La gardenia arrastra una reputación contradictoria: se vende como arbusto de flor fácil y acaba en la basura amarilla y sin hojas al cabo de un invierno. La contradicción se resuelve en cuanto se entienden sus características reales, que son las de una planta de sotobosque subtropical acidófila. Todo lo que hace falta saber para cultivarla bien está contenido en su botánica.

Flor blanca de Gardenia jasminoides abierta entre hojas verdes brillantes

Qué es exactamente una gardenia

El género Gardenia pertenece a la familia de las rubiáceas, la misma del café (Coffea arabica) y de la quina. Ese parentesco no es un dato de trivial: explica la textura coriácea y lustrosa de las hojas, la disposición opuesta con estípulas entre los pecíolos y, sobre todo, la marcada preferencia por suelos ácidos que comparte con el cafeto.

Agrupa alrededor de 140 especies de arbustos y arbolitos perennes repartidos por las regiones tropicales y subtropicales de África, Asia y Oceanía. En jardinería, sin embargo, la práctica totalidad de lo que se vende en España es Gardenia jasminoides, originaria del sur de China, Taiwán y Japón, y sus numerosos cultivares. Otras especies como Gardenia thunbergia, sudafricana y bastante más rústica en suelo calizo, o Gardenia taitensis, la tiaré polinesia, aparecen solo en colecciones y en zonas muy cálidas.

Porte, hoja y crecimiento

La gardenia común es un arbusto perennifolio de entre 1 y 2 metros en cultivo, aunque en su medio natural puede pasar de los 3. Crece despacio: es normal que un ejemplar comprado en maceta de 17 cm tarde tres o cuatro años en formar una mata compacta. Ramifica bien desde la base y admite formación como seto bajo o pequeño estándar.

La hoja es su mejor carta de presentación aun sin flores. Mide de 5 a 12 cm, es elíptica u obovada, de un verde oscuro muy brillante y consistencia casi de cuero, con el nervio central marcado. Se disponen opuestas o en verticilos de tres. Ese brillo es también el mejor indicador de salud del arbusto: cuando la hoja pierde lustre y el nervio se marca en verde sobre un limbo amarillento, hay clorosis.

La flor: por qué huele así

Las flores son solitarias o en pequeños grupos en los extremos de las ramas, de 5 a 10 cm de diámetro, blancas puras al abrir y con un viraje a crema y luego a amarillo mantequilla conforme envejecen. Ese amarilleo de la flor marchita es normal y no indica ningún problema; conviene no confundirlo con el amarilleo de la hoja, que sí lo indica.

Los cultivares de jardín suelen ser dobles, con las corolas superpuestas en espiral que recuerdan a una camelia pequeña. La especie silvestre tiene la corola simple, con seis lóbulos y un tubo largo. Esa forma tubular delata a su polinizador: polillas nocturnas de trompa larga. De ahí que el perfume se intensifique al caer la tarde y durante la noche, cuando la flor emite acetato de bencilo, linalol y una molécula característica llamada precisamente gardenol. Si se quiere disfrutar del aroma, la planta debe ir cerca de una ventana o de una zona de estar, no al fondo del jardín.

La floración principal va de mayo a julio en la Península, con posibles rebrotes en septiembre si el verano no ha sido demasiado seco. Los botones florales se forman con temperaturas nocturnas entre 15 y 18 °C; por encima de 20 °C por la noche, la planta aborta botones. Esa es la razón, y no el riego, de que muchas gardenias en interior tiren los capullos en pleno verano dentro de una casa cerrada y caliente.

Fruto y otros rasgos poco conocidos

Cuando fructifica —cosa rara en los cultivares dobles, que suelen ser estériles— produce una baya ovoide y costillada de color naranja intenso. En China ese fruto, zhi zi, se usa desde hace siglos como colorante alimentario amarillo y en medicina tradicional. Contiene crocina, el mismo pigmento del azafrán.

Conviene también deshacer un equívoco frecuente: la gardenia no es tóxica para personas ni para perros y gatos en el sentido en que lo son la adelfa o la brugmansia. Los listados veterinarios la clasifican como irritante digestivo leve si se ingiere en cantidad, nada más.

La característica que lo decide todo: el pH

Si hay un rasgo que define el cultivo de la gardenia es su condición de planta acidófila estricta. Necesita un pH de suelo entre 5,0 y 6,0. Por encima de 6,5 el hierro y el manganeso del suelo pasan a formas insolubles que la raíz no puede absorber, y aparece la clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con los nervios verdes.

Aquí está el problema real en buena parte de España. El suelo de la mitad este y sur peninsular, del valle del Ebro y de gran parte de las dos mesetas es calizo, con pH de 7,5 a 8,5. Y el agua del grifo en esas mismas zonas es dura, con bicarbonatos que alcalinizan el sustrato de la maceta en pocos meses aunque se haya plantado en tierra de brezo.

La consecuencia práctica es doble. Primero: en suelo calizo la gardenia se cultiva en maceta, no en el jardín, con sustrato para plantas acidófilas. Plantarla directamente en tierra caliza es condenarla a una decadencia lenta que ningún abono corrige del todo. Segundo: hay que regar con agua de lluvia, agua osmotizada o agua acidificada. La corrección casera clásica es añadir el zumo de medio limón, o un chorrito de vinagre, a cada litro y medio de agua, hasta bajar a un pH cercano a 6. En Galicia, la cornisa cantábrica o zonas de suelo silíceo y agua blanda, el problema simplemente no existe y la gardenia puede ir a tierra sin más.

El error más extendido es tratar la clorosis solo con quelato de hierro. El quelato funciona —conviene el quelato EDDHA, que es el estable a pH alto, no el EDTA— pero es un parche si se sigue regando con agua dura. Corregir el agua es la medida de fondo.

Qué más necesita

Al ser una planta de sotobosque subtropical, quiere mucha luz sin sol directo del mediodía. Un sol de mañana y sombra el resto del día es el ideal en clima mediterráneo. A pleno sol de julio en Sevilla o Zaragoza la hoja se quema; en sombra densa no florece.

La humedad ambiental alta es otra exigencia heredada del clima monzónico de origen. En el interior peninsular, con veranos de 25 % de humedad relativa, es la causa habitual de los ataques de araña roja (Tetranychus urticae), que se detecta por un punteado fino y decolorado en el envés. Un plato con grava y agua bajo la maceta —sin que el cepellón toque el agua— o pulverizaciones con agua sin cal ayudan. La cochinilla algodonosa y la mosca blanca son las otras dos plagas frecuentes.

El riego debe mantener el sustrato fresco pero nunca encharcado: la raíz es fina y se asfixia con facilidad. Y sobre rusticidad, Gardenia jasminoides aguanta heladas cortas de hasta unos −5 °C ya adulta y bien establecida, con daño en las puntas. Los ejemplares jóvenes o en maceta deben resguardarse por debajo de 0 °C. En la costa mediterránea y el sur atlántico vive fuera todo el año sin problema; en Burgos o Soria es planta de invernadero frío.

En resumen

La gardenia es un arbusto perennifolio de la familia del café, de hoja coriácea y lustrosa y flor blanca doble intensamente perfumada al anochecer, que florece de mayo a julio y amarillea al marchitarse. Sus rasgos decisivos para el jardinero son tres: acidofilia estricta (pH 5,0-6,0, lo que en la España caliza obliga a maceta y a agua acidificada), necesidad de luz indirecta y humedad ambiental, y rusticidad limitada, con daños por debajo de −5 °C. No es una planta difícil: es una planta exigente en un punto muy concreto. Quien resuelve el agua y el sustrato deja de tener problemas con ella.


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