Hay un pino de la especie Pinus longaeva creciendo hoy en las Montañas Blancas de California que ya era un arbolito cuando se levantaron las pirámides de Guiza. Ronda los 4.800 años. En el otro extremo, la acacia de Constantinopla que alguien plantó en su jardín hace tres décadas empieza a perder ramas y no llegará a los cuarenta.

Entre esos dos extremos cabe todo. La pregunta «cuánto vive un árbol» no tiene una respuesta única porque la longevidad depende de la especie, del clima, del suelo y sobre todo de la suerte: la mayor parte de los árboles no llegan ni de lejos al techo biológico de su especie. Lo que sí se puede hacer es dar cifras razonables por grupo, explicar cómo se estima la edad de un ejemplar concreto y, con eso, decidir mejor qué se planta.

Un árbol no muere de viejo

Esta es la idea de fondo que cambia la forma de mirar el asunto. Un mamífero envejece de manera programada: los tejidos se deterioran y el organismo falla aunque no le ocurra nada externo. Un árbol funciona de otra manera. Su crecimiento es modular: cada año fabrica una capa nueva de madera y de corteza sobre la anterior y los meristemos que producen hojas y raíces siguen siendo tejido joven indefinidamente. No hay un reloj interno que dé la orden de morir.

Lo que mata a los árboles es la acumulación de problemas mecánicos y sanitarios. El tronco engorda y llega un momento en que la superficie de hoja que hay que abastecer no compensa el coste de mantener toda esa madera viva. Aparecen heridas, entran hongos de pudrición, se ahueca el tronco, una racha de viento rompe la horquilla principal. Una sequía prolongada deja la copa medio seca y unos escolítidos rematan la faena. Un árbol viejo no es un árbol agotado: es un árbol que lleva siglos acumulando ocasiones de que algo salga mal.

De ahí se deduce algo práctico: la longevidad de una especie tiene mucho que ver con la densidad de su madera y con su capacidad de compartimentar heridas. Las especies de crecimiento rápido y madera blanda (chopos, sauces, ailantos, paulonias) crecen mucho en pocos años, pero esa madera ligera se pudre pronto y las ramas se desgarran. Las de madera densa y crecimiento lento (tejo, encina, olivo, boj) tardan décadas en hacerse notar y luego duran siglos.

Cómo se averigua la edad de un ejemplar

El método exacto es contar los anillos de crecimiento. Cada anillo corresponde a un periodo vegetativo: madera clara y de células anchas en primavera, madera oscura y densa al final del verano. Contando de la médula a la corteza se obtiene la edad. En un tocón recién cortado es directo. En un árbol vivo se usa una barrena de Pressler, un tubo hueco que extrae un cilindro de madera de pocos milímetros de grosor sin derribar el árbol.

Ahora bien, en clima mediterráneo contar anillos tiene trampas que conviene conocer:

Falsos anillos. Cuando llega la sequía de julio el árbol para de crecer y forma madera densa, como si acabara la temporada. Si en septiembre llueve bien, vuelve a arrancar y forma otra banda clara. Ese año deja dos anillos aparentes. En especies como el pino carrasco (Pinus halepensis) o la encina esto es habitual y hace que la edad se sobrestime si se cuenta sin cuidado.

Anillos ausentes. Lo contrario también pasa. En un año muy seco el cámbium puede no producir madera en toda la circunferencia del tronco, de modo que en el radio donde se ha barrenado ese año sencillamente no aparece.

Troncos huecos. Es el problema serio de los árboles verdaderamente viejos. Los olivos milenarios, los tejos centenarios y los castaños grandes tienen el corazón podrido y desaparecido: la parte que contenía los primeros trescientos anillos ya no existe. No hay nada que contar. Para esos casos se recurre a estimaciones indirectas o a datación por radiocarbono de restos de madera, y aun así los márgenes de error son de siglos. Cuando lea que un olivo tiene «dos mil años», entienda que es una estimación con mucha holgura, no una medición.

La estimación de campo por el perímetro del tronco

Sin barrena y sin ganas de hacer agujeros, se puede estimar a ojo con una cinta métrica. Se mide el perímetro del tronco a 1,30 m del suelo (la altura estándar en dasometría, el llamado diámetro normal) y se aplica un incremento anual medio.

La regla de campo más extendida asigna en torno a 2,5 cm de perímetro por año a un árbol aislado y bien alimentado, y aproximadamente la mitad, 1,2 o 1,5 cm, a un árbol que crece dentro de una masa forestal cerrada compitiendo por la luz. Un plátano de sombra de parque con 250 cm de perímetro rondaría, por tanto, el siglo de vida.

La regla sirve para hacerse una idea, no para pleitear. Falla en dos direcciones. Falla en las especies de crecimiento muy lento: un tejo con ese mismo perímetro puede tener cuatrocientos o quinientos años, porque engorda a menos de medio centímetro anual. Y falla en las de crecimiento explosivo: una paulonia o un eucalipto joven pueden hacer cinco o seis centímetros de perímetro en una temporada buena. Además, todo árbol frena con la edad, así que aplicar el ritmo juvenil a un ejemplar viejo lo rejuvenece artificialmente.

Conclusión que conviene retener: el grosor no es edad. Un tronco gordo es un tronco que ha tenido agua, luz y sitio, no necesariamente uno que ha visto muchos años.

Los árboles que pasan de un siglo

Estas son las especies que hay que plantar sabiendo que sobrevivirán a quien las planta, y probablemente a la casa. Las cifras son la vida potencial en condiciones razonables, no lo que dura un ejemplar maltratado en un alcorque de acera.

Tejo (Taxus baccata). El árbol más longevo de la flora europea. Ejemplares ibéricos como los tejos de Asturias, León o el Sistema Ibérico se estiman en muchos siglos, y en Europa se citan casos de más de mil años. Crece despacio, tolera podas severas y rebrota de madera vieja, algo que casi ninguna conífera hace. Ojo: todas sus partes son tóxicas para personas y para el ganado excepto la pulpa roja del arilo, y la semilla que hay dentro sí lo es. Intoxica sobre todo a caballos y vacas que ramonean los setos. No es motivo para no plantarlo, pero sí para no ponerlo lindando con un cercado de animales ni al alcance de niños muy pequeños sin explicación previa.

Olivo (Olea europaea). Con el tronco hueco y rebrotando desde la base, un olivo puede mantenerse vivo indefinidamente. Los ejemplares monumentales del Maestrat y de la comarca de la Sénia se cuentan por siglos. Aguanta la sequía, el trasplante adulto y la poda constante.

Encina y alcornoque (Quercus ilex, Quercus suber). Doscientos a cuatrocientos años en dehesa. Los alcornoques descorchados cada nueve o doce años siguen produciendo durante siglo y medio largo.

Roble carballo y quejigo (Quercus robur, Quercus faginea). De trescientos a seiscientos años los mejores ejemplares del norte peninsular.

Castaño (Castanea sativa). Varios siglos, con troncos que se ahuecan pronto. Los castaños monumentales de Galicia, El Bierzo, Sierra de las Nieves o Extremadura son de los árboles más gruesos de España.

Ginkgo (Ginkgo biloba). Más de mil años documentados en Asia. En España se comporta bien en clima continental y en jardín urbano, y es de los pocos árboles a los que casi no le atacan plagas. Plante pie masculino: el fruto de las hembras huele intensamente a rancio al pudrirse.

Plátano de sombra (Platanus × hispanica), cedros (Cedrus atlantica, Cedrus libani) y ciprés (Cupressus sempervirens): de siglo y medio a varios siglos, siempre que tengan suelo suficiente.

Olivos viejos de tronco retorcido y hueco en un olivar mediterráneo

Los que no llegan a viejos

No es un defecto: un árbol rápido cumple una función, la de dar sombra pronto. El problema aparece cuando se planta como si fuera definitivo y a los veinticinco años hay que arrancarlo entero, tocón incluido, del sitio donde ya no cabe una máquina.

Acacia de Constantinopla (Albizia julibrissin). De treinta a cuarenta años, y muchas veces menos. Es sensible a hongos vasculares que la secan por sectores: una rama amarillea en julio, al año siguiente le sigue media copa. Su madera es quebradiza y las horquillas se abren con el viento. Preciosa en flor, pero cuente con reponerla.

Sauce llorón (Salix babylonica, Salix alba 'Tristis'). Cuarenta a sesenta años en buenas condiciones y bastante menos si le falta agua. Madera muy blanda y ramas que se desgajan.

Chopos y álamos (Populus spp.). Cincuenta o sesenta años en jardín. En plantación de madera se cortan a los catorce.

Mimosa (Acacia dealbata). Veinticinco o treinta años. Además está incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que restringe su plantación y su comercio: no es una opción que convenga elegir hoy.

Abedul (Betula pendula). Es longevo en clima atlántico y de montaña, pero plantado en el interior seco o en el litoral mediterráneo rara vez pasa de veinte o treinta años; el calor estival y la falta de humedad lo van consumiendo.

Ciruelo rojo de jardín (Prunus cerasifera 'Pissardii') y la mayoría de los frutales de hueso injertados: melocotoneros y nectarinos dan bien quince o veinte años; ciruelos y cerezos, treinta o cuarenta. El manzano y el peral sobre patrón franco pueden pasar de los sesenta, sobre patrón enanizante se agotan mucho antes. La vida útil de un frutal es la vida productiva, que es más corta que la vida biológica.

Coníferas: el techo de la longevidad

Los récords absolutos están todos en el mismo grupo. El pino longevo o pino de conos erizados (Pinus longaeva) supera los 4.800 años en las cumbres áridas de Nevada y California. La secuoya gigante (Sequoiadendron giganteum) llega a más de 3.000 y el ciprés de la Patagonia o alerce (Fitzroya cupressoides) anda en cifras parecidas. La secuoya roja (Sequoia sempervirens) pasa de los 2.000 años y además es el árbol más alto del planeta.

Hay un patrón interesante en esto: los ejemplares más viejos no viven en los sitios más fértiles, sino en los más duros. Roca caliza a 3.000 metros, veinte centímetros de suelo, frío y viento. Crecen tan despacio que su madera es densísima y resinosa, resiste a los hongos y a los insectos, y el árbol mantiene solo unos pocos ramales vivos sobre un tronco que en su mayor parte ya está muerto y seco. Crecer poco es, en escala de milenios, una estrategia de supervivencia.

En España la secuoya gigante se planta desde el siglo XIX y hay ejemplares notables en el norte peninsular, la Sierra de Guadarrama y jardines históricos. Necesita suelo profundo, humedad constante y espacio para un tronco que puede pasar de dos metros de diámetro. En un jardín pequeño y en clima seco no es una decisión razonable, por muy espectacular que sea el árbol.

Coníferas de gran porte en una masa forestal

El ciprés de los pantanos (Taxodium distichum) merece mención aparte: es una conífera de hoja caduca, tolera el encharcamiento permanente como ninguna otra y en su área natural del sureste de Estados Unidos hay ejemplares de más de mil años. En España funciona bien junto a láminas de agua y en suelos pesados que asfixiarían a otras especies.

Lo que acorta la vida de un árbol de jardín

La longevidad potencial de la especie es el techo. Lo que se alcanza depende de decisiones concretas, casi todas tomadas el día de la plantación.

El volumen de suelo disponible. Es el factor determinante. Un árbol grande en un alcorque de un metro por un metro rodeado de hormigón no llega a treinta años: la copa crece por encima de lo que las raíces pueden sostener y el árbol entra en declive de forma irreversible. Un árbol de porte medio necesita del orden de varios metros cúbicos de suelo explorable. Si no los hay, plante una especie más pequeña, no una grande esperando que se adapte.

Las raíces enrolladas del cepellón. Un árbol que ha pasado demasiado tiempo en contenedor sale con las raíces girando en círculo. Si se planta tal cual, esas raíces siguen girando, engordan y acaban estrangulando el cuello del propio árbol quince o veinte años después. El árbol se ve bien hasta que un día se cae con viento moderado y aparece la raíz abrazando el tronco. Al plantar, abra el cepellón por los lados y corte de raíz cualquier raíz que dé la vuelta.

Plantar demasiado hondo. El cuello de la raíz, el punto donde el tronco se ensancha para convertirse en raíces, tiene que quedar a nivel del suelo. Enterrado, la corteza se mantiene húmeda, se pudre y el árbol se estrangula solo a lo largo de años. Es de las causas de muerte lenta más difíciles de diagnosticar porque el síntoma aparece una década después del error.

Las heridas grandes de poda. Un corte de más de diez centímetros de diámetro no llega a cerrar antes de que entren hongos de pudrición. El desmoche o terciado, que consiste en cortar todas las ramas principales dejando muñones, es una condena a plazo: el árbol rebrota con vigor pero esos rebrotes van mal anclados sobre madera que se pudre por dentro, y a los quince o veinte años empiezan a caerse solos. Un árbol desmochado ha perdido la mitad larga de su esperanza de vida.

El riego de por vida. Un árbol regado a diario con goteo desde plantación no desarrolla raíz profunda: no la necesita. El día que se corta el riego o falla el programador, se seca en tres semanas un ejemplar de veinte años. Riego abundante y espaciado durante los tres o cuatro primeros veranos, y luego retirada progresiva, produce árboles autónomos.

Plantar pensando en plazos

Lo útil de todo esto es a la hora de diseñar. En un jardín pequeño, un árbol de trescientos años es un problema aplazado: llegará un momento en que su tronco ocupe la mitad del espacio y su sombra impida que crezca nada más. Ahí tienen sentido los árboles de vida media y porte contenido, que además florecen pronto: árbol del amor (Cercis siliquastrum), arce campestre (Acer campestre), madroño (Arbutus unedo), granado, cítricos, Lagerstroemia indica.

En una finca con espacio, la decisión es la contraria: plante lento y longevo, porque es la única ocasión de hacerlo. Una encina, un ginkgo o un cedro plantados hoy en el sitio adecuado, con hoyo generoso y sin riego permanente, seguirán ahí cuando ya nadie recuerde quién los puso. Combinar ambas cosas —un par de árboles definitivos y algunos rápidos que den sombra mientras tanto, con la idea explícita de retirarlos cuando estorben— es la manera práctica de no tener que esperar veinte años ni condenar el jardín para siempre.

En resumen

Los árboles no tienen fecha de caducidad biológica: mueren por daños acumulados, no por vejez, y por eso las especies de madera densa y crecimiento lento son las que baten los récords. La edad exacta se cuenta en los anillos, con la barrena de Pressler en árboles vivos, pero en clima mediterráneo los falsos anillos y los troncos huecos convierten muchas cifras célebres en estimaciones amplias. Como regla de campo, unos 2,5 cm de perímetro por año en árbol aislado, sabiendo que se equivoca en las especies muy lentas y en las muy rápidas.

En España, tejo, olivo, encina, roble, castaño, ginkgo y cedros pasan holgadamente el siglo; albizias, sauces, chopos, mimosas y frutales de hueso rara vez llegan a los cuarenta años. Y en un jardín concreto lo que decide la vida del árbol no suele ser la especie, sino el volumen de suelo que se le da, si se plantó a la profundidad correcta, si se le abrieron las raíces del cepellón y si se le ha evitado el desmoche.


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