita acumular horas de frío invernal para que las yemas florales rompan bien. En el litoral mediterráneo cálido, en la costa de Cádiz, Málaga o Alicante y en Canarias, la floración sale escasa, dispersa a lo largo de meses y sin ese golpe de color de una sola vez que es su gracia. Puede vivir, pero no luce. Si tu invierno rara vez baja de 5 °C, este arbusto no te va a dar lo que esperas y hay alternativas mejores.
Las heladas tardías sí pueden estropear una floración ya abierta: una noche de -4 °C en marzo pardea los pétalos abiertos. No mata la planta ni afecta a las yemas que aún no han abierto, así que el daño es estético y de un solo año.
Suelo y exposición
Quiere sol directo. A media sombra vegeta y florece a medias; a sombra plena da hoja y casi nada de flor. Cuatro o cinco horas de sol al día es el mínimo razonable.
Sobre el suelo es poco exigente en textura, tolera arcillas pesadas mejor que la mayoría de arbustos de flor y agradece la materia orgánica. Donde falla es en el pH: en suelos calizos con pH por encima de 8 desarrolla clorosis férrica, esas hojas amarillas con los nervios verdes que aparecen en junio y que no se arreglan echando abono. En buena parte de Aragón, Castilla-La Mancha, Murcia o el valle del Ebro esto es lo que decide el resultado. Sobre suelo francamente calizo hay dos salidas: plantar en un macizo con sustrato aportado y drenaje, o aplicar quelato de hierro EDDHA en primavera cada año, que funciona pero es una servidumbre para siempre.
El drenaje es innegociable. Encharcamiento prolongado en invierno y las raíces se pudren.
Plantación y riego
La época es el otoño, de octubre a diciembre, para que enraíce con las lluvias antes del primer verano. También sirve febrero en zonas de invierno duro. Abre un hoyo del doble del cepellón, descompacta el fondo y planta al mismo nivel al que venía en la maceta: enterrar el cuello favorece podredumbres.
Los dos primeros años necesita riegos de apoyo en verano, uno semanal abundante mejor que cuatro superficiales. A partir del tercero, una vez establecido, resiste la sequía estival de la meseta con muy poca agua; algún riego en julio y agosto mantiene mejor la hoja, pero no se muere sin él. Un acolchado de corteza o restos de poda de 5 cm reduce a la mitad esos riegos.
De abono, poco: un aporte de compost maduro alrededor del pie en otoño basta. El exceso de nitrógeno produce ramas largas y verdes que no florecen y que son un imán para el pulgón.
La poda decide si hay flor
Aquí es donde se pierde la floración de un año entero. El membrillero del Japón florece sobre la madera del año anterior y sobre espolones cortos de madera vieja. Si lo recortas en invierno, como se hace con tantos setos, estás cortando exactamente las yemas que iban a abrir en febrero, y la planta rebrota fuerte en verde sin dar una flor.
El momento correcto es justo después de la floración, entre finales de marzo y abril según la zona. Entonces se hace tres cosas:
Aclarar el interior, quitando de raíz una parte de las ramas más viejas y oscuras para que entre luz. Es un arbusto que se cierra sobre sí mismo y las ramas interiores se van secando.
Acortar los brotes largos del año anterior a cuatro o cinco yemas, lo que induce la formación de espolones florales para la temporada siguiente.
Eliminar los rebrotes de raíz. Este arbusto emite sierpes desde la base y a los diez años se convierte en una mata amplia si nadie interviene. Los brotes que salgan a un metro del pie, fuera.
En espaldera contra un muro orientado al sur o al este funciona muy bien, atando las ramas principales en abanico y despuntando en verano los brotes que salgan hacia delante.
Ponte guantes gruesos. Las espinas de C. speciosa son cortas, duras y se clavan hasta el hueso.
Los frutos: qué son y qué se hace con ellos
En septiembre y octubre maduran unos frutos verdosos que viran a amarillo, duros como piedras y de un aroma intenso que perfuma una habitación entera si los dejas en un cuenco. Son comestibles, pero en crudo no hay quien los coma: son ácidos, astringentes y de carne pétrea.
Cocidos cambia la cosa. Tienen mucha pectina y bastante acidez, así que gelifican con facilidad y sirven para dulce de membrillo, jaleas y para mezclar con manzana. Su contenido en vitamina C es alto para un fruto de esta familia. La cosecha de un arbusto adulto puede rondar los dos o tres kilos, más como curiosidad de cocina que como producción seria.
Una advertencia concreta: como en el resto de las rosáceas —manzano, cerezo, almendro amargo—, las semillas contienen glucósidos cianogénicos. Al preparar los frutos hay que retirar el corazón con las pepitas y no triturarlas ni cocerlas con la pulpa. La carne del fruto no tiene ese problema.
Para que haya buena fructificación conviene tener dos plantas de variedades distintas cerca, porque muchos cultivares son parcialmente autoestériles. Si solo te interesa la flor, da igual.
Problemas sanitarios que conviene conocer
El pulgón ataca los brotes tiernos en primavera y deforma las puntas. Con una población moderada, ni se toca: fitoseidos, mariquitas y sírfidos lo controlan si no has arrasado el jardín con insecticidas. En ataques fuertes, jabón potásico repetido a los cinco días.
El moteado (Diplocarpon mespili, la entomosporiosis) produce manchas oscuras en hoja y defoliación temprana en primaveras lluviosas. Rara vez compromete la planta. La medida útil es recoger y retirar la hojarasca caída, que es donde el hongo pasa el invierno.
El asunto serio es el fuego bacteriano (Erwinia amylovora). Chaenomeles figura entre las especies hospedantes de esta bacteria de cuarentena regulada en España, junto con perales, manzanos, membrilleros, espinos y pirocantos. El síntoma es característico: brotes que se secan de golpe en primavera, se ennegrecen y quedan colgando con la punta curvada en forma de cayado, como quemados. No hay tratamiento curativo. Si ves ese cuadro, no podes por tu cuenta y avisa al servicio de sanidad vegetal de tu comunidad autónoma, que es a quien corresponde confirmar y decidir. Es un aviso obligatorio, no una recomendación.
Cómo multiplicarlo
La vía más simple es aprovechar los rebrotes de raíz: en otoño se separa uno con su porción de raíz, se corta la conexión con la madre y se trasplanta. Enraíza sin más.
Los esquejes semileñosos se toman en julio, de 12 a 15 cm, se les quitan las hojas inferiores y se ponen en mezcla de turba y perlita a partes iguales, con hormona de enraizamiento y bajo plástico. El porcentaje de éxito es aceptable pero no espectacular.
El acodo aéreo o por rama tumbada es lo más fiable con los ejemplares de porte abierto: se dobla una rama baja hasta el suelo en primavera, se hiere ligeramente la corteza, se entierra sujeta con un alambre y al otoño siguiente ya tiene raíz propia.
La semilla germina tras una estratificación fría de dos o tres meses, pero los cultivares no salen iguales a la planta madre y tardan cuatro o cinco años en florecer.
Dónde colocarlo en el jardín
Un Chaenomeles es espectacular seis semanas al año y anodino las cuarenta y seis restantes: hoja verde corriente, porte enmarañado y sin color otoñal reseñable. Eso condiciona su sitio. Funciona en el fondo de un macizo mixto, donde las herbáceas de verano tomen el relevo; funciona en seto defensivo, porque las espinas y la densidad hacen una barrera impenetrable que además florece; y funciona en espaldera sobre pared, ocupando poco fondo.
Lo que no aconsejo es plantarlo aislado en mitad de un césped como pieza central, ni junto a un paso estrecho, ni donde jueguen niños pequeños.
Un uso que se aprovecha poco: en enero se cortan ramas con yemas hinchadas y se meten en un jarrón con agua en casa. Con el calor de la habitación abren en diez o quince días y duran más de una semana. Es la manera más barata de tener flor en pleno invierno.
En resumen
El membrillero del Japón (Chaenomeles spp.) es un arbusto caducifolio espinoso que florece a finales de invierno sobre madera desnuda y resiste hasta -20 °C. Necesita sol directo, frío invernal suficiente y un suelo con pH por debajo de 8, porque en terreno calizo amarillea sin remedio. Comprueba si estás comprando C. japonica (bajo) o C. speciosa (hasta 3 m), que no ocupan lo mismo ni de lejos. Riega los dos primeros veranos y luego olvídate. Poda siempre en abril, nunca en invierno, o te quedas sin flor. Sus frutos, duros y ácidos, solo valen cocidos y con las pepitas retiradas. Y si un brote se seca de golpe y queda negro y curvado en primavera, no toques nada: avisa a sanidad vegetal, porque puede ser fuego bacteriano.