La morera es uno de esos árboles que todo el mundo ha visto y casi nadie identifica. Está en media España: en plazas de pueblo manchegas, en paseos valencianos, dando sombra en patios andaluces. Es rústica, crece deprisa, resiste el frío y la sequía y prácticamente no enferma. Y sin embargo se planta poco en jardines nuevos, en parte por prejuicios que merece la pena revisar y en parte porque hay que saber cuál se planta.

Qué es la morera y por qué está en todas partes

El género Morus pertenece a las moráceas, la familia de la higuera y del ficus. Son árboles caducifolios de hoja alterna, con látex blanco en ramas y pecíolos, y una particularidad que llama la atención: el mismo árbol produce hojas de forma muy distinta. En las ramas jóvenes y vigorosas aparecen hojas lobuladas, con dos, tres o cinco lóbulos profundos; en las ramas maduras, hojas enteras acorazonadas. No son dos especies: es el mismo pie.

Su presencia masiva en España tiene una causa histórica concreta. La sericicultura —la cría del gusano de seda— fue una industria importante desde la época andalusí hasta el siglo XIX en Murcia, Valencia, Granada y el Priorat. El gusano Bombyx mori come exclusivamente hoja de morera blanca, así que se plantaron millones de árboles. Cuando la seda se hundió, los árboles se quedaron, reconvertidos en sombra urbana.

El fruto no es una baya sino una sorosis: un fruto múltiple formado por la fusión de muchas flores diminutas, cada una con su semilla. Comestible, dulce, y el motivo de la mala fama del árbol, porque mancha el suelo y los coches.

Las especies que interesan

Morus alba, la morera blanca. Originaria de China, es la de la seda y la más plantada aquí. Alcanza de 10 a 15 metros, con copa amplia y redondeada. Su hoja es lampiña y brillante por el haz, más fina que la de la negra. El fruto, blanco o rosado, es dulce pero soso, con poco ácido. Es la más resistente al frío y a la sequía de las tres, y tolera bien la caliza y la contaminación urbana.

Dentro de esta especie está la variedad más práctica para jardín: la morera sin fruto, vendida como Morus alba 'Fruitless', 'Kingan' o simplemente morera macho, que son clones masculinos que no fructifican. Resuelven de un plumazo el problema de las manchas. También existe la Morus alba 'Pendula', de ramas colgantes hasta el suelo, y la 'Macrophylla', de hoja muy grande, usada para sombra densa.

Morus nigra, la morera negra o moral. Procede probablemente de Asia Menor y el Cáucaso. Es más pequeña —de 6 a 12 metros—, de porte más tortuoso y crecimiento notablemente más lento, con hojas rugosas al tacto y algo pelosas por el envés. Su fruto es el bueno: morado casi negro, jugoso, con un equilibrio de dulzor y acidez muy superior al de la blanca. Si el objetivo es comer moras, esta es la especie. A cambio, aguanta algo menos el frío extremo y el fruto mancha de forma casi indeleble.

Morus kagayamae, la morera de papel japonesa. A menudo confundida con Morus platanifolia o bombycis, se vende para arbolado urbano por dos razones: no fructifica y tiene una hoja enorme, lustrosa y muy lobulada, de aspecto tropical. Da una sombra excelente y se mantiene en 6-8 metros. Es la elección típica para calles estrechas y patios donde no se quiere fruto.

Merece un aviso una cuarta especie que a veces se vende como morera: Broussonetia papyrifera, la morera de papel china. No es un Morus, rebrota de raíz de forma agresiva y está considerada especie invasora en varias zonas de España. Conviene no plantarla.

Hojas verdes de morera con nervadura marcada

Dónde plantarla

La morera quiere sol pleno. En sombra se estira, ramifica mal y apenas fructifica. Es indiferente al suelo dentro de lo razonable: acepta arcillas, arenas, calizas con pH hasta 8, terrenos pobres y compactados. Lo único que no perdona es el encharcamiento permanente.

Lo que sí hay que pensar es el sitio. Una Morus alba adulta forma una copa de 10-12 metros de diámetro y tiene raíces superficiales, extensas y con fama merecida de levantar pavimentos y colarse en alcantarillas. Guarda un mínimo de 6 metros a fachadas, muros y saneamiento, y más si el suelo es seco y las raíces salen a buscar agua. En un jardín pequeño, la opción sensata es la M. kagayamae o una morera injertada de copa formada.

El asunto del fruto conviene decidirlo antes, no después: no la plantes junto a una zona de paso, una entrada, una terraza o donde se aparque el coche si es una variedad fructífera. Las moras maduran entre junio y julio, caen en cantidad y manchan.

Riego

Los dos o tres primeros años son los que exigen atención: riegos regulares y abundantes durante primavera y verano, del orden de dos veces por semana en los meses secos, mojando en profundidad y no en superficie, para forzar a la raíz a bajar.

A partir de ahí, una morera establecida en clima mediterráneo sobrevive sin riego. Eso no significa que convenga: sin agua en verano pierde parte de la hoja, el fruto encoge y se queda seco, y la sombra es peor. Un riego profundo cada 15-20 días entre junio y septiembre mantiene el árbol en condiciones. En el norte peninsular no hace falta regar nada tras el establecimiento.

Suelo y abonado

No es exigente y con un suelo de jardín normal le sobra. En terrenos muy pobres o si se busca producción de fruto, basta con un aporte de compost o estiércol maduro al final del invierno, extendido bajo la proyección de la copa y ligeramente incorporado.

Evita el abono nitrogenado abundante. La morera ya crece rápido de por sí; forzarla produce ramas largas, débiles y quebradizas que el viento parte, y hace la madera más blanda y susceptible a la bacteriosis.

Poda: el punto que más se hace mal

La morera admite podas drásticas como pocos árboles. Esa tolerancia ha llevado a un abuso generalizado: las moreras de plaza desmochadas cada invierno hasta dejar puños nudosos, el trasmocho o poda en cabeza de gato. Se sigue haciendo por costumbre, viene de la época en que se cosechaba la hoja para el gusano de seda, y estéticamente estropea el árbol y le acorta la vida al crear grandes heridas de reentrada de hongos. Si heredas un árbol así, ya no hay marcha atrás: hay que seguir podándolo igual, porque los rebrotes salen mal anclados y se desgajan.

En un árbol nuevo, la poda correcta es otra. Los primeros años, formación: elegir tres o cuatro ramas principales bien repartidas y despejar el tronco hasta la altura de paso que quieras. Después, poda de mantenimiento ligera: quitar madera seca, ramas cruzadas, chupones y lo que estorbe, sin más.

La época es invierno, con el árbol sin hoja, pero no en pleno enero de heladas fuertes. Finales de enero a febrero está bien. Y no la podes en primavera avanzada ni en verano: la morera "llora" abundante látex y savia por las heridas cuando está en actividad, lo que la debilita y atrae insectos. Este es probablemente el error de poda más frecuente con esta especie.

Plagas y enfermedades

La morera es un árbol notablemente sano. Los problemas que aparecen son puntuales:

Cochinillas, sobre todo la algodonosa y la del arce (Pulvinaria), que se instalan en ramas jóvenes y producen melaza y negrilla. Se tratan con aceite de parafina o de invierno en el reposo vegetativo, o con jabón potásico en las colonias jóvenes.

Araña roja en veranos muy secos y calurosos, especialmente en árboles jóvenes sin riego, con el típico punteado amarillento en el haz.

Bacteriosis (Pseudomonas syringae pv. mori), la más seria: manchas angulosas negras en la hoja, con halo amarillo, y chancros con exudado en ramas jóvenes. Aparece tras primaveras húmedas o podas mal hechas. Se maneja cortando y quemando la madera afectada, desinfectando la herramienta y evitando el exceso de nitrógeno.

Un aviso práctico: si vas a criar gusanos de seda, no trates el árbol con nada. El Bombyx mori es extremadamente sensible a los residuos de insecticida y muere con dosis inapreciables.

Multiplicación

Por estaca leñosa es lo más sencillo y lo más habitual. En pleno invierno se cortan trozos de rama de un año, de 20-25 cm de largo y grosor de lápiz, se entierran dos tercios en un sustrato arenoso al aire libre y en primavera enraízan solas. La Morus alba arraiga con facilidad; la nigra es bastante más reticente y agradece hormona de enraizamiento.

Por semilla, extrayendo las semillas del fruto maduro, lavándolas de pulpa y sometiéndolas a estratificación en frío, unas seis a ocho semanas en nevera dentro de arena húmeda, antes de sembrar en primavera. El problema es que la descendencia es variable y tarda años en fructificar.

Por injerto, de escudete en verano o de púa en invierno, para reproducir variedades concretas de fruto o para clones sin semilla, generalmente sobre patrón de Morus alba.

Plantación y trasplante

La época es el reposo vegetativo, de noviembre a febrero, y preferiblemente lo antes posible dentro de esa ventana en climas suaves, para que la raíz empiece a trabajar antes de la brotación. Si el ejemplar viene a raíz desnuda, esa fecha es obligatoria; en contenedor hay más margen, aunque se evita siempre el verano.

Hoyo amplio, del doble del cepellón, descompactando el fondo y las paredes, con el cuello a ras de suelo y un riego copioso de asentamiento. Los árboles jóvenes se trasplantan bien; a partir de cierto tamaño, con esa raíz extensa, el trasplante es difícil y conviene no intentarlo.

Rusticidad

Es de sus mejores bazas. La Morus alba resiste sin daño hasta −20 °C y la nigra hasta unos −15 °C, lo que las hace aptas para toda España, incluida la meseta norte, Aragón interior y zonas de montaña media. También aguantan sin problema los 40 °C del verano manchego o extremeño, la reverberación urbana y el aire contaminado.

El único punto delicado son las heladas tardías de abril, que pueden quemar la brotación nueva y la floración en el interior peninsular. El árbol rebrota, pero se pierde la cosecha de ese año.

Para qué sirve, además de dar sombra

Ornamental y de sombra. Es aquí donde más se aprovecha. Su hoja grande y densa da una sombra fresca de mayo a octubre y luego cae, dejando pasar el sol de invierno: el comportamiento ideal para una terraza o una fachada sur. Crece rápido —60-80 cm al año de joven— así que la sombra llega pronto, algo que pocos árboles ofrecen. Amarillea en otoño de forma discreta pero limpia.

Culinario. Las moras de M. nigra se comen frescas y son excelentes en mermelada, sorbetes y licores, aunque no se venden en fruterías porque son muy delicadas y no aguantan el transporte. Poder comerlas es la ventaja de tener el árbol. Las de M. alba, más insulsas, se aprovechan sobre todo secas. También la hoja tierna es comestible cocinada y se usa en infusión, y es forraje de primera para ganado, cabras y conejos.

Madera. La de morera es dura, pesada, elástica y de un tono amarillo dorado que oscurece con el tiempo. Tradicionalmente se ha usado para toneles, mangos de herramienta, aros de cedazo, cestería con las varas jóvenes y en tornería. La M. nigra da la mejor calidad.

En resumen

La morera es un árbol de sombra rápido, longevo y prácticamente indestructible: aguanta de −20 °C a 40 °C, cualquier suelo salvo encharcado, la sequía una vez establecido y la contaminación urbana. Elige Morus nigra si quieres comer moras, Morus alba 'Fruitless' o M. kagayamae si quieres sombra sin manchas, y reserva al menos 6 metros de distancia a muros y tuberías porque su raíz es superficial y expansiva. Riega los tres primeros años y luego olvídate. Poda solo en invierno, con el árbol parado, y limítate a formar y limpiar: el desmoche anual heredado de la industria sedera es un mal hábito, no un cuidado. Plántala entre noviembre y febrero y en cinco o seis años tendrás sombra de verdad.


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