Arranca una hoja por el pecíolo y observa el corte durante unos segundos: si asoma una gota de savia blanca y lechosa, tienes delante un arce de Noruega. Si la savia es transparente, es un falso plátano. Ese detalle de dos segundos es la forma más rápida y fiable de identificar Acer platanoides en campo, y evita la confusión más repetida en viveros y en catálogos municipales.

Qué es exactamente el arce de Noruega

Acer platanoides es un árbol caducifolio de la familia Sapindaceae —los arces se clasificaban antes en su propia familia, Aceraceae— nativo de una franja enorme de Europa que va desde el este de Francia y el sur de Escandinavia hasta el Cáucaso y el norte de Irán. No es un árbol ibérico: en la Península los arces autóctonos son el arce de Montpellier (Acer monspessulanum), el arce menor (Acer campestre), el arce real (Acer opalus, con la subespecie granatense en las montañas del sur) y el falso plátano (Acer pseudoplatanus) en los Pirineos y la cornisa cantábrica. El de Noruega se cultiva aquí, y se cultiva mucho, pero es planta introducida.

Las cifras que definen su porte: alcanza de 20 a 30 metros de altura en buenas condiciones, con una copa ancha y redondeada que puede superar los 15 metros de diámetro. Crece deprisa de joven, entre 40 y 60 centímetros al año durante las dos primeras décadas, y luego se ralentiza. Vive entre 150 y 200 años.

La hoja es opuesta, palmeada, de 10 a 18 centímetros de ancho, con cinco lóbulos y unos pocos dientes gruesos rematados en una punta larga y afilada, casi un pelo. Esa terminación acuminada, junto con la savia lechosa del pecíolo, lo separa del falso plátano, cuya hoja tiene el diente redondeado y el borde aserrado de forma más regular. La corteza es gris y finamente agrietada, nunca escamosa en placas: si la corteza se desprende en escamas irregulares dejando manchas claras, estás mirando un falso plátano o un plátano de sombra.

Ejemplar adulto de arce de Noruega, Acer platanoides, con la copa redondeada

Florece en marzo o abril, antes o justo a la vez que brota la hoja, en corimbos erguidos de un amarillo verdoso llamativo que cubren toda la copa. Es una de las pocas floraciones vistosas de esa tonalidad en primavera temprana y una fuente de néctar temprana muy apreciada por las abejas. El fruto es la sámara doble típica, de 3,5 a 5 centímetros, con las dos alas abiertas en un ángulo muy amplio, casi en línea recta; en otras especies de arce las alas forman una V cerrada.

El color de otoño: una expectativa mal puesta

Aquí conviene aclarar algo antes de comprarlo. Quien planta un arce de Noruega esperando el rojo incendiario de las fotos de Nueva Inglaterra se va a llevar una decepción. La especie tipo vira a amarillo dorado, a veces con toques anaranjados, y punto. El rojo intenso de otoño lo dan otras especies: Acer rubrum, Acer palmatum, Acer saccharum.

Con los cultivares pasa algo parecido pero al revés. 'Crimson King' mantiene la hoja púrpura oscura durante toda la temporada, lo que es un efecto muy distinto de un color de otoño y, dicho sea de paso, un color que resulta pesado si se abusa de él en un jardín pequeño; en otoño se apaga a un bronce sin gracia. 'Schwedleri' brota en rojo cobrizo y va verdeando conforme avanza el verano. 'Drummondii', con el margen de la hoja blanco crema, es el más luminoso de todos, pero tiene dos servidumbres: se quema en pleno sol seco de interior peninsular y revierte con facilidad, es decir, emite ramas de hoja totalmente verde que crecen más vigorosas y acaban comiéndose al árbol variegado si no se cortan a ras en cuanto aparecen. 'Globosum', injertado en pie alto y con copa esférica compacta de 4 a 6 metros, es el que se usa en calles estrechas y plazas pequeñas.

Follaje variegado del cultivar Drummondii de Acer platanoides

Dónde funciona en España y dónde no

Este es el punto que decide el éxito o el fracaso, mucho más que cualquier detalle de abonado. El arce de Noruega es un árbol de clima templado fresco. Aguanta el frío sin inmutarse —resiste holgadamente por debajo de -25 ºC— y lo que le cuesta es exactamente lo contrario: el verano seco y caliente.

Va bien en Galicia, la cornisa cantábrica, el Pirineo y el prepirineo, la meseta norte, los valles del Sistema Ibérico y, en general, en cualquier punto interior con altitud y con riego asegurado en verano. En Madrid, Zaragoza o Valladolid es viable, pero necesita suelo profundo y agua en julio y agosto; sin ellas aparece el quemado marginal de la hoja, ese ribete pardo y seco que avanza desde el borde hacia el nervio central y que se confunde a menudo con una enfermedad cuando es puro estrés hídrico y de viento seco.

En el litoral mediterráneo cálido, en el valle del Guadalquivir y en el sureste árido, sencillamente no lo plantes. Sobrevivirá unos años a base de riego, con la hoja quemada desde mediados de julio y una silueta raquítica, y acabará muriendo o entrando en decaimiento crónico. Para esos climas hay arces mucho mejores, empezando por el Acer monspessulanum, que es de aquí y aguanta la sequía sin pestañear.

Suelo, plantación y espacio

Quiere suelo profundo, fresco y fértil, y es bastante indiferente al pH: tolera suelos calizos moderados sin problema, aunque en terrenos muy calizos, someros y secos aparece clorosis férrica. Se lleva razonablemente bien con las arcillas, mejor que otros arces, pero no soporta el encharcamiento prolongado ni la salinidad.

La plantación se hace en parada vegetativa, de noviembre a febrero, que es también cuando se encuentra a raíz desnuda —más barato y con mejor arraigo que el contenedor si se planta bien—. Abre un hoyo dos o tres veces más ancho que el cepellón pero no mucho más profundo, planta con el cuello a ras de suelo, no entierres el punto de injerto en los cultivares y riega abundantemente para asentar la tierra. Un tutor bajo, con la sujeción en el tercio inferior del tronco, permite que el árbol se balancee y engrose el tronco; el tutor alto y rígido produce troncos débiles.

El espacio es la decisión que más se lamenta después. Un Acer platanoides adulto proyecta una sombra muy densa y desarrolla un sistema radicular somero y agresivo. Bajo su copa no prospera el césped ni prácticamente nada, y sus raíces superficiales levantan aceras y buscan conducciones. Déjalo como mínimo a 7 u 8 metros de edificios, pavimentos y saneamiento, y a 8-10 metros de otros árboles de porte grande. Para un jardín de dimensiones normales, la solución sensata es 'Globosum' o directamente otra especie.

Un apunte más: siembra muchísimo. Las sámaras germinan con gran facilidad y en primavera aparecen plántulas por todo el jardín y en los parterres del vecino. En Norteamérica está catalogado como invasor grave por esa capacidad de colonizar bosques nativos; en España no figura en el catálogo de especies exóticas invasoras —donde sí está el arce negundo, Acer negundo—, pero si tienes bosque natural al lado, conviene retirar las plántulas y no dejarlo a su aire.

Riego y abonado

Los tres primeros veranos son críticos. Riego profundo y espaciado, mejor 60-80 litros una vez por semana que un poco cada día: se busca que el agua llegue a 40-50 centímetros y que la raíz se vaya hacia abajo. Un buen acolchado orgánico de 8-10 centímetros —corteza, restos de poda triturados, paja— sobre todo el alcorque, sin tocar el tronco, reduce la evaporación y mantiene fresco el suelo, que es justo lo que este árbol pide.

Pasados esos años, un ejemplar establecido en la mitad norte se apaña con la lluvia salvo en veranos duros. En zonas más cálidas, cuenta con seguir regándolo toda su vida.

Abonar, poco. Un aporte de compost o estiércol maduro extendido sobre el alcorque a finales de invierno cada dos o tres años basta. Los abonos nitrogenados fuertes producen crecimientos largos, blandos y quebradizos, y además atraen al pulgón.

Poda: la época importa más que la técnica

El arce de Noruega apenas necesita poda. Forma una copa equilibrada por sí solo y lo único que hay que hacer los primeros años es una poda de formación ligera: elegir un guía central claro, eliminar ramas competidoras y las que salgan con horquilla en ángulo agudo —que acaban desgarrándose con el viento— y levantar poco a poco la cruz si va a haber paso por debajo. En árbol adulto, únicamente madera muerta, rota o cruzada.

La regla que sí es innegociable es cuándo. Los arces sangran savia de forma abundante si se cortan al final del invierno o al principio de la primavera, cuando la savia ya está subiendo. Un corte hecho en febrero o marzo puede chorrear durante semanas, debilita al árbol y deja la herida como sustrato para hongos. La poda de los arces se hace en pleno verano o a finales de verano, con el árbol en hoja, entre julio y septiembre. Es lo contrario de lo que se hace con la mayor parte de los frutales, y por eso se falla tanto.

Problemas habituales

Verticilosis (Verticillium dahliae). Es el problema serio. Se manifiesta como el marchitamiento repentino de una rama o de un sector de la copa en pleno verano; al cortar esa rama se ve el anillo de madera manchado de verde oliva o pardo. No hay tratamiento curativo. Se corta y se destruye la parte afectada, se mantiene el árbol con riego y sin estrés —a veces compartimenta la infección y vive años— y, si muere, no se replanta un arce en ese mismo punto, porque el hongo persiste en el suelo.

Mancha negra del arce (Rhytisma acerinum). Las manchas negras redondas, brillantes y con halo amarillo son espectaculares y prácticamente inofensivas: no matan al árbol ni justifican tratamiento fungicida. Se controlan recogiendo y retirando la hojarasca en otoño, que es donde inverna el hongo. Aparece sobre todo en zonas húmedas y con aire limpio.

Oídio en verano, especialmente en rebrotes tiernos, y pulgón, que produce melaza pegajosa. Este último es la razón por la que no conviene plantar un arce de Noruega justo encima de una plaza de aparcamiento.

Quemaduras de sol en el tronco. En zonas de verano fuerte, los ejemplares jóvenes de corteza fina sufren daño en la cara sur y suroeste del tronco, que se agrieta y se desprende. Se previene con una funda protectora o una lechada de cal en el tronco durante los dos o tres primeros años.

En resumen

Acer platanoides es un árbol de sombra excelente, de crecimiento rápido, resistente al frío extremo, tolerante con la cal y la arcilla, y con una floración amarillo verdosa que anima el jardín en marzo. A cambio pide dos cosas que no son negociables: verano no demasiado caluroso ni seco —lo que lo limita a la mitad norte y a las zonas interiores con riego— y espacio de sobra, porque acaba midiendo 25 metros, da una sombra que no deja crecer nada debajo y levanta pavimentos con raíces superficiales. Plántalo en invierno, riégalo en profundidad los tres primeros veranos, acólchalo, abónalo poco y pódalo en verano, nunca al final del invierno. Y si buscas rojo de otoño, elige otra especie: este da amarillo.


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