Un jacarandá nacido de semilla puede tardar entre ocho y catorce años en abrir su primera flor. Ese dato, que no suele figurar en la etiqueta del vivero, explica la mitad de las decepciones que rodean a este árbol: se planta en un jardín pequeño esperando la alfombra lila de las avenidas de Málaga y, cuando por fin florece, el ejemplar ocupa media parcela.

Merece la pena, eso sí. Pocas especies ornamentales dan un espectáculo comparable al de Jacaranda mimosifolia en mayo. Pero conviene saber a qué se compromete uno.

Qué árbol es exactamente

Jacaranda mimosifolia pertenece a la familia de las bignoniáceas, la misma que la catalpa, la Campsis o el Tecoma. Es originario del noroeste de Argentina y del sur de Bolivia, de las estribaciones andinas de Salta, Jujuy y Tucumán, donde se le llama tarco. No es brasileño ni africano, aunque Pretoria se haya hecho famosa por sus calles llenas de jacarandás. En viveros aparece a veces como Jacaranda ovalifolia: es el mismo árbol, un sinónimo antiguo.

Alcanza entre 8 y 15 metros en cultivo, con copa ancha, abierta y de ramificación irregular. La hoja es bipinnada, muy dividida, de aspecto plumoso, parecida a la de una mimosa o una acacia —de ahí el epíteto mimosifolia—. Las flores son tubulares y acampanadas, de unos 4 o 5 centímetros, de un azul violáceo difícil de encontrar en otro árbol, y se agrupan en panículas terminales. El fruto es una cápsula leñosa, aplanada y redondeada, del tamaño de una castañuela; se abre en dos valvas y suelta semillas con ala membranosa.

Jacaranda mimosifolia en plena floración con sus flores azul violáceo

Hay una confusión de vivero que conviene resolver antes de pagar. La Paulownia tomentosa, o kiri, también da flores lilas y también se vende como árbol de sombra rápido. Distinguirlas es inmediato si se mira la hoja: la paulownia tiene hojas simples, enormes, acorazonadas y aterciopeladas, y florece en abril con la rama desnuda, en panículas erguidas parecidas a dedaleras. El jacarandá tiene esa hoja de helecho y florece más tarde. Quien compra una paulownia creyendo llevarse un jacarandá se encuentra con un árbol que crece el doble de rápido, aguanta mucho más frío y rebrota de raíz por todo el jardín.

Hasta qué frío aguanta

Aquí se decide si el árbol tiene sentido en su jardín o no. El jacarandá es una especie subtropical de altura, acostumbrada a inviernos frescos pero sin heladas fuertes.

  • Ejemplares jóvenes (los tres o cuatro primeros años): sufren daños serios por debajo de -2 o -3 °C. Una helada de -4 °C sobre un plantón de dos años puede matarlo hasta el cuello.
  • Ejemplares adultos y bien lignificados: toleran heladas breves de -5 a -7 °C perdiendo puntas de rama y buena parte de la floración de ese año.

Traducido al mapa: en la costa mediterránea desde Girona hacia el sur, en toda Andalucía occidental y oriental, en el litoral atlántico gaditano y onubense, en Canarias y en las zonas bajas de Murcia, Alicante y Valencia crece sin problemas y florece bien. En Madrid, Zaragoza o Valladolid puede sobrevivir en un microclima urbano protegido, pero las heladas de enero le queman las yemas florales y el árbol acaba siendo un ejemplar de hoja bonita que apenas florece. Plantarlo en el interior de la meseta esperando el color de Sevilla es tirar diez años de espera.

Exige sol directo, todo el día. A media sombra crece, se estira buscando la luz y no da flor. Y conviene resguardarlo del viento fuerte y constante: la madera es frágil y las ramas grandes se desgajan con facilidad, sobre todo si el árbol se ha criado con dos guías competidoras en vez de una.

Suelo, y el amarilleo que aparece en el tercer año

Quiere suelo profundo, suelto y con drenaje real. No es exigente en fertilidad: tolera terrenos pobres y algo pedregosos mejor que suelos ricos y compactados. Lo que no perdona es el encharcamiento; un suelo arcilloso que retiene agua tras las lluvias de otoño es una invitación a la podredumbre de raíz por Phytophthora.

El pH ideal está entre 5,5 y 7. Y ahí aparece el problema típico del levante y del sureste español: suelos calizos, con pH de 8 o más, y agua de riego dura. El árbol arranca bien los dos primeros años tirando de la tierra de plantación y después empieza a mostrar hojas nuevas amarillas con los nervios verdes, empezando por la parte alta de la copa. Es clorosis férrica, y el hierro no está ausente del suelo: está bloqueado por la caliza y la planta no puede tomarlo.

Se corrige aportando quelato de hierro EDDHA en riego, a finales de invierno y otra vez a principios de verano; es el único quelato que se mantiene estable a pH alto, así que el sulfato ferroso o los quelatos EDTA baratos no van a servir de mucho en un suelo calizo. A medio plazo ayuda más incorporar materia orgánica cada otoño, acolchar el alcorque y, si el agua del grifo es muy dura, aprovechar el agua de lluvia. Si el suelo es una costra caliza pura, mejor elegir otro árbol antes que condenarse a inyectar quelatos toda la vida.

La tolerancia a la salinidad es baja. En primera línea de playa, con brisa marina cargada, quema hoja y va perdiendo vigor.

Riego

Los tres o cuatro primeros veranos son los que deciden si el árbol se instala. En esa fase conviene un riego abundante y espaciado —empapar bien el bulbo de raíces y dejar secar la superficie— cada 7 a 10 días de junio a septiembre en el interior, y cada 10 o 15 en la costa. Mejor un riego largo y profundo que cuatro cortos: el goteo diario de cinco minutos crea un cepellón superficial que luego no aguanta ninguna ola de calor.

A partir del quinto año, con la raíz explorando en profundidad, el jacarandá aguanta bastante sequía. En el sur peninsular sobrevive con dos o tres riegos de socorro en agosto, y en la costa mediterránea muchos ejemplares maduros no se riegan nunca.

En invierno no se riega. Un suelo húmedo y frío en diciembre no le aporta nada y sí favorece los hongos de raíz.

Por qué no florece

Un jacarandá que crece bien y no da una sola flor responde casi siempre a una de estas cinco causas:

  • Es demasiado joven. De semilla, entre ocho y catorce años. Los ejemplares injertados o de esqueje seleccionado florecen bastante antes, a veces en cinco o seis años. Si quiere flor en un plazo razonable, pregunte en el vivero cómo se ha propagado el ejemplar y compre uno que ya haya florecido alguna vez.
  • Le falta sol. Sombra parcial, hoja abundante, flor cero.
  • Sobra nitrógeno. Un jacarandá plantado en medio de un césped que recibe abono de primavera cada año responde con crecimiento vegetativo y renuncia a la flor. Es un patrón muy claro en jardines residenciales.
  • Se ha podado en invierno. Explicado en el apartado siguiente.
  • La helada quemó las yemas. Un -4 °C en febrero se lleva la floración de mayo sin dañar aparentemente el árbol.

Para favorecer la flor, un abonado a finales de invierno bajo en nitrógeno y con buen aporte de potasio y fósforo es más útil que cualquier fertilizante universal. Y no regar en exceso durante el invierno: el ligero estrés hídrico de la estación seca es parte de lo que dispara la floración en su hábitat de origen.

Poda: solo después de florecer

El jacarandá abre sus flores sobre madera del año anterior, y lo hace normalmente antes o a la vez que brota la hoja nueva. Quien coge la tijera en enero o febrero, cuando el árbol está desnudo y parece el momento lógico, está cortando exactamente las ramas que llevaban las yemas florales. Poda en febrero y te quedas sin mayo.

La ventana correcta es justo después de la floración, entre finales de junio y julio. Ahí se puede aclarar copa, retirar ramas cruzadas y quitar madera muerta con tiempo de sobra para que el árbol forme nueva madera antes del otoño.

La poda importante, en realidad, es la de los primeros años: formar una guía única y elegir tres o cuatro ramas principales bien repartidas, con ángulos de inserción abiertos. La madera del jacarandá es blanda y quebradiza; dos guías codominantes que se abrazan en una horquilla estrecha terminan partiéndose por el centro en el primer temporal serio, y con ellas se va la mitad del árbol. Ese trabajo de cinco minutos con un ejemplar de tres años ahorra un desastre veinte años después.

Los rebrotes de la base y los chupones del tronco se retiran en cuanto aparecen.

Multiplicación

Por semilla es sencillo. Se recogen las cápsulas maduras del árbol en invierno, se abren y se extraen las semillas aladas. Un remojo de 24 horas en agua templada mejora la nascencia. Se siembran en primavera en sustrato ligero, apenas cubiertas, a 20-25 °C: germinan en dos o tres semanas. El inconveniente ya lo conoce: la espera hasta la flor.

Por esqueje semileñoso en julio, de unos 15 centímetros, con hormona de enraizamiento, sustrato de perlita y turba, calor de fondo y ambiente húmedo, se consiguen resultados irregulares pero suficientes para un aficionado. La ventaja es que el esqueje procede de un ejemplar que ya florece, y eso acorta mucho los años de espera.

Plagas y problemas

Es un árbol sano en general. Lo que aparece en España es previsible:

  • Pulgón en los brotes tiernos de primavera. Melaza, negrilla y hormigas. Con jabón potásico se controla, y en árboles grandes suele no merecer la pena intervenir.
  • Cochinillas algodonosas en ramas jóvenes, sobre todo en ejemplares estresados o en maceta.
  • Podredumbres de raíz por Phytophthora o Armillaria en suelos que se encharcan. Se manifiestan como una decadencia general de la copa; a esas alturas hay poco que hacer, así que el drenaje es la única prevención real.
  • Clorosis, ya tratada, que se confunde a menudo con falta de riego y se "trata" regando más, lo que empeora el bloqueo del hierro.

Lo que hay que asumir antes de plantarlo

Tres cosas que se descubren cuando ya está plantado:

Ensucia. La alfombra de flores caídas es preciosa en la foto y resbaladiza en la realidad, sobre todo si llueve encima. Después vienen las cápsulas leñosas, que caen durante meses y son duras como piedras. No es el árbol para plantar junto a una piscina ni sobre la plaza de aparcamiento.

Ocupa. Necesita al menos 6 metros de separación respecto a la casa, la piscina o el vecino, y espacio para una copa que puede acabar midiendo 8 o 10 metros de diámetro. La raíz no es especialmente agresiva comparada con la de un chopo o un ficus, pero es superficial y levanta el pavimento de un alcorque estrecho.

Se queda desnudo en primavera. En los inviernos suaves del litoral mantiene la hoja hasta bien entrado febrero, y entonces la suelta de golpe justo antes de florecer. Ver un árbol pelado en marzo, cuando el resto del jardín está brotando, asusta al que no lo espera. No está muriéndose: está a punto de dar el espectáculo.

El jacarandá blanco

Existen cultivares de flor blanca, comercializados como Jacaranda mimosifolia 'Alba' o 'White Christmas'. Son la misma especie y sus cuidados son idénticos, con una salvedad: se propagan por injerto o esqueje, porque la semilla de un ejemplar blanco no reproduce fielmente el color. Su floración es algo menos densa y el contraste con la hoja verde resulta más discreto que en la forma azul.

Jacaranda de flores blancas, cultivar Alba

Existe además otra especie que se ve ocasionalmente en colecciones y jardines botánicos, Jacaranda cuspidifolia, de flor más grande y algo más oscura. Fuera del ámbito coleccionista, lo que se planta en España es mimosifolia.

En resumen

El jacarandá es un árbol de clima suave: por debajo de -5 °C empieza a pasarlo mal y las heladas de finales de invierno le cuestan la floración entera. Quiere sol pleno, suelo profundo con drenaje y, si el terreno es calizo, quelato de hierro EDDHA como mantenimiento. Riego abundante y espaciado los primeros veranos, casi ninguno cuando está establecido.

La poda se hace en junio o julio, nunca en invierno, porque la flor sale sobre madera del año anterior. Los primeros años valen para formar una guía única y evitar horquillas que después se rompen. Si no florece, revise por este orden: edad, sol, exceso de nitrógeno, poda a destiempo y heladas tardías.

Y antes de plantarlo, mida el sitio. Seis metros de distancia a cualquier construcción, nada de piscinas ni aparcamientos debajo, y paciencia con un ejemplar de semilla: la primera flor tarda cerca de una década en llegar.


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