El madroño es probablemente el mejor árbol pequeño que puede plantarse en un jardín mediterráneo, y también uno de los peor aprovechados. Es autóctono, perenne, resistente a la sequía, no crece más de lo que uno espera, tiene una corteza preciosa y hace algo que casi ningún otro árbol hace: florecer y fructificar al mismo tiempo, en pleno otoño. Si algo le sobra, es fama de árbol de monte y poco de jardín.
Qué es el madroño
Su nombre científico es Arbutus unedo y pertenece a las ericáceas, la familia de los brezos, los rododendros y los arándanos. Es un árbol pequeño o arbusto grande de hoja perenne, que en jardín suele quedarse entre 3 y 6 metros y que en ejemplares viejos y en buenas condiciones puede superar los 8 o 9.
Está presente de forma natural en toda la cuenca mediterránea y, de manera algo sorprendente, también en la fachada atlántica hasta el suroeste de Irlanda, donde constituye una población relicta. En España aparece en el sotobosque de encinares y alcornocales, en maquis y matorrales altos, en la mayor parte de la Península salvo las zonas más frías y continentales del interior norte.
El epíteto unedo procede de una frase atribuida a Plinio, unum edo ("como uno solo"), en alusión a que el fruto no invita a repetir. Es un juicio injusto, como veremos.
Cómo reconocerlo
La corteza es uno de sus mayores atractivos: pardo rojiza, agrietada en placas finas que se desprenden en tiras dejando ver una capa interior más clara y lisa. En ejemplares con varios troncos y bien limpios de ramas bajas, es un elemento decorativo de primer orden.
Las hojas son alternas, lanceoladas u oblongas, de 5 a 10 cm, coriáceas, de un verde oscuro brillante por el haz y más pálido por el envés, con el borde claramente aserrado y el pecíolo a menudo rojizo. Son duras y de aspecto lustroso, típicamente esclerófilas.
Las flores son pequeñas, blancas o crema, a veces con tinte rosado, en forma de urna o campanilla muy parecidas a las del brezo, y se agrupan en panículas colgantes en el extremo de las ramas. Aparecen de octubre a diciembre, en plena caída de la hoja de los caducifolios.
El fruto es una baya globosa de unos 2 cm, cubierta de pequeñas papilas o verruguitas, que pasa del verde al amarillo y al rojo escarlata intenso al madurar. Tarda alrededor de un año en madurar, y este dato explica el fenómeno que hace del madroño un árbol único: en otoño coexisten en la misma rama las flores nuevas y los frutos rojos maduros de la floración del año anterior. Verde, rojo y blanco a la vez. No hay muchos árboles capaces de eso.
El fruto: qué hay de cierto en lo de emborracharse
Es la creencia más repetida sobre este árbol y merece una respuesta precisa. Los madroños son comestibles y, cuando están completamente maduros —rojos, blandos, que se desprenden solos al tocarlos—, tienen un sabor dulce, con textura arenosa y un punto a nísperos. Cogidos antes de tiempo son sosos y astringentes, y de ahí viene su mala fama.
Los frutos muy pasados, ya en el árbol o en el suelo, fermentan y desarrollan una pequeña cantidad de alcohol. Esa es la base real del mito. Pero las cantidades son bajas: hay que comer una cantidad considerable de fruta muy fermentada para notar algo, y lo que suele producir antes es molestia digestiva por el exceso de fibra y azúcares. Es una fruta perfectamente segura consumida con normalidad.
Se aprovecha sobre todo en mermeladas, compotas y licores. En Portugal, especialmente en el Algarve, se destila el conocido aguardente de medronho, y en España se elabora licor de madroño de forma tradicional en varias zonas. La miel de madroño, producida en otoño, es amarga y muy apreciada.
Para consumo en fresco, los cultivares de fruto grande son mejores que los ejemplares silvestres. Y ten en cuenta que los pájaros los adoran: mirlos, currucas y zorzales darán buena cuenta de la cosecha, lo que en un jardín es más una ventaja que un problema.
El madroño como símbolo
Su papel más conocido es el del escudo de Madrid, con el oso apoyado en un madroño. La figura aparece en la heráldica municipal desde la Edad Media y se ha convertido en la imagen más reconocible de la ciudad, materializada en la estatua de la Puerta del Sol. Los historiadores discuten los detalles del origen —hay quien vincula el árbol a un antiguo pleito por el aprovechamiento de pastos y montes entre el concejo y el cabildo— pero el vínculo simbólico está firmemente establecido.
Más allá de Madrid, el madroño es una de las especies emblemáticas del bosque mediterráneo y una pieza clave del sotobosque de encinares y alcornocales, donde da alimento a la fauna justo en la estación más pobre.
Clima y suelo
Es un árbol bastante rústico: aguanta heladas de -10 a -12 ºC sin daños importantes, y episodios puntuales algo más severos en ejemplares adultos. Lo que no lleva bien son los inviernos largos y muy fríos del interior norte peninsular ni las heladas tardías fuertes sobre brotes tiernos.
Soporta muy bien la sequía estival una vez establecido, el calor y la insolación intensa, y tolera razonablemente el viento salino, lo que permite usarlo en jardines costeros de segunda línea.
Sobre el suelo hay que deshacer un malentendido. Al ser una ericácea, se asume que necesita suelo ácido como las azaleas. No es así: el madroño prefiere suelos ácidos o neutros, pero es notablemente tolerante a la caliza, mucho más que el resto de su familia, y crece sin problemas en terrenos calizos siempre que drenen bien. Solo en calizas muy activas y con agua de riego muy dura puede aparecer algo de clorosis.
Lo que sí exige de verdad es drenaje. En suelo pesado y encharcado es muy sensible a las podredumbres radiculares por Phytophthora, que son su principal causa de muerte en jardín. Si tu terreno es arcilloso, planta sobre un caballón elevado.
Exposición y plantación
Acepta pleno sol y también semisombra, herencia de su origen como especie de sotobosque. A pleno sol es más compacto y fructifica más; en semisombra crece más suelto y elegante. Ambas opciones son válidas.
La mejor época para plantar es el otoño, entre octubre y noviembre, para que aproveche las lluvias del invierno y llegue al primer verano con la raíz asentada. En zonas de heladas fuertes, mejor a finales del invierno.
Un detalle importante: el madroño tolera mal el trasplante cuando ya tiene cierto tamaño. Es preferible plantar un ejemplar joven de contenedor, que se adaptará mejor y en cuatro o cinco años habrá adelantado al ejemplar grande y caro. Al plantar, no rompas el cepellón ni manipules la raíz más de lo necesario.
Riega de forma regular los dos primeros veranos, con riegos profundos y espaciados. A partir del tercer año, en clima mediterráneo, puede pasar el verano sin riego, aunque un par de aportes generosos en julio y agosto mejoran mucho la fructificación.
Crecimiento y poda
Crece despacio. Es la contrapartida de su longevidad y de su resistencia. Hay que asumirlo: no es el árbol para quien quiere sombra en tres años. A cambio, es longevo y no da sorpresas de tamaño.
De forma natural tiende a ramificar desde la base y a formar una mata de varios troncos. Si prefieres un árbol de porte definido, selecciona desde joven dos o tres pies y ve eliminando el resto, subiendo poco a poco la cruz para lucir la corteza. Si prefieres el aspecto arbustivo y una pantalla densa, no hagas nada.
La poda debe ser mínima: solo ramas secas, cruzadas o mal orientadas, y aclareos ligeros para que entre la luz. Tolera el recorte y rebrota bien —de hecho rebrota de cepa tras un incendio gracias a una estructura leñosa subterránea, lo que lo hace fundamental en la regeneración del monte mediterráneo—, pero una poda severa le quita todo el interés ornamental.
El momento: finales de invierno o principios de primavera, después de la fructificación. Podar en verano u otoño te costaría la floración y los frutos de la temporada.
Abonado
Muy poco. Es una especie adaptada a suelos pobres. Un aporte de compost o mantillo en superficie a la salida del invierno, cada dos o tres años, es suficiente. Si el suelo es calizo y notas clorosis, un abono para acidófilas con hierro quelatado en primavera corrige el problema.
Multiplicación
La vía práctica es la semilla. Recoge frutos bien maduros en otoño-invierno, aplástalos, separa las semillas de la pulpa lavándolas y déjalas secar. Necesitan estratificación en frío: unas 4 a 8 semanas en nevera, a 4-5 ºC, en arena o vermiculita húmedas. Después, siembra en bandeja con sustrato ligero, cubriendo apenas la semilla, y mantén a media sombra. Germinan de forma irregular en varias semanas. El crecimiento inicial es lento y hasta el segundo año no tendrás plantas manejables.
Los esquejes son difíciles y con porcentajes bajos incluso con hormonas y calor de fondo. El acodo de ramas bajas es más fiable para el aficionado, aunque tarda un año o más en enraizar.
Si buscas un cultivar concreto —los hay compactos, de flor rosada o seleccionados por fructificar muy jóvenes—, tendrás que comprarlo, porque de semilla no se reproducen fielmente.
Plagas y enfermedades
Es un árbol sano. Los problemas habituales son:
Podredumbre de raíz por hongos de suelo en terrenos encharcados. La causa más frecuente de muerte y la única realmente grave. Se previene con drenaje, no se cura.
Cochinillas y pulgón en brotes tiernos, de importancia menor; jabón potásico o aceite de verano los controlan.
Manchas foliares de origen fúngico tras primaveras muy húmedas, que se limitan a un daño estético.
Y un caso especial que conviene conocer: las orugas de la mariposa de los madroños (Charaxes jasius), la mariposa diurna más grande de Europa, se alimentan exclusivamente de las hojas de Arbutus unedo. Si encuentras orugas verdes y gruesas, con la cabeza rematada por cuatro cuernecillos, no las elimines: el daño que causan al árbol es insignificante y estás alojando a una de las especies más espectaculares de nuestra fauna.
Cómo usarlo en el jardín
Su tamaño contenido y su hoja perenne lo hacen especialmente adecuado para jardines pequeños y medianos, donde muchos árboles se quedan grandes. Es un buen ejemplar aislado en césped o grava, sobre todo si se limpia el tronco para lucir la corteza.
En seto informal alto o pantalla funciona muy bien plantado cada 1,5-2 metros, y da opacidad todo el año.
Encaja perfectamente en jardines mediterráneos de bajo consumo de agua junto a lentiscos, mirtos, durillos, coscojas y jaras, formando composiciones de flora autóctona que apenas necesitan riego una vez establecidas.
Es también una de las mejores especies para un jardín orientado a la fauna: florece en otoño cuando escasea el néctar, alimenta a las abejas en esa época crítica, y sus frutos rojos sostienen a los pájaros durante el invierno.
En maceta grande se puede tener en terraza durante muchos años si se garantiza drenaje y riego regular, aunque crecerá bastante menos.
En resumen
El madroño, Arbutus unedo, es un árbol pequeño de hoja perenne, autóctono del bosque mediterráneo, que en jardín se queda en 3 a 6 metros. Su gran singularidad es florecer en otoño con campanillas blancas mientras maduran a la vez los frutos rojos de la floración del año anterior, que tardan doce meses en cuajar.
Aguanta hasta unos -10 o -12 ºC, la sequía estival, la insolación fuerte y, al contrario de lo que se supone de una ericácea, tolera bien los suelos calizos siempre que drenen. Su verdadero enemigo es el encharcamiento.
Crece despacio, tolera mal el trasplante en tamaño grande y necesita muy poca poda: solo limpieza a finales de invierno, nunca en otoño si quieres frutos. Se multiplica por semilla con estratificación en frío, y los esquejes son complicados.
Sus frutos son comestibles y sabrosos cuando están completamente maduros, y lo de emborracharse con ellos es más leyenda que realidad. Sumado a que alimenta abejas en otoño y pájaros en invierno, y a que hospeda a la mariposa más grande de Europa, es difícil encontrar un árbol de jardín que dé tanto a cambio de tan poco.