Las agallas rojizas y curvadas que le brotan en las hojas a final de verano, parecidas a cuernos de cabra, son las que le dieron el nombre popular. No son una enfermedad grave ni deforman al árbol: las provoca un pulgón, Baizongia pistaciae, que vive dentro de ellas y desaparece con la caída de la hoja. Quien planta una cornicabra convive con esas agallas prácticamente cada año, y conviene saberlo de antemano para no salir corriendo a comprar insecticida.

La cornicabra es Pistacia terebinthus, un arbolillo o arbusto grande de la familia de las anacardiáceas, la misma del pistacho, el mango y el lentisco. Crece de forma espontánea en encinares, quejigares, roquedos calizos y linderos de media península, desde el nivel del mar hasta los 1.400 metros largos. Ese origen dice casi todo lo que hay que saber sobre su cultivo: es una planta hecha para veranos secos, suelos pobres y calcáreos, y para heladas de interior.

Cornicabra (Pistacia terebinthus) en el campo mediterráneo

Qué planta es exactamente y con qué se confunde

Aclaremos primero un lío de nombres que genera compras equivocadas. «Cornicabra» es también el nombre de una variedad de olivo muy extendida en Toledo y Ciudad Real, y de un aceite monovarietal conocido. Si busca planta en un vivero y le ofrecen «cornicabra», asegúrese de que le venden Pistacia terebinthus y no Olea europaea 'Cornicabra'. Son dos plantas sin ningún parentesco.

La segunda confusión, esta en el campo, es con el lentisco (Pistacia lentiscus), su pariente más cercano. Se distinguen sin dudar mirando la hoja: la del lentisco es paripinnada, es decir, termina en dos foliolos y no tiene uno terminal; la de la cornicabra es imparipinnada, acaba en un foliolo impar en la punta. Además el lentisco es perenne y la cornicabra pierde la hoja en invierno, con un viraje previo a rojo y cobre que es uno de sus mayores atractivos ornamentales. Donde conviven ambas, en la costa mediterránea templada, aparecen híbridos naturales (Pistacia × saportae) con hojas intermedias que despistan a cualquiera.

Otro detalle que condiciona el cultivo: la cornicabra es dioica. Cada pie es macho o hembra, y solo los pies femeninos dan los racimos de frutos que pasan de verde a rojo coral y luego a pardo violáceo. Si el fruto le interesa, necesita al menos un macho en las cercanías; y como los ejemplares de semilla no muestran el sexo hasta que florecen, hacia el quinto o séptimo año, plantar dos o tres pies es la forma sencilla de asegurarse.

Clima y ubicación

Es una especie de pleno sol. A media sombra sobrevive, pero se estira, ramifica poco y el color otoñal se queda deslucido. Resiste sin problema los 40 °C del interior peninsular y la reverberación de un muro orientado al sur.

En frío aguanta bastante más de lo que se le supone a una mediterránea: ejemplares adultos toleran en torno a −12 a −15 °C, que es lo que explica su presencia en el interior de Castilla, Aragón o Andalucía oriental de montaña. Los pies jóvenes recién plantados son bastante más sensibles el primer invierno; una buena capa de acolchado sobre el cuello y las raíces basta.

Donde no rinde es en zonas de verano fresco y húmedo y suelos ácidos encharcadizos, es decir, buena parte de la cornisa cantábrica y de Galicia. Allí crece lenta, se queda raquítica y sufre podredumbres de raíz. Es planta de clima mediterráneo continental o litoral, no atlántico.

Suelo: el capítulo que decide todo

La cornicabra es calcícola y agradecida con los suelos malos. Prospera en margas, calizas descarnadas, pedregales y terrenos con pH de 7 a 8,5 donde otros árboles amarillean de clorosis. No necesita materia orgánica abundante ni tierra de jardín mullida.

Lo único que no perdona es el drenaje deficiente. Si el agua se queda dos días en el hoyo de plantación, la planta terminará muriendo por asfixia radicular o por hongos del suelo, y lo hará despacio, con una decadencia de dos o tres temporadas que se suele achacar erróneamente a falta de riego. En terrenos arcillosos y compactos hay dos soluciones prácticas: plantar en un caballón o loma elevada de 30-40 cm, o abrir un hoyo grande y rellenarlo con la propia tierra mezclada con grava y arena gruesa, nunca con turba.

Un error habitual es preparar el hoyo con mucho estiércol o mantillo pensando que se le hace un favor. Lo que se consigue es un bolsillo de tierra esponjosa que retiene agua rodeado de suelo compacto: una maceta subterránea, en la práctica. Con esta especie, cuanto más se parezca el hoyo al terreno de alrededor, mejor.

Plantación

La época buena es el otoño, de octubre a diciembre en el sur y el litoral, y el final del invierno (febrero-marzo) en zonas de heladas fuertes. La idea es que enraíce con la humedad invernal y llegue al primer verano con el sistema radicular ya explorando el subsuelo.

Compre plantas jóvenes, en contenedor de 3 a 10 litros. Los ejemplares grandes de esta especie arraigan mal: la cornicabra desarrolla pronto una raíz pivotante profunda, y cuando esa raíz se ha enroscado en el fondo del contenedor la planta nunca termina de anclarse. Revise el cepellón antes de plantar y, si ve raíces girando en espiral, córtelas limpiamente con tijera; si el cepellón está totalmente enrollado, es mejor devolver la planta.

Deje espacio. Aunque se la describa como arbusto, en buenas condiciones y con el tiempo alcanza 5 o 6 metros de alto y otros tantos de diámetro de copa, y en enclaves protegidos y suelos profundos pasa de los 8. No la plante a metro y medio de una fachada pensando que se quedará pequeña.

Riego

El calendario de riego de la cornicabra tiene dos fases muy distintas y confundirlas está detrás de buena parte de los fracasos.

Durante los dos o tres primeros veranos hay que regarla: un riego abundante y espaciado, del orden de 15-20 litros cada 10-15 días entre junio y septiembre, mojando en profundidad para que la raíz baje. Riegos cortos y frecuentes hacen lo contrario, mantienen las raíces en los primeros centímetros de suelo y crean una planta permanentemente dependiente.

A partir del cuarto año, en la mayor parte de la península, no necesita ningún riego. Aguanta la sequía estival completa; es más, el riego de verano en suelo pesado es una de las pocas maneras seguras de matarla. Si la tiene integrada en un jardín con césped y riego diario, tarde o temprano dará problemas: plántela en la zona seca del jardín, con romeros, lavandas, lentiscos, coscojas o durillos.

Abonado y poda

Abonado, prácticamente ninguno. Un puñado de compost bien hecho extendido en superficie al final del invierno, cada dos o tres años, es todo lo que puede necesitar y ni eso es imprescindible. El nitrógeno en exceso le provoca brotes largos, blandos y mal lignificados que se hielan el invierno siguiente.

La poda debe ser mínima y de formación. Si quiere un árbol de tronco único, vaya eliminando poco a poco los rebrotes de la base y las ramas bajas durante los primeros años, nunca de golpe. Si prefiere el porte natural, de arbusto multitronco, no toque nada más que la madera seca o cruzada. El momento es el final del invierno, antes de la brotación.

Dos advertencias: al cortar suelta resina aromática —la trementina que se explotó durante siglos, sobre todo de la variedad de Quíos— y esa resina, junto con la savia, puede causar dermatitis de contacto a personas sensibles. Guantes y manga larga al podar. Y evite podas severas de rejuvenecimiento en verano: brota, pero mal y con riesgo de desecación de las ramas gruesas.

Multiplicación por semilla

Es la vía habitual, aunque exige paciencia. Recoja los frutos en otoño cuando están pardos y arrugados, no cuando están rojos: el fruto rojo brillante suele estar vacío, sin embrión, y en poblaciones silvestres la proporción de frutos huecos es enorme.

El filtro rápido es la prueba de flotación: quite la pulpa frotando bajo el agua y descarte todo lo que flote; sirven solo los que se hunden. Después, estratificación en frío, un mes o mes y medio en arena o vermiculita húmeda dentro de una bolsa en la nevera, entre 3 y 5 °C. Siembre en febrero-marzo en macetas altas o tubos forestales de al menos 25-30 cm, con sustrato muy drenante, porque la raíz pivotante se desarrolla antes que la parte aérea.

La germinación es irregular y no siempre pasa del 40-50 %; siembre de sobra. El primer año la planta puede hacer apenas 15-20 cm de tallo mientras la raíz ya ha bajado 30 o 40 centímetros. Ese crecimiento aparentemente lento es normal y no se corrige con abono.

Por esqueje enraíza mal y es un camino poco recomendable para el aficionado. En vivero profesional se recurre al acodo o al injerto cuando se quiere asegurar el sexo de la planta.

Frutos de Pistacia terebinthus en distintos estados de maduración

Plagas, enfermedades y otras rarezas

Las agallas del principio son lo más llamativo y lo menos importante. Las producen varios pulgones de la familia Pemphigidae —Baizongia pistaciae genera la típica agalla alargada y encorvada; Forda y Geoica, otras más redondeadas en los foliolos—. Debilitan poco al árbol y no justifican tratamiento en un jardín. Si le molestan estéticamente, corte las hojas afectadas en cuanto aparezcan, en julio, antes de que los pulgones alados salgan.

Por lo demás es un árbol notablemente sano. Puede sufrir Verticillium en suelos que han llevado antes solanáceas o cucurbitáceas, y ese es el motivo real por el que en pistacho se ha ido abandonando P. terebinthus como patrón en favor de P. atlantica y de los híbridos UCB-1, más tolerantes. En jardín, evitar plantarla donde hubo huerta de tomates o pimientos durante años es una precaución barata.

Y sí, esa es otra de sus utilidades: la cornicabra ha sido durante décadas el portainjertos tradicional del pistacho (Pistacia vera) en España, por su rusticidad y su resistencia a la caliza y a la sequía. Si le pica la curiosidad, es perfectamente posible injertar pistacho sobre una cornicabra de tres o cuatro años, en primavera, aunque el vigor y la productividad serán menores que con patrones modernos.

Qué aporta al jardín

No es una planta de flor vistosa: sus panículas verdosas o rojizas de abril pasan desapercibidas. Su valor está en otro sitio. En el follaje, pinnado, brillante, con brotación primaveral teñida de rojo y una coloración otoñal de rojo intenso a naranja que en clima seco es de las mejores que se pueden conseguir sin regar. En los racimos de frutos, que pasan por media gama de rojos y atraen a mirlos, currucas y zorzales durante meses. Y en el porte, irregular y retorcido con los años, muy adecuado para jardines de estilo mediterráneo, taludes, setos informales o zonas de bajo mantenimiento.

Funciona además como cortafuegos vivo relativo comparada con otras leñosas mediterráneas: al ser caducifolia y no acumular hoja seca en la copa, arde peor que un pinar o un romeral, algo a tener en cuenta en parcelas de interfaz urbano-forestal.

En maceta se puede tener, pero con matices: exige contenedor profundo (más alto que ancho, mínimo 50 litros para un ejemplar de porte medio), sustrato mineral y aceptar un crecimiento muy contenido. Es, de hecho, una especie usada en bonsái con buenos resultados por su nebari y su hoja reducible.

En resumen

La cornicabra es un arbolillo caducifolio de clima mediterráneo que pide sol pleno, suelo calizo y bien drenado, y casi nada más. Plántela joven, en otoño o a finales de invierno, en terreno que no encharque; riéguela los dos o tres primeros veranos para que la raíz baje y déjela seca a partir de ahí; pode lo justo, al final del invierno y con guantes. Asuma las agallas en forma de cuerno como parte de su biología y no como una plaga. A cambio obtendrá un árbol longevo, sin riego, sin abono y sin tratamientos, con brotación roja en primavera, frutos que alimentan pájaros en verano y un otoño encendido en un jardín donde casi nada más cambia de color.


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