Sesenta metros de altura y un tronco con contrafuertes en los que cabe una persona de pie: esas son las medidas reales de una Ceiba pentandra adulta en la selva americana. La cifra importa porque circula mucho la idea de que la ceiba «llega a diez metros», y eso solo describe a un ejemplar joven de una de las especies pequeñas. Antes de plantar una conviene saber exactamente cuál se está plantando, porque entre los distintos árboles que se venden como ceiba hay una diferencia de cincuenta metros y de diez grados de resistencia al frío.
El género Ceiba pertenece a las malváceas (subfamilia Bombacoideae), la misma en la que están el baobab y el árbol botella. Son árboles americanos y africanos, de tronco engrosado y verde en las especies jóvenes, cubierto de aguijones cónicos que pueden pasar de los dos centímetros, con flores grandes y vistosas y frutos capsulares llenos de una fibra algodonosa.
Las tres especies que se ven en España
La confusión de nombres viene de antiguo, así que empecemos por ahí.
Ceiba speciosa, el palo borracho rosado, es la que se planta en calles y jardines de Valencia, Alicante, Málaga, Sevilla, la costa catalana y Canarias. Durante décadas se llamó Chorisia speciosa, y todavía llegan viveros con esa etiqueta en la maceta: es el mismo árbol, sin ninguna diferencia. Alcanza de 10 a 18 metros en cultivo, con tronco abombado en forma de botella, verde y fotosintético de joven, muy espinoso. Es caducifolia: pierde la hoja en otoño y florece con las ramas casi desnudas, entre septiembre y noviembre, con flores rosadas de garganta crema y cinco pétalos abiertos como una estrella.
Ceiba chodatii, el palo borracho amarillo (a menudo citada como C. insignis, con la que ha ido y venido en la taxonomía), es la versión de flor crema o amarilla pálida, con el tronco todavía más hinchado y una tolerancia algo mayor a la sequía y al suelo pobre. Su porte es más bajo y ancho, hasta unos 12 metros. Procede del Chaco seco de Argentina, Bolivia y Paraguay, y en jardín se comporta prácticamente igual que la anterior.
Ceiba pentandra, la ceiba propiamente dicha, el árbol del kapok, es otra liga. Tropical estricta, de crecimiento explosivo, alcanza 50-70 metros con una copa horizontal en pisos y raíces tabulares monumentales. Es la ceiba sagrada de los mayas y el árbol nacional de Guatemala y Puerto Rico. En la España peninsular no es cultivable al aire libre: no soporta ninguna helada y detiene su crecimiento por debajo de 12-15 °C. Solo tiene sentido en zonas cálidas de Canarias, en invernadero o como planta joven de interior luminoso durante unos pocos años.
El frío es el límite y hay que tomárselo en serio
Para C. speciosa y C. chodatii, un ejemplar adulto y bien establecido resiste heladas puntuales de -4 a -5 °C sin más daño que la pérdida de las puntas de ramas. Ayuda que en esa época esté sin hoja. Pero esa cifra vale para el árbol hecho, con tronco grueso y reservas.
Un ejemplar de tres o cuatro años se hiela a -1 o -2 °C. Y ahí es donde se pierden los ejemplares jóvenes: se compra en primavera, se planta en mayo, crece medio metro en verano con toda la ilusión del mundo, y la primera helada de diciembre lo deja negro hasta el suelo. Con suerte rebrota de la base y se pierden tres años; sin suerte, se pierde el árbol. En Madrid, Zaragoza, Burgos o Valladolid la ceiba no es una opción a plantar en tierra, por muy bonita que se vea en un jardín de Málaga.
Si su clima está en el filo, plante en primavera para dar al árbol la temporada completa de arraigo, proteja el tronco con manta térmica los tres o cuatro primeros inviernos y coloque el árbol junto a un muro orientado al sur, que devuelve calor de noche.
Suelo, exposición y sitio
Sol directo, sin discusión. A media sombra la ceiba se estira, el tronco no engorda y la floración se vuelve testimonial.
El suelo debe ser profundo y de drenaje libre. Tolera bien los suelos francos y arenosos, y acepta pH desde ligeramente ácido hasta calizo moderado, aunque en terrenos muy calizos aparece clorosis férrica que se corrige con quelato de hierro en primavera. Lo que no tolera es el encharcamiento: agua parada en la base del tronco engrosado en invierno, con frío, produce pudrición del cuello y no hay vuelta atrás.
Sitio: es un árbol grande, de raíces superficiales, gruesas y agresivas. Deje un mínimo de 6-8 metros a fachadas, muros, aceras y conducciones. Y piense en las espinas. Un tronco erizado de aguijones cónicos a la altura de la cara de un niño, en el paso estrecho hacia la puerta del garaje, es un problema con el que se convive mal. No son venenosas, pero pinchan de verdad y la herida se infecta con facilidad. Los aguijones se van perdiendo o suavizando con la edad en muchos ejemplares, sobre todo en la parte baja del tronco, pero contar con ello es apostar.
Riego
La ceiba tiene un tronco que almacena agua, y eso la hace tolerante a la sequía una vez arraigada, pero no es una planta de secano estricto como el algarrobo.
Los dos o tres primeros años: riegos abundantes y espaciados de mayo a septiembre, una o dos veces por semana según suelo y calor, mojando profundo. En este periodo el crecimiento es rápido y el agua se traduce directamente en centímetros de tronco.
Adulto: un riego profundo cada 15-20 días en verano basta en la costa mediterránea. En otoño hay que ir cortando el agua, y de noviembre a marzo el riego se suspende por completo. El árbol está sin hoja, no transpira y el agua en el suelo frío solo puede hacerle daño.
Aquí hay un detalle que explica muchas decepciones con la floración: la Ceiba speciosa florece asociada a la pérdida de hoja al final de la estación seca. Un ejemplar plantado en medio de un césped regado a diario mantiene el follaje hasta bien entrado el otoño y florece poco o nada. Si su ceiba crece frondosa y no da flor, sospeche del riego de agosto y septiembre antes que de la falta de abono.
Abonado
De marzo a septiembre, un abono equilibrado de liberación lenta aplicado una o dos veces cubre lo necesario en árbol joven. En adultos plantados en tierra, un aporte de compost bajo la copa a finales de invierno es suficiente.
El nitrógeno en exceso da hoja grande, brotes largos y blandos, más sensibles al frío del invierno siguiente, y retrasa la floración. Para favorecer flor, interesa un abono con relación de potasio y fósforo más altas que el nitrógeno aplicado a finales de primavera. Y una advertencia de calendario: nada de abonar de octubre en adelante en zonas con heladas; el brote tierno de noviembre es exactamente el tejido que se pierde.
Multiplicación
Lo eficaz es la semilla, que además germina con facilidad. Las cápsulas maduran en invierno y se abren soltando la fibra con las semillas negras, del tamaño de un guisante, dentro. Se ponen en remojo en agua tibia 24 horas y se siembran a 1 cm de profundidad en sustrato arenoso, a 22-28 °C, de abril a junio. Nacen en una o tres semanas. El caudex empieza a engrosar el segundo año, y el árbol suele tardar entre 6 y 10 años en dar la primera floración, con bastante variación entre individuos: la flor puede salir rosa oscuro, rosa pálido o casi blanca, y no se sabe hasta que llega.
El esqueje semileñoso de primavera con hormona de enraizamiento funciona a veces, con porcentajes irregulares, y da árboles de tronco menos vistoso: la forma de botella clásica se desarrolla mejor en pie de semilla. Los viveros que quieren asegurar un color de flor concreto recurren al injerto sobre patrón de semilla.
Al manipular la fibra de las cápsulas conviene usar mascarilla si hay mucha: es un algodón finísimo que se dispersa por todas partes e irrita vías respiratorias sensibles.
Plantación, trasplante y cultivo en maceta
El momento de plantar en tierra es la primavera, de abril a mayo, con el riesgo de helada ya pasado y el suelo templado. Plantar en otoño en zona de invierno frío condena al árbol a pasar su momento más vulnerable sin raíz nueva.
El trasplante de un ejemplar mediano se tolera bien si se hace en primavera y con cepellón amplio. Un adulto grande no se mueve: las raíces tabulares y superficiales se destrozan al arrancarlas.
En maceta la ceiba funciona bien durante los primeros seis u ocho años, y es la vía razonable en climas donde no puede ir a tierra. Contenedor profundo con drenaje generoso, sustrato de jardinería mezclado con un 30 % de arena gruesa o pómez, riego de mayo a septiembre dejando secar la capa superior entre riegos, y trasplante cada dos o tres años. En invierno, a cubierto por encima de 5 °C, sin apenas agua y con luz. El árbol se comporta como un caudiciforme: engorda el tronco, pierde la hoja y espera.
Podar poco y con cabeza
La ceiba no necesita poda de formación más allá de definir un eje central y eliminar ramas mal insertadas en los primeros años. La madera es blanda y ligera, y los cortes gruesos cicatrizan mal y son puerta de entrada de pudriciones. La rama que se quite, mejor cuando aún es fina.
El momento es el final del invierno, con el árbol sin hoja y ya sin riesgo de heladas fuertes. Como recordatorio práctico: al podar hay que contar con las espinas del tronco y de las ramas jóvenes. Guantes de cuero, manga larga y una escalera bien apoyada en un punto sin aguijones.
Esa misma madera blanda hace que las ramas se desgajen con vientos fuertes, sobre todo si el árbol está muy regado y ha crecido rápido. Un ejemplar plantado sobre una zona de aparcamiento o de mesas exteriores merece una revisión de copa cada pocos años.
Kapok, algodón y otros usos
La fibra que llena los frutos —el kapok— es hueca, impermeable y extraordinariamente ligera, unas cinco veces menos densa que el algodón. Se ha usado durante más de un siglo para rellenar colchones, cojines, sacos de dormir y, hasta la llegada de los plásticos celulares, chalecos salvavidas: flota y no absorbe agua. La producción comercial procede de Ceiba pentandra en el sudeste asiático, no de los palos borrachos de jardín, cuyos frutos dan una cantidad testimonial.
La madera es blanca, blanda y muy ligera; en América se ha empleado para canoas monóxilas, contrachapados y embalajes. Las semillas contienen aceite, aprovechado localmente, que no es de uso alimentario general.
Sobre el nombre pochote: en México y Centroamérica se aplica a varios árboles espinosos de la misma familia, sobre todo a Ceiba aesculifolia y a Pachira quinata, y no a las especies de jardín que aquí se cultivan. Si compra semillas por internet etiquetadas como pochote, es probable que reciba algo distinto de un palo borracho.
Problemas frecuentes
Hojas amarillas con nervios verdes: clorosis férrica por suelo calizo o agua dura. Quelato de hierro EDDHA en primavera y verano.
Base del tronco blanda u oscura: pudrición por exceso de agua o por riego invernal. Es el problema más difícil de revertir; se previene suspendiendo el riego en frío y no plantando en depresión del terreno.
Cochinillas y pulgón en brotes tiernos de ejemplares en maceta o muy abonados. Aceite de verano o jabón potásico, repetido a los diez días.
Araña roja en cultivo bajo cubierta con aire seco. Ambiente más húmedo y tratamiento acaricida si el ataque está establecido.
No florece: casi siempre es juventud del árbol, sombra o riego excesivo a final de verano, por ese orden. También hay individuos de semilla que tardan más de diez años.
En resumen
Conviene separar tres árboles distintos. Ceiba pentandra es un gigante tropical de setenta metros que en la Península solo vive bajo cubierta. Los palos borrachos de jardín, Ceiba speciosa y Ceiba chodatii, sí prosperan en el litoral mediterráneo y en Canarias. Estos últimos piden sol pleno, suelo profundo con drenaje libre, ocho metros de espacio libre, riegos generosos los primeros veranos y sequía en invierno. Aguantan -4 o -5 °C ya adultos, pero se hielan a -1 °C de jóvenes, y ese es el dato que decide si son plantables en su jardín. Se multiplican fácilmente por semilla y florecen hacia los seis u ocho años, en otoño y con las ramas desnudas. A cambio de todo eso hay que aceptar un tronco erizado de aguijones, raíces que levantan pavimento y madera frágil al viento: tres razones para elegir muy bien el sitio antes de cavar el hoyo.