Plante un haya púrpura en un jardín de Córdoba y lo verá agonizar durante tres o cuatro veranos antes de secarse del todo. Plántela en Oviedo, en Pamplona o en un valle del Pirineo y tendrá el árbol ornamental más impresionante de la calle durante dos siglos. Ese contraste tan brutal es lo primero que hay que entender del Fagus sylvatica de hoja roja, porque ninguna técnica de cultivo compensa un clima equivocado.
Hablamos de la forma purpúrea del haya común, Fagus sylvatica f. purpurea, y de los cultivares seleccionados a partir de ella: 'Atropunicea' (el más extendido, con frecuencia etiquetado como 'Atropurpurea'), 'Riversii', de hoja más grande y oscura, 'Dawyck Purple', columnar, o 'Purpurea Pendula', llorón y enano. No es una especie distinta del haya de nuestros hayedos: es la misma planta con una mutación en el color de la hoja.
De dónde sale ese color
La hoja del haya púrpura fabrica clorofila igual que cualquier otra, pero acumula además una cantidad desproporcionada de antocianinas, pigmentos rojos y violetas que tapan el verde. El árbol fotosintetiza con normalidad; simplemente lo hace debajo de un filtro de color.
Esa acumulación depende de la luz. Un haya roja plantada a la sombra de un edificio o bajo otros árboles pierde intensidad y vira a un bronce verdoso apagado hacia julio. A pleno sol mantiene el tono oscuro toda la temporada. Ahí está la tensión que hay que resolver al elegir el sitio: la planta necesita sol para tener color, pero no aguanta el sol seco y abrasador del interior peninsular. El sol que le conviene es el de un clima húmedo y fresco.
El ciclo cromático merece describirse porque es la mitad del interés del árbol. La brotación, en abril o principios de mayo, sale de un rojo cobrizo casi traslúcido, con el pelillo sedoso característico en el borde de la hoja. En junio y julio el color se apaga y se profundiza hasta un púrpura muy oscuro, casi negro a contraluz. En otoño se transforma en cobre y bronce, y muchas hojas secas se quedan pegadas a las ramas jóvenes buena parte del invierno: eso se llama marcescencia y es un rasgo del género, no un síntoma de que la planta esté enferma.
Dónde funciona en España
El haya es un árbol de clima atlántico y de montaña. En la península forma masas en la cornisa cantábrica, el Pirineo y prepirineo, el Sistema Ibérico norte (Urbión, Moncayo), el Montseny y algunos enclaves relictos de la Sierra de Ayllón, como el hayedo de Montejo o el de Tejera Negra, que están al límite de lo que la especie soporta. Ese límite lo marcan tres cosas: precipitación abundante y bien repartida (a partir de unos 800-900 mm anuales), verano fresco y sin sequía larga y humedad atmosférica alta.
Traducido a jardín, el haya púrpura es una buena idea en Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, Navarra, el norte de Burgos y León, la Cataluña húmeda y las zonas de montaña con reserva de agua. Es una mala idea en Madrid capital, en el valle del Ebro, en La Mancha, en Extremadura, en el litoral mediterráneo cálido y en todo el sur. En esos sitios lo que ocurre es previsible: la hoja se quema por los bordes en julio, el árbol defolia parcialmente en agosto, rebrota débil al año siguiente y va perdiendo ramas de arriba hacia abajo. No se muere de golpe, se apaga durante años, que es más caro y más triste.
Frío no le sobra nunca: soporta sin daño temperaturas por debajo de -20 °C. Lo que sí le hace daño son las heladas tardías de mayo, que ennegrecen la brotación recién abierta. El árbol vuelve a brotar, pero esa temporada se queda con hoja pequeña y color pobre. Si su parcela es una vaguada donde el aire frío se estanca, cuente con que le pasará algún año.
El tamaño manda sobre todo lo demás
Un haya adulta en buenas condiciones alcanza 25 o 30 metros de altura y 15 a 20 de copa, con un tronco que puede superar el metro de diámetro. No es un árbol de patio ni de jardín urbano pequeño. Crece despacio al principio —unos 30 o 40 cm al año durante la primera década— y eso engaña: lo que compró en un contenedor de 30 litros será un problema estructural dentro de treinta años si lo pegó a la casa.
Márquese un mínimo de 10-12 metros a cualquier edificio, muro o pavimento, y otro tanto a otros árboles grandes. El sistema radicular del haya es superficial y extendido, no profundo: levanta soleras, se resiente de cualquier compactación del suelo sobre sus raíces y no tolera que le suban o bajen la cota del terreno. Aparcar el coche habitualmente bajo un haya joven basta para condenarla a medio plazo.
Debajo de una copa madura casi no crece nada. La sombra es densa, la hojarasca se acumula y las raíces superficiales agotan el agua del horizonte más útil. Renuncie de antemano a poner césped o un arriate florido ahí abajo; lo razonable es dejar la hoja caída como acolchado, que es exactamente lo que hace el hayedo. Si necesita plantar algo, quédese en geófitos de floración temprana —narcisos, escilas, anémonas de bosque— que cumplen su ciclo antes de que el árbol tenga la hoja abierta.
Suelo, plantación y los primeros veranos
Suelo profundo, fresco y bien drenado. El haya vive tanto sobre calizas como sobre sustratos silíceos, así que el pH no es el criterio decisivo mientras se mueva entre 5 y 7,5; en calizas muy secas y activas sí aparece clorosis férrica. Lo que no perdona es el encharcamiento: en suelos arcillosos que se saturan en invierno acaba con podredumbre de raíz por Phytophthora. Si su terreno hace charco después de una lluvia fuerte, plante sobre un caballón elevado o busque otra especie.
La época de plantación es el otoño, de octubre a diciembre, para que el sistema radicular se instale antes de la brotación. A raíz desnuda se maneja entre noviembre y febrero, con la planta en reposo. Hoyo amplio, del doble de ancho que el cepellón, sin enterrar el cuello y sin echar estiércol fresco en el fondo.
El riego de los tres o cuatro primeros veranos es lo que decide si el árbol arranca. Riegos abundantes y espaciados —mojar en profundidad cada siete o diez días en periodo seco— valen mucho más que un goteo diario que solo humedece la superficie y educa a la raíz a quedarse arriba. Un acolchado de 8-10 cm de corteza, restos de poda triturados o su propia hojarasca, sin tocar el tronco, ahorra la mitad del agua.
Abono, poco. El haya crece bien en suelos de fertilidad media y un exceso de nitrógeno le produce brotes largos, blandos y muy apetecibles para los pulgones. Una aportación de compost maduro en superficie cada dos o tres años cubre lo que necesita.
Cultivares para jardines que no son un parque
Si el espacio manda, hay formas seleccionadas que resuelven el problema del tamaño sin renunciar al color:
'Dawyck Purple' es columnar: sube a 12-15 metros pero se queda en dos o tres de ancho. Sirve para un lindero estrecho, un paseo o una pantalla vertical. 'Purpurea Pendula' es un llorón injertado en pie alto que forma una seta de tres metros escasos; es la única opción realmente pequeña. 'Riversii' tiene la hoja más grande y el púrpura más profundo, pero es un árbol de talla completa. Y 'Purpurea Tricolor' (a menudo vendido como 'Roseomarginata') combina el púrpura con un margen rosado e irregular; es delicado, se quema con facilidad y pide media sombra.
Un detalle práctico que da disgustos: estos cultivares se propagan por injerto sobre patrón de haya verde, porque la semilla no reproduce el color de forma fiable. Vigile la base del tronco. Cualquier brote que salga por debajo del punto de injerto tendrá la hoja verde y, si lo deja crecer, terminará dominando al injerto y quedándose con el árbol. Se eliminan a ras, en cuanto aparecen.
Poda: cuanto menos, mejor
Como ejemplar aislado, el haya no necesita poda de formación. Construye sola una copa equilibrada si la deja. Limítese a retirar ramas secas, rotas o cruzadas, y a levantar las faldas inferiores solo si estorban el paso.
Cuando haya que cortar, dos reglas. La primera: hágalo en verano, entre julio y agosto, o en pleno invierno profundo; a finales de invierno y en primavera el haya tiene una subida de savia muy intensa y las heridas sangran. La segunda: nada de cortes grandes. El haya compartimenta mal las heridas, y un muñón de diez centímetros de diámetro es una puerta abierta a la pudrición del duramen que se paga quince años después con una rama de tonelada y media en el suelo. Si le han vendido que un árbol viejo "se rejuvenece" con un desmoche, no lo haga: en haya, un terciado es una condena.
Como seto, es otra planta
Recortada en seto, el haya púrpura se comporta de forma completamente distinta: se mantiene a la altura que usted quiera, entre metro y medio y tres metros, y en invierno conserva la hoja seca cobriza, de modo que sigue tapando cuando el resto del jardín está desnudo. Se planta a tres o cuatro plantas por metro lineal, a raíz desnuda entre noviembre y febrero, y se recorta una vez al año a finales de julio o en agosto, cuando ya ha terminado el crecimiento anual. Un segundo repaso ligero en junio densifica más si tiene prisa.
Hay una decisión que conviene tomar en el vivero y no después. El carpe, Carpinus betulus, se recorta igual, marcesce igual y de lejos parece lo mismo; la diferencia está bajo tierra. El carpe aguanta suelos pesados, húmedos y compactados donde el haya se pudre, y tolera algo mejor el calor y la sequía. Si su terreno es arcilloso o retiene agua en invierno, el seto de haya se le irá muriendo por rodales y el de carpe no. Eso sí, en púrpura no hay equivalente: el carpe es verde, y el color rojo solo lo da el haya.
Plagas, hongos y una corteza frágil
El haya joven recibe con frecuencia al pulgón lanígero (Phyllaphis fagi), que cubre el envés de las hojas de una pelusa blanca cérea y produce melaza y negrilla. Es antiestético más que grave; se controla con chorros de agua a presión, jabón potásico o aceite de verano, y con no abusar del abonado nitrogenado. Los brotes que salen tiernos y suculentos son los que se llenan.
En árboles adultos el asunto se pone serio con la cochinilla del haya (Cryptococcus fagisuga), que forma costras blancas en la corteza y abre la puerta a hongos del género Neonectria: la combinación produce la llamada enfermedad de la corteza del haya, con cancros y muerte de la parte alta. Y en la base del tronco de ejemplares viejos, la aparición de Meripilus giganteus —esas rosetas de sombreros grandes y flácidos que amarillean al tocarlas— indica que las raíces estructurales están siendo digeridas. Ese hongo no es un adorno otoñal: obliga a que un arborista evalúe el riesgo de vuelco.
La corteza del haya es lisa, gris y muy fina, sin apenas capacidad de aislamiento. Dos consecuencias prácticas. Una, que se quema con el sol si el tronco queda expuesto de golpe tras talar lo que le daba sombra al lado; en plantaciones jóvenes en zonas soleadas, proteger el tronco los primeros años con una malla o un encalado es barato y evita cancros de insolación. Dos, que las iniciales grabadas con navaja son para siempre y sirven de entrada a patógenos.
Los hayucos
El haya empieza a fructificar tarde, hacia los 30 o 40 años en pie aislado, y produce hayucos: nueces triangulares dentro de una cúpula leñosa con espinas blandas, que caen en octubre. En años de vecería la lluvia de hayucos y cúpulas es considerable, y conviene tenerlo en cuenta si el árbol va a quedar sobre una terraza o una zona de paso.
Contienen fagina y oxalatos, así que crudos y en cantidad resultan indigestos para las personas y son claramente tóxicos para los caballos, que a veces los comen cuando el árbol cae dentro del cercado. Si tiene ganado equino, plante el haya fuera de la zona de pastoreo o valle la zona donde caen.
Si vive donde el haya no vive
El deseo de fondo suele ser tener una mancha de follaje púrpura en el jardín, y eso se puede conseguir en clima seco con otras especies que sí lo toleran. En un jardín de interior peninsular funcionan bien el ciruelo rojo (Prunus cerasifera 'Pissardii' o 'Nigra'), de porte pequeño y floración rosa en febrero; el arce noruego Acer platanoides 'Crimson King', que da una copa densa y un púrpura muy parecido al del haya con muchísima menos exigencia hídrica; el árbol del amor Cercis canadensis 'Forest Pansy', para sitios resguardados; y, como arbusto grande, Cotinus coggygria 'Royal Purple', que aguanta sequía y calor sin quejarse. Ninguno tiene el porte monumental de un haya, pero los cuatro estarán vivos y bonitos dentro de veinte años, que es lo que cuenta.
En resumen
El haya de hoja roja es Fagus sylvatica f. purpurea, la misma especie de nuestros hayedos con antocianinas de más en la hoja. Necesita clima fresco y húmedo, suelo profundo y drenado, sol para conservar el color y espacio de sobra: 25-30 metros de altura y 15-20 de copa no caben en un jardín de barrio. Plántela en otoño, riegue en profundidad los tres o cuatro primeros veranos, acolche con su propia hojarasca, pode poco y en verano, y elimine los brotes verdes que salgan por debajo del injerto. Para espacios reducidos, 'Dawyck Purple' o 'Purpurea Pendula'. Y si su verano es seco y su terreno se encharca en invierno, la respuesta honesta es que ese árbol no es para su jardín: cambie a un arce 'Crimson King' o a un ciruelo rojo y acertará.