Lo que mata a más frangipanis en España no es el frío, sino el agua de noviembre. La planta pierde la hoja, parece muerta, y el jardinero bienintencionado sigue regando un tallo que en ese momento no puede absorber nada. El resultado es una pudrición blanda que sube desde la base y se lleva por delante ejemplares de diez años. Entender ese ciclo de reposo es, más que ningún otro detalle, lo que separa un frangipani que florece cada verano de uno que se pierde el primer invierno.

El frangipani, Plumeria spp., es un pequeño árbol o arbusto de la familia Apocynaceae originario de México, Centroamérica y el Caribe. Su asociación con Hawái y la Polinesia es cultural, no botánica: allí llegó de la mano de los europeos y se adoptó para los collares de flores, pero su casa es el bosque seco tropical americano, con una estación lluviosa marcada y otra de sequía absoluta. Esa procedencia explica casi todo su manejo.

Flores de frangipani con corola blanca y centro amarillo

Qué especie tienes delante

No todas las plumerias se comportan igual, y confundirlas lleva a errores de riego y de invernada.

Plumeria rubra es la más extendida en viveros y la que aparece en rojo, rosa, coral, amarillo y bicolor. Hoja grande y apuntada, caduca: en cuanto bajan las temperaturas y se acorta el día, tira todas las hojas y se queda en ramas desnudas hasta la primavera. Es también la más tolerante al frío del género.

Plumeria alba tiene hoja más estrecha, con el margen algo revuelto, y flor blanca con centro amarillo. También caduca.

Plumeria obtusa, la que se vende a menudo como «Singapur», tiene hoja redondeada, brillante y oscura, y es prácticamente perenne. A cambio es bastante más friolera: por debajo de 8 °C ya sufre y no admite el tratamiento de sequía invernal que sí acepta la rubra.

Plumeria pudica se reconoce por la hoja en forma de cuchara o de pie de bailarina. Florece en blanco de forma casi continua en clima cálido y ramifica sola, sin necesidad de poda. Es la opción más agradecida si vas a tenerla en maceta en un invernadero templado.

Dónde ponerla

Sol directo, y cuanto más mejor. Con menos de seis horas de sol al día la planta crece, pero produce entrenudos largos, hojas grandes y ninguna flor. La sombra es la primera causa de que un frangipani sano no florezca nunca. En una terraza, el sitio bueno es el que más quema en julio.

Al aire libre y plantado en suelo solo tiene sentido en la franja litoral mediterránea sin heladas (Málaga, Almería, Murcia, Alicante, la costa de Valencia y Castellón), en Canarias y en zonas resguardadas de Baleares. Aguanta muy bien el ambiente salino, así que es un buen árbol de jardín costero. En el resto de la Península hay que cultivarla en maceta y resguardarla en invierno.

Un detalle que se pasa por alto: las ramas son gruesas pero frágiles y están llenas de agua. Un ejemplar en maceta alta y expuesto al viento se parte o vuelca. Conviene un tiesto pesado, de barro mejor que de plástico, y una posición protegida de rachas fuertes.

Sustrato y maceta

El drenaje manda por encima de la fertilidad. Una mezcla que funciona bien es dos partes de sustrato universal, una de perlita o puzolana y una de arena gruesa de río o gravilla de 3-6 mm. También sirve un sustrato comercial para cactus y crasas aligerado con corteza de pino. El pH ideal está entre 6 y 7; en agua muy caliza acaba apareciendo clorosis en las hojas nuevas, que se corrige con quelato de hierro.

La maceta debe tener agujeros generosos y no llevar plato con agua estancada. Trasplanta cada dos o tres años, siempre en primavera, subiendo poco de tamaño: un cepellón demasiado holgado tarda en secarse y ese exceso de humedad es justo el problema. Las raíces son carnosas y relativamente escasas para el tamaño de la parte aérea, así que un frangipani adulto vive perfectamente en un contenedor de 40-50 cm.

Riego: el ciclo de dos estaciones

Aquí está el fondo del asunto. El frangipani no quiere un riego constante todo el año, quiere dos regímenes claramente distintos.

De abril a septiembre, con hoja y en crecimiento, riega en abundancia pero deja que el sustrato se seque bastante entre riegos. En pleno verano y en maceta pueden ser dos o tres riegos por semana; en suelo, mucho menos. La regla práctica: mete el dedo cuatro o cinco centímetros y riega solo si notas seco. Cuando riegues, hazlo hasta que salga agua por el drenaje.

De noviembre a marzo, sin hojas, la planta está dormida y no transpira. Ahí el riego debe ser prácticamente nulo: como mucho un poco de agua cada cuatro o seis semanas si la ves muy arrugada, y siempre en día soleado para que se seque rápido. Un ejemplar en reposo aguanta meses sin una gota. Es contraintuitivo y por eso se falla tanto.

La transición importa: en octubre reduce progresivamente en vez de cortar de golpe, y en marzo espera a ver los primeros brotes en las puntas antes de volver a regar en serio.

Abonado

Empieza cuando las hojas nuevas ya tengan un palmo y termina a finales de agosto. Abonar en otoño alarga el crecimiento, produce brotes tiernos y deja a la planta peor preparada para el frío.

Usa un abono rico en fósforo, del tipo de los formulados para plantas de flor o para tomate, con relaciones parecidas a 10-30-20 o 5-10-10, cada dos semanas en el agua de riego. Un abono de césped o cualquier fórmula muy nitrogenada produce una planta enorme, verde y estéril: es otro motivo frecuente de falta de floración. En jardín funciona bien un aporte de compost bien hecho en marzo más dos o tres refuerzos líquidos en verano.

Floración y poda

La floración va de junio a octubre según la zona, y las inflorescencias salen en el extremo de las ramas, sobre madera del año o del año anterior. Cada punta produce una inflorescencia que puede ir abriendo flores durante semanas o meses. El aroma se intensifica al atardecer y por la noche, porque sus polinizadores originales son esfíngidos nocturnos; curiosamente las flores no producen néctar, atraen al insecto solo con perfume.

La poda debe ser mínima y se hace a finales de invierno, antes de brotar. Cortar una punta elimina la floración de ese año en esa rama, pero a cambio suelen salir dos o tres brotes nuevos del corte, y a medio plazo eso multiplica los puntos de flor. Es la forma de ramificar un ejemplar joven que crece como un palo único. Corta siempre por encima de una cicatriz foliar, con herramienta limpia y afilada.

El látex blanco que sale al cortar es irritante para piel y mucosas y toda la planta es tóxica por ingestión, como buena Apocynaceae. Guantes, y cuidado con niños y mascotas.

Multiplicación por esquejes

Es la vía normal, porque las semillas dan plantas distintas a la madre y tardan más en florecer. El método:

Corta en primavera un trozo de rama de 30 a 40 cm, preferiblemente de punta y con algo de madera madura. Retira las hojas si las tiene. Deja el esqueje una o dos semanas a la sombra, en seco, hasta que el corte forme una capa seca y dura; este paso no es opcional, un esqueje plantado en fresco se pudre casi siempre. Después, entiérralo unos 8-10 cm en un sustrato muy arenoso y apenas ligeramente húmedo, sujétalo con una caña para que no se mueva y colócalo en sitio cálido y luminoso, sin sol abrasador.

A partir de ahí, casi no riegues: un poco de agua cada diez o quince días. Enraiza en seis u ocho semanas a temperaturas de 25-30 °C. La aparición de hojas no garantiza raíces, así que no tires del esqueje para comprobar. Una planta obtenida de esqueje florece a los dos o tres años; de semilla, hacia los tres o cuatro y con flor imprevisible.

Ejemplar de Plumeria rubra en flor

Invernada fuera de la costa

Plumeria rubra tolera puntualmente los 2-3 °C si está seca y sin hojas; por debajo de 0 °C se dañan los tejidos y con una helada de verdad se pierde la planta. Lo prudente es no bajar de 5 °C.

El protocolo en Madrid, Zaragoza, Valladolid o cualquier interior es sencillo: cuando la planta haya perdido la hoja, entra la maceta a un garaje, trastero o galería fresca. No necesita luz mientras está sin hojas, pero sí que esté fresca (entre 8 y 15 °C es perfecto) y completamente seca. En marzo o abril la sacas, la vuelves a poner al sol de forma progresiva para evitar quemaduras y reanudas el riego cuando brote.

Si la mantienes en un salón caldeado a 21 °C, la planta no llega a entrar en reposo, se estira buscando luz y sale del invierno hecha unos zorros. En este caso la calefacción es peor que el frío.

Plagas y problemas

Cochinilla algodonosa. Se refugia en las axilas de las hojas y en las puntas. Con pocos focos, alcohol de 70° con un bastoncillo; si está extendida, jabón potásico o aceite de parafina, repitiendo a los diez días.

Araña roja. Aparece en ambiente seco y caluroso, sobre todo en plantas resguardadas bajo porche. Punteado amarillento en el haz y telillas finas en el envés. Se controla con acaricida específico y aumentando la humedad ambiental, aunque sin mojar en exceso el sustrato.

Roya de la plumeria (Coleosporium plumeriae). Es el problema fitosanitario serio de esta planta y se ha extendido en los últimos años por el litoral mediterráneo y Canarias. Se manifiesta como pústulas de polvo naranja intenso en el envés de las hojas y manchas amarillas en el haz; en ataques fuertes provoca defoliación anticipada. Retira y destruye las hojas afectadas (no al compost), evita mojar el follaje al regar y aplica un fungicida a base de triazoles o azufre. La caída de hoja de otoño ayuda: el hongo no sobrevive bien sin hojas vivas.

Pudrición del tallo. El síntoma es una zona blanda, oscura y maloliente, casi siempre en la base o en un corte de poda. Actúa rápido: corta por encima de la zona afectada hasta encontrar tejido blanco y sano, deja secar el corte al aire varios días y trata el sustrato o replanta en seco. La parte sana superior se puede aprovechar como esqueje.

Errores frecuentes

Alarmarse por la caída de hojas en otoño. Es su ciclo normal, no una enfermedad. La planta en ramas desnudas de diciembre a marzo está perfectamente.

Tratarla como una tropical de interior. No es una planta de humedad y sombra; es una planta de bosque seco, de sol duro y sequía estacional.

Plantar el esqueje recién cortado. Sin cicatrizar, se pudre.

Regar por calendario. Con esta planta el calendario no vale: hay que mirar el sustrato y el estado de las hojas.

Esperar flores el primer año. Un esqueje enraizado dedica su primera temporada a hacer raíz y hoja. La paciencia forma parte del cultivo.

En resumen

El frangipani pide sol sin reservas, un sustrato que drene de verdad, abono con fósforo de primavera a finales de agosto y, sobre todo, dos regímenes de riego bien diferenciados: generoso mientras tiene hojas y prácticamente nulo mientras está desnuda. En la costa mediterránea y en Canarias se planta directamente en el jardín; tierra adentro, maceta y un rincón fresco y seco entre noviembre y marzo. Multiplícala por esquejes dejando cicatrizar el corte una o dos semanas, vigila la roya naranja en el envés de las hojas y no confundas su reposo invernal con una agonía. Con eso resuelto, es una planta longeva, resistente al viento salino y capaz de perfumar una terraza entera cada atardecer de verano.


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