El color de una hortensia no lo decide la etiqueta del vivero: lo decide el aluminio que las raíces consiguen absorber, y eso depende del pH del sustrato. La misma planta que en Galicia sale de un azul intenso se vuelve rosa a los dos años en un jardín de Valladolid, sin que nadie la haya cambiado. Entender ese mecanismo es la mitad del trabajo con este arbusto; la otra mitad es la poda, donde un tijeretazo mal dado en febrero deja el arbusto verde y precioso, pero sin una sola flor en junio.

Hydrangea macrophylla es la especie que se llama hortensia a secas. Procede del sudeste de Japón, de zonas costeras húmedas y de suelos ácidos, y ese origen explica todo lo que le gusta y lo que no soporta: humedad ambiental alta, verano fresco, sombra parcial, agua sin cal y raíces siempre frescas.

Arbusto de hortensia en flor

Qué es una hortensia y qué especies vas a encontrar

El género Hydrangea reúne unas setenta especies de arbustos y trepadoras, y en los viveros españoles circulan media docena que se cuidan y se podan de forma distinta. Confundirlas es la causa de buena parte de los fracasos.

Hydrangea macrophylla forma matas redondeadas de 1 a 2 m, con hojas grandes, opuestas, dentadas y de un verde brillante. Sus inflorescencias vienen en dos formas: las mophead o de bola, cabezas compactas y pesadas de silueta inconfundible, y las lacecap o de encaje, con un disco central de flores fértiles diminutas rodeado de un anillo de flores estériles vistosas. Lo que tomamos por pétalos son en realidad sépalos: por eso duran semanas y se secan sin caerse.

Hydrangea serrata es una prima de montaña, más pequeña y de hoja más estrecha, casi siempre de tipo encaje. Aguanta mejor el frío y algo mejor el sol que la anterior.

Hydrangea paniculata tiene inflorescencias cónicas, no redondas, que abren blancas y viran a rosa o granate al final del verano. Es la más tolerante al sol y a la sequía moderada, la más rústica de todas y, si vives en el interior peninsular, probablemente la única que te dará satisfacciones sin pelearte con el agua. Cultivares como 'Limelight', 'Vanille Fraise' o 'Phantom' se encuentran sin dificultad.

Hydrangea arborescens, con 'Annabelle' como cultivar dominante, hace bolas blancas enormes sobre tallos que a veces se doblan con la lluvia. Florece en madera del año, lo que la hace muy fácil de podar.

Hydrangea quercifolia, la hortensia de hoja de roble, aporta algo que las demás no tienen: hojas lobuladas que en otoño se ponen rojo vino. Hydrangea petiolaris es trepadora, se agarra sola con raicillas adventicias y resuelve muros orientados al norte donde no prospera casi nada, aunque tarda dos o tres años en arrancar.

Dentro de H. macrophylla hay cultivares clásicos que conviene conocer por el comportamiento, no solo por el color: 'Nikko Blue' y 'Mariesii Perfecta' (antes 'Blue Wave') azulean con facilidad si el suelo acompaña; 'Madame Emile Mouillère' es blanca y se queda blanca haga lo que hagas; y las series remontantes tipo 'Endless Summer' florecen tanto en madera vieja como en la del año, un detalle que cambia por completo cómo se podan.

Por qué azulea, por qué se vuelve rosa

El pigmento de los sépalos es siempre el mismo, la delfinidina-3-glucósido. Lo que cambia el color es si ese pigmento forma o no un complejo con iones de aluminio. Con aluminio, azul; sin él, rosa. Y el aluminio, que está presente en casi todos los suelos, solo se vuelve soluble y absorbible cuando el pH baja. Por debajo de 5,5 la planta lo capta sin problema; por encima de 6,5 el aluminio queda bloqueado en formas insolubles y la flor sale rosa. Entre medias aparecen esos malvas y lilas sucios que tanto desconciertan.

De aquí se derivan tres cosas prácticas. La primera: las hortensias blancas no cambian de color, porque no tienen delfinidina que complejar. Ningún producto las azulea; como mucho, con el envejecimiento y el frío otoñal cogen tintes verdosos o rosados en los bordes.

La segunda: los clavos oxidados enterrados al pie del arbusto no sirven de nada. El hierro no interviene en la reacción. Circula desde hace décadas y sigue sin funcionar, igual que los posos de café, cuyo pH ronda la neutralidad una vez usados y no acidifican un suelo calizo.

La tercera, y la que más importa en España: si tu agua de riego es dura y tu tierra es caliza —el caso de buena parte de la Meseta, el valle del Ebro, Levante y Andalucía—, mantener el azul en pleno suelo es una batalla perdida a medio plazo. Cada riego devuelve carbonatos al sustrato y sube el pH. La solución realista es cultivarla en maceta grande con sustrato para acidófilas y regar con agua de lluvia.

Para virar a azul se emplea sulfato de aluminio disuelto en el agua de riego, en torno a 2 o 3 gramos por litro, una vez al mes desde finales de invierno hasta que abren las flores. Conviene no pasarse: el exceso de aluminio quema las raíces finas y el resultado es una planta con hojas achicharradas por los bordes y ninguna flor azul. Para el rosa se hace lo contrario, subir el pH con caliza dolomítica, pero con moderación, porque pasarse de 7 dispara la clorosis férrica.

Un detalle que se pasa por alto: los abonos ricos en fósforo bloquean el aluminio, porque los fosfatos lo precipitan. Si quieres azul, huye de los fertilizantes de floración con números altos en el segundo dígito. Si quieres rosa, ese mismo abono te ayuda.

Dónde ponerla

La hortensia clásica es planta de cornisa cantábrica: Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y el norte de Navarra le dan de forma natural lo que pide. Ahí puede ir casi a pleno sol si el suelo se mantiene fresco. Fuera de esa franja hay que compensar con ubicación.

La orientación que mejor funciona en clima continental o mediterráneo es la que recibe sol de mañana y sombra a partir del mediodía: bajo la copa alta de un árbol caducifolio, al pie de un muro orientado a levante, en el lado norte de la casa donde llegue luz reflejada. En pleno sol de julio en Córdoba o Zaragoza, las hojas se queman por los bordes en cuestión de días y las inflorescencias se secan en pergamino antes de abrir del todo.

La sombra densa tampoco vale. Bajo un cedro o un ciprés la planta vegeta, alarga entrenudos y florece poco o nada. Busca luz abundante sin radiación directa en las horas centrales.

Otro factor que se subestima es el viento seco. Con esas hojas grandes y finas, la hortensia transpira muchísimo; un poniente de tres días la deja mustia aunque la tierra esté húmeda, porque no da abasto reponiendo agua. Un seto o una tapia a barlovento cambian el resultado.

Suelo y riego

Quiere tierra ácida o al menos neutra, suelta, rica en materia orgánica y que retenga humedad sin encharcar. En el hoyo de plantación, de unos 50 x 50 cm, mezcla la tierra extraída con compost bien hecho, turba rubia o mantillo de acidófilas y corteza de pino. Si el terreno es arcilloso y compacto, añade también arena gruesa o pómice para que el agua circule.

En maceta, un sustrato específico para plantas de tierra ácida con un tercio de perlita funciona bien. Y la maceta, generosa: un ejemplar adulto en un tiesto de 20 cm se seca dos veces al día en verano y acaba agotado.

Sobre el riego hay un malentendido curioso. El nombre Hydrangea viene del griego hydor (agua) y angeion (vasija), pero no alude a la sed de la planta, sino a la forma de sus cápsulas de semillas, parecidas a pequeños cántaros. Dicho lo cual, sí es exigente: quiere el sustrato constantemente fresco, nunca seco del todo y nunca encharcado.

En verano, en el interior peninsular, eso significa regar cada dos días en suelo y a diario en maceta, siempre a primera hora o al atardecer. Verla caída al mediodía de un día de 35 °C no siempre indica falta de agua: a veces es simple pérdida por transpiración y se recupera sola al caer el sol. Comprueba el sustrato con el dedo antes de regar; si está húmedo y la planta está mustia, el problema es el emplazamiento, no la sequía, y regar más solo asfixiará las raíces.

Un acolchado de 5 cm de corteza de pino, acículas o restos de poda triturados alrededor del pie hace más por la hortensia que aumentar la frecuencia de riego: mantiene la humedad, refresca el suelo y, en el caso de la corteza y las acículas, acidifica muy lentamente al descomponerse.

Riega, si puedes, con agua de lluvia recogida. En zonas de agua muy dura, cada riego deposita cal; a los dos o tres años, las hojas nuevas salen amarillas con los nervios verdes, que es el cuadro clásico de la clorosis férrica.

Abonado

De marzo a finales de agosto, un abono para plantas acidófilas cada quince o veinte días, o un granulado de liberación lenta aplicado dos veces, en marzo y a principios de junio. A partir de septiembre hay que parar: seguir abonando en otoño provoca brotes tiernos que la primera helada quema.

Si el objetivo es el azul, elige una fórmula con potasio alto y fósforo bajo. Si aparece clorosis, el remedio rápido es un quelato de hierro tipo EDDHA, el único que sigue siendo eficaz en suelos con pH por encima de 7; los quelatos EDTA se degradan en cuanto el medio se alcaliniza y por eso a veces parece que "el hierro no hace nada".

La poda, que es donde se pierde la floración

Aquí está la diferencia entre un arbusto que se llena de flor y otro que solo hace hojas. Depende de en qué madera florece cada especie.

H. macrophylla, H. serrata y H. quercifolia florecen sobre la madera del año anterior. Las yemas florales se forman al final del verano y pasan el invierno en los tallos. Si en febrero cortas los tallos a media altura "para que rebrote con fuerza", estás tirando a la basura la floración entera de ese año. La planta rebrotará vigorosa y verde, y no verás una flor hasta el verano siguiente.

La forma correcta: deja las inflorescencias secas puestas todo el invierno, porque protegen del frío a las yemas que tienen debajo. A finales de febrero o principios de marzo, cuando ya no se esperan heladas fuertes, corta cada tallo florecido justo por encima del primer par de yemas gruesas y sanas, que suele estar dos o tres pares de hojas por debajo de la flor seca. Aprovecha para eliminar a ras de suelo un tercio de los tallos más viejos, leñosos y grises: eso rejuvenece la mata sin sacrificar flor.

H. paniculata y H. arborescens florecen sobre la madera del año. Con estas se puede podar corto en febrero, dejando dos o tres pares de yemas por tallo, y la respuesta es una floración más abundante y con panículas más grandes. Es la poda justo opuesta a la anterior, y por eso importa saber qué especie tienes.

Las remontantes ('Endless Summer' y similares) florecen en ambas maderas; se limitan a quitarles las flores marchitas durante la temporada y se les hace la limpieza de tallos viejos al final del invierno.

Plantación, trasplante y multiplicación

El mejor momento para plantar en el norte húmedo es octubre y noviembre: la tierra sigue templada, llueve, y las raíces se instalan antes del verano. En zonas de inviernos duros, mejor esperar a marzo. Separa los ejemplares entre 1 y 1,5 m si quieres una masa continua. Al plantar, no entierres el cuello por encima de donde venía en el contenedor.

Las de maceta se trasplantan cada dos o tres años, en febrero, subiendo un par de tallas de tiesto y renovando el sustrato de la parte alta aunque no cambies de recipiente.

Multiplicarla es sencillo. En junio y julio, corta esquejes semileñosos de 10 a 12 cm con dos o tres nudos, elimina las hojas inferiores, reduce a la mitad las hojas que dejes arriba para limitar la transpiración, moja la base en hormona de enraizamiento y clávalos en una mezcla de turba y perlita a partes iguales. Con sombra, humedad ambiental alta y sustrato templado enraízan en tres a cinco semanas. El acodo simple también funciona muy bien: en primavera, dobla una rama baja hasta el suelo, entiérrala unos centímetros dejando la punta fuera, sujétala con una horquilla y sepárala de la madre al otoño siguiente.

Rusticidad y problemas frecuentes

La madera de H. macrophylla resiste bien hasta unos −12 o −15 °C, así que en la mayor parte de España sobrevive sin protección. El problema no es el frío del invierno, sino las heladas tardías de abril: cuando ya ha brotado, un −3 °C basta para quemar los brotes con las yemas florales dentro. El arbusto se recupera y saca hoja nueva, pero ese año no florece. En zonas de heladas tardías habituales, plantarla junto a un muro que acumule calor o retrasar la poda de limpieza hasta que pase el riesgo ayuda bastante. H. paniculata aguanta muy por debajo y no tiene ese problema, porque forma sus flores sobre brotes nuevos.

En cuanto a plagas, la araña roja aparece en cuanto se junta calor y aire seco: hojas con punteado amarillento y aspecto polvoriento por el envés. Aumentar la humedad ambiental la frena más que cualquier tratamiento. El pulgón ataca los brotes tiernos en primavera. El oídio deja un polvillo blanco en el haz cuando hay noches frescas y días templados con poca ventilación, y la botritis pudre las flores en primaveras lluviosas: en ambos casos, airear la mata aclarando tallos vale más que fumigar. Los caracoles y babosas se comen los brotes nuevos en marzo.

Si las flores salen pequeñas y escasas sin causa aparente, revisa por este orden: poda mal hecha, exceso de sombra, exceso de nitrógeno y helada tardía. Casi siempre está en esa lista.

No es planta comestible

Conviene decirlo con claridad porque circulan recetas de infusión: las hojas, los brotes y las flores de Hydrangea contienen glucósidos cianogénicos y no deben ingerirse. Comerlas puede provocar molestias digestivas, vómitos y malestar, y en perros o gatos que mordisquean el arbusto el cuadro es el mismo. La savia y el follaje también causan dermatitis de contacto en personas sensibilizadas, así que si podas cantidad conviene usar guantes.

Se cita a veces el amacha, la infusión japonesa que se prepara con hojas de Hydrangea serrata, como argumento en contra. Es un producto que requiere un proceso de fermentado y secado industrial que transforma los compuestos de la hoja fresca; no es algo reproducible cortando hojas del jardín. Trata la hortensia como lo que es en nuestros jardines, un arbusto ornamental, y mantén las hojas fuera del alcance de niños pequeños y mascotas roedoras de plantas.

Flor de hortensia azul

Flor cortada, flor seca y simbolismo

En jarrón, la hortensia recién abierta dura poco si se corta mal. El truco está en el tallo: es leñoso y se tapona enseguida. Córtalo en bisel, machaca ligeramente los dos centímetros finales o hazles un corte en cruz, y sumérgelo unos segundos en agua muy caliente antes de pasarlo al jarrón con agua fría. Como los sépalos absorben humedad, si se marchita puede recuperarse sumergiendo la cabeza entera en agua durante media hora.

Para flor seca, no cortes en junio. Espera a finales de agosto o septiembre, cuando los sépalos han perdido brillo y al tocarlos suenan y se sienten como papel. Ese es el punto en que la inflorescencia ya ha perdido buena parte de su agua en la planta y se seca sin arrugarse. Corta, quita las hojas y cuelga boca abajo en un sitio oscuro y ventilado, o déjala simplemente en un jarrón con dos dedos de agua hasta que se evapore.

En el lenguaje de las flores victoriano la hortensia arrastra dos lecturas opuestas: gratitud y comprensión por un lado, frialdad y desdén por otro, esto último por su fama de arbusto vistoso y estéril. En Japón, el ajisai se asocia a la temporada de lluvias de junio y a los templos donde se planta a miles; allí el cambio de color de sus flores a lo largo del verano se lee como imagen de lo que muda y no permanece.

En resumen

La hortensia es exigente en tres puntos y tolerante en todo lo demás. Necesita sombra en las horas centrales fuera del norte húmedo, sustrato ácido y agua sin cal si quieres conservar el azul, y una poda que respete la madera del año anterior en el caso de H. macrophylla, que es la especie habitual. Acuérdate de que el color lo manda el aluminio disponible, no el hierro, y de que las blancas no viran hagas lo que hagas.

Si vives en el interior seco y calizo, plantéate Hydrangea paniculata antes que la hortensia de bola: florece sobre brotes nuevos, aguanta más sol y más frío, se poda corta en febrero sin riesgo y no depende del pH para dar buen resultado. Y si te empeñas con la macrophylla, cultívala en maceta con sustrato de acidófilas, riégala con agua de lluvia y acolcha el pie; hecho eso, es un arbusto que dura décadas y florece cada verano sin pedir nada más.


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