El cornejo florido es uno de esos árboles pequeños que, cuando florece, detiene a la gente en la acera. En abril se cubre por completo de flores blancas de cuatro «pétalos» antes de que salgan las hojas, y en otoño se despide con un color rojo púrpura intenso y racimos de frutos escarlata. Es un árbol magnífico. También es un árbol que en gran parte de España lo va a pasar mal, y eso conviene decirlo antes que ninguna otra cosa.
Qué es el cornejo florido
Cornus florida, de la familia Cornaceae, es un arbolito caducifolio del este de Norteamérica, donde crece desde el sur de Canadá hasta Florida y el este de Texas. En su hábitat natural vive bajo el dosel de los bosques de robles y nogales americanos, es decir, es una especie de sotobosque. Ese detalle explica prácticamente todas sus exigencias de cultivo: quiere luz filtrada, suelo forestal ácido y rico en materia orgánica, y humedad constante.
Alcanza de 5 a 10 m en su tierra, aunque en jardín europeo se queda habitualmente entre 4 y 6 m, con un porte característico: ancho, aparasolado, con las ramas dispuestas en pisos horizontales que le dan un aspecto arquitectónico muy reconocible incluso desnudo en invierno. Crece despacio.
La corteza de los ejemplares maduros se agrieta en placas rectangulares pequeñas, con un aspecto de piel de cocodrilo bastante llamativo. La hoja es opuesta, ovalada, de 8 a 12 cm, con los nervios curvados hacia la punta siguiendo el borde —un carácter típico de todo el género y muy útil para identificarlo—. En otoño vira a rojo vino y púrpura.
Las flores no son las flores
Esta es la corrección botánica que más cambia la forma de mirar este árbol. Lo que todo el mundo llama «los cuatro pétalos blancos» no son pétalos, sino brácteas: hojas modificadas que rodean la inflorescencia y hacen el trabajo publicitario de atraer polinizadores.
Las flores de verdad son las que están en el centro, en un botón compacto de veinte o treinta florecillas diminutas de color verde amarillento, cada una con sus cuatro pétalos minúsculos, sus estambres y su ovario. Son ellas las que producen el fruto.
Hay un detalle precioso que confirma esta naturaleza: cada bráctea tiene la punta escotada, con una muesca de aspecto oxidado o quemado. Esa marca es la cicatriz de las escamas que envolvían la yema durante el invierno. Y esas yemas florales, redondeadas y aplastadas como pequeños botones grisáceos en la punta de cada ramilla, son visibles todo el invierno: permiten saber en diciembre si el árbol va a florecer bien en abril.
La floración en España se produce entre abril y mayo, justo antes o a la vez que la brotación de las hojas, y dura dos o tres semanas. Después vienen las drupas rojas brillantes, agrupadas de tres a seis, que maduran en septiembre y octubre y que consumen los pájaros. No son un fruto comestible para las personas: son astringentes y desagradables, aunque no se consideran venenosas.
No lo confundas con el cornejo macho
Es una confusión frecuente porque comparten nombre común y género. El cornejo macho (Cornus mas) es una especie europea, presente de forma natural en el norte de España, que florece en febrero, con flores amarillas pequeñas y sin brácteas vistosas, y que da unos frutos rojos alargados sí comestibles, con los que se hacen mermeladas y licores. Además tolera perfectamente la caliza y la sequía, y es mucho más fácil de cultivar en el interior peninsular.
Si lo que buscas es un cornejo que dé fruto aprovechable y que aguante clima seco y suelo calizo, tu árbol es Cornus mas, no Cornus florida.
Y hay una tercera opción que merece la pena conocer: el cornejo japonés (Cornus kousa), muy similar en efecto ornamental pero con las brácteas puntiagudas en lugar de escotadas, floración un mes más tardía —en junio, ya con las hojas desarrolladas—, frutos globosos y rosados de aspecto de frambuesa que sí son comestibles, y una resistencia notablemente mayor a las enfermedades. Existen además híbridos entre ambas especies, del grupo Cornus × rutgersensis, seleccionados precisamente por su rusticidad y salud.
Dónde funciona en España y dónde no
Aquí toca ser directo, porque se venden muchos cornejos floridos en sitios donde no tienen ninguna posibilidad.
Lo que este árbol necesita es suelo ácido, humedad ambiental y veranos que no sean tórridos. El frío no es el problema: resiste sin daños por debajo de -20 °C. Lo que lo mata es la combinación de suelo calizo, aire seco y sol de agosto.
Va bien en Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, norte de Navarra, zonas de montaña húmeda y, en general, en cualquier jardín con suelo ácido, riego asegurado y veranos suaves. También funciona en jardines del Sistema Central y de zonas silíceas de Extremadura y Castilla, siempre a media sombra y con riego.
Va mal en el litoral mediterráneo, en Murcia, en el valle del Ebro, en el interior de Andalucía y en general en cualquier terreno calizo con verano seco. El resultado típico es un árbol que se pone amarillo por clorosis, con las hojas quemadas por los bordes desde julio, floración escasa y muerte progresiva de ramas.
Si estás en una de esas zonas y quieres el efecto de un arbolito con floración espectacular, hay alternativas mucho más sensatas: Cornus mas, Cercis siliquastrum, Lagerstroemia indica o Chionanthus retusus. Insistir con el Cornus florida es pagar dos veces.
Suelo y ubicación
Suelo. Ácido a ligeramente ácido, con un pH ideal entre 5,5 y 6,5, profundo, fresco, rico en materia orgánica y bien drenado. La caliza le produce clorosis férrica severa. Si tu terreno es calizo, la única vía razonable es un macetón grande con sustrato para acidófilas y riego con agua de lluvia; plantar en un hoyo relleno de turba dentro de un suelo calizo no funciona, porque el agua de riego y la del subsuelo acaban alcalinizando esa bolsa en un par de años.
Luz. Es un árbol de sotobosque, así que la media sombra le va mejor que el pleno sol en casi toda España. En el norte húmedo puede ir a pleno sol; a partir del centro peninsular, necesita estar protegido del sol de tarde. La sombra ligera de árboles altos de hoja caduca, o el lado este de la casa, son ubicaciones excelentes. Con demasiada sombra, eso sí, florece poco: el equilibrio es sol de mañana y sombra de tarde.
Viento. Detesta el viento seco y caliente, que le deshidrata las hojas y le quema los bordes. Búscale un rincón resguardado.
Raíces superficiales. Este es un punto práctico muy importante. El sistema radicular del cornejo es somero y extendido. Eso significa tres cosas: no se debe cavar ni escardar con azada bajo la copa, porque se destrozan raíces esenciales; no se debe plantar césped hasta el tronco, porque la hierba compite ferozmente por agua y nutrientes en esos primeros centímetros; y el acolchado es prácticamente obligatorio. Una capa de 8-10 cm de corteza de pino o de acículas cubriendo toda la proyección de la copa, sin tocar el tronco, mantiene la raíz fresca y hace más por este árbol que cualquier abono.
Plantación
La mejor época es el otoño, de octubre a diciembre, o el final del invierno en zonas de heladas fuertes. Abre un hoyo ancho, al menos tres veces el diámetro del cepellón, pero no más profundo que este, y mezcla la tierra extraída con compost bien maduro y turba o fibra de coco.
Deja el cuello del árbol al nivel del suelo o ligeramente por encima; enterrarlo es una causa habitual de podredumbre. Riega abundantemente al plantar para asentar la tierra y acolcha de inmediato.
Los dos o tres primeros años son críticos: el árbol no tolera la sequía mientras se instala. Un cornejo que pasa sed en su primer verano queda tocado para siempre.
Riego y abonado
Riego regular y profundo, especialmente de junio a septiembre. Es preferible un riego copioso cada pocos días que un chorrito diario, porque interesa que el agua llegue a todo el volumen radicular. En zonas de agua dura, riega con agua de lluvia siempre que puedas, y si no, acidifícala ligeramente.
El abonado debe ser moderado y de tipo acidófilo, aplicado a comienzos de primavera. Aquí hay un error común: cargarlo de nitrógeno para que crezca más rápido. El exceso de nitrógeno produce brotes tiernos, blandos y muy sensibles a los hongos, y en un árbol de crecimiento naturalmente lento no acelera nada útil. Un aporte anual de compost bajo el acolchado suele ser suficiente.
Poda
El cornejo florido apenas necesita poda, y su porte natural en pisos horizontales es precisamente lo mejor que tiene. Podarlo para «darle forma» suele estropearlo.
La regla fundamental es de calendario: las yemas florales se forman durante el verano anterior. Si podas en invierno o a comienzos de primavera, estarás cortando la floración de ese año. La poda, cuando haga falta, se hace justo después de la floración, en mayo o junio.
Y limítate a lo necesario: retirar madera muerta, ramas rotas, ramas que se cruzan y rozan, y rebrotes de la base. Evita las heridas grandes; la especie compartimenta mal y los cortes gruesos son una puerta de entrada para hongos de madera.
Problemas y enfermedades
Clorosis férrica. El problema número uno en España. Hojas amarillas con los nervios verdes, empezando por los brotes nuevos. La causa es la caliza en el suelo o en el agua de riego. Los quelatos de hierro alivian el síntoma, pero mientras no cambie la causa el árbol seguirá sufriendo.
Quemaduras de hoja. Bordes secos y pardos a partir de julio. Es estrés hídrico y de sol, no una enfermedad. Se corrige con más sombra, más riego y acolchado.
Oídio. Es la enfermedad fúngica más habitual en nuestro clima: un polvillo blanco harinoso sobre las hojas jóvenes, que se deforman y quedan pequeñas. Aparece con noches frescas y días cálidos y con mala ventilación. Se previene dando espacio al árbol, evitando el exceso de nitrógeno y no mojando el follaje al regar. Existen cultivares con buena tolerancia al oídio y, si hay que tratar, el azufre mojable aplicado fuera de las horas de calor es la opción más sencilla.
Antracnosis y manchas foliares. Manchas necróticas con halo púrpura en hoja y brácteas, favorecidas por primaveras lluviosas. La higiene ayuda mucho: recoge y retira la hojarasca caída en otoño, porque es donde los hongos pasan el invierno.
Podredumbre de cuello y raíz. Provocada por hongos del suelo en terrenos que se encharcan. No tiene tratamiento; se previene con drenaje.
En cuanto a plagas, es un árbol bastante limpio. Puede recibir pulgón en los brotes de primavera y, en veranos muy secos, araña roja.
Variedades
Hay muchos cultivares seleccionados por el color de las brácteas y por la abundancia de floración. Los más difundidos:
'Rubra', con brácteas rosadas, probablemente la variedad más vendida en Europa. 'Cherokee Chief', de un rosa rojizo intenso. 'Cloud 9', blanca, de floración muy abundante desde joven y con menor exigencia de frío invernal, lo que la hace algo más adaptable en zonas templadas. 'Cherokee Sunset' y 'Rainbow', de hoja variegada en amarillo, muy vistosas pero más sensibles al sol directo. 'Welchii', con follaje jaspeado en crema y rosa.
Todos comparten las mismas exigencias de suelo ácido y humedad: ninguna variedad convierte a este árbol en una planta para suelo calizo.
Multiplicación
Por semilla. Limpia bien la pulpa de las drupas maduras, porque contiene inhibidores de la germinación, y aplica estratificación fría húmeda a unos 4 °C durante 90 a 120 días. Después siembra en sustrato ácido. La germinación es lenta y las plantas resultantes no reproducen las características del cultivar de origen.
Por esqueje. Esquejes de madera tierna tomados a comienzos de verano, cuando el brote empieza a endurecer, con hormona de enraizamiento y bajo nebulización con calor de fondo. Enraízan razonablemente bien, pero es importante que la planta enraizada desarrolle un nuevo brote antes de entrar en el invierno; si no, la mortandad invernal es alta.
Por injerto. Es el método comercial para los cultivares, normalmente injertados de yema en verano sobre patrones de Cornus florida de semilla.
Cómo usarlo en el jardín
Su lugar natural es como ejemplar aislado en un jardín pequeño o mediano, donde su tamaño contenido y sus tres momentos de interés —flor en primavera, fruto y color en otoño, silueta y corteza en invierno— rinden todo el año.
También funciona muy bien como estrato intermedio bajo árboles grandes de hoja caduca, que es exactamente el papel que juega en la naturaleza, acompañado de plantas con las mismas necesidades: camelias, azaleas, rododendros, hortensias, helechos y bulbos de sombra. Ese conjunto comparte suelo ácido, sombra parcial y humedad, así que el mantenimiento se simplifica mucho.
Es un excelente árbol para atraer aves: sus frutos alimentan a mirlos, currucas y zorzales en otoño.
En resumen
Cornus florida es un arbolito de sotobosque norteamericano, de porte en pisos horizontales y floración espectacular en abril, en la que los cuatro «pétalos» blancos son en realidad brácteas y las flores verdaderas son el botón diminuto del centro. Aguanta un frío considerable, pero necesita suelo ácido, media sombra, humedad constante y protección del sol y del viento secos.
Eso lo convierte en un árbol muy agradecido en el norte peninsular y en cualquier jardín con suelo silíceo y riego, y en una mala elección en terreno calizo con verano seco, donde acabará clorótico y con las hojas quemadas. Poda lo mínimo y siempre justo después de florecer, acolcha generosamente y nunca caves bajo su copa. Y si tu suelo tiene cal, mira hacia Cornus mas o Cornus kousa antes de insistir.