A finales de abril, en las laderas calizas del oeste de Creta, el matorral bajo se llena de espigas rosas que parecen de fieltro. Es Ebenus cretica, una leguminosa endémica de la isla que lleva décadas cultivándose en jardinería mediterránea porque hace algo que pocos arbustos consiguen: florecer de forma espectacular en un suelo pobre, seco y a pleno sol, sin que nadie la riegue.
El nombre despista. El ébano de Creta no tiene ninguna relación con el ébano de verdad, que pertenece al género Diospyros y produce esa madera negra y densa de los muebles antiguos. Aquí Ebenus es simplemente el nombre del género botánico, acuñado por Linneo, y la planta es un arbusto pequeño de la familia de las habas y los altramuces. Quien la compre esperando un árbol maderable se va a llevar una sorpresa.
Cómo es la planta
Ebenus cretica es un arbusto leñoso en la base y algo herbáceo en las ramas del año, que rara vez pasa de 60-100 centímetros de altura y otro tanto de anchura. La mata es densa, redondeada y desordenada, con el aspecto típico de las plantas de garriga.
Las hojas son compuestas, con tres o cinco foliolos, y están cubiertas de un vello blanquecino que le da a todo el conjunto un tono gris plateado. Ese vello no es decorativo por casualidad: es una adaptación al calor y a la insolación fuerte, porque los pelos reflejan parte de la radiación y frenan la pérdida de agua. Por eso la planta conserva buen aspecto en pleno agosto, cuando muchas otras están lacias.
La floración es lo que la ha llevado a los jardines. Entre abril y junio, según la zona, emite espigas cónicas y compactas de 5 a 10 centímetros, cubiertas de flores rosadas o rosa púrpura con la estructura amariposada de las leguminosas. El cáliz es tan velloso que la inflorescencia parece cubierta de pelusa, y ese detalle hace que las espigas sigan siendo vistosas incluso cuando ya se han secado. Después vienen las legumbres, pequeñas y con una o dos semillas.
Conviene saber también que no es una planta longeva. Diez o doce años ya es una buena vida para un ejemplar, y a partir del sexto u octavo año suele afearse por la base. No es un fallo de cultivo: es su ciclo natural. Lo lógico es tener siempre alguna planta joven de repuesto, que además se consigue con facilidad por semilla.
Clima y resistencia al frío
Es una planta de clima mediterráneo puro: verano seco y caluroso, invierno suave y húmedo. En la costa mediterránea peninsular, en las Baleares, en el valle del Guadalquivir o en el litoral atlántico andaluz vive sin problemas. También tolera bien la brisa marina, lo que la hace útil en jardines de primera línea.
En cuanto al frío, aguanta heladas ligeras, del orden de -4 o -5 °C, siempre que sean cortas y el suelo esté seco. El problema en el interior peninsular no es tanto la temperatura mínima como la combinación de frío con suelo encharcado en invierno: ahí el cuello y las raíces se pudren enseguida. En Madrid, Castilla o el valle del Ebro puede cultivarse, pero exige un emplazamiento muy drenado, en alto, y preferiblemente al abrigo de un muro orientado al sur. En zonas de heladas fuertes y prolongadas es mejor cultivarla en maceta y resguardarla.
La humedad ambiental alta y persistente tampoco le sienta bien. En la cornisa cantábrica y en Galicia sufre más de lo que su fama de resistente haría pensar, porque el exceso de agua atmosférica favorece los hongos en ese follaje velloso.
Suelo y plantación
Aquí se juega el 80 % del éxito. El ébano de Creta crece de forma natural sobre calizas, en suelos esqueléticos, pedregosos y alcalinos. En el jardín necesita algo equivalente: un sustrato pobre, muy suelto y con drenaje rápido. Un pH básico, entre 7 y 8, le va perfectamente: agradece esos suelos calizos que tantos problemas dan a otras plantas.
Si el terreno es arcilloso y compacto, no basta con abrir un hoyo grande y rellenarlo de tierra buena: eso crea una especie de bañera donde el agua se queda estancada. La solución que funciona es plantar en montículo o en bancal elevado, mezclando la tierra con grava, arena gruesa o zahorra, y dejando el cuello de la planta claramente por encima del nivel del suelo circundante.
La mejor época para plantar en España es el otoño, de octubre a noviembre. Así la planta enraíza durante el invierno aprovechando las lluvias y llega al primer verano con un sistema radicular capaz de sostenerla. La plantación en primavera funciona, pero obliga a regar bastante más el primer año.
Si se usa acolchado, que sea mineral: grava, gravilla volcánica o piedra machacada. Las cortezas y el compost extendidos contra la base retienen humedad justo donde no debe haberla y son una causa habitual de pérdida de ejemplares.
Riego: lo que suele hacerse mal
La creencia que más ejemplares se lleva por delante es que, por ser resistente a la sequía, se puede plantar y olvidarse desde el primer día. No es así. Una planta recién plantada tiene el cepellón de la maceta y poco más, y hasta que las raíces no exploran el terreno depende del riego. El primer verano hay que regarla, aunque sea poco: un riego abundante cada diez o quince días, mojando bien y dejando secar del todo entre uno y otro, es suficiente y mucho mejor que riegos frecuentes y ligeros, que solo generan raíces superficiales.
A partir del segundo año, en la costa mediterránea puede vivir prácticamente de la lluvia. Como mucho, dos o tres riegos de socorro en los picos de calor del verano, y solo si se ve la mata decaída. En el interior seco, algún riego más.
El riego por goteo diario, el que se programa para el césped o para los setos, es incompatible con esta planta. Si comparte instalación con otras especies, hay que ponerla en un sector aparte o directamente fuera del sistema.
Exposición, abonado y poda
Sol directo, todo el que se pueda dar. A media sombra sobrevive, pero se ahíla, pierde el color plateado de las hojas y florece mal o no florece. No hay ninguna versión de esta planta que funcione a la sombra.
En cuanto al abonado, lo mejor es casi no abonar. Al ser una leguminosa, establece simbiosis con bacterias fijadoras de nitrógeno y se abastece bastante por su cuenta. Un exceso de nitrógeno produce crecimientos blandos, alargados y con pocas flores, además de hacerla más sensible al frío y a los hongos. Si el suelo es muy pobre, basta con un puñado de abono mineral de liberación lenta y bajo en nitrógeno a la salida del invierno, y ni eso todos los años.
La poda debe ser suave. Lo habitual es recortar las inflorescencias marchitas y despuntar ligeramente las ramas del año una vez terminada la floración, en junio o julio, para mantener la mata compacta. Lo que no hay que hacer es podar sobre la madera vieja y sin hojas de la base: como muchas leguminosas leñosas mediterráneas, rebrota mal o no rebrota de ahí, y lo único que se consigue es dejar muñones secos. Si un ejemplar ya está muy desgarbado por dentro, casi siempre es más práctico sustituirlo que intentar rejuvenecerlo.
Multiplicación
La vía normal es la semilla, que además germina bien. Como toda leguminosa, tiene la cubierta dura, así que conviene ayudarla: escarificar suavemente con una lima o papel de lija, o sumergirla en agua muy caliente (no hirviendo) y dejarla reposar hasta que el agua se enfríe, unas doce o veinticuatro horas. Se siembra en otoño en bandejas o macetas con sustrato muy arenoso, se mantiene ligeramente húmedo y a temperaturas suaves, y suele nacer en dos o tres semanas.
Las plántulas se trasplantan pronto a maceta individual, porque forman raíz pivotante y no toleran bien que se las manipule tarde. Se plantan en su sitio definitivo al otoño siguiente. Las primeras flores llegan normalmente en el segundo o tercer año.
Los esquejes semileñosos de verano son posibles, pero enraízan de forma irregular incluso con hormonas y cama caliente. Para el jardinero aficionado la semilla es claramente el camino más rentable.
Problemas y plagas
En condiciones adecuadas es una planta muy sana. Lo que la mata, casi siempre, es la asfixia radicular y la podredumbre del cuello por exceso de agua o suelo compacto. Los síntomas engañan: la planta amarillea y se marchita como si le faltara agua, y la reacción instintiva de regar más acelera el final. Ante una mata mustia en suelo húmedo, hay que dejar de regar, no regar más.
De forma ocasional aparecen pulgones en los brotes tiernos de primavera, sin mayor consecuencia, y en veranos muy secos puede verse algo de araña roja, sobre todo en macetas. En zonas con muchos caracoles y babosas, las plántulas jóvenes son vulnerables el primer invierno.
Dónde queda bien
Su sitio natural en el jardín es el jardín seco o de grava, las rocallas, los taludes soleados y los bordes de camino con poco suelo. Combina especialmente bien con plantas del mismo carácter y las mismas necesidades: jaras (Cistus), matagallo (Phlomis), lavandas, romero, santolinas, Teucrium o gramíneas como Stipa tenuissima. Agrupar plantas con la misma demanda hídrica no es solo cuestión estética, es lo que permite regar el conjunto de forma coherente.
En maceta funciona bien si el recipiente es de barro, ancho más que hondo, con sustrato muy mineral y agujeros de drenaje generosos. Es la fórmula recomendable en el norte y en el interior frío, porque permite ponerla a cubierto de la lluvia invernal.
En resumen
Ebenus cretica es un arbusto pequeño, de follaje plateado y espigas rosas en primavera, pensado para lo que en España sobra: sol, calor, suelo calizo y poca agua. Se le da lo contrario de lo que se le da a la mayoría de arbustos ornamentales: suelo pobre y drenado, nada de abono nitrogenado, pleno sol y riego escaso, salvo el primer verano, en el que sí necesita ayuda para arraigar. Poda solo de mantenimiento sobre madera joven, acolchado de grava y ninguna concesión a la sombra ni al riego automático diario. Como vive pocos años, lo sensato es sembrar semillas cada cierto tiempo y tener relevo preparado. Con ese planteamiento resulta muy agradecida en un jardín mediterráneo de bajo mantenimiento.