Pida una acacia en un vivero español y puede volver a casa con cuatro árboles muy distintos, pertenecientes a tres géneros que ya ni siquiera comparten nombre botánico. La palabra se ha vuelto un cajón de sastre, y eso complica cualquier descripción de sus características: no es lo mismo la mimosa que florece en enero en un jardín gallego que el aromo espinoso de un secarral almeriense, ni ninguno de los dos tiene que ver con la falsa acacia que da sombra en tantas plazas de Castilla.
Conviene ordenar el asunto antes de hablar de hojas y flores, porque de ahí salen los malentendidos de riego, de resistencia al frío y, sobre todo, de legalidad.
Qué es hoy una acacia, botánicamente hablando
Acacia pertenece a la familia de las leguminosas (Fabaceae), dentro del grupo de las mimosoideas: flores diminutas agrupadas en cabezuelas o espigas, fruto en legumbre y bacterias fijadoras de nitrógeno en las raíces. Hasta hace veinte años el género reunía más de mil doscientas especies repartidas por Australia, África, Asia y América. En 2005 se retipificó el nombre y la decisión se confirmó definitivamente en el congreso botánico de Melbourne de 2011: el nombre Acacia quedó reservado para las especies australianas, que son con diferencia el grupo más numeroso.
Las africanas y americanas pasaron a otros dos géneros:
- Vachellia: las de espinas estipulares rectas y blancas, flores en bolita amarilla y aroma intenso. Aquí está el aromo o espino de Jerusalén (Vachellia farnesiana, antes Acacia farnesiana) y la acacia de la sabana africana (Vachellia karroo).
- Senegalia: las de aguijones curvos en pares y flores en espiga, como Senegalia senegal, de la que se extrae la goma arábiga.
Y luego está la impostora más común. El árbol que en media España se llama acacia, acacia blanca o pan y quesillo es Robinia pseudoacacia, norteamericana, de flores blancas colgantes y muy perfumadas en mayo, con dos espinas en la base de cada hoja. No es una acacia ni pertenece al mismo grupo: sus flores son papilionadas, de tipo guisante, mientras que las de una acacia verdadera parecen un pompón de estambres. Si el árbol de su calle florece blanco en primavera, no es Acacia.
La advertencia que va por delante: son especies invasoras reguladas
Antes de plantar nada conviene saber esto. Acacia dealbata (la mimosa), Acacia melanoxylon, Acacia saligna y otras congéneres figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (Real Decreto 630/2013). Robinia pseudoacacia también aparece en él. La inclusión en ese catálogo implica la prohibición genérica de su posesión, transporte, comercio y plantación en el medio natural, con excepciones muy tasadas que dependen de cada comunidad autónoma.
No es un tecnicismo. En la cornisa cantábrica y en Galicia, Acacia dealbata ha sustituido a bosques enteros de ribera después de los incendios: el fuego rompe la cubierta dura de sus semillas y provoca germinaciones masivas donde antes había robledal. Un ejemplar aislado en un jardín periurbano puede ser el foco de esa invasión veinte años después, porque el banco de semillas del suelo sigue siendo viable durante décadas. Si le atrae la floración amarilla de invierno y vive en el norte húmedo, la respuesta razonable es no plantarla y quedarse con especies del país.
Las hojas cambian de forma con la edad del árbol
Aquí está el rasgo más singular del género, y pasa desapercibido en la mayor parte de las descripciones. Las acacias tienen dos tipos de follaje:
Hoja bipinnada verdadera. Compuesta, dividida en pinnas y estas a su vez en decenas o centenares de foliolos diminutos, con aspecto de helecho o de pluma. Es la de Acacia dealbata, cuyo follaje verde azulado y como escarchado le da el epíteto (dealbata significa "blanqueada"), y la de Acacia baileyana, todavía más azulada y con foliolos más cortos.
Filodios. Muchas especies australianas prescinden de la lámina foliar y ensanchan el pecíolo hasta convertirlo en una estructura plana, coriácea, que hace de hoja. Un filodio no es una hoja: es un rabillo aplanado. Se reconoce porque los nervios recorren la pieza en paralelo, longitudinalmente, en vez de partir de un nervio central. Acacia longifolia, Acacia saligna y Acacia melanoxylon son de filodios; el resultado es un árbol de aspecto casi de sauce, sin nada de plumoso.
Lo interesante es que una misma planta puede pasar de un sistema al otro. Las plántulas de especies filódicas nacen con hojas bipinnadas normales y, a partir del cuarto o quinto nudo, empiezan a emitir hojas de transición —mitad filodio, mitad lámina— hasta quedarse solo con filodios. Si compra un ejemplar joven y le brotan hojas de helecho, no significa que le hayan vendido otra especie: significa que aún no ha hecho el cambio. El filodio, más grueso y con menos superficie transpirante, es una adaptación a la sequía; por eso las especies filódicas suelen aguantar mejor el verano seco que las de follaje plumoso.
Flores sin pétalos: lo que se ve son los estambres
Las flores individuales de una acacia son minúsculas y sus pétalos, insignificantes. Todo el color amarillo procede de los estambres, larguísimos y numerosos, que sobresalen y dan a cada cabezuela ese aspecto de borla. Según la especie, las cabezuelas son globosas (A. dealbata, A. baileyana, Vachellia farnesiana) o cilíndricas, en forma de espiga (A. longifolia).
La época sorprende a quien llega de otros climas: en la península, Acacia dealbata abre entre finales de enero y marzo, cuando casi nada más florece, y A. baileyana se le adelanta unas semanas en zonas cálidas. Son plantas del hemisferio sur que han trasladado su calendario, no arbustos de primavera.
Sobre la alergia conviene deshacer una idea muy extendida. El polen de mimosa apenas participa en las polinosis: es un polen pesado, aglutinado en masas pegajosas llamadas políades y transportado por insectos, no por el viento. Un ramo en casa puede irritar por contacto o por su aroma intenso, pero los síntomas de febrero-marzo en el interior peninsular suelen venir de las cupresáceas y del plátano de sombra, que florecen a la vez y sí liberan polen anemófilo en cantidades enormes. Se culpa a la mimosa porque es la que se ve amarilla.
Vainas y semillas: dormición dura y hormigas
El fruto es una legumbre, a veces recta y aplanada, a veces retorcida como un sacacorchos o estrangulada entre semilla y semilla. Al madurar se abre y quedan colgando las semillas, negras y muy duras, sujetas por un funículo carnoso y de color vivo —naranja, rojo o amarillo— llamado arilo.
Ese arilo no está ahí de adorno: es un cebo para hormigas. Las hormigas se llevan la semilla al hormiguero, se comen la parte carnosa y desechan la semilla intacta en un lugar protegido y fertilizado. El proceso se llama mirmecocoria y explica en parte por qué las acacias colonizan tan rápido.
La cubierta seminal es impermeable, y sin tratamiento previo la germinación es errática o nula. En la naturaleza la rompe el calor del fuego. En casa se replica con escarificado: sumergir la semilla en agua muy caliente (unos 80 °C), fuera del fuego, y dejarla enfriar dentro durante 24 horas. Las que se hinchen al doble de tamaño están listas para sembrar; las que sigan duras, no han absorbido agua y no nacerán. La siembra funciona bien en primavera, en sustrato arenoso y con calor.
Tronco, ramas y madera
La corteza joven es lisa, gris verdosa, y en las mimosas conserva un tono claro y pruinoso durante años; con la edad se agrieta en placas longitudinales. Muchas especies exudan gomas y resinas por las heridas, un carácter clásico del grupo.
La estructura es el punto débil. Las acacias crecen deprisa —medio metro o más al año en condiciones favorables— y esa velocidad se paga con madera de ramas frágil y horquillas de ángulo muy cerrado que se desgajan con viento fuerte o con el peso de la nieve. Añada que suelen ser árboles de vida corta, entre veinticinco y cuarenta años en jardín, y que la copa tiende a hacerse ancha y descentrada. Plantar una mimosa a menos de cinco o seis metros de una vivienda, de un tendido o de una zona de paso da problemas antes de lo que uno espera.
Las espinas dependen del grupo: las Vachellia las tienen rectas, blancas y en pares, en la base de la hoja, y pueden superar los cinco centímetros; las Senegalia, curvas y ganchudas; la mayor parte de las Acacia australianas son inermes.
Raíces: nódulos, superficialidad y rebrotes
Como leguminosas, forman nódulos con bacterias del género Rhizobium y fijan nitrógeno atmosférico. De ahí que prosperen en suelos pobres, arenosos, degradados, donde otros árboles no arrancan. También de ahí un efecto colateral serio: enriquecen el suelo en nitrógeno y lo dejan preparado para especies nitrófilas, no para el matorral mediterráneo que había antes. La invasión no termina cuando se corta el árbol.
El sistema radicular es extenso y bastante superficial, competitivo con el césped y con las plantas de al lado, y algunas especies —A. dealbata de forma notoria— emiten raíces gemíferas. Talar el tronco sin más es contraproducente: la planta responde con decenas o centenares de rebrotes de raíz en un radio de varios metros, y el problema se multiplica. En un jardín, la eliminación se plantea con anillado o con corta seguida de control de rebrotes durante dos o tres temporadas.
Las especies que de verdad se ven aquí
Acacia dealbata (mimosa). Hasta 10-15 m, follaje bipinnado glauco, floración amarilla y muy perfumada de enero a marzo. Resiste alrededor de -7 u -8 °C con el árbol adulto. Detesta la caliza: en suelos con pH por encima de 7,5 entra en clorosis férrica, con hojas amarillentas de nervios verdes, y se estanca. Invasora catalogada.
Acacia baileyana. Más pequeña, de 5 a 8 m, porte llorón y follaje azul plata muy decorativo. El cultivar 'Purpurea' saca los brotes nuevos teñidos de violeta. Florece antes que la anterior y tolera algo mejor los suelos calizos, aunque tampoco es su terreno.
Acacia longifolia. Filodios largos y estrechos, flores en espigas amarillas, porte arbustivo de 3 a 6 m. Muy usada en su día para fijar dunas en la costa atlántica, con consecuencias que hoy se están intentando revertir.
Acacia saligna. Filodios colgantes de sauce, aguanta salinidad y suelos calizos, de crecimiento rapidísimo y vida especialmente corta. Frecuente en taludes de carretera del sur y del levante.
Vachellia farnesiana (aromo, carambuco). Espinosa, de flor amarilla intensa y aroma que se usó en perfumería. Es la más adaptada al calor y a la sequía extrema del sureste, pero sensible al frío por debajo de -4 o -5 °C.
Cultivo: sol, sequía y el riego que las mata
Exposición. Pleno sol sin discusión. A media sombra se ahílan, florecen mal y las ramas se vuelven aún más quebradizas.
Suelo. Lo que exigen no es riqueza sino drenaje. Cualquier suelo arenoso o franco les sirve; los arcillosos compactados que encharcan en invierno provocan podredumbres de cuello. En terreno calizo, elija especie tolerante o no la plante: corregir el pH de un suelo de jardín año tras año no es realista.
Agua. El primer verano, riegos espaciados pero copiosos para que la raíz baje. A partir del segundo o tercer año, un ejemplar establecido en clima peninsular puede vivir sin riego. El daño suele llegar por el lado contrario: el riego automático del césped, que las mantiene con el pie húmedo todo el verano y termina en pudrición radicular o en un árbol enorme y desequilibrado que se tumba con el primer temporal.
Abonado. Prácticamente ninguno. Fijan su propio nitrógeno; un abono nitrogenado solo produce brotes largos, blandos y aún más frágiles.
Poda. Justo después de la floración, para que el árbol tenga toda la temporada de dar la madera que florecerá el año siguiente. Podar en otoño o en invierno equivale a quedarse sin flor. Y las acacias toleran mal los cortes gruesos: compartimentan mal las heridas grandes y entran hongos de pudrición. Mejor formación ligera y frecuente desde joven que rebajes drásticos a los diez años.
En maceta y como bonsái
Se puede, con matices. Una Acacia baileyana o una A. dealbata joven vive bien varios años en un contenedor grande —a partir de 40-50 litros—, con sustrato muy drenante (mantillo, arena gruesa y una parte de tierra vegetal ácida) y riego regular pero sin plato bajo la maceta. La contrapartida es que su raíz explora mucho, se enrolla enseguida y el árbol se estanca; hay que trasplantar cada dos años a comienzos de primavera y aceptar que su vida en maceta será menor que en el suelo.
Como bonsái funcionan mejor las de filodios y las de foliolos muy pequeños, porque el follaje reduce de tamaño con facilidad y responde bien al pinzado. El tronco engorda deprisa, que es una ventaja, y la floración se mantiene si se poda tras florecer. Lo que no admiten es el trasplante en frío ni la raíz desnuda prolongada.
En resumen
Una acacia verdadera es hoy, por convenio botánico, una leguminosa australiana de flores en pompón amarillo formadas por estambres, fruto en legumbre con semillas de cubierta impermeable y arilo carnoso, raíz nodulada que fija nitrógeno, crecimiento rápido, madera frágil y vida corta. Sus hojas son bipinnadas o filodios —pecíolos ensanchados— y muchas especies pasan de lo primero a lo segundo al crecer. Las africanas y americanas, espinosas, se llaman ahora Vachellia y Senegalia; la falsa acacia de las plazas es Robinia pseudoacacia y no tiene parentesco cercano.
Como planta de jardín son sobrias: sol, drenaje, ningún abono, poda ligera después de la floración de invierno y nada de riego permanente. El polen no es el problema que se le atribuye. El problema real es su condición de invasoras catalogadas en España, con prohibición de plantación y comercio para varias de las más vendidas históricamente. Antes de comprar una, compruebe la especie exacta en la etiqueta y la normativa de su comunidad autónoma; si quiere flor amarilla y aroma en pleno invierno sin ese conflicto, un Chimonanthus praecox, un Hamamelis o un jazmín de invierno hacen ese trabajo sin colonizar el monte de al lado.