El hoyo de plantación tiene que ser ancho, no profundo. Esa sola idea corrige la mitad de los errores que se cometen al plantar un arbusto en un jardín particular, porque las raíces de un arbusto joven no bajan buscando el fondo: se extienden en horizontal por los primeros 30 o 40 centímetros de suelo, que es donde hay oxígeno. Cavar medio metro hacia abajo y dejar los laterales compactados es fabricarle una maceta de tierra dura de la que tardará años en salir, si es que sale.

A partir de ahí, plantar un arbusto es una operación sencilla que depende sobre todo de tres decisiones: cuándo lo haces, a qué profundidad lo dejas y cómo lo riegas los dos primeros veranos.

Arbusto en flor en un jardín

La época depende del formato en que lo compres

No hay una única respuesta, porque un arbusto se vende de tres maneras distintas y cada una tiene su calendario.

A raíz desnuda. Sin nada de tierra, tal como sale del campo de cultivo. Solo se planta en parada vegetativa, de noviembre a febrero, y cuanto antes mejor dentro de esa ventana. Es la forma más barata de comprar setos de aligustre, rosales, groselleros o forsitias, y también la que menos margen de error deja: si las raíces se secan al aire una hora en un día de viento, el arbusto ya viene tocado.

Con cepellón escayolado (el clásico saco de arpillera atado). Típico de coníferas y de arbustos grandes ya formados. Se planta en otoño e invierno, con el suelo templado y húmedo.

En contenedor. Es lo habitual hoy en día. Técnicamente se puede plantar cualquier día del año porque las raíces van con su cepellón intacto, y por eso los viveros lo venden en mayo con toda tranquilidad. Pero que se pueda no significa que convenga: un arbusto plantado en junio en Ciudad Real o en Sevilla se pasa el verano entero sin raíces exploradoras, dependiendo de que alguien le lleve agua cada dos días.

En la España peninsular, la mejor época para casi todo es el otoño, de octubre a diciembre. El suelo conserva calor del verano, empieza a llover, y el arbusto tiene todo el invierno y la primavera para enraizar antes del primer calor serio. La segunda mejor opción es final del invierno, de febrero a marzo, especialmente en zonas frías de interior donde las heladas fuertes pueden levantar del suelo una planta recién puesta. Lo que hay que evitar es plantar con el suelo helado, encharcado, o entre junio y agosto.

Antes de cavar: elegir bien y medir el hueco

Dos comprobaciones que ahorran disgustos.

El suelo y el agua de riego. Buena parte del territorio español tiene suelos calizos y agua de riego dura. Hortensias (Hydrangea macrophylla), camelias (Camellia japonica), azaleas y rododendros (Rhododendron spp.) o pieris son plantas de suelo ácido: en un terreno con caliza activa amarillean por clorosis férrica al segundo año y ya no hay quien las recupere a base de quelatos. En esas condiciones se plantan en maceta grande con sustrato de brezo, en un arriate elevado preparado, o directamente se cambia de especie. Un viburno (Viburnum tinus), un Photinia x fraseri, una adelfa, un rosal, un Pittosporum tobira o una lavanda le darán mucha menos guerra.

El tamaño adulto. El error más repetido en jardines de obra nueva es plantar el seto pensando en cómo se ve el día uno. Un Photinia alcanza tres o cuatro metros; un laurel, seis; una hortensia necesita metro y medio de diámetro. Si buscas un seto denso, la distancia razonable son 60-80 cm entre plantas para especies de porte medio, no 30. Plantados demasiado juntos compiten, se desnudan por abajo y acaban siendo un problema de poda permanente.

Comprueba además que no haya cimientos, tuberías ni una arqueta debajo, y respeta al menos un metro y medio desde el muro o la fachada para las especies de cierto porte.

Cómo se hace el hoyo

La regla práctica: de dos a tres veces el ancho del cepellón y exactamente la misma profundidad que el cepellón, ni un dedo más.

Si el terreno es compacto, arcilloso o ha estado pisado por maquinaria, no basta con vaciar el hoyo: hay que rascar y desmenuzar las paredes y el fondo con el pico o la horca. Un hoyo cavado con azada en arcilla húmeda queda con las caras alisadas y actúa igual que las paredes de una maceta; las raíces llegan, se topan con la pared bruñida y giran sobre sí mismas. Si al pinchar el fondo con una barra notas una suela dura, rómpela.

Sobre la enmienda hay una idea muy extendida que conviene matizar: llenar el hoyo de un sustrato riquísimo mientras alrededor queda tierra pobre es contraproducente. La planta se acomoda en esa isla mullida y no coloniza el resto. Lo eficaz es mejorar una superficie amplia, dos o tres metros cuadrados, con compost maduro incorporado a los primeros 20-30 cm, y rellenar el hoyo básicamente con la misma tierra que has sacado, como mucho con un tercio de compost mezclado. Nada de estiércol fresco ni de abono mineral en contacto directo con las raíces: quema.

Preparar el arbusto

Con la planta en contenedor, riega el cepellón un rato antes de sacarlo; un cepellón seco se desmorona y además cuesta muchísimo rehidratarlo una vez plantado. Golpea el borde de la maceta y saca la planta tirando de la base del tronco, nunca de las ramas.

Ahora mira las raíces. Si la planta lleva mucho tiempo en el contenedor verás un fieltro de raíces girando en círculo pegado a la pared y una espiral apretada en el fondo. Eso hay que deshacerlo sin miedo: separa las raíces exteriores con los dedos y, si están leñosas y no ceden, haz tres o cuatro cortes verticales de un centímetro de profundidad de arriba abajo con una navaja limpia, y recorta la maraña del fondo. Suena brutal, pero una raíz espiralizada sigue espiralizando toda su vida y termina estrangulando el cuello del arbusto años después. Si el cepellón está suelto y con raíces blancas asomando, no hace falta tocar nada.

Con arbustos a raíz desnuda, mantén las raíces tapadas hasta el último momento y sumérgelas en agua entre dos y doce horas antes de plantar. Recorta solo las puntas rotas o secas.

La profundidad: donde se pierden más arbustos

El cuello de la planta, el punto donde el tronco se ensancha y arrancan las raíces, tiene que quedar al nivel del suelo o un dedo por encima. Enterrarlo es la causa silenciosa de una parte importante de las muertes tardías: la corteza del cuello no está preparada para vivir en contacto permanente con tierra húmeda, se pudre, y el arbusto va perdiendo vigor durante dos o tres temporadas hasta que se seca sin motivo aparente.

Ten cuidado, además, con dos cosas. La primera es que en muchos contenedores el sustrato llega ya un par de centímetros por encima del cuello real: aparta esa tierra con la mano y busca dónde salen las primeras raíces gruesas. La segunda es el punto de injerto en rosales, lilos o algunas variedades ornamentales; ese engrosamiento debe quedar por encima del suelo, porque si lo entierras el injerto emite sus propias raíces o el patrón rebrota por debajo y acaba comiéndose la variedad.

Coloca una caña o el mango de la azada atravesando el hoyo para comprobar el nivel antes de rellenar. Y cuenta con que el suelo removido se asienta: deja el cepellón uno o dos centímetros más alto de lo que quieres que quede.

Rellenar y dar el riego de asiento

Rellena por tandas, empujando la tierra hacia los huecos con la mano y afirmando con el puño o con el pie, sin pisotear a conciencia: si aplastas demasiado el suelo alrededor eliminas el aire que necesitan las raíces. La tierra debe quedar en contacto con el cepellón, no prensada.

Forma después un alcorque, un caballón circular de tierra de unos 10 cm de alto a la altura del borde del hoyo, para que el agua no se escurra ladera abajo.

Y ahora el paso que más gente hace de forma insuficiente: el riego de asiento. No es un riego de mantenimiento, es una operación mecánica. Se trata de aplicar de golpe entre 15 y 30 litros, lentamente y en dos o tres pasadas, hasta que el agua deje de filtrarse. Ese volumen elimina las bolsas de aire que quedan entre la tierra y las raíces, que son las que secan las raicillas finas. Hay que darlo aunque llueva y aunque plantes en diciembre.

Hortensia con flores en un arriate

Acolchado y tutor

Extiende una capa de 5 a 8 cm de acolchado (corteza de pino, restos de poda triturados, paja, compost grueso) cubriendo toda la superficie del hoyo. En clima mediterráneo es la medida que más agua ahorra: reduce mucho la evaporación, mantiene la temperatura del suelo estable y frena las hierbas que competirían con el arbusto justo en su peor momento.

Con una salvedad importante: deja un anillo de 5-10 cm libre alrededor del tronco. Amontonar el acolchado contra la base es otra manera de tener el cuello permanentemente húmedo, con el mismo final que enterrarlo.

Tutor, solo si hace falta. Los arbustos de porte bajo y medio no lo necesitan y salen más fuertes moviéndose con el viento, porque ese balanceo es el estímulo que engrosa la base. Ponlo únicamente en ejemplares altos de copa desequilibrada o en sitios muy ventosos, con dos estacas y una atadura ancha y flexible en forma de ocho, nunca alambre ni cuerda fina, y retíralo pasadas una o dos temporadas.

El primer y el segundo verano

Un arbusto no está establecido hasta que sus raíces han salido del volumen del cepellón original y han colonizado el suelo de alrededor. Eso tarda, según la especie y el tamaño, entre uno y tres años. Durante ese tiempo depende del riego que le des, por muy resistente a la sequía que sea la especie: una lavanda o un romero adultos aguantan el verano sin una gota, pero recién plantados no.

La pauta que funciona es riegos espaciados y abundantes, no un chorrito diario. En verano, de 10 a 20 litros una o dos veces por semana, aplicados despacio dentro del alcorque, obligan a la raíz a bajar. El riego superficial frecuente hace justo lo contrario: concentra las raíces en los tres centímetros de arriba y deja a la planta indefensa en cuanto falla el programador.

De abono, nada el primer otoño. Si plantaste en otoño, la primera aportación tiene sentido en la primavera siguiente, y con moderación.

Errores frecuentes que conviene evitar

Podar mucho al plantar. Existe la costumbre de "compensar" la pérdida de raíces recortando la parte aérea. En arbustos comprados en contenedor no tiene sentido, porque no han perdido raíces, y además las hojas son las que fabrican el azúcar que financia el enraizamiento. Limítate a quitar ramas rotas, secas o cruzadas. En arbustos a raíz desnuda sí es razonable un despunte ligero.

Plantar sobre un hoyo que no drena. Antes de plantar en suelo pesado, llena el hoyo de agua y observa. Si al cabo de veinticuatro horas sigue habiendo agua dentro, ahí se pudrirá cualquier cosa que pongas: hay que plantar en caballón elevado o resolver el drenaje. Y olvida el truco de echar grava en el fondo del hoyo, porque en un terreno arcilloso no hace de drenaje, hace de bañera.

Dejar el hilo de rafia o la malla plástica del cepellón. La arpillera natural se degrada, pero las mallas plásticas y las cuerdas sintéticas no: hay que quitarlas, o al menos aflojarlas y retirar todo lo que rodee el tronco.

Regar con el aspersor del césped. Un difusor que reparte tres milímetros de agua no moja ni la superficie de un alcorque. Los arbustos del jardín necesitan su propio riego localizado, con uno o dos goteros de 4 litros/hora bien colocados sobre el borde del cepellón, no pegados al tronco.

Jardín con arbustos plantados

En resumen

Planta en otoño siempre que puedas, o a final de invierno en zonas frías. Elige una especie compatible con tu suelo y tu agua, y dale el espacio que va a ocupar de adulta. Haz un hoyo dos o tres veces más ancho que el cepellón y de su misma profundidad, con las paredes rascadas. Deshaz las raíces enrolladas. Deja el cuello al nivel del suelo, nunca enterrado. Rellena con la tierra del sitio, forma alcorque y da un riego de asiento generoso. Cubre con 5-8 cm de acolchado sin tocar el tronco. Y riega despacio, en profundidad y de forma espaciada durante los dos primeros veranos, que es cuando se decide si el arbusto ha arraigado o solo está sobreviviendo.


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