El pie de un muro es el punto más seco de todo el jardín. Puede llover treinta litros por metro cuadrado y que la tierra a veinte centímetros de la pared siga polvorienta bajo la superficie. Ahí es exactamente donde se plantan las trepadoras, y ahí empieza casi todo lo que les sale mal.

Entender por qué ese rincón se comporta distinto vale más que cualquier tabla de frecuencias de riego, porque explica de una vez la jazminera que no arranca, la buganvilla que solo hace hoja y la glicinia que lleva seis años sin dar una flor.

Planta trepadora cubriendo un muro de jardín

Cuatro razones por las que ese suelo está seco

Sombra de lluvia. En la Península la lluvia llega casi siempre empujada por el viento y con inclinación. Una pared intercepta el agua de su lado y deja seca una franja de 30 a 50 cm en su base. Si además hay alero, voladizo o balcón, esa franja no recibe agua en todo el año, ni en noviembre.

Escombro de obra. Junto a los cimientos rara vez hay tierra vegetal. Suele haber zahorra, restos de mortero y cascotes, un material que no retiene agua y que además libera cal y sube el pH local. Eso es lo que amarillea al jazmín estrellado plantado contra un muro nuevo.

Calor reflejado. Un paramento orientado al sur o al oeste acumula calor todo el día y lo devuelve por la noche. La evaporación en ese microclima puede duplicar la del centro del jardín.

Competencia. Si el muro es medianero y del otro lado hay un seto o un árbol, las raíces del vecino ya están explotando ese volumen de suelo antes de que tú plantes.

La mitad del riego se decide al plantar

Una trepadora bien plantada necesita bastante menos agua que una plantada de cualquier manera, y el margen se juega en tres decisiones.

La primera: separa el hoyo de 30 a 45 cm de la pared e inclina la planta hacia el muro. Fuera de la sombra de lluvia el suelo se recarga con cada tormenta y el sistema radicular trabaja en tierra normal, no en escombro.

La segunda: abre un hoyo generoso, de 50-60 cm de lado, retira los cascotes y rellena con la tierra del sitio mezclada con compost maduro. Sin turba pura y sin sustrato de maceta, que crea un bolsillo esponjoso que las raíces no quieren abandonar.

La tercera: acolcha. Cinco a ocho centímetros de corteza, paja o grava sobre un metro cuadrado alrededor del pie reducen la evaporación de forma muy notable y mantienen el suelo fresco en agosto. Deja libres los primeros centímetros junto a los tallos para que el cuello no se mantenga húmedo.

Hondo y espaciado, nunca poco y a diario

Una trepadora adulta puede cubrir veinte metros cuadrados de fachada con un sistema radicular que cabe en un metro cúbico de suelo. Ese desequilibrio obliga a mojar en profundidad: el agua tiene que llegar a 30-40 cm, que es donde están las raíces que sostienen la planta en verano.

En la práctica eso significa de 15 a 30 litros por planta y aplicación en un ejemplar establecido de tamaño medio, aplicados despacio para que empapen en lugar de escurrir, y repetidos cada 7 o 10 días en verano según suelo y especie. Regar cinco minutos todos los días produce raíces concentradas en los tres primeros centímetros; en la primera ola de calor con el riego parado, esa planta se pasa en dos días.

La comprobación es sencilla y no falla: media hora después de regar, clava un destornillador largo o una varilla junto al pie. Si entra sin resistencia hasta 25-30 cm, el agua ha llegado. Si se para a los ocho centímetros, has regado la superficie.

Goteo bien colocado

El goteo es el sistema natural para una trepadora, con una condición: no basta un gotero. Un solo emisor moja un bulbo estrecho y la planta se queda con las raíces agrupadas en ese punto.

Coloca dos o tres goteros de 2 a 4 l/h repartidos alrededor del pie, a unos 20 cm el primer año, y añade emisores más alejados a medida que la planta crece, para que el sistema radicular se extienda. En suelo arcilloso, caudales bajos y tiempos largos; en arenoso, más emisores y riegos más frecuentes, porque el agua baja casi en vertical y moja poco a los lados.

Con goteo conviene levantar el acolchado una vez al año y comprobar que los emisores no están obturados por cal. Una trepadora que se seca en junio con el riego "puesto" suele tener dos goteros atascados desde marzo.

El calendario en clima peninsular

Primavera. Marzo y abril son el momento de mayor crecimiento y de formación de las yemas de flor en glicinias, rosales trepadores y madreselvas. Un riego profundo cada 10-15 días si el mes viene seco vale más que todo lo que se riegue en agosto.

Verano. De junio a septiembre, riegos hondos cada 5-10 días en el interior peninsular y cada 7-12 en la cornisa cantábrica. A primera hora de la mañana; el riego de mediodía se evapora en parte y, si moja hojas, el sol sobre gotas en una fachada refleja y quema.

Otoño. Cuando llegan las lluvias se suspende, pero conviene un riego largo en octubre o noviembre para que la planta entre en el invierno con el perfil de suelo cargado. Ese riego evita la mitad de los daños por frío: una planta deshidratada se hiela mucho más fácilmente que una hidratada.

Invierno. Nada, salvo en un caso: las trepadoras bajo alero, en porches y en balcones cubiertos no reciben lluvia ni en enero. Esas hay que regarlas una vez al mes también en invierno, y es un olvido que aparece cada primavera en forma de planta muerta que "resistió bien el frío".

Cada especie pide lo suyo

Buganvilla (Bougainvillea glabra, B. spectabilis). Con agua abundante y suelo rico hace tallos y hojas y muy pocas brácteas. Riega poco y espaciado en verano y deja que se seque entre riegos: es un estrés hídrico moderado lo que dispara la floración. En invierno, riego casi nulo; el exceso con frío pudre el cuello.

Glicinia (Wisteria sinensis). Agradece riegos profundos de abril a julio, mientras forma las yemas del año siguiente. Si no florece, el agua rara vez es la causa: mira el exceso de nitrógeno, la sombra, un pie de semilla en vez de injertado —tarda siete a diez años en florecer— o la falta de la poda de verano de agosto y la de invierno.

Clemátide (Clematis). La regla de "cabeza al sol y pies a la sombra" es literalmente una instrucción de riego: sus raíces no toleran calentarse ni secarse. Acolchado grueso, una losa o una planta baja delante del pie, y humedad constante sin encharcar. Ojo, porque el marchitamiento súbito de una rama entera suele ser Calophoma clematidina, un hongo, y no sed; regar más en ese caso empeora las cosas.

Jazmín estrellado (Trachelospermum jasminoides). Riego moderado y regular; resiste sequía breve pero detesta el encharcamiento. Amarillea con facilidad en suelos calizos regados con agua dura: ahí responde a quelato de hierro en primavera y a acolchado orgánico.

Hiedra (Hedera helix), parra virgen (Parthenocissus) y bignonia (Campsis radicans). Muy resistentes una vez instaladas, pero los dos primeros años necesitan riego regular igual que cualquier otra. La hiedra establecida en suelo profundo puede pasar el verano peninsular sin riego.

Rosal trepador. Riego hondo al pie y jamás por aspersión. Mojar el follaje al atardecer es la vía directa a la mancha negra (Diplocarpon rosae) y al oídio.

Madreselva (Lonicera) y pasiflora (Passiflora caerulea). Las dos son exigentes en verano; la madreselva con la raíz seca y aire húmedo se llena de oídio y de pulgón.

Hortensia trepadora (Hydrangea anomala subsp. petiolaris). Sombra, suelo ácido y humedad constante. En el interior seco no es planta viable por mucho que se riegue.

Parra de uva (Vitis vinifera). Enraíza en profundidad y, pasados tres o cuatro años, en una pérgola doméstica se conforma con riegos escasos. El exceso de agua da uva insípida y madera blanda.

Trepadoras en maceta

Cultivar una trepadora en contenedor cambia las reglas por completo. Un ejemplar que cubre una celosía necesita como mínimo 40-50 litros de sustrato, y aun así en julio consume su reserva de agua en un día o dos. En una terraza expuesta, riego diario de junio a septiembre, hasta que salga agua por los drenajes.

Nada de platos con agua permanente bajo la maceta: en verano cuecen las raíces y en invierno las asfixian. Dos o tres veces por temporada conviene regar en exceso a propósito para lavar las sales que deja el agua dura, visibles como una costra blanca en el borde del tiesto y como puntas de hoja quemadas.

Distinguir sed de ahogo

Los dos problemas se parecen desde lejos y se tratan al revés, así que conviene aprender a separarlos.

El marchitamiento de las tres de la tarde en julio es normal en muchas trepadoras de hoja grande y se recupera solo al caer el sol: no es una orden de riego. Si a las nueve de la mañana la planta sigue lacia, entonces sí falta agua.

Cuando amarillean las hojas de abajo, quedan blandas, el suelo huele a cerrado y la tierra sigue húmeda tres días después de regar, el problema es el contrario: raíz asfixiada en suelo compacto. Ahí lo que hay que hacer es dejar de regar, mejorar el drenaje y, si es en maceta, cambiar a un sustrato con más árido. Regar una planta encharcada porque parece marchita la remata en una semana.

En resumen

La franja de suelo pegada a un muro no recibe lluvia, contiene escombro y se calienta más que el resto del jardín, así que planta a 30-45 cm de la pared, inclinada hacia ella, en hoyo amplio y con acolchado. Riega hondo y espaciado —15 a 30 litros cada 7-10 días en verano, comprobando con una varilla que el agua llega a 30 cm— en lugar de un poco cada día. Reparte dos o tres goteros alrededor del pie y revísalos cada año. Ajusta por especie: la buganvilla florece con sequía moderada, la clemátide pide pie fresco, el rosal nunca por encima y la glicinia agradece el agua de primavera. No olvides las trepadoras bajo alero en invierno, y antes de regar una planta mustia comprueba si lo que le sobra es agua.


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