Veinte metros de altura y poco más de metro y medio de anchura: esa desproporción es toda la definición del ciprés común en su forma columnar, el Cupressus sempervirens 'Stricta'. Ocupa en planta lo que ocupa una farola y en alzado lo que un edificio de seis plantas, y de esa geometría se derivan tanto sus virtudes en el jardín como los problemas que da cuando se planta sin pensarlo.
Conviene aclarar de entrada la nomenclatura, porque en vivero se mezclan etiquetas. La especie Cupressus sempervirens tiene dos formas naturales: la horizontal, de copa abierta y ramas extendidas (var. horizontalis), que es la silvestre, y la fastigiada o columnar, seleccionada por el hombre desde la Antigüedad, que se comercializa como 'Stricta', 'Pyramidalis', 'Totem' o 'Sempervirens'. Son nombres de cultivar prácticamente intercambiables en el mercado español, aunque 'Totem' suele ser un clon más estrecho y compacto. Ninguno es una especie distinta.
De dónde viene y por qué está en todos los cementerios
Su área natural está en el Mediterráneo oriental: Creta, Rodas, el sur de Turquía, Chipre, Líbano, Siria e Irán, donde vive en laderas rocosas y calizas con veranos secos. En la península ibérica no es autóctono, pero lleva aquí desde época romana y se comporta como si lo fuera; en algunos puntos del levante y de Andalucía se ha naturalizado.
Su presencia en los camposantos españoles no responde a ninguna virtud misteriosa. Es un árbol longevo —hay ejemplares documentados de varios siglos—, de porte vertical, hoja perenne y raíces que no levantan pavimentos con la agresividad de un chopo o una morera. En un espacio reducido y con losas, un árbol que crece hacia arriba y no hacia los lados resuelve un problema práctico. Lo mismo explica su uso como cortavientos en los cítricos del levante y en las huertas del Ebro: una hilera de cipreses frena el viento sin robar apenas superficie de cultivo.
Cómo es el árbol por dentro y por fuera
Alcanza entre 15 y 25 metros en condiciones normales, con un diámetro de copa que rara vez pasa de 2 metros en los clones bien seleccionados. El crecimiento es moderado: de 30 a 50 cm anuales en los primeros años si tiene agua, más lento después. La corteza es gris parda, fibrosa, con estrías longitudinales poco marcadas.
Las hojas no son agujas sino escamas diminutas, de 0,5 a 1 mm, imbricadas sobre ramillas de sección cuadrangular. Esa disposición es lo que da a la masa foliar su aspecto compacto y su color verde oscuro mate. Al frotarlas desprenden un olor resinoso característico.
Es una especie monoica: los conos masculinos y femeninos aparecen en el mismo pie. Los masculinos son minúsculos, amarillentos, y liberan polen entre diciembre y marzo. Los femeninos maduran en gálbulos leñosos de 2,5 a 4 cm, globosos, con escamas poligonales que se separan al secarse; tardan dos años en madurar y pueden permanecer cerrados en el árbol mucho tiempo más.
El polen merece una advertencia. Las cupresáceas son una de las causas principales de polinosis invernal en España, con incidencia alta en Madrid, Toledo y otras zonas del interior donde se ha plantado ciprés y arizónica de forma masiva en setos urbanos. Si en la casa hay alguien con alergia diagnosticada a cupresáceas, plantar una hilera de cipreses junto a las ventanas del dormitorio es una decisión que se paga cada enero.
Suelo, clima y plantación
Resiste bien el frío hasta unos -12 o -15 ºC en ejemplares adultos y asentados, aunque los brotes tiernos se dañan antes. Eso lo hace viable en casi toda la península salvo en zonas de montaña con inviernos largos y nieve persistente, donde además el peso de la nieve le abre la copa. En la costa aguanta el viento salino con dignidad.
El suelo es lo menos exigente de todo: prospera en calizas pobres, pedregosas y con pH básico, que es justo el perfil de medio país. Lo único innegociable es el drenaje. En un suelo arcilloso que encharca en invierno, la raíz se asfixia y entran hongos del suelo del género Phytophthora; el árbol se pone gris ceniciento por sectores y no hay tratamiento que lo recupere. Si el terreno es pesado, plantar sobre caballón elevado unos 30 cm es la única medida que funciona de verdad.
La época de plantación en la mayor parte de España es el otoño, de octubre a noviembre, para que la raíz se instale con las lluvias antes del calor. En el norte húmedo también sirve el final del invierno. Se planta con cepellón, nunca a raíz desnuda. El hoyo debe ser el doble de ancho que el cepellón pero no más profundo: el cuello de la raíz tiene que quedar al mismo nivel que el suelo del jardín. Enterrarlo unos centímetros «para que quede firme» provoca podredumbre en la base del tronco al cabo de dos o tres años.
Riego abundante al plantar y después riegos espaciados pero profundos durante los dos primeros veranos. A partir del tercer año, en clima mediterráneo, un ciprés establecido no necesita riego. Los que se riegan a diario con el aspersor del césped crecen deprisa, con madera blanda y tejidos tiernos, y son precisamente los que enferman.
El tutor, el viento y la copa que se abre
Una columna de doce metros con muy poca base es una vela. En zonas ventosas conviene entutorar los primeros dos o tres años con dos tutores laterales y ataduras flexibles, revisando que no estrangulen el tronco.
Hay un problema específico de esta forma columnar que aparece con los años y sorprende a quien no lo espera: tras una nevada o un temporal, las ramas se abren hacia fuera y el árbol pierde la silueta de vela para siempre. La madera del ciprés no vuelve a su sitio sola. La prevención consiste en rodear la copa con una atadura discreta de cuerda o cinta ancha en espiral, revisada cada pocos años para que no se clave en la corteza. Una vez abierto, atarlo con fuerza suele partir ramas; se puede corregir en parte con paciencia y ataduras progresivas, pero rara vez recupera del todo la forma.
Poda: poco, en verde y con el tiempo seco
Aquí está la trampa que arruina más setos de ciprés. Las cupresáceas no rebrotan de la madera vieja: no tienen yemas latentes en la parte marrón y sin hojas del interior de la rama. Si al recortar se corta más allá de la zona verde, ese hueco queda vacío de por vida. La poda de un seto de ciprés se hace siempre en el crecimiento del año, dejando algo de verde por debajo del corte, y se empieza pronto, cuando la planta es joven, en lugar de intentar reducir de golpe un seto que se ha ido de las manos.
El ciprés columnar aislado, en cambio, casi no necesita poda: mantiene su forma solo. Basta eliminar ramas secas, dobles guías si aparecen y ramas rotas.
El cuándo importa tanto como el cómo. Las heridas de poda son la puerta de entrada del chancro, y las esporas viajan con el agua. Se poda en tiempo seco y estable, mejor a final de primavera o en verano, nunca en días de lluvia o niebla, y se desinfectan las tijeras con alcohol o lejía diluida entre árbol y árbol. Con un seto de veinte pies enfermos, unas tijeras sin desinfectar bastan para contagiar los veinte sanos de al lado.
Chancro del ciprés y otros problemas sanitarios
El chancro del ciprés, causado por el hongo Seiridium cardinale (y en menor medida Seiridium unicorne y Seiridium cupressi), es el motivo por el que en España se han arrancado cipreses y setos de arizónica a millares. Los síntomas: ramas sueltas que amarillean y pasan a rojizo dentro de una copa por lo demás verde, y sobre la rama afectada una zona hundida de corteza agrietada por la que rezuma resina. La lesión rodea la rama, corta el paso de savia y todo lo que queda por encima muere. Cuando el chancro alcanza el tronco, el árbol está sentenciado.
No existe tratamiento curativo eficaz. Lo que sí funciona es la disciplina sanitaria: cortar la rama afectada bastante por debajo de la lesión, en tiempo seco, retirar y quemar o llevar a punto limpio el material —no dejarlo triturado bajo el árbol—, desinfectar la herramienta y evitar heridas innecesarias. La Universidad de Florencia seleccionó hace décadas clones tolerantes de Cupressus sempervirens, como 'Bolgheri' y la serie Agrimed, que en plantaciones nuevas de riesgo merecen la pena si se encuentran.
El pulgón del ciprés (Cinara cupressi) es el otro sospechoso habitual cuando un seto se pone marrón en primavera. Es un pulgón gris pardo, grande, que se agrupa en las ramillas de dos o tres años; su saliva es tóxica para la planta y deja tramos secos que después no rebrotan. Aparece de marzo a junio y otra vez en otoño. Se controla con jabón potásico bien dirigido al interior de la mata, repitiendo a los diez días, o con aceite de verano fuera de las horas de calor. Revisar el seto en abril, cuando la colonia es pequeña, evita el destrozo.
Los barrenillos del género Phloeosinus perforan galerías bajo la corteza, pero atacan casi siempre a árboles ya debilitados por sequía extrema, chancro o asfixia radicular. Su presencia es un síntoma, no la causa. Lo mismo vale para Pestalotiopsis funerea, un hongo secundario que coloniza tejidos estresados.
Cómo multiplicarlo
Por semilla es sencillo pero engañoso. Los gálbulos se recogen maduros, se secan al sol para que abran y suelten la semilla; conviene una estratificación fría de unas cuatro a ocho semanas a 4 ºC antes de sembrar en primavera en sustrato arenoso y muy drenante. Germina de forma irregular y el crecimiento inicial es lento. El problema no es técnico sino genético: la forma columnar no se hereda de manera fiable, así que de un lote de semillas de un ciprés 'Stricta' saldrá una mezcla de plantas estrechas, intermedias y de copa abierta. Para conservar el porte hay que ir a la vía vegetativa.
Por esquejes se garantiza el clon. Se toman en verano o a principios de otoño, semileñosos, de 10 a 15 cm, con un talón si es posible; se deshoja el tercio inferior, se aplica hormona de enraizamiento a base de AIB y se plantan en perlita con turba o fibra de coco, bajo plástico o nebulización, a la sombra. El enraizamiento es lento, de dos a cuatro meses, y el porcentaje de éxito raramente es alto.
Hay un detalle que decide el resultado y que se pasa por alto: las coníferas conservan la memoria de la posición de la rama. Un esqueje tomado de una rama lateral seguirá creciendo de lado, tumbado, y nunca formará una guía vertical; el resultado es un arbusto deforme. Los esquejes hay que tomarlos de brotes verticales, de la guía o de ramas erguidas próximas al ápice.
Dónde plantarlo y a qué distancia
Para una pantalla vegetal, la separación razonable entre pies es de 0,8 a 1,2 metros. Más juntos compiten, se ahílan y el seto se vacía por abajo. Como ejemplar aislado o en pareja flanqueando un acceso, hay que contar con la altura final: un ciprés a tres metros de la fachada acabará tapando ventanas del primer piso.
Conviene además tener presente el artículo 591 del Código Civil, que fija una distancia mínima de dos metros a la linde con el vecino para árboles de porte alto, y de 50 centímetros para arbustos y setos, salvo que la ordenanza municipal o la costumbre local establezcan otra cosa. Un ciprés columnar es un árbol alto, aunque parezca un seto. Plantar la hilera pegada al muro divisorio es una fuente clásica de conflicto.
En resumen
El Cupressus sempervirens 'Stricta' es un árbol de bajo mantenimiento, adaptado al clima y a los suelos calizos de casi toda España, que resuelve como pocos la necesidad de altura y pantalla en poco espacio. A cambio pide tres cosas concretas: drenaje real, poda escasa hecha en verde y en tiempo seco, y vigilancia sanitaria. El chancro por Seiridium cardinale y el pulgón Cinara cupressi son los dos frentes que hay que atender a tiempo, porque en ambos casos la parte de copa que se seca no se recupera nunca. Multiplícalo por esqueje de brote vertical si quieres conservar la columna, sitúalo respetando la distancia legal a la linde y, si en casa hay alergia a cupresáceas, piensa en otra especie antes de plantar la hilera bajo la ventana.