Amarillo y perfumado a la vez. Esa combinación es poco corriente entre los jazmines, porque los que huelen de verdad suelen ser blancos y los amarillos de jardinería casi nunca huelen a nada. Jasminum odoratissimum rompe la regla: flores de un amarillo limpio, en ramillete, con un aroma que recuerda al azahar y que se nota a varios metros en las tardes cálidas de mayo.
Es un arbusto de la familia de las oleáceas, la misma del olivo, el aligustre y la lila. Procede de la Macaronesia —Madeira y las islas Canarias—, lo que explica bastante bien cómo se comporta en la Península: agradece el clima suave y húmedo del litoral y sufre en los inviernos secos y helados del interior.
Qué planta es exactamente
Arbusto perennifolio, de porte abierto y ramas largas y arqueadas. En condiciones buenas alcanza 2 a 3 metros de alto y otro tanto de ancho; en maceta se queda en un metro largo. La corteza joven es verde y estriada, algo que lo delata frente a otros arbustos de hoja parecida.
Las hojas son alternas y compuestas, normalmente trifolioladas —tres foliolos— aunque en ramas vigorosas aparecen de cinco. Son de un verde oscuro brillante, algo coriáceas, y aguantan el invierno puestas siempre que no haya heladas fuertes.
La floración se concentra en primavera y principios de verano, de abril a julio según la zona, con repuntes sueltos en otoño si el año viene templado. Las flores salen en cimas terminales de tres a diez unidades, con un tubo estrecho de un par de centímetros que se abre en cinco lóbulos amarillos. El perfume es más intenso al atardecer y con temperatura alta; en un día fresco y nublado apenas se percibe, y eso desconcierta a quien lo compra en flor un día de marzo desapacible y cree que le han vendido una planta sin olor.
Tras la floración pueden formarse frutos: bayas pequeñas que pasan de verde a negro brillante. No son comestibles, aunque tampoco constituyen un peligro serio.
Ojo con los jazmines amarillos que no son este
La etiqueta «jazmín amarillo» cubre en vivero al menos cuatro plantas distintas, y una de ellas es tóxica de verdad. Conviene distinguirlas antes de comprar:
Gelsemium sempervirens, el falso jazmín o jazmín de Carolina, es una trepadora de flores amarillas en forma de trompeta, muy vistosa, que contiene alcaloides tóxicos en toda la planta —hojas, flores y savia—. Ingerirla causa cuadros graves en personas y animales, y su néctar es problemático para las abejas. No pertenece siquiera a la misma familia. Si hay niños o perros que mordisquean, esta es la que hay que evitar; el jazmín oloroso, en cambio, no tiene esa fama.
Jasminum nudiflorum, el jazmín de invierno, florece en amarillo entre diciembre y febrero sobre ramas desnudas. Es resistentísimo al frío y no huele nada. Quien busca perfume y compra este se lleva un chasco de un año entero.
Jasminum fruticans es el jazmín silvestre ibérico, presente en matorrales y encinares de media España. Aguanta la sequía y la caliza como pocos, pero su flor es discreta en aroma.
Jasminum humile y su variedad 'Revolutum' se parecen muchísimo al oloroso —tanto que algunos botánicos han llegado a tratarlos como un mismo complejo de especies— y sí tienen fragancia, aunque más floja. Si la maceta pone humile y las hojas son de cinco o siete foliolos mates, es este. El oloroso tiende a tres foliolos lustrosos.
Y luego están los que ni siquiera son jazmines: el Trachelospermum jasminoides (jazmín estrella, blanco y trepador de verdad) y el Cestrum nocturnum (galán de noche). Perfuman ambos, pero se cuidan de otra manera.
Clima: hasta dónde llega su resistencia
Este es el punto que decide si el cultivo va a salir bien. El jazmín oloroso soporta heladas ligeras y breves, del orden de -3 o -4 °C, y siempre mejor si son puntuales y con la planta ya asentada. Por debajo de eso pierde la hoja, se le queman los extremos y, en un episodio prolongado, muere hasta el cuello.
Traducido al mapa: se cultiva sin problemas en toda la costa mediterránea, en el litoral atlántico andaluz, en Canarias y en buena parte del norte cantábrico. En Madrid, Castilla y León, Aragón interior o Extremadura fría hay que plantarlo arrimado a una pared orientada al sur, que acumula calor de día y lo devuelve de noche, o cultivarlo en maceta para meterlo bajo cubierto en enero. Plantarlo a campo abierto en una zona de -8 °C y esperar que resista es tirar el dinero: aguantará dos inviernos suaves y desaparecerá al primero duro.
Tolera bien la brisa marina, así que funciona en jardines de primera línea siempre que no reciba el salpicón directo del oleaje.
Sol, suelo y plantación
Quiere sol directo, cuantas más horas mejor. A media sombra vive, pero la floración se reduce a la mitad y las ramas se estiran buscando luz, con lo que el arbusto queda desgarbado. En el sur peninsular agradece que las horas centrales de julio le lleguen algo tamizadas, sin más.
En suelo es poco exigente y aquí está una de sus grandes ventajas: tolera los suelos calizos. Frente a una gardenia o una camelia, que amarillean sin remedio en el 80 % de los jardines españoles, el jazmín oloroso vive tranquilo con pH alto. Lo único que no perdona es el encharcamiento. Si el terreno es arcilloso y compacto, hay que plantar sobre un caballón elevado o mezclar el hoyo con arena gruesa y grava.
El momento de plantar es el otoño en la costa —de octubre a noviembre, para que enraíce durante el invierno templado— o la primavera a partir de marzo en zonas con riesgo de heladas. Hoyo del doble del cepellón, sin enterrar el cuello, y un buen riego de asiento.
Riego y abonado
Los dos primeros años necesita riego regular: cada tres o cuatro días en pleno verano, semanal en primavera y otoño, y prácticamente nada en invierno si llueve. Una vez la raíz ha profundizado, se vuelve bastante resistente a la sequía y sobrevive con un riego quincenal de verano, aunque florecerá menos y la hoja se verá más apagada.
En maceta el cálculo cambia por completo: un contenedor de 30-40 cm en una terraza al sur puede pedir agua a diario en agosto. La regla útil es meter el dedo dos o tres centímetros en el sustrato y regar solo cuando esté seco a esa profundidad.
Para el abonado basta con un fertilizante equilibrado de liberación lenta a la salida del invierno y otro aporte a mediados de primavera, o riegos quincenales con abono líquido para plantas de flor entre marzo y septiembre. Cuidado con el nitrógeno: si se abusa de abonos ricos en N, la planta responde con brotes largos, hoja grande y verde oscura y muy pocas flores. Interesan más el fósforo y el potasio. En suelos muy calizos regados con agua dura puede aparecer clorosis entre los nervios de las hojas jóvenes; se corrige con quelato de hierro, no con más abono general.
Poda y conducción
Aquí hay un malentendido que cuesta la floración. El jazmín oloroso no es una trepadora: no tiene zarcillos ni tallos volubles que se enrosquen solos. Lo que hace es emitir ramas largas y flexibles que se apoyan en lo que encuentran. Si se quiere sobre una celosía o un arco, hay que atarlo, rama a rama, con cinta de rafia o brida blanda. Comprarlo esperando que suba solo por la pared termina en un arbusto tumbado.
La poda se hace justo después de la floración principal, a finales de verano. Se aclaran las ramas secas, las que se cruzan y las más viejas desde la base, y se recortan los brotes más desmandados. Si se poda a fondo en pleno invierno o al arrancar la primavera, se están cortando las ramas que iban a dar flor y la temporada se queda en nada.
Cada tres o cuatro años conviene un rejuvenecimiento: eliminar una de cada tres ramas viejas al ras, para forzar brotación nueva desde el pie. Los ejemplares abandonados se ahuecan por dentro y acaban floreciendo solo en la punta.
Multiplicación
Lo práctico son los esquejes semileñosos de julio y agosto: trozos de 10-12 cm de madera del año, ya algo endurecida, cortados bajo un nudo, sin las hojas de la mitad inferior, con hormona de enraizamiento y clavados en una mezcla de turba y perlita a partes iguales. Con ambiente húmedo —una bolsa transparente sirve— y calor de fondo, enraízan en cuatro a ocho semanas. No es de los esquejes más agradecidos, así que conviene poner el triple de los que se quieren.
El acodo aéreo o rastrero es más lento pero más seguro: se dobla una rama baja hasta el suelo, se hiere ligeramente la corteza en el punto de contacto, se entierra unos centímetros y se sujeta con una piedra. En una temporada suele tener raíz propia.
Por semilla también se puede, pero tarda años en florecer y el resultado es desigual. Para un jardín particular no compensa.
Plagas y problemas frecuentes
Cochinilla algodonosa: aparece como borrones blancos en las axilas de las hojas y en el envés, sobre todo en plantas de terraza resguardada y con poca ventilación. Se combate con jabón potásico repetido cada semana durante tres o cuatro aplicaciones, o con aceite de parafina fuera de las horas de sol.
Pulgón: en marzo y abril se instala en los brotes tiernos y en los botones florales, que quedan deformados. Un chorro de agua a presión y jabón potásico resuelven la mayoría de los casos.
Araña roja: en ambientes secos y calurosos, típicamente en una terraza cerrada. Se detecta por el punteado amarillento de la hoja y las telarañas finísimas en el envés. Aumentar la humedad ambiental y pulverizar el envés con agua ya la desanima bastante.
Podredumbre de raíz: hoja mustia con el sustrato húmedo es la señal de alarma. Casi siempre viene de un plato con agua estancada bajo la maceta o de un suelo que no drena. Regar más al ver la planta caída es lo que la remata; lo correcto es dejar secar, comprobar el drenaje y, si hace falta, trasplantar a sustrato nuevo con más material grueso.
Un fallo de manejo que no es plaga: colocarlo en un rincón cerrado esperando concentrar el aroma. Sin corriente de aire proliferan cochinilla y hongos, y el perfume se percibe igual de bien en un lugar aireado, que además se aprovecha desde una terraza o una ventana.
En resumen
Jasminum odoratissimum es un arbusto perennifolio macaronésico de 2-3 metros, con hoja trifoliolada brillante y flores amarillas fragantes de abril a julio. Quiere sol pleno, suelo bien drenado —la caliza no le molesta— y riego regular los dos primeros años, moderado después. Su límite real es el frío: por debajo de -3 o -4 °C hay que protegerlo o cultivarlo en maceta.
Se poda en cuanto termina de florecer, nunca en invierno, y se ata si se quiere sobre una estructura, porque no trepa por sí mismo. Se multiplica por esqueje semileñoso de verano o por acodo. Y a la hora de comprar, mirar la etiqueta botánica: entre los «jazmines amarillos» del vivero hay especies sin olor y una, el Gelsemium sempervirens, francamente tóxica.