Si buscas una pantalla vegetal que aguante el frío de la meseta, los veranos secos y el suelo calizo sin pedir riego, el ciprés de Arizona es probablemente la mejor opción disponible en España. Es la conífera que se planta cuando el leylandi se ha secado dos veces y el ciprés mediterráneo tarda demasiado. Su color azul grisáceo, además, rompe la monotonía verde de la mayoría de setos.

Características principales

Cupressus arizonica Greene es una conífera perennifolia de la familia de las cupresáceas, descrita en 1882. Alcanza entre 10 y 20 metros de altura en cultivo, con casos de hasta 25 en su medio natural, y un tronco que puede llegar a medio metro de diámetro.

Su porte es cónico y bastante regular de joven, y con los años se vuelve más abierto e irregular, redondeándose por arriba. No es un árbol columnar estricto como el Cupressus sempervirens 'Stricta': tiende a ensancharse, y en un ejemplar adulto la copa puede ocupar 4 o 5 metros de diámetro. Conviene tenerlo presente al planificar el espacio.

El follaje es lo que lo distingue a simple vista. Está formado por escamas diminutas, de 1 a 2 mm, imbricadas sobre ramillas de sección cuadrangular, y presenta un característico color glauco, gris azulado o verde azulado, debido a una capa cerosa que reduce la pérdida de agua. Esa cera es una adaptación a la aridez de su hábitat, no un rasgo meramente decorativo. Al frotarlo desprende un olor resinoso intenso, algo acre, distinto del aroma limpio del ciprés mediterráneo.

La corteza es otro rasgo llamativo y frecuentemente ignorado. En la variedad tipo es fibrosa y gris parduzca, pero en la variedad glabra —la más común en jardinería— es lisa, rojiza o color caoba, y se desprende en placas o tiras dejando ver una superficie interior más clara. Un tronco viejo de esta variedad tiene un valor ornamental notable.

Es una especie monoica: lleva conos masculinos y femeninos en el mismo pie. Los masculinos son diminutos y amarillentos en los extremos de las ramillas y liberan el polen entre febrero y marzo. Los femeninos maduran en gálbulos leñosos, esféricos, de 1,5 a 3 cm, con 6 a 8 escamas provistas de un pequeño mucrón en el centro, de color pardo grisáceo. Estos conos permanecen cerrados en el árbol durante años —a veces más de una década— y pueden liberar la semilla tras un incendio o un fuerte estrés térmico. Es una estrategia de serotinia parcial, típica de coníferas de zonas con fuego recurrente.

El crecimiento es rápido: de 40 a 70 cm anuales en condiciones normales, algo menos que un leylandi pero muy por encima de la mayoría de coníferas rústicas. Y es longevo: puede superar los 500 años en su área natural.

Follaje glauco azulado del Cupressus arizonica

Origen, distribución y variedades

Es originario del suroeste de Norteamérica: el centro y sureste de Arizona, el suroeste de Nuevo México, el oeste de Texas y el norte de México, en Sonora, Chihuahua, Coahuila y Baja California. Vive en cañones y laderas de montaña entre los 1.000 y 2.500 metros de altitud, en un ambiente de precipitaciones escasas —de 300 a 500 mm anuales—, veranos muy calurosos e inviernos con heladas fuertes. Ese perfil climático explica por sí solo su comportamiento en cultivo.

Botánicamente se reconocen varias variedades, y en el comercio conviene distinguir dos:

Var. arizonica, la típica, de corteza fibrosa y follaje verde grisáceo.

Var. glabra (a veces elevada a especie como Cupressus glabra), llamada ciprés liso, con corteza lisa que se exfolia y follaje de un azul mucho más marcado. Es la que más se planta como ornamental. De ella derivan los cultivares comerciales: 'Fastigiata', de porte estrecho para espacios reducidos; 'Blue Ice', el de coloración azul plateada más intensa; 'Blue Pyramid', de silueta cónica compacta; y 'Sulfurea', de tono verde amarillento.

En España está ampliamente naturalizado y plantado desde mediados del siglo XX. Se introdujo masivamente en repoblaciones forestales, cortavientos agrícolas y cortafuegos, sobre todo en Castilla-La Mancha, Aragón, Castilla y León, Extremadura y Andalucía, y hoy es una de las coníferas exóticas más frecuentes en el paisaje agrícola del interior peninsular. Se encuentra rodeando fincas, cerrando parcelas y protegiendo cultivos del viento en toda la mitad sur.

Cuidados del Cupressus arizonica

Ubicación y luz. Pleno sol, sin discusión. Es una especie heliófila estricta; en sombra se aclara, pierde el color azul y se desguarnece por la parte baja. También tolera muy bien el viento seco, lo que lo hace ideal como cortavientos, aunque el aire salino litoral lo lleva peor que el Cupressus macrocarpa.

Suelo. Es indiferente y notablemente poco exigente. Vegeta bien en suelos pobres, pedregosos, arenosos y sobre todo calizos, con pH de 6 a 8,5, que es exactamente el perfil de buena parte del interior de España. Lo único que no perdona es el suelo encharcado o arcilloso compactado con mal drenaje. Si el terreno retiene agua, hay que plantar en caballón elevado o buscar otra especie.

Riego. Los dos primeros años necesita riegos regulares y profundos —uno por semana en verano, mojando bien— para instalar la raíz. Después es de las coníferas más resistentes a la sequía que se pueden plantar aquí: un ejemplar establecido pasa el verano manchego o extremeño sin una gota de riego. Regarlo de más es el principal error que se comete con esta especie, y provoca asfixia radicular y podredumbre.

Abonado. Prácticamente innecesario en tierra. Un aporte de abono de liberación lenta para coníferas al inicio de la primavera, una vez al año, es suficiente en setos que se recortan a menudo. Nunca abones con nitrógeno a finales de verano: los brotes tardíos no endurecen y se hielan.

Plantación. La época idónea es el otoño, de octubre a noviembre, o el final del invierno en zonas de heladas muy severas. Hoyo del doble del ancho del cepellón, paredes descompactadas, cuello a ras de suelo —jamás enterrado— y riego copioso de asentamiento. Para setos y pantallas, marco de 70 cm a 1 metro entre plantas; para árboles aislados, mínimo 4 metros entre pies y 5 metros a muros o edificaciones.

Multiplicación. Por semilla es lo habitual: se recogen gálbulos maduros, se secan al sol para que abran, y se siembra en primavera tras una estratificación fría de 3 a 4 semanas, que mejora mucho la germinación. También se propaga por esqueje semileñoso en verano bajo nebulización, y los cultivares seleccionados como 'Blue Ice' se multiplican por esqueje o injerto para mantener el color.

Rusticidad. Aquí es donde destaca. Soporta hasta −20 °C sin daño y sobrevive a mínimas puntuales inferiores, y al mismo tiempo aguanta veranos de 40 °C con humedad muy baja. Esa amplitud lo hace apto para prácticamente toda España, incluidas Soria, Teruel, Burgos o el páramo leonés, donde el Cupressus macrocarpa no prospera. Tolera además la nieve razonablemente bien, aunque en zonas de nevadas fuertes conviene sacudir las ramas cargadas.

Mantenimiento: poda y sanidad

Poda. Rige la misma ley que en todos los cipreses y no admite excepciones: no rebrota de madera vieja. Un corte que deje al descubierto madera marrón sin follaje verde produce una calva definitiva. Por tanto, se recorta siempre dentro de la zona verde, sobre la brotación del año.

En seto, dos pasadas ligeras al año: una a finales de primavera, en mayo o junio, y otra en septiembre. Mejor poco y a menudo que un rebaje drástico cada tres años. Dar al seto forma de trapecio, más ancho en la base que en la coronación, evita que la parte baja quede sombreada y se pele.

Como árbol aislado apenas necesita nada: retirar madera seca y alguna rama mal dirigida. No despuntes la guía terminal de un ejemplar joven, porque se generan guías competidoras que con los años se desgajan.

Evita podar en pleno verano, con calor y sol fuerte, y con el follaje mojado o antes de días de lluvia.

Chancro del ciprés (Seiridium cardinale). Es su principal amenaza y la razón por la que hay que ser meticuloso con las herramientas. El C. arizonica es bastante más resistente que el macrocarpa y que el leylandi, pero no es inmune. Se manifiesta como ramas aisladas que enrojecen y se secan mientras el resto del árbol sigue sano, con una zona hundida en la corteza que exuda resina. No hay tratamiento curativo: hay que cortar hasta madera sana bien por debajo del chancro, retirar y quemar los restos y desinfectar las tijeras con alcohol entre corte y corte. Podar un seto sin desinfectar es la vía más rápida de contagiar toda la línea.

Barrenillo (Phloeosinus). Escarabajos que atacan sobre todo árboles ya debilitados. Se detectan por serrín y orificios de un par de milímetros en la corteza. La prevención pasa por mantener el árbol vigoroso y no dejar madera muerta ni restos de poda acumulados cerca.

Phytophthora y podredumbre radicular por exceso de agua o cuello enterrado. Amarilleo generalizado y decaimiento lento. Solo se previene, no se cura.

Araña roja y cochinillas aparecen puntualmente en veranos secos o en setos muy densos, y se resuelven con jabón potásico o aceite de invierno.

Como en todos los cipreses, el secado y caída del follaje viejo del interior de la copa en otoño es normal y no requiere intervención.

Usos y una advertencia

Su papel principal en España es funcional: cortavientos agrícolas, pantallas visuales y acústicas, cierres de parcela y setos altos, además de repoblación en terrenos degradados y calizos donde poco más prospera. Como ornamental aislado, los cultivares azules tienen mucho valor de contraste en jardines de bajo mantenimiento y en xerojardinería, combinados con lavandas, romeros y gramíneas.

La advertencia es de salud: como todas las cupresáceas, su polen es un alérgeno relevante, y emite entre febrero y marzo, justo cuando el ciprés común también poliniza. En zonas donde se ha plantado en masa alrededor de núcleos urbanos, contribuye de forma apreciable a la polinosis invernal. No es motivo para no usarlo en el campo, pero sí para pensárselo en un jardín pequeño con alérgicos en casa.

En resumen

El Cupressus arizonica es una conífera de 10-20 metros, follaje glauco azulado y crecimiento rápido, originaria de las montañas áridas del suroeste de Norteamérica y perfectamente adaptada al interior de España. Sus bazas son la rusticidad extrema (hasta −20 °C), la resistencia a la sequía y a los suelos calizos y pobres, y una menor sensibilidad al chancro que el macrocarpa o el leylandi. A cambio exige pleno sol y drenaje: el encharcamiento es lo único que lo mata con facilidad. Riega solo los dos primeros años, abona poco o nada, planta en otoño y poda siempre dentro del verde, con la herramienta desinfectada, porque la madera vieja no vuelve a brotar.


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