Por debajo de 12 °C el tamarindo deja de crecer, por debajo de 7 °C empieza a soltar hojas y en torno a 0 °C se muere. Ese dato, y no el riego ni el abonado, es el que decide si un bonsái de tamarindo sobrevive en España. Todo lo demás se aprende sobre la marcha; el invierno hay que tenerlo resuelto antes de comprar el árbol.
El tamarindo, Tamarindus indica, es una leguminosa de la familia Fabaceae originaria de la África tropical seca y naturalizada desde hace siglos en la India, el sudeste asiático y América tropical. Como árbol adulto pasa de 20 metros, con una copa enorme y un tronco corto y grueso. Como bonsái resulta interesante por tres motivos: engorda deprisa, tiene hoja pinnada muy fina que da un aspecto ligero y elegante, y la corteza se agrieta pronto, con lo que un ejemplar de diez años ya parece viejo.
Lo primero: es un árbol de exterior que en España necesita invernar dentro
Se vende como bonsái de interior y esa etiqueta es la causa de más tamarindos muertos que cualquier plaga. Un tamarindo dentro de casa los doce meses del año va perdiendo vigor: alarga los entrenudos buscando luz, produce hojas grandes y blandas, se llena de araña roja con el aire seco de la calefacción y en tres o cuatro años se apaga sin que nadie sepa muy bien por qué.
Lo correcto es tratarlo como árbol de exterior en la temporada de calor e interior solo en invierno. Desde que las mínimas nocturnas se estabilizan por encima de 13-14 °C —finales de mayo en el interior peninsular, algo antes en el litoral sur— hasta que bajan de esa cifra en octubre, el árbol va fuera, a pleno sol o con una sombra ligera en las horas centrales de julio y agosto. Esos cuatro o cinco meses de luz real son los que construyen el árbol: hoja pequeña, entrenudos cortos, madera dura y engorde del tronco.
En invierno entra a casa o a un invernadero templado. La posición ideal es pegado a una ventana orientada al sur, lo más cerca posible del cristal, y lejos de radiadores y de corrientes de aire frío al abrir ventanas. Si la habitación es oscura, merece la pena un foco led de cultivo diez o doce horas al día; no es un capricho, es la diferencia entre un árbol que pasa el invierno y otro que llega a marzo agotado.
En la costa de Málaga, Almería, Alicante, Murcia o en Canarias, donde las heladas son excepcionales o inexistentes, un ejemplar bien establecido puede quedarse fuera todo el año en un lugar resguardado, aunque con noches de 5-8 °C se quedará parado y perderá parte de la hoja. El tamarindo es semiperenne: en su clima de origen se deshoja parcialmente en la estación seca, así que una defoliación moderada en invierno no es señal de que se esté muriendo, siempre que las yemas sigan firmes y verdes por dentro al rascar la corteza.
Riego
Durante el crecimiento, de mayo a septiembre, quiere el sustrato húmedo pero nunca encharcado. Con la maceta al sol y temperaturas de 30 °C eso puede significar regar a diario, o incluso dos veces al día en olas de calor si el árbol está en bandeja pequeña y sustrato muy drenante. La forma correcta de regar un bonsái es por inmersión o con regadera de lluvia fina hasta que salga agua abundante por los agujeros de drenaje, y repetir la pasada dos o tres veces para asegurarse de que se ha mojado todo el cepellón y no solo la superficie.
En invierno cambia todo. Con el árbol parado, dentro de casa y a 16-18 °C, el consumo cae en picado. El error clásico es mantener el ritmo de riego del verano, y ahí es donde se pudren las raíces: sustrato frío y permanentemente saturado con una planta que no transpira. En esa época se riega cuando la capa superior lleve un par de días seca al tacto, quizá una vez por semana o cada diez días, y con agua a temperatura ambiente, nunca fría del grifo directamente sobre el cepellón.
La humedad ambiental sí le gusta alta, alrededor del 50-60 %. Una bandeja con grava y agua bajo la maceta —con la base del tiesto por encima del nivel del agua, no dentro— ayuda bastante en invierno. Pulverizar la hoja tiene un efecto muy corto y, si el agua es dura, deja manchas de cal; la bandeja funciona mejor.
Sustrato y trasplante
Necesita una mezcla muy drenante y con estructura estable. Una combinación que funciona bien: 50 % de akadama, 25 % de puzolana o pómice de grano 2-5 mm y 25 % de mantillo o corteza compostada fina. Si la akadama resulta cara, se sustituye por arcilla calcinada de la que se usa en jardinería con resultados aceptables. Lo que no vale es el sustrato universal de saco tal cual: se compacta, retiene demasiada agua y termina asfixiando las raíces en la primera invernada.
El tamarindo tolera suelos pobres y algo alcalinos —es un árbol de zonas semiáridas—, así que el pH no es un asunto crítico; el drenaje sí.
El trasplante se hace cada dos años en ejemplares jóvenes y cada tres o cuatro en los formados, y el momento correcto no es marzo, como en los bonsáis de clima templado, sino finales de primavera, cuando el árbol ya está en pleno crecimiento y las temperaturas nocturnas superan los 16-18 °C: sobre mayo o principios de junio. Trasplantar en frío deja las raíces cortadas sin capacidad de regenerar y es una vía directa a la podredumbre.
Se retira un tercio del cepellón como máximo, se peinan las raíces con gancho, se acortan las gruesas y se conserva el mayor número posible de raicillas finas. Después, dos o tres semanas en semisombra, sin abono y con riego moderado, hasta que la brotación indique que ha enraizado.
Abonado
Aquí conviene tener presente que es una leguminosa. En suelo natural fija nitrógeno atmosférico gracias a bacterias asociadas a sus raíces, y aunque en el sustrato inerte de un bonsái esa simbiosis apenas funciona, la planta sigue siendo poco exigente en nitrógeno. Un abonado nitrogenado fuerte da entrenudos largos, hojas desproporcionadas y una madera blanda que luego no ramifica bien.
Lo razonable es abono orgánico sólido de bonsái en pastillas sobre la superficie, renovado cada tres o cuatro semanas de mayo a septiembre, o un líquido equilibrado tipo NPK 6-6-6 cada quince días a media dosis. De agosto en adelante interesa bajar el nitrógeno y subir el potasio para endurecer la madera antes de la entrada en casa. De noviembre a abril no se abona: la planta no está creciendo y las sales se acumulan en un cepellón que apenas se lava con el riego reducido del invierno.
Poda y formación
Crece rápido y en verano permite intervenir con frecuencia. La técnica principal es el pinzado de brotes: se deja que un brote nuevo saque cuatro o cinco pares de foliolos y se corta dejando uno o dos. Repitiendo la operación a lo largo del verano se consigue una ramificación densa y una reducción notable del tamaño de la hoja, que es donde este árbol da la sorpresa: la hoja pinnada, ya de por sí compuesta de foliolos diminutos, funciona a escala pequeña mejor que la de muchas especies tropicales de moda.
La poda estructural —cortes de rama gruesa, definición de la silueta— se hace a principios de la temporada de crecimiento, entre mayo y junio, para que el árbol tenga meses por delante para cicatrizar. Los cortes grandes conviene sellarlos con pasta cicatrizante de bonsái, porque la madera es propensa a secarse hacia dentro.
Del alambrado hay que hablar con cuidado. Las ramas jóvenes son flexibles y admiten alambre sin problema, pero lignifican deprisa y se vuelven quebradizas, así que las curvas se dan pronto o no se dan. Además, la corteza es fina y marca con facilidad: hay que revisar el alambre cada tres o cuatro semanas en plena temporada y retirarlo en cuanto empiece a apretar, porque una marca en espiral en un tamarindo tarda años en desaparecer. Para muchas estructuras es preferible el método de corte y rebrote, guiando la dirección con la elección de la yema en la que se corta.
Un tamarindo no va a florecer ni a dar vainas en una maceta de bonsái en condiciones de interior peninsular; necesita años, tamaño y un régimen térmico tropical. Quien lo compre esperando fruto se va a llevar una decepción, y no es un defecto de cultivo.
Plagas y trastornos habituales
La araña roja (Tetranychus urticae) es el problema número uno, y aparece precisamente en invierno, dentro de casa, con aire seco y caliente. Se detecta por un punteado amarillento fino en el haz y telarañas mínimas en las axilas de los foliolos; con la hoja pinnada del tamarindo hay que mirar de cerca porque pasa desapercibida hasta que la infestación es grande. Subir la humedad ambiental y duchar la copa con agua cada semana previene mejor que cualquier tratamiento.
También aparecen cochinilla algodonosa en las axilas y mosca blanca en el envés durante el verano. Ambas se manejan bien con jabón potásico y aceite de parafina repetidos a intervalos de una semana, aplicados a la caída de la tarde y nunca con el árbol al sol.
Entre los trastornos no parasitarios, el más frecuente es el amarilleo generalizado con caída de hoja en enero y febrero. Casi siempre es exceso de riego, falta de luz o ambas cosas, no falta de abono. Antes de fertilizar un árbol en ese estado —que es lo que suele hacerse y lo empeora— hay que comprobar el cepellón: si está permanentemente empapado y huele agrio, el problema son las raíces.
Multiplicación
Por semilla es fácil y es la vía habitual, porque además permite trabajar el nebari y el movimiento del tronco desde el primer año. Las semillas de tamarindo se obtienen de la pulpa que se vende en tiendas de alimentación asiática o latinoamericana; hay que limpiarlas bien de resto pulposo. La cubierta es dura, así que conviene escarificarlas ligeramente con papel de lija y ponerlas 24 horas en agua templada antes de sembrar. Germinan en una o dos semanas a 25-30 °C constantes, lo que en España significa sembrar en junio o usar un cable calefactor.
Los plantones crecen muy rápido, con un tallo recto y poco interesante, de modo que el trabajo de formación empieza pronto: alambrado suave el primer año, cuando el tallo todavía es herbáceo, y cortes de rebaje sucesivos para conseguir conicidad. Para engordar el tronco lo eficaz es dejarlo crecer libre dos o tres temporadas en un contenedor grande, sin pinzar, y solo después empezar a reducir.
El esqueje funciona mal en esta especie: enraíza con porcentajes bajos incluso con hormonas y calor de fondo. El acodo aéreo, en cambio, sí da resultado en pleno verano sobre madera de dos o tres años, y es el recurso para aprovechar una parte alta interesante de un árbol con base fea.
En resumen
El bonsái de tamarindo se cultiva bien en España si se acepta que es tropical: fuera al sol de mayo a octubre, dentro junto a la ventana más luminosa el resto del año, y nunca por debajo de 7 °C. Riego abundante en verano y muy espaciado en invierno, sustrato drenante tipo akadama con puzolana, abonado orgánico moderado de mayo a septiembre y nada en la parada invernal, trasplante a finales de primavera cada dos o tres años retirando como mucho un tercio del cepellón, pinzado frecuente en verano para reducir la hoja y alambre vigilado de cerca sobre madera todavía joven. Los dos fallos que matan a este árbol son tenerlo todo el año en un salón oscuro y seguir regándolo en enero como si fuera julio; evitados esos dos, es una especie agradecida y de crecimiento rápido, capaz de tener aspecto de árbol viejo en menos años que casi cualquier conífera.