El nombre miente. Tamarindus indica no salió de la India: es un árbol de las sabanas del África tropical que llegó al subcontinente hace milenios, se aclimató tan bien y se cultivó tanto allí que los árabes lo bautizaron tamr hindi, «dátil de la India», y Linneo heredó el equívoco al ponerle el epíteto. Saber esto no es una curiosidad de sobremesa: explica por qué el tamarindo aguanta la sequía y el suelo pobre como pocos árboles frutales, y por qué el frío lo mata sin remedio.
Cómo es el árbol de verdad
El tamarindo es el único miembro de su género, dentro de las leguminosas (familia Fabaceae). En su clima llega a 20 o 25 metros de altura, con un tronco corto y grueso que puede superar el metro de diámetro y una copa ancha, redondeada y muy densa. Es de crecimiento lento y de vida larguísima: hay ejemplares centenarios en producción.
La hoja es pinnada, formada por diez a veinte pares de foliolos pequeños y oblongos, de un verde claro que da al conjunto un aspecto plumoso, casi de helecho. Al anochecer los foliolos se pliegan sobre sí mismos —fenómeno llamado nictinastia— y vuelven a abrirse con la luz. En clima cálido y húmedo es perennifolio; donde hay una estación seca marcada pierde parte de la hoja y se comporta como semicaducifolio.
Conviene rebajar expectativas con la floración, porque se describe con más entusiasmo del que merece. Las flores salen en racimos cortos y colgantes, miden poco más de dos centímetros y tienen tres pétalos desarrollados de color crema o amarillo pálido con nervios rojizos, más dos reducidos a filamentos. Vistas de cerca son delicadas y bonitas. Vistas desde el otro lado del jardín, y sobre una copa tan tupida, apenas se notan: esto no es una jacarandá ni un árbol del amor. Quien plante un tamarindo esperando un estallido de color en primavera va a llevarse un chasco. Lo que sí da, y en abundancia, es sombra densa y fresca, que en su tierra es justamente el motivo principal por el que se planta en plazas y caminos.
El fruto y su acidez
El fruto es una legumbre indehiscente, es decir, una vaina que no se abre sola: de siete a quince centímetros, curvada, con la cáscara parda y quebradiza como cartón. Dentro hay de tres a diez semillas duras y brillantes envueltas en una pulpa fibrosa y pegajosa, de color canela.
Esa pulpa es una rareza botánica. Su acidez no viene del ácido cítrico ni del málico, como en casi todas las frutas, sino del ácido tartárico, que puede suponer más del 10 % del peso de la pulpa; y va acompañada de una carga de azúcares alta. De ahí ese sabor a la vez muy ácido y muy dulce que no se parece a nada más. Es la base del agua de tamarindo mexicana, de los chutneys indios, del sambar del sur de la India, del pad thai y —dato que sorprende— de la salsa Worcestershire, donde figura en la etiqueta desde el siglo XIX.
La madera merece una mención aparte: densa, dura y de duramen casi negro, se ha usado siempre para mangos de herramienta, morteros y ruedas de carro.
El límite real: el frío
Aquí está la conversación que hay que tener antes de comprar nada. El tamarindo vegeta a gusto entre 25 y 35 °C y sigue creciendo con calor extremo y sequía; lo que no soporta es el invierno europeo. Un ejemplar joven se pierde con la primera helada, aunque sea de un par de horas y de −1 °C. Un adulto bien asentado puede sobrevivir a una helada breve y ligera, pero pierde toda la brotación tierna y tarda una temporada en recomponerse. Por debajo de 10 o 12 °C el árbol simplemente se para: no crece, no engorda, y si además el sustrato está húmedo, la raíz empieza a pudrirse.
Traducido al mapa: en la Península no hay ningún punto donde un tamarindo viva plantado en el suelo con garantías a largo plazo. Ni en la costa de Málaga, ni en Almería, ni en el sur de Alicante. Un año templado no prueba nada; la ola de frío que llega cada década o cada quince años se lo lleva por delante. Las zonas donde sí prospera al aire libre son las franjas costeras de Canarias libres de helada, y aun allí crece más despacio que en el trópico y fructifica de forma irregular por falta de calor sostenido.
Para el resto del país la fórmula que funciona es maceta grande, verano fuera al pleno sol, invierno bajo techo en invernadero, galería o una habitación luminosa por encima de 12 °C. Como planta de follaje es agradecido, y aguanta bien la poda, lo que ha hecho que sea un clásico del bonsái de interior.
Sembrar un tamarindo desde una semilla
Las semillas de las vainas que se venden en tiendas de alimentación latinas o asiáticas suelen ser viables, siempre que el producto no sea pulpa cocida ni pasta procesada. Se limpian bien de restos de pulpa, porque los azúcares atraen hongos y mosquitos del sustrato.
La cubierta es dura e impermeable. Sin tratarla, la germinación se alarga semanas o no llega. Basta con lijar levemente un lateral de la semilla hasta ver claro el color pálido de debajo, o remojarla 24 horas en agua tibia. Con eso, y a 25-30 °C de temperatura de sustrato, brota en una o tres semanas. La época adecuada aquí es de abril a junio, para que la plántula tenga todo el verano por delante.
Un detalle que decide el futuro del árbol: el tamarindo hace raíz pivotante y profunda desde el primer día, y los trasplantes con raíz cortada lo frenan muchísimo. Siembra directamente en una maceta honda —mejor un contenedor alto y estrecho que uno ancho y bajo— y salta pasos intermedios. Dos o tres semillas por maceta y se deja la mejor plántula.
Sobre la cosecha, sinceridad: un tamarindo de semilla tarda más de una década en dar fruto incluso en el trópico, y los injertados de variedad, unos cuatro o cinco años. En maceta y en clima español, lo razonable es plantarlo por el árbol, no por las vainas.
Sustrato, riego y abono
Suelo suelto y con drenaje franco: dos partes de sustrato universal, una de arena gruesa o pómez y algo de compost. Tolera suelos pobres, arenosos, calizos y hasta una salinidad moderada, herencia de su origen en sabanas de suelos gastados. Lo que no perdona es el encharcamiento: el agua parada en el fondo de la maceta le pudre la pivotante y no hay marcha atrás.
En verano, riego generoso cuando los dos primeros centímetros de sustrato se hayan secado. En invierno, con la planta parada y fresca, casi nada: mantener el cepellón apenas húmedo. Regar un tamarindo en enero como si fuera agosto es la manera segura de encontrarlo con las hojas mustias y la raíz negra en febrero.
Abono equilibrado o de liberación lenta de abril a septiembre, y nada el resto del año. Al ser leguminosa fija nitrógeno con ayuda de bacterias del suelo, así que no necesita un aporte nitrogenado alto; el exceso de nitrógeno le da brotes largos y blandos que el frío del otoño castiga primero.
Poda, plagas y otros cuidados
Rebrota bien, así que la poda es fácil: a finales de invierno o al empezar la primavera, antes del arranque, se despuntan las guías para ramificar y se quita lo seco o lo cruzado. En cultivo en maceta interesa formarlo bajo, con dos o tres ramas principales, para que no se desequilibre.
Plagas serias tiene pocas. El problema típico llega con la invernada en interior: el aire seco de la calefacción dispara la araña roja, que deja las hojitas punteadas y mates. Se previene subiendo la humedad ambiental y revisando el envés cada quince días. En exterior pueden aparecer cochinillas en las axilas de las ramas.
Sobre la vieja idea de que bajo un tamarindo no crece nada: la realidad es más prosaica que la leyenda. La copa deja pasar poquísima luz, la hojarasca ácida se acumula y la raíz superficial secundaria compite con fuerza por el agua. Con esas tres cosas juntas, no hace falta invocar sustancias inhibidoras para explicar el suelo pelado de debajo.
Un apunte para tranquilidad de quien tenga niños o animales: la pulpa no es tóxica —es un alimento corriente en medio mundo—, aunque en cantidad tiene efecto laxante, cosa que en su tierra se aprovecha a propósito.
En resumen
Tamarindus indica es un árbol africano de sabana, no indio, de copa densa y hoja plumosa, flor discreta y fruto ácido por el ácido tartárico. Da sombra excelente y tolera sequía, calor y suelo pobre, pero se detiene por debajo de 12 °C y una helada acaba con los ejemplares jóvenes, así que en la Península solo tiene sentido en maceta con invernada protegida; al aire libre, únicamente en la costa canaria sin heladas. Se siembra de semilla escarificada entre abril y junio, directamente en maceta honda para no cortarle la raíz pivotante, y se cultiva con sustrato drenante, riego abundante en verano y prácticamente nulo en invierno. La fruta, en nuestras condiciones, es una posibilidad remota: lo que se planta aquí es el árbol y su follaje.