Arranca una hiedra vieja de un muro y verás lo que deja atrás: cientos de raicillas oscuras pegadas al revoco, ordenadas en fila a lo largo del tallo. Haz lo mismo con una glicina y no encontrarás nada en la pared, porque nunca estuvo agarrada a ella: estaba enroscada al alambre. Son dos plantas trepadoras y dos maneras de subir completamente distintas, y de esa diferencia depende que el soporte que instales funcione o que la planta se quede tirada en el suelo esperando algo a lo que sujetarse.
Ninguna trepadora tiene tejido de sostén suficiente para mantenerse de pie por sí misma. Todas han renunciado a fabricar un tronco leñoso robusto y han invertido esa energía en crecer rápido en longitud, aprovechando la estructura de otro. Lo que cambia de una especie a otra es el mecanismo con el que resuelven el agarre, y en jardinería doméstica hay cinco sistemas que conviene distinguir antes de comprar nada.
Zarcillos: el lazo que busca y se enrolla
El zarcillo es un órgano fino y flexible que la planta emite y mantiene en movimiento describiendo círculos lentos en el aire, un comportamiento llamado circunnutación. Cuando la punta roza algo, unas células sensibles al tacto disparan un crecimiento desigual: la cara en contacto deja de alargarse, la opuesta sigue haciéndolo, y en cuestión de minutos el zarcillo empieza a curvarse alrededor del objeto. Después, la parte libre se enrolla en espiral formando un muelle que amortigua los tirones del viento.
Trepan así la vid (Vitis vinifera), la pasionaria (Passiflora caerulea), la campanilla morada (Cobaea scandens) y el guisante de olor (Lathyrus odoratus). Hay variantes según de dónde salga el zarcillo: en la vid es un tallo transformado, en el guisante de olor son los foliolos terminales de la hoja.
El detalle práctico que se suele pasar por alto es el diámetro máximo que un zarcillo puede rodear. Rara vez pasa de 1 o 2 cm. Un zarcillo que topa con un poste de pérgola de 8 cm no lo detecta como soporte: resbala y se seca. Por eso una vid plantada al pie de una viga gruesa no sube hasta que le pones alambre o malla.
Pecíolos prensiles: el caso de la clemátide
Las clemátides (Clematis spp.) no tienen zarcillos. Lo que hacen es enroscar el pecíolo de la hoja, el rabillo que une el limbo al tallo, alrededor de lo primero que encuentran. Igual que Tropaeolum o Maurandya.
Un pecíolo es más corto y menos móvil que un zarcillo, así que la exigencia se dispara: la clemátide necesita soportes de 3 a 6 mm de grosor, poco más que un alambre o una caña fina. Es la causa número uno de fracaso con estas plantas. Se compra una clemátide preciosa, se planta junto a un enrejado de listones de 3 cm y la planta crece hacia arriba sin sujetarse a nada, hasta que un golpe de viento la tumba. Con una malla de nailon de cuadro pequeño o unos alambres finos cruzados, la misma planta cubre el enrejado sola.
Tallos volubles: la planta entera se enrosca
Aquí no hay órgano especializado: es el propio tallo en crecimiento el que gira en hélice alrededor del soporte. Lo hacen la glicina (Wisteria), la madreselva (Lonicera), el jazmín común (Jasminum officinale), la Akebia quinata, la Aristolochia y las ipomeas anuales.
El sentido de giro está fijado genéticamente y no se puede cambiar a mano; si desenrollas un tallo y lo vuelves a colocar al revés, se soltará. En las glicinas la diferencia sirve incluso para identificar especies: Wisteria sinensis enrosca en sentido antihorario y Wisteria floribunda en sentido horario.
Un tallo voluble admite soportes bastante más gruesos que un zarcillo, hasta unos 8 o 10 cm en las especies vigorosas, pero no puede agarrarse a una superficie plana. Sobre un muro liso, una madreselva no sube: necesita algo cilíndrico que rodear, aunque sea un cable de acero.
Y hay un riesgo específico de este grupo. El tallo voluble engrosa con los años sin dejar de apretar, así que estrangula lo que rodea. Una glicina enroscada a un bajante de PVC lo aplasta; enroscada al tronco de un árbol joven, lo anilla y lo mata. Guíalas siempre por estructura metálica de sección suficiente y revisa cada invierno que no se hayan escapado hacia canalones o cables.
Raíces adventicias: hiedra, hortensia trepadora, bignonia
La hiedra (Hedera helix, Hedera algeriensis), la hortensia trepadora (Hydrangea anomala subsp. petiolaris), la bignonia (Campsis radicans) y el Ficus pumila emiten en la cara del tallo que da a la pared unas raíces cortas que se meten en cualquier poro o irregularidad y segregan una sustancia adhesiva al secarse.
Estas trepadoras sí suben solas por un muro, sin soporte ninguno, y aguantan una barbaridad de peso. Sus límites son otros: no agarran sobre superficies impermeables y lisas como el vidrio, el gres esmaltado o una chapa lacada, porque no hay dónde anclarse. Y la hiedra tiene otra particularidad útil: mientras está en fase juvenil emite raíces y trepa, pero cuando alcanza la luz plena pasa a fase adulta, deja de producirlas, saca ramas rígidas que sobresalen del muro y es entonces cuando florece y fructifica. Si podas esas ramas adultas por estética, te quedas sin flor y sin bayas.
Discos adhesivos: la parra virgen
La Parthenocissus tricuspidata, la del follaje rojo intenso en otoño, lleva zarcillos muy ramificados cuyas puntas, al tocar una superficie, se ensanchan en un pequeño disco que se pega por adhesión química. No perfora nada: se adhiere. La Parthenocissus quinquefolia, de cinco foliolos, tiene el mismo sistema pero menos eficaz, y en muchos casos combina disco y enrollamiento.
El pegado es tan bueno que el problema aparece al quitarla: los discos se quedan en la pared y arrancan la capa superficial de pintura. Sobre pintura plástica en buen estado no suele haber daño estructural, pero sí que hay que repintar.
Las que no trepan, solo se apoyan
Los rosales trepadores y sarmentosos, la buganvilla (Bougainvillea glabra), el jazmín de invierno (Jasminum nudiflorum), el Solanum laxum y el plumbago (Plumbago auriculata) no tienen ningún mecanismo de agarre. Lo que hacen en la naturaleza es lanzar tallos largos por encima de otros arbustos y quedarse enganchados con sus espinas ganchudas, o simplemente apoyados.
En el jardín eso significa una cosa: hay que atarlos, todos los años, sin excepción. Cuando alguien dice que su rosal trepador "no sube", casi siempre lo que ocurre es que nadie ha atado nada. Y conviene atarlos en horizontal o en abanico, no rectos hacia arriba: al tumbar las varas, la savia deja de concentrarse en la yema terminal y brotan flores a lo largo de todo el tallo en lugar de solo en la punta.
Qué soporte pide cada sistema
Traducido a materiales, y para un muro de casa:
Alambre de acero inoxidable de 2-3 mm con tensores y separadores. Es la solución más versátil y la más discreta. La clave son los separadores: el alambre debe quedar a 4 o 5 cm de la pared para que el tallo pueda dar la vuelta completa. Un alambre pegado al muro no sirve a una trepadora voluble. Coloca los hilos en horizontal cada 40-50 cm para rosales y buganvillas, y en vertical para volubles.
Malla de cuadro fino (2-5 cm) para clemátides, guisantes de olor y todo lo que trabaje con zarcillos o pecíolos.
Celosía de madera atornillada con tacos separadores, nunca a ras de pared, y montada de forma que se pueda descolgar entera para pintar detrás.
Nada para hiedra, hortensia trepadora y parra virgen, siempre que el paramento esté sano.
¿De verdad la hiedra destroza las paredes?
Es la creencia más extendida sobre este tema y merece un matiz. Las raíces adventicias de la hiedra no son raíces absorbentes: no buscan agua ni humedad dentro del muro y no tienen capacidad de perforar un revoco sano ni un ladrillo en buen estado. Son garfios. Sobre una fachada bien enfoscada, con juntas firmes, una hiedra puede vivir décadas sin causar daño; hay estudios de conservación de patrimonio que incluso han medido cómo la cubierta vegetal amortigua las oscilaciones de temperatura y la humedad en el paramento.
El daño real aparece en tres situaciones concretas, y conviene tenerlas claras: cuando el mortero ya está degradado y las raicillas se meten en las grietas existentes y luego engrosan; cuando la planta se cuela bajo las tejas, en los canalones o tras un bajante, donde levanta piezas y provoca atascos; y cuando alcanza madera, cables o marcos de ventana. Es decir: el problema no es la fachada, es lo que hay alrededor. Una hiedra vigilada, recortada por debajo del alero y mantenida lejos de bajantes, es un problema mucho menor de lo que se dice. Una hiedra abandonada veinte años sobre un muro de mampostería con mortero de cal, no.
Si tienes que retirarla, no tires del tallo: corta la planta a ras de suelo, espera varias semanas a que las hojas y las raicillas se sequen y se vuelvan quebradizas, y entonces desprende los restos con un cepillo de raíces. Arrancar en verde se lleva media pared por delante.
Errores frecuentes
Plantar pegado al muro. El primer palmo junto a una pared casi no recibe lluvia por el efecto de sombra pluvial, y además suele haber escombro de obra. Planta a 30-40 cm del paramento e inclina las varas hacia él con una caña.
Elegir por la foto y no por el mecanismo. Antes de comprar, mira qué soporte hay en la pared y qué sistema de agarre tiene la planta. Es lo que decide el resultado.
Poner una trepadora agresiva en un sitio pequeño. La Parthenocissus tricuspidata y la Campsis radicans cubren fachadas enteras y se meten en huecos de ventana; la glicina, con los años, tiene fuerza para deformar una pérgola de madera ligera. Ambas necesitan poda anual y estructura sobredimensionada.
Confiar en que se agarrará sola. Solo lo hacen los grupos de raíces adventicias y discos. El resto necesita el soporte adecuado, y los apoyantes necesitan además atado periódico.
Atar con alambre desnudo o rafia apretada. Un tallo leñoso engrosa cada año; una atadura rígida acaba anillándolo. Usa cinta ancha de goma o rafia holgada en forma de ocho y revísala cada invierno.
En resumen
Las trepadoras suben de cinco maneras distintas: enrollando zarcillos, enroscando pecíolos, girando el tallo entero, agarrándose con raíces adventicias o pegándose con discos adhesivos; y hay un sexto grupo, los apoyantes, que no se agarra de ninguna forma y depende del jardinero. Cada mecanismo impone un grosor de soporte: milímetros para la clemátide, un par de centímetros para los zarcillos, hasta diez para los tallos volubles, y ninguno para hiedra y parra virgen. Deja siempre unos centímetros entre el alambre y el muro, planta a un palmo y medio de la pared, ata los rosales en horizontal y vigila que las volubles no se enrosquen a bajantes ni a troncos jóvenes. Y la hiedra no come muros: se aprovecha de los que ya están rotos.