La flor del algodón amanece de color crema y al tercer día es rosa oscura. Ese cambio de color no es un capricho: indica que la polinización ya ha ocurrido y que la corola, que ha cumplido su función, está a punto de caer para dejar paso a la cápsula. Quien cultiva algodón, sea en cincuenta hectáreas del Guadalquivir o en tres macetas de una terraza de Valencia, aprende pronto a leer ese calendario de colores, porque marca el punto a partir del cual todo lo que la planta haga con el agua y el nitrógeno se decide en el rendimiento final.

El algodón cultivado pertenece al género Gossypium, dentro de las malváceas, la misma familia de la malva, del hibisco y del gombo. Se cultivan cuatro especies: Gossypium hirsutum, de origen mesoamericano, que ocupa más del 90 % de la superficie mundial y prácticamente el cien por cien de la española; Gossypium barbadense, el algodón de fibra extralarga (pima, egipcio); y las dos especies del Viejo Mundo, Gossypium arboreum y Gossypium herbaceum, hoy relegadas a Asia y muy usadas como planta ornamental por su porte compacto y sus flores amarillas.

Qué es realmente la fibra

Conviene deshacer un malentendido de partida. Lo que sale de la cápsula abierta no es una flor seca ni un fruto algodonoso: cada hebra de fibra es una única célula epidérmica de la cubierta de la semilla, alargada durante unos veinticinco días hasta alcanzar entre dos y tres centímetros y engrosada después con capas sucesivas de celulosa. Es decir, el algodón es un pelo de semilla, y por eso sale de la planta pegado a ella. La imagen del vellón blanco listo para hilar es falsa: la borra que se recoge del campo va llena de pepitas y necesita pasar por el desmotado para separar fibra y semilla. Esa semilla, por cierto, no se tira: da aceite y torta proteica para el ganado.

Entender esto tiene una consecuencia práctica inmediata. Todo lo que perjudique al llenado de la semilla —falta de agua, falta de potasio, un ataque de orugas en cápsula— se traduce en fibra corta e inmadura. El algodón no es un cultivo de hoja ni de tallo: es un cultivo de semilla del que aprovechamos el envoltorio.

Planta de algodón con las cápsulas abiertas mostrando la fibra

Clima y suelo: dónde tiene sentido

El algodón es una planta perenne de zonas cálidas que cultivamos como anual porque no aguanta el invierno. Necesita un ciclo largo y sin sobresaltos térmicos: entre 180 y 210 días desde la siembra hasta la recolección, con temperaturas medias por encima de 20 °C durante la floración y noches que no bajen de 15 °C. Por debajo de 12 °C deja de crecer, y una helada, aunque sea de las de escarcha ligera, lo mata.

Eso explica el mapa español. La producción se concentra en el valle del Guadalquivir —Sevilla, Córdoba, Cádiz y algo de Jaén— con presencia menor en la vega del Guadiana y en Huelva. En el interior de la meseta el ciclo no cabe: cuando el suelo se calienta lo suficiente para sembrar ya es mayo, y las cápsulas no llegarían a abrir antes de los fríos de octubre. En el litoral mediterráneo se puede cultivar sin problema a escala de huerto o jardín.

En cuanto al suelo, prefiere texturas francas o franco-arcillosas, profundas, con pH entre 6 y 8. Tiene dos rasgos que lo hacen valioso en las vegas del sur: tolera la salinidad mejor que la mayor parte de los cultivos herbáceos y aprovecha muy bien suelos pesados siempre que drenen. Lo que no perdona es el encharcamiento, sobre todo en las primeras semanas, cuando la nascencia es lenta y los hongos de suelo aprovechan.

Siembra

La regla operativa no es una fecha, es una temperatura: se siembra cuando el suelo alcanza 14-15 °C a 5 cm de profundidad durante varios días seguidos y la previsión no anuncia una entrada de frío. En Andalucía eso suele caer entre finales de marzo y mediados de abril. Sembrar antes por ganar días es el error clásico y sale caro: la semilla se queda parada en un suelo frío y húmedo, y ahí es donde aparecen los ahogamientos por Rhizoctonia y Pythium, con siembras que hay que repetir.

Se siembra a 2-3 cm de profundidad, en líneas separadas de 75 a 100 cm, buscando una densidad final de unas 10-12 plantas por metro cuadrado en regadío. En jardín, con una planta cada 40-50 cm hay de sobra; en maceta, un contenedor de 25-30 cm de diámetro por planta, y a pleno sol.

La semilla comercial suele venir deslintada químicamente, sin la borra corta que la envuelve. Si se dispone de semilla con lino adherido, remojarla doce horas en agua tibia antes de sembrar mejora bastante la uniformidad de nascencia. Con temperatura adecuada emerge en 5-10 días.

Riego y abonado: el equilibrio que decide la cosecha

Un ciclo completo consume del orden de 600-700 mm entre lluvia y riego. Lo importante no es el total, sino el reparto. El periodo crítico va desde la aparición de los primeros botones florales (los llamados squares o botones piramidales) hasta que las cápsulas están formadas, aproximadamente desde finales de junio hasta agosto. Un estrés hídrico en esa ventana provoca caída masiva de botones y cápsulas jóvenes, y la planta no lo recupera después.

El error contrario es igual de habitual y menos comentado: regar y abonar de más al final del ciclo. El exceso de nitrógeno y de agua en agosto hace que la planta siga emitiendo ramas y hojas nuevas en lugar de llenar las cápsulas que ya tiene; el cultivo se vuelve una selva verde que retrasa la apertura, dificulta la recolección y favorece pulgón y mosca blanca. Las dosis habituales de nitrógeno rondan los 120-150 kg/ha fraccionados, con el grueso antes de floración y nada a partir de mediados de agosto. El potasio importa más de lo que se cree porque interviene en el llenado de la cápsula, y las carencias de boro se manifiestan justamente en abscisión de botones florales.

En maceta la traducción es sencilla: riego regular y generoso de junio a agosto sin dejar que el sustrato se seque del todo, y un abono equilibrado o ligeramente rico en potasa cada quince días, suspendido en cuanto se vean las primeras cápsulas hechas.

Plagas y enfermedades

La plaga central en España es Helicoverpa armigera, la oruga de la cápsula, junto con Earias insulana, el gusano espinoso. Ambas perforan botones y cápsulas y el daño no se ve hasta que se abren. El seguimiento con trampas de feromona y el conteo de puestas en el tercio superior de la planta valen más que cualquier tratamiento a calendario.

Le siguen el pulgón Aphis gossypii, la mosca blanca Bemisia tabaci y la araña roja Tetranychus urticae, esta última favorecida por el polvo y por los tratamientos que eliminan a sus depredadores. Pulgón y mosca blanca tienen un daño añadido y muy específico: la melaza que segregan cae sobre la fibra abierta y la vuelve pegajosa, un defecto que penaliza el precio en desmotadora.

Entre las enfermedades, la de mayor peso en el Guadalquivir es la verticilosis, causada por Verticillium dahliae. Se ve en verano como amarilleos entre nervios, marchitez sectorial y oscurecimiento de los vasos al cortar el tallo. No hay tratamiento curativo: se maneja con variedades tolerantes, rotaciones largas y evitando el exceso de riego, que es lo que dispara la expresión del hongo.

Campo de algodón en producción

Recolección

La cápsula tarda entre 45 y 60 días desde la flor hasta abrirse. En Andalucía la apertura empieza a finales de agosto y la recolección se concentra en septiembre y octubre. En cultivo mecanizado se aplica un defoliante cuando en torno al 60 % de las cápsulas están abiertas, para que la hoja caiga y no manche la fibra ni entorpezca la máquina; en jardín eso no hace falta y basta con recoger a mano cada cápsula cuando la borra está seca y esponjada.

La lluvia es el enemigo de esta fase. El agua sobre la fibra abierta la apelmaza, la mancha y baja el grado; por eso interesa recolectar en cuanto haya suficiente cápsula abierta en lugar de esperar a la última. Para uso ornamental, las ramas con cápsulas abiertas se cortan y se secan colgadas boca abajo en un sitio ventilado: aguantan años en seco.

El algodón como planta ornamental

En jardinería doméstica interesa Gossypium herbaceum, más bajo (80-120 cm) y con flores amarillas de centro granate muy vistosas. Se siembra en semillero en abril a 20-25 °C, se trasplanta cuando pasan los últimos fríos y florece de julio a septiembre. Aguanta bien la maceta grande siempre que tenga sol directo durante buena parte del día; a media sombra crece, pero apenas cuaja cápsulas.

Dos advertencias. La primera, que no es una planta de interior: en casa, sin luz directa, hace tallos largos y débiles y no llega a fructificar. La segunda, que la planta contiene gosipol, un compuesto fenólico presente sobre todo en la semilla y en las glándulas oscuras de hojas y tallos, tóxico para animales monogástricos. Ni las semillas crudas ni los restos de poda deben acabar al alcance de perros, gallinas o cerdos.

En resumen

El algodón es un arbusto perenne tropical que manejamos como anual, con un ciclo largo que en España solo cabe holgadamente en el sur peninsular y en el litoral cálido. Se siembra cuando el suelo pasa de 14 °C, no por fecha de calendario. La cosecha se juega entre junio y agosto, en el equilibrio entre dar agua suficiente durante la floración y no pasarse con agua ni nitrógeno cuando toca llenar las cápsulas. Las orugas de cápsula y la verticilosis son los dos frentes que más rendimiento se llevan. Y en el jardín, con una Gossypium herbaceum a pleno sol y un poco de paciencia hasta septiembre, se obtiene una planta de floración larga y unas cápsulas abiertas que decoran todo el invierno.


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