El nombre no tiene nada que ver con el amor. Este arce procede de la cuenca del río Amur, la gran frontera natural entre Siberia y Manchuria, y en algún punto del camino hasta los catálogos españoles «Amur» se convirtió en «amor». La deformación cuajó, se quedó y hoy figura en etiquetas de vivero de medio país. Detrás de ella hay un arbolito notable: rústico hasta lo increíble, de flores perfumadas y con uno de los otoños más rojos que se pueden tener en un jardín pequeño.
Su nombre científico actual es Acer tataricum subsp. ginnala, aunque durante décadas se trató como especie propia y aún lo encontrarás etiquetado como Acer ginnala. Ambas denominaciones se refieren al mismo árbol.
No lo confundas con el árbol del amor
Aquí hay una confusión que da disgustos en el momento de la compra. El árbol del amor es Cercis siliquastrum, el árbol de Judas, una leguminosa mediterránea de flores rosa fucsia que brotan directamente del tronco y las ramas antes que las hojas, con hoja acorazonada y vainas colgantes. El arce del amor es esto otro: un arce de hoja opuesta y lobulada, flores discretas y frutos alados. Comparten media palabra en el nombre común y nada más.
La diferencia práctica es de clima. El Cercis es planta de calor y suelo seco, cómoda en el sur peninsular. El arce del amor viene del frío continental y su terreno natural aquí es justo el contrario, como veremos.
Cómo es y cómo reconocerlo
Alcanza entre 4 y 8 metros de altura, con una copa igual de ancha o más. Tiende a ramificar desde la base y a formar varios troncos, de modo que su porte natural está a medio camino entre el árbol pequeño y el arbusto grande; se puede conducir a un solo tronco desde joven si prefieres una silueta de árbol clásica.
La hoja lo identifica sin margen de duda: opuesta, de 4 a 8 cm, con tres lóbulos en los que el central es claramente más largo que los laterales, y borde doblemente aserrado. Nada que ver con la palma de siete puntas del arce japonés ni con las hojas anchas del arce blanco.
En abril y mayo abre panículas de flores pequeñas, blanco amarillentas y perfumadas, una rareza en un género cuya floración suele pasar desapercibida y no oler a nada. Después vienen las sámaras, esos frutos de dos alas casi paralelas que en pleno verano se tiñen de rojo intenso y decoran el árbol antes incluso de que llegue el color de la hoja.
El otoño es su gran momento. Entre finales de octubre y noviembre el follaje pasa a escarlata y carmesí, y lo hace con una fiabilidad que muchos arces ornamentales no tienen. Eso sí, ese rojo depende de dos condiciones: sol directo abundante durante el verano y noches frescas en otoño. Un ejemplar plantado a la sombra o en una zona donde en noviembre no baja de 15 °C por la noche se pone amarillo apagado y se queda ahí.
Dónde funciona de verdad en España
Su resistencia al frío es extraordinaria: soporta sin daño alguno temperaturas por debajo de los -30 °C. En términos peninsulares, esto significa que no hay ni un solo punto de España donde el invierno le suponga un problema, ni en el páramo soriano ni en el Pirineo.
El obstáculo es el otro extremo. El calor seco y prolongado del verano mediterráneo le sienta mal: con semanas de 38 °C y humedad baja, quema los bordes de las hojas, adelanta la caída y llega a septiembre pelado. Rinde muy bien en la cornisa cantábrica, el norte de la Meseta, el Sistema Ibérico, Cataluña interior y las zonas de media montaña. En el litoral de Levante, el valle del Guadalquivir o el sureste árido puede vivir, pero con riego frecuente, algo de sombra a mediodía y sin esperar el otoño rojo de las fotos.
Del suelo es poco exigente, y esto lo separa netamente del arce japonés: tolera terrenos calizos y algo alcalinos, hasta pH 7,5 o incluso algo más, sin caer en clorosis inmediata. También aguanta suelos pobres, pedregosos y compactos mejor que la media del género. Lo único que no perdona es el encharcamiento permanente.
Plantación y riego
Planta a raíz desnuda o en contenedor entre noviembre y febrero, con el árbol en reposo. Abre un hoyo amplio, de al menos el doble del cepellón, afloja el fondo y mezcla la tierra extraída con compost bien hecho. Deja el cuello de la raíz a nivel del terreno, sin enterrar; un cuello sepultado bajo cinco centímetros de tierra acaba pudriendo la base al cabo de unos años.
Sepáralo al menos 3 metros de muros y pavimentos y algo más de otros árboles, porque su copa se ensancha bastante. Un acolchado orgánico de 5 cm sobre el alcorque, sin tocar el tronco, le ahorra la mitad de los riegos de verano.
Los dos o tres primeros años son los que exigen constancia: riego semanal generoso en verano, mejor que agua poca y a diario, para que las raíces bajen. Pasado ese periodo, un ejemplar bien enraizado en clima de interior norte se apaña con las lluvias y algún apoyo puntual en agosto. En zonas cálidas mantén el riego de verano toda la vida del árbol.
De abono apenas necesita nada. Una capa de compost extendida sobre el alcorque a finales de invierno es suficiente para el año entero. Cargarlo de nitrógeno le alarga los brotes, le resta color otoñal y le llena de pulgón.
Poda: aquí sí se puede
A diferencia del arce japonés, esta subespecie tolera bien la poda, incluso severa, y rebrota con fuerza desde madera vieja. Por eso se emplea con éxito como seto alto, pantalla visual o cortavientos, con recortes anuales que lo mantienen denso hasta la base.
El momento sigue mandando: poda a finales de otoño o en pleno invierno, o bien en verano tras endurecer el brote. Evita el periodo de febrero a abril, cuando la savia sube y los cortes sangran durante días, debilitan al árbol y dejan la herida expuesta a los hongos de la madera.
Como ejemplar aislado, la poda se limita a eliminar madera muerta, ramas cruzadas y, si quieres tronco único, los rebrotes basales de los primeros años. Cuanto menos toques su ramificación natural, mejor queda su silueta ancha y ramificada.
Semillas, siembra espontánea y multiplicación
Se reproduce con facilidad por semilla. Recoge las sámaras maduras en otoño, sepáralas de las alas y dales una estratificación en frío de dos a tres meses en arena húmeda dentro de la nevera, o siémbralas directamente en semillero a la intemperie en noviembre para que las pase de forma natural. Germinan en primavera con buenos porcentajes. Los esquejes, en cambio, arraigan mal.
Esa misma facilidad tiene una cara menos amable que conviene conocer: en el medio oeste y el nordeste de Estados Unidos el árbol se ha naturalizado y figura en listas de especies invasoras, porque siembra abundantemente y desplaza a la vegetación autóctona en bordes de bosque. En España no está catalogado como invasor, pero si vives junto a un espacio natural, retira las sámaras antes de que caigan o arranca los plantones que aparezcan alrededor. Vigilar el propio jardín cuesta poco y evita problemas futuros.
Plagas y problemas
Es un árbol sano y con pocos enemigos serios. El pulgón se instala en los brotes tiernos de primavera y se resuelve con jabón potásico repitiendo a los diez días. El oídio puede aparecer en veranos húmedos y con poca ventilación, como polvillo blanco sobre la hoja; aclarar la copa suele bastar.
La amenaza real es la verticilosis (Verticillium dahliae), común a todos los arces: una rama se marchita de golpe conservando las hojas secas prendidas, y al cortarla se ven anillos oscuros en la madera. No hay tratamiento curativo. Retira la rama afectada bien por debajo de la zona dañada, desinfecta la herramienta entre cortes y no plantes arces en terreno donde antes hubo tomate, patata, pimiento o berenjena, que mantienen el hongo en el suelo durante años.
Un último apunte de ubicación: es un árbol de raíz razonable y porte contenido, apto para jardines de tamaño medio, pero su tendencia a ensancharse hace que quede mal encajonado entre una fachada y una valla. Dale espacio lateral y se defiende solo durante décadas.
En resumen
Acer tataricum subsp. ginnala es un arce pequeño de la cuenca del Amur, de 4 a 8 metros, hoja trilobulada, flores perfumadas en primavera, sámaras rojas en verano y follaje escarlata en otoño. Aguanta fríos de -30 °C, se conforma con suelos calizos y pobres, admite poda dura y sirve tanto de ejemplar aislado como de seto alto. Su límite está en el calor seco del sur y del litoral mediterráneo, donde el color otoñal se apaga y la hoja se quema. Plántalo en invierno, a pleno sol, riégalo con constancia los tres primeros años y no lo confundas con Cercis siliquastrum, que es el árbol del amor y otra planta por completo.