El ciprés tiene fama de árbol que no requiere nada, y es cierto casi siempre. El problema es que cuando falla, falla entero: un ciprés se seca de arriba abajo en pocas semanas y ya no se recupera. Casi todos esos casos responden a tres causas concretas —exceso de agua, un hongo de chancro y una poda mal hecha— y las tres son evitables. Estos son los cuidados que de verdad importan.

De qué ciprés hablamos

Conviene distinguir, porque bajo el nombre de "ciprés" se venden especies con exigencias distintas.

Cupressus sempervirens, el ciprés común o mediterráneo, es el de las variedades columnares de cementerio y carretera. Nativo del Mediterráneo oriental, naturalizado aquí desde la antigüedad. Alcanza 20-30 metros, vive siglos y es el más resistente a la sequía y a la caliza. La forma estrecha corresponde a la variedad 'Stricta' o 'Pyramidalis'; la forma silvestre, 'Horizontalis', tiene copa abierta.

Cupressus macrocarpa, el ciprés de Monterrey, californiano, de follaje verde claro o dorado en el cultivar 'Goldcrest' —el clásico "limonero" navideño de vivero, así llamado por el olor a cítrico de su follaje al frotarlo—. Crece rapidísimo, tolera la brisa marina mejor que ninguno, pero es el más sensible al chancro y el que peor lleva el frío intenso y el suelo seco del interior.

Cupressus arizonica, de follaje glauco azulado, muy rústico en frío y sequía, habitual en setos y pantallas.

Y en setos de seto formal, × Cuprocyparis leylandii, el leylandi, que técnicamente no es un Cupressus sino un híbrido intergenérico. Crece más de un metro al año, lo que explica su popularidad y también la mayoría de los desastres asociados a él.

Cipreses columnares recortados contra el cielo

Cómo plantarlo

La época es el otoño, de octubre a noviembre, o el final del invierno si en tu zona las heladas son fuertes. Plantar en otoño permite que la raíz trabaje durante todo el invierno húmedo y llegue al primer verano con capacidad para buscar agua. Plantar en primavera avanzada o en verano multiplica el riesgo por mucho que se riegue.

El sitio debe ser soleado —el ciprés en sombra se aclara, se desguarnece por dentro y pierde la forma— y sobre todo bien drenado. El suelo es lo de menos: acepta calizas, arcillas moderadas, terrenos pedregosos y pobres, con pH de 6 a 8,5. Lo que no acepta es que el agua se quede.

Al abrir el hoyo, hazlo del doble de ancho que el cepellón y descompacta bien las paredes laterales; en suelo arcilloso, un hoyo de paredes lisas actúa como una maceta de barro y las raíces giran dentro sin salir. No añadas turba ni sustratos ricos: crear un hoyo de tierra esponjosa dentro de un terreno pesado convierte el hueco en una bañera. Basta con la propia tierra del sitio, quizá aligerada con algo de arena gruesa.

El cuello del árbol tiene que quedar a ras de suelo o un dedo por encima. Enterrarlo es una condena a plazo fijo: el ciprés es especialmente propenso a la podredumbre del cuello y a la Phytophthora. Si el terreno es plano y arcilloso, planta en un ligero montículo.

Después, riego generoso de asentamiento, acolchado de corteza o grava dejando libres 10 cm alrededor del tronco, y tutor bajo solo si el ejemplar es alto y el sitio ventoso, retirándolo al año.

Para setos, las distancias razonables son de 60-80 cm entre plantas en leylandi y arizónica, y de 1 metro en macrocarpa. Más juntos no se cierra antes: se compite y se seca por abajo. Y ten en cuenta la altura final: un leylandi sin control llega a 20 metros y es la causa clásica de conflictos de vecindad.

Riego: menos de lo que crees

Aquí está el error más frecuente y el más letal. Se ahogan muchos más cipreses de los que se secan.

Durante los dos primeros años hay que regar de verdad, porque el árbol aún no tiene raíz suficiente: un riego profundo por semana en verano, y cada 10-15 días en primavera y otoño si no llueve. Profundo significa mojar 30-40 cm de suelo, no un chorro superficial diario que solo mantiene húmedo el cuello del árbol.

A partir del tercer año, un Cupressus sempervirens o arizonica establecido en clima mediterráneo no necesita riego. Nada. Sobrevive perfectamente con la lluvia natural, incluso en zonas de 350 mm anuales. El macrocarpa y el leylandi son algo más exigentes y agradecen un riego profundo cada tres o cuatro semanas en los veranos secos del interior.

Un caso muy habitual: cipreses de seto plantados sobre una línea de goteo de césped, con riego diario o a días alternos todo el verano. Se pudren. La raíz permanentemente saturada pierde oxígeno, entra Phytophthora y el árbol amarillea desde la base. Si el seto comparte riego con el césped, hay que separar los sectores.

Señal de aviso: cuando un ciprés se pone gris azulado apagado y luego pardo desde la parte baja e interior, con el suelo húmedo al tacto, casi siempre es exceso de agua, no falta.

Abonado

El ciprés en tierra vive muy bien sin abono ninguno. Es un árbol adaptado a suelos pobres y calcáreos, y forzarlo no lo mejora.

Si quieres darle algo —tiene sentido en setos, que se podan mucho y por tanto exportan biomasa—, aplica un abono de liberación lenta para coníferas a comienzos de primavera, marzo o principios de abril, una sola vez al año, esparcido bajo la proyección de la copa y regado a continuación. Alternativamente, compost o estiércol bien maduro en superficie a finales de invierno.

Lo que no debes hacer es abonar con nitrógeno a partir de agosto: provoca una brotación tardía y tierna que se hiela en noviembre y que además es carne de cañón para el chancro. Tampoco tiene sentido abonar un ciprés que ya está amarilleando: si la causa es asfixia radicular o un hongo, el abono acelera el final.

En maceta sí hace falta abonar, cada 15-20 días en primavera y verano con un fertilizante líquido para coníferas a media dosis, porque el sustrato se agota.

Plagas y enfermedades: lo que de verdad mata cipreses

Chancro del ciprés (Seiridium cardinale). Es la enfermedad más grave, con diferencia, y la responsable de la mayoría de los cipreses muertos en España. Se manifiesta como ramas sueltas que se vuelven rojizas o pardas mientras el resto del árbol sigue verde, y en el punto de origen se aprecia una zona hundida en la corteza con exudado de resina. El hongo entra por heridas: cortes de poda, roces de cortacésped, daños de granizo o de viento.

No hay curación química eficaz una vez instalado. El manejo es sanitario y funciona si se hace pronto: cortar la rama afectada bastante por debajo del chancro, hasta madera sana, quemar o retirar los restos —nunca dejarlos ni compostarlos— y desinfectar la herramienta con alcohol o lejía diluida entre corte y corte. Este último detalle es crítico: unas tijeras sin desinfectar propagan el chancro por todo un seto en una tarde de poda. Si el chancro está en el tronco principal, el árbol está perdido y hay que arrancarlo.

Barrenillo del ciprés (Phloeosinus). Escarabajos pequeños que excavan galerías bajo la corteza. Atacan preferentemente árboles ya debilitados por sequía o chancro, y transportan sus esporas. Se detectan por serrín fino y agujeros de un par de milímetros. La prevención es mantener el árbol vigoroso y retirar la madera muerta, que es donde crían.

Phytophthora y podredumbre radicular. Consecuencia directa del exceso de agua o del cuello enterrado. Amarilleo general, decaimiento progresivo y madera del cuello parda al rascar. Prevención pura: drenaje y riego contenido.

Araña roja en veranos secos, sobre todo en setos densos y en macrocarpa. Da un aspecto polvoriento y decolorado al follaje. Se combate con lavados de agua a presión y jabón potásico, y bajando la sequedad ambiental del seto.

Cochinillas del género Carulaspis, pequeños escudos blancos en las escamas del follaje. Tratamiento con aceite de invierno en el reposo.

Y un problema que no es plaga: el amarilleo interior otoñal. Todos los cipreses secan y desprenden follaje viejo del interior de la copa cada otoño. Es normal, no es enfermedad, y no requiere hacer nada.

Poda: cuándo, cuánto y el límite que no se cruza

La regla que define toda la poda de esta especie es esta: el ciprés no rebrota de madera vieja. Si cortas hasta donde solo hay madera marrón sin follaje verde, ese punto queda pelado para siempre. No hay recuperación, no hay yemas latentes que despierten. Es la diferencia esencial con un seto de laurel o de aligustre, y el motivo de tantos setos de leylandi con calvas permanentes.

De ahí se derivan las reglas prácticas:

Poda siempre dentro de la zona verde, recortando la brotación del año y dejando siempre follaje por debajo del corte. En setos eso significa recortar poco y a menudo, no mucho y de tarde en tarde.

La época para setos son dos pasadas: una a finales de primavera, en mayo o junio, tras el empuje inicial, y otra a finales de verano o principios de otoño, en septiembre. Evita podar en pleno julio y agosto con sol y calor, porque el follaje que queda expuesto se quema, y evita también podar en invierno con riesgo de heladas.

Da forma trapezoidal al seto, más ancho abajo que arriba, con una ligera inclinación de las caras. Un seto de lados verticales o, peor, más ancho arriba, deja la parte inferior en sombra permanente: se desguarnece y ya no hay manera de rellenarla.

En cipreses columnares aislados apenas hace falta poda. Lo único útil es retirar madera seca, corregir alguna rama que se separe de la línea y, en ejemplares que se abren con la nieve o el viento, atar discretamente la copa. Nunca despuntes la guía terminal de un ciprés joven: pierde la forma cónica y se le forman varias guías competidoras que acaban desgajándose.

Desinfecta la herramienta antes de empezar y entre plantas distintas, y no podes con el follaje mojado ni antes de días de lluvia: es como se propaga el chancro.

Rusticidad y clima

El Cupressus sempervirens aguanta hasta unos −15 °C y calores de 40 °C, lo que lo hace apto para casi toda España salvo alta montaña. El arizonica es aún más frío-resistente, hasta unos −20 °C. El macrocarpa es el limitante: sufre por debajo de −8 o −10 °C y detesta a la vez el frío seco continental, por eso funciona espléndidamente en la costa gallega, cantábrica o atlántica y mal en Castilla.

Un apunte de salud pública que conviene conocer: el polen de ciprés es un alérgeno importante en España, con un pico de emisión de enero a marzo. En ciudades con mucho ciprés plantado el impacto es real, y es una razón sensata para no llenar un jardín urbano de ellos si hay alérgicos en casa.

En resumen

El ciprés pide poco y lo poco que pide es concreto: sol, drenaje impecable y el cuello sin enterrar. Riega en profundidad los dos primeros años y luego prácticamente déjalo, porque el exceso de agua mata muchos más cipreses que la sequía. Abona como mucho una vez al año en primavera, y nunca en otoño. Vigila el chancro (Seiridium cardinale): ramas pardas aisladas con resina en la corteza; corta hasta madera sana, retira los restos y desinfecta siempre la herramienta. Y poda solo dentro del verde, en mayo-junio y septiembre, con el seto más ancho por abajo, porque la madera vieja del ciprés no vuelve a brotar y una calva ahí es permanente.


Contenidos relacionados