Aprieta el tronco con el pulgar. Si la corteza cede, esponjosa, como el tapón de una botella de vino, tienes delante un alcornoque. Si el dedo choca contra algo duro, negruzco y cuarteado en placas pequeñas, es una encina. Esa comprobación de dos segundos resuelve la duda mejor que cualquier descripción de las hojas, porque hojas y porte se parecen mucho entre Quercus ilex y Quercus suber, y encima varían con la edad del árbol y con el sitio donde crece.

Son dos especies distintas del mismo género, no dos formas del mismo árbol. Comparten familia (Fagaceae), hoja perenne, bellota y buena parte del territorio, y por eso se confunden. Pero exigen suelos diferentes, aguantan fríos diferentes y se aprovechan de maneras que no tienen nada que ver.

Alcornoque con la corteza de corcho característica

La corteza: el carácter que nunca falla

La encina lleva una corteza gris muy oscura, casi negra en los ejemplares viejos, agrietada en placas pequeñas y rectangulares, duras y bien adheridas. Al golpearla suena a madera.

El alcornoque produce súber, una capa de corcho de varios centímetros que puede llegar a los 10 o 15 cm en árboles sin descorchar. Es ligera, blanda y con grietas profundas de color pardo grisáceo. Si el árbol está pelado, el tronco queda liso y de un rojo teja intenso que se va oscureciendo con los meses hasta pardear: esa mancha rojiza en la parte baja del tronco, con un corte horizontal limpio arriba, es la firma inconfundible de un alcornocal en explotación.

Un aviso para el que rastrea el campo: existe el mesto, híbrido natural entre las dos (Quercus × morisii), que aparece donde encinares y alcornocales se tocan. Tiene corteza intermedia, algo suberosa pero no lo bastante, y hojas de aspecto ambiguo. Cuando la corteza no acaba de decidirse, la explicación suele ser esa y no un error de identificación.

Hoja, bellota y porte

La hoja de encina, sobre todo en la subespecie de interior (Quercus ilex subsp. ballota, la carrasca de la meseta y la dehesa), es pequeña, de 2 a 6 cm, redondeada, muy rígida y coriácea, con el envés cubierto de un tomento blanco algodonoso y con 7 a 11 pares de nervios secundarios bien marcados. En ramas bajas y en brotes jóvenes el borde se llena de dientes espinosos, un recurso frente al ramoneo del ganado; en la parte alta de la copa, fuera de alcance, las mismas hojas salen de borde entero. No es otra especie: es el mismo árbol protegiéndose donde le hace falta.

La del alcornoque es algo mayor, de 3 a 7 cm, más plana y menos dura al tacto, de un verde mate por el haz y con el envés gris ceniciento, no blanco puro. Los nervios son menos numerosos y el margen presenta dientes cortos, algo ondulados. El alcornoque renueva su follaje antes que la encina, y en primavera puede quedar momentáneamente ralo, lo que asusta a quien no lo espera.

Las bellotas se distinguen mejor por la cúpula que por el fruto. En la encina las escamas de la cúpula están aplicadas, aplanadas y grises, formando una superficie casi lisa. En el alcornoque las escamas de la parte superior se separan, se alargan y sobresalen, dándole a la caperuza un aspecto erizado y greñudo. Además, el alcornoque escalona la producción: hay bellotas primerizas en septiembre, otras en pleno otoño y las llamadas palomeras que maduran ya entrado el invierno, con lo que la montanera se alarga. La encina concentra su fructificación entre octubre y diciembre y, en la subespecie ballota, da bellotas dulces, con menos taninos que las del alcornoque.

De porte, la encina forma una copa densa, redondeada y compacta, con ramas gruesas que salen bajas; suele quedarse en 8 a 15 m. El alcornoque tiene la copa más abierta, irregular y con ramas retorcidas, y alcanza tamaños parecidos, entre 10 y 15 m, aunque en suelos frescos del sur peninsular pasa de ahí.

Dónde vive cada uno y por qué

Aquí está la diferencia de verdad importante para quien quiere plantar. La encina es indiferente al tipo de suelo: vive igual sobre calizas, margas, pizarras o arenas silíceas, aguanta pH por encima de 8 y soporta suelos esqueléticos y pedregosos. El alcornoque es calcífugo estricto. Necesita suelos silíceos, sueltos y ácidos, con un pH entre 5 y 6,5. Plantado sobre caliza activa amarillea por clorosis férrica en el primer o segundo año, se queda raquítico y termina muriéndose, y no hay quelato de hierro que compense eso a largo plazo en un árbol de 200 años de vida potencial.

El frío también los separa. La encina es un árbol continental: aguanta sin problema los -15 ºC y en la meseta soporta inviernos con veinte días de helada seguida y veranos de 40 ºC. El alcornoque es claramente más friolero, se resiente por debajo de -8 o -10 ºC y las heladas tardías de abril le queman el brote nuevo. Por eso no sube a las parameras castellanas.

Y el agua: la encina se apaña con 350-400 mm anuales; el alcornoque quiere al menos 500-600 mm y una humedad ambiental que le llegue del mar o de las nieblas. Ese requisito explica su mapa: suroeste peninsular (Sierra Morena, Extremadura, Huelva, Cádiz, el Alentejo portugués), el noreste de Cataluña (Gavarras, Ampurdán, Montseny), puntos del litoral levantino y Baleares. La encina, en cambio, ocupa prácticamente toda la Península salvo la cornisa cantábrica húmeda y las zonas de alta montaña.

El corcho y la montanera: dos economías distintas

Del alcornoque se saca corcho, y esa es una operación forestal reglada, no un capricho de aficionado. La primera pela, el desbornizado, no llega hasta que el árbol tiene entre 25 y 35 años y unos 70 cm de circunferencia a la altura del pecho. Se hace en pleno verano, entre mediados de junio y agosto, porque solo entonces la savia está activa y el corcho se despega limpio de la capa madre sin herirla. Fuera de esa ventana el hacha arranca también el felógeno y la zona ya no vuelve a producir corcho: el árbol queda inutilizado de por vida. Las pelas siguientes se espacian entre 9 y 14 años según la zona, y la altura de descorche está limitada en relación al perímetro del tronco. Todo eso está regulado por normativa autonómica y requiere permiso; no es algo que se improvise en la finca.

El bornizo, el corcho de la primera pela, es irregular y va a aislamiento, granulado y decoración. Solo el corcho de reproducción, a partir de la segunda o tercera saca, tiene la homogeneidad que exige un tapón de vino.

La encina tiene otro papel. Su bellota dulce es la base de la montanera del cerdo ibérico entre octubre y febrero, aunque conviene matizar una idea repetida: el cerdo también come bellota de alcornoque y de quejigo, y en muchas dehesas la mezcla de las tres especies es precisamente lo que alarga la temporada de engorde. Su leña y su carbón tienen un poder calorífico difícil de igualar, y sus raíces son el principal hospedante de la trufa negra (Tuber melanosporum) en las plantaciones truferas españolas.

Conviene saber que en buena parte de las comunidades autónomas la corta o el arranque de encinas y alcornoques adultos, incluso en finca privada, necesita autorización administrativa previa. Antes de tocar un pie viejo, una llamada al servicio forestal ahorra un expediente.

Encina adulta de copa densa y redondeada

Cómo plantar una u otra sin perder cinco años

Los dos son árboles de raíz pivotante agresiva. Una bellota germinada emite un eje vertical que en el primer verano puede bajar 40 o 50 cm mientras la parte aérea apenas levanta un palmo. Si esa raíz se enrolla en el fondo de una maceta redonda de vivero, el árbol saldrá adelante los primeros años y se caerá con el primer temporal a los quince, ya con porte. Por eso la siembra directa de bellota en el sitio definitivo da mejores resultados que el trasplante, y por eso el vivero forestal serio usa contenedores profundos con autorrepicado.

Siembra: recoge bellota madura entre noviembre y diciembre, descarta la que flote en un cubo de agua (suele estar seca o agusanada) y siémbrala fresca, sin dejar que pierda humedad, a unos 4-5 cm de profundidad. Pon dos o tres por hoyo y protege el punto con una malla, porque el jabalí y los ratones las localizan sin dificultad.

Plantación de planta con cepellón: de noviembre a febrero, evitando semanas de helada fuerte. Hoyo amplio y bien mullido para que el pivote encuentre camino, sin enterrar el cuello.

Riego: los dos son de secano, pero solo cuando el sistema radical ya es profundo. Durante los dos o tres primeros veranos necesitan riegos de apoyo espaciados y generosos: 20 o 30 litros cada dos o tres semanas en julio y agosto valen más que un goteo diario, que mantiene húmedos los primeros centímetros y anima a la planta a raizar en superficie, justo lo contrario de lo que se busca. Un alcornoque joven abandonado a su suerte el primer agosto no rebrota.

Abonado: muy poco y ninguno en el hoyo de plantación. Una aportación superficial de compost maduro en otoño, si el suelo es pobre, y nada más. El nitrógeno abundante produce brotes largos y tiernos que se hielan en invierno y atraen a los insectos.

Un apunte sanitario: el encharcamiento es lo que arruina un alcornocal. Phytophthora cinnamomi, el hongo detrás de la seca de la dehesa, prolifera en suelos compactados y con agua estancada, y ataca a las raíces finas hasta que el árbol se descuelga en un par de veranos. Nada de plantar en el fondo de una vaguada que se embalsa, nada de laborear con vertedera junto a los pies viejos (cada raíz herida es una puerta de entrada) y nada de regar por inundación en verano bajo la copa.

En resumen

Corteza esponjosa y tronco rojizo tras la pela, escamas erizadas en la cúpula de la bellota, envés gris y exigencia de suelo ácido, más de 500 mm de lluvia y poca tolerancia al hielo: alcornoque, Quercus suber, el árbol del corcho, propio del suroeste peninsular y del noreste catalán.

Corteza negra y dura en placas, cúpula lisa de escamas aplicadas, envés blanco algodonoso, hojas espinosas en las ramas bajas, indiferencia total al tipo de suelo y resistencia a -15 ºC: encina, Quercus ilex, el árbol de la dehesa y de la bellota dulce, repartida por casi toda España.

Para plantar, lo decisivo es el análisis del suelo: sobre caliza solo entra la encina. Y en cualquiera de los dos casos, siembra de bellota o cepellón profundo, riegos de apoyo los dos o tres primeros veranos, casi nada de abono y drenaje impecable.


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