Los árboles de clima templado se parecen mucho entre sí porque resuelven todos el mismo problema: sobrevivir al invierno. En el trópico ese problema no existe, y en su lugar aparecen otros —competir por la luz en una selva cerrada, atraer polinizadores muy específicos, dispersar semillas gigantes— que han producido soluciones extraordinarias. Estos son algunos de los árboles tropicales más singulares, y lo que su rareza explica sobre cómo funciona una selva.

Por qué el trópico produce árboles tan extraños

Antes de los ejemplos, conviene entender el marco. En un bosque templado hay entre 10 y 30 especies arbóreas por hectárea; en una selva amazónica puede haber más de 300. Esa densidad de especies significa que cada árbol tiene muy pocos individuos de su clase alrededor, lo que dificulta enormemente la polinización cruzada. La respuesta evolutiva ha sido establecer relaciones muy especializadas con animales concretos —murciélagos, polillas de trompa larga, abejas de las orquídeas— capaces de recorrer kilómetros llevando polen del mismo tipo.

Al no haber invierno, tampoco hay anillos de crecimiento nítidos en la madera de muchas especies, ni caída sincronizada de la hoja. La mayoría son perennifolias que renuevan el follaje de forma continua. Y la competencia por la luz bajo un dosel que intercepta el 98 % de la radiación ha generado estructuras que en Europa no se ven: raíces tabulares o contrafuertes que sostienen troncos enormes en suelos superficiales, raíces zancudas, y la caulifloria, la costumbre de producir flores y frutos directamente sobre el tronco en lugar de en las ramas, para que los polinizadores y dispersores del sotobosque puedan alcanzarlos.

El árbol del pan: una hectárea de hidratos de carbono

Artocarpus altilis, de la familia de las moráceas —la misma de la higuera y la morera—, es originario de Nueva Guinea y las islas del Pacífico occidental, desde donde los navegantes austronesios lo llevaron por toda la Polinesia hace milenios.

Es un árbol de 15 a 25 metros, de hojas enormes y profundamente lobuladas, con látex blanco en toda la planta. Su fruto es una sorosis, un fruto múltiple formado por la fusión de cientos de flores femeninas en una masa carnosa, de superficie reticulada, verde amarillenta, de 15 a 30 cm y hasta 4 kg de peso.

Lo que lo hace extraordinario es su productividad. Un solo árbol puede dar 150 a 200 frutos al año, y en las mejores condiciones más. Su pulpa es rica en almidón —de ahí el nombre: asado huele y sabe a pan recién hecho— y aporta hidratos de carbono, potasio y fibra. Es el equivalente arbóreo de un campo de cereal, sin arar, sin sembrar y sin cosechar cada año. En muchas islas del Pacífico ha sido durante siglos el alimento básico.

Esa capacidad fue precisamente el origen de un episodio histórico conocido: en 1787 la corona británica envió al capitán William Bligh al mando del HMS Bounty a Tahití para recoger plantones de árbol del pan y llevarlos al Caribe como alimento barato para los esclavos de las plantaciones. El famoso motín del Bounty ocurrió en ese viaje, en parte porque se racionó el agua de la tripulación para regar los mil plantones. Bligh repitió la expedición años después y consiguió introducirlo en Jamaica y San Vicente, donde sigue cultivándose.

Un detalle botánico interesante: las variedades cultivadas seleccionadas por los polinesios son partenocárpicas y sin semilla, y se propagan por retoños de raíz. Es decir, prácticamente todos los árboles del pan del mundo son clones de unos pocos ejemplares originales. Su pariente próximo, el yaca (Artocarpus heterophyllus), sí conserva semillas y produce el fruto más grande que crece en un árbol, con ejemplares de más de 40 kg colgando directamente del tronco por caulifloria.

Fruto verde y reticulado del árbol del pan, Artocarpus altilis

El árbol de la lluvia: un árbol que duerme

Samanea saman (hoy también aceptado como Albizia saman), el samán o cenízaro, es una leguminosa de las mimosoideas originaria del norte de Sudamérica y Centroamérica, hoy plantada en todo el trópico.

Su silueta es inconfundible: un tronco corto y una copa aparasolada extraordinariamente ancha, que en ejemplares adultos supera con frecuencia los 50 metros de diámetro con solo 20-25 de altura. Un solo samán da sombra a una plaza entera, y en Venezuela, Colombia y Costa Rica hay ejemplares monumentales centenarios que son referencia geográfica local. El Samán de Güere, en Venezuela, es un árbol nacional visitado por Humboldt en 1799.

Su nombre popular viene de dos fenómenos distintos que conviene separar, porque suelen mezclarse.

El primero es real y muy visible: sus hojas bipinnadas presentan movimientos nictinásticos. Al atardecer, y también cuando el cielo se cubre antes de una tormenta, los folíolos se pliegan sobre sí mismos por cambios de turgencia en unas células especializadas de la base del pecíolo llamadas pulvínulos. Con las hojas plegadas, el agua de lluvia atraviesa la copa y llega al suelo en lugar de quedar retenida, y bajo el árbol llueve. De ahí "árbol de la lluvia". El mismo mecanismo, más rápido, es el que hace que se cierre la sensitiva (Mimosa pudica), su pariente.

El segundo es una goteo constante que se observa bajo algunos ejemplares incluso sin llover, y que no lo produce el árbol: lo producen cigarras y otros insectos chupadores instalados en la copa, que excretan grandes cantidades de melaza líquida. Es un ejemplo instructivo de cómo un nombre popular puede tener a la vez una explicación botánica correcta y una atribución errónea.

Como leguminosa, fija nitrógeno, por lo que el pasto bajo su copa crece más y mejor que a pleno sol, algo contraintuitivo que ha hecho que se conserve en potreros de toda Centroamérica. Sus vainas, dulces y pulposas, son excelente forraje para el ganado, que a su vez dispersa las semillas.

El árbol de las salchichas: una flor para murciélagos

Kigelia africana, de la familia de las bignoniáceas —pariente de la jacaranda y del árbol de las trompetas—, crece en las sabanas y galerías fluviales de África tropical, desde Senegal hasta Sudáfrica.

Es un árbol de 10 a 20 metros de copa amplia, y produce el fruto más desconcertante de la flora africana: una baya leñosa cilíndrica de 30 a 60 cm de largo y hasta 10 kg de peso, colgante de un largo pedúnculo fibroso, con aspecto exacto de un embutido suspendido en el aire. Un ejemplar cargado parece una carnicería colgante, de ahí el nombre.

Pero lo verdaderamente interesante es la flor, y es un caso de manual de quiropterofilia: polinización por murciélagos. La flor es grande, de un rojo oscuro vinoso, con textura carnosa y corola ancha en forma de copa. Se abre solo de noche, produce néctar en abundancia y desprende un olor fuerte, agrio, ligeramente fétido, que a un olfato humano resulta desagradable y a un murciélago nectarívoro le resulta localizable a distancia. Cuelga además de pedúnculos larguísimos que la sitúan por fuera del follaje, en el aire libre, donde un animal que vuela puede acceder a ella sin chocar con las ramas. Cada flor dura una sola noche y por la mañana ya está en el suelo.

El fruto es tóxico en crudo —provoca ampollas y trastornos digestivos— pero se consume tras fermentar o asar, y se usa para dar cuerpo a la cerveza tradicional en varias regiones. Su extracto contiene compuestos, entre ellos la kigelina y varias naftoquinonas, que han sido objeto de estudio farmacológico y se emplean en cosmética africana. Los elefantes, jirafas, hipopótamos y babuinos comen los frutos caídos y dispersan las semillas: un fruto de ese peso solo puede ser movido por megafauna, y de hecho su tamaño se explica por ella.

El guayacán: la madera que se hunde en el agua

Guaiacum officinale, el guayacán o palo santo caribeño, es un árbol pequeño y de crecimiento lentísimo, de 8 a 12 metros, nativo del Caribe, Centroamérica y el norte de Sudamérica. Sus flores azul violáceo y sus hojas pinnadas de aspecto pulcro lo hacen ornamental, y es el árbol nacional de Jamaica.

Su fama, sin embargo, viene de su madera, que es la más densa del mundo entre las comerciales: una densidad de en torno a 1,2 a 1,4 g/cm³, muy por encima del agua, de modo que un tronco de guayacán se hunde. A esa dureza extrema se suma un contenido en resina del 20-30 % que la hace autolubricante.

Esa combinación tuvo una consecuencia industrial concreta y sorprendente: la madera de guayacán fue durante décadas el material estándar para los cojinetes de los ejes de hélice de los barcos, incluidos los de los primeros submarinos nucleares estadounidenses, porque funcionaba lubricada por el propio agua de mar sin necesidad de aceite ni mantenimiento, y sin corroerse. También se usó para poleas de aparejo, mazas, bolas de bolos y engranajes de relojería de torre.

En el siglo XVI el guayacán tuvo además una carrera médica desastrosa. Se importó masivamente a Europa como supuesta cura de la sífilis, con enorme negocio para la casa Fugger, que controlaba su comercio. No curaba nada, pero el volumen de tala fue tal que la especie nunca se recuperó.

Ese es el desenlace amargo de esta historia: por su crecimiento lentísimo —puede tardar un siglo en alcanzar un diámetro aprovechable— y su sobreexplotación, todas las especies del género Guaiacum están hoy protegidas, incluidas en el Apéndice II del convenio CITES, y G. officinale figura como especie en peligro. Su rareza actual es consecuencia directa de sus virtudes.

Ejemplar de Guaiacum officinale, el guayacán del Caribe

¿Se pueden tener en España?

La respuesta honesta es que, salvo excepciones, no al aire libre. Los cuatro son estrictamente tropicales: ninguno tolera heladas, y el árbol del pan y la kigelia necesitan además humedad ambiental alta y temperaturas que no bajen de 15 °C.

Donde sí se pueden ver, y en algunos casos cultivar, es en Canarias —especialmente en el sur de Tenerife y Gran Canaria, donde hay ejemplares de Kigelia y de Samanea en parques y jardines— y en colecciones de invernadero cálido como el Palmetum de Santa Cruz de Tenerife, el Jardín Botánico de Málaga o el jardín de la Concepción. En la Península, solo bajo cristal con calefacción.

Para quien quiera un aire tropical en un jardín peninsular sin caer en lo imposible, hay especies subtropicales que sí funcionan en la costa mediterránea y el sur: la jacarandá (Jacaranda mimosifolia), pariente de la kigelia y con floración azul espectacular; el árbol botella (Brachychiton populneus); la tipuana (Tipuana tipu), otra leguminosa de copa amplia que recuerda al samán y es muy usada en Valencia y Sevilla; o el ombú (Phytolacca dioica). Todas ellas dan el efecto sin exigir un invernadero.

En resumen

Los árboles tropicales resuelven problemas que en un clima templado no existen, y sus rarezas son respuestas a esos problemas. El árbol del pan (Artocarpus altilis) concentra en un solo ejemplar la producción de almidón de un campo de cereal, y por eso viajó en el Bounty. El árbol de la lluvia (Samanea saman) pliega sus hojas al anochecer y ante la tormenta mediante pulvínulos, y fija nitrógeno bajo su copa de 50 metros. El árbol de las salchichas (Kigelia africana) cuelga flores nocturnas rojas y malolientes fuera del follaje para que las polinicen murciélagos, y frutos de 10 kg que solo la megafauna puede dispersar. Y el guayacán (Guaiacum officinale) produce una madera tan densa que se hunde y tan resinosa que se autolubrica, virtud que casi lo extingue. Ninguno resiste una helada, así que en España solo prosperan al aire libre en Canarias; en la Península, la vía razonable son sus primos subtropicales.


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