Treinta centímetros de alto por tres metros de ancho. Esa desproporción entre lo que crece hacia arriba y lo que crece hacia los lados es lo que define al enebro rastrero y lo que explica para qué sirve en un jardín. No es un arbusto que se haya quedado pequeño: es una conífera que ha renunciado al tronco y que invierte todo su crecimiento en tapizar el suelo.

Con el nombre de enebro rastrero se venden en España varias plantas distintas, y conviene saber cuál se tiene delante antes de plantarla, porque no todas se comportan igual ni todas son inofensivas.

Qué planta es exactamente

En vivero y en centro de jardinería, cuando alguien pide un enebro rastrero le suelen dar Juniperus horizontalis, una conífera de la familia Cupressaceae originaria del norte de Norteamérica: Canadá y el norte de Estados Unidos, donde crece en dunas, roquedos y suelos pobres y arenosos. Es la especie que ilustra este tipo de plantación y la que ha dado la práctica totalidad de los cultivares tapizantes que se comercializan.

Pero en la flora española el nombre enebro rastrero designa a otra planta: Juniperus communis subsp. alpina (también citada como subsp. nana), el enebro enano de nuestra alta montaña, que forma manchas achaparradas en el Pirineo, el Sistema Central o la Cordillera Cantábrica por encima del límite del bosque. Es la misma especie del enebro común, pero con porte postrado por adaptación al viento y la nieve.

Y hay una tercera confusión, la que de verdad importa: la sabina rastrera, Juniperus sabina, también se vende como tapizante y también es una conífera postrada de hoja escamosa. Se parece mucho a J. horizontalis a simple vista, pero es tóxica —contiene sabinol y otros compuestos abortivos— y su follaje desprende un olor fuerte y desagradable al frotarlo, mientras que el de J. horizontalis huele suave y resinoso. Si en casa hay niños o animales que mordisquean, esa distinción no es un detalle de nomenclatura.

Cómo es por dentro y por fuera

El porte es totalmente rastrero: ramas principales que se extienden pegadas al suelo, casi siempre por debajo de los 40 cm de altura, con ramillas secundarias que se levantan ligeramente. Un ejemplar adulto cubre entre 1,5 y 3 metros de diámetro, según el cultivar, y crece despacio, del orden de 15 a 25 cm al año una vez establecido. Es una planta longeva: en condiciones adecuadas aguanta décadas en el mismo sitio.

La hoja tiene una particularidad que despista. Los enebros presentan dos tipos de follaje: el juvenil, en forma de aguja punzante, y el adulto, escamoso y aplicado a la ramilla como el del ciprés. Juniperus horizontalis lleva sobre todo hoja escamosa cuando está maduro, pero conserva ramillas con hoja acicular, sobre todo en brotes jóvenes o en plantas estresadas. Por eso una misma mata puede parecer de dos plantas distintas según la ramita que se mire.

Detalle del follaje escamoso de Juniperus horizontalis

El color es una de sus bazas. Va del verde grisáceo al azul intenso según el cultivar, y muchos viran a tonos morados, bronce o ciruela con el frío del invierno, recuperando el azul en primavera. Ese cambio estacional asusta a quien lo ve por primera vez y cree que la planta se le está muriendo: no es así, es una respuesta normal a las bajas temperaturas.

Es una conífera dioica: hay pies macho y pies hembra. Los femeninos producen gálbulos —los mal llamados "frutos" o "bayas" del enebro—, unas piñas carnosas de 5 a 7 mm, azuladas y cubiertas de pruina, que tardan unos dos años en madurar. En los cultivares de jardín es habitual no ver ninguno, porque se propagan por esqueje y con frecuencia se han seleccionado clones macho o simplemente no hay polinizador cerca.

Los cultivares que se encuentran aquí

En el comercio se venden casi siempre clones seleccionados, no la especie tipo. Los más frecuentes en España:

'Wiltonii' (también llamado 'Blue Rug'): el más plano de todos, apenas 10-15 cm de altura, azul plateado intenso, extendiéndose hasta 2,5 m. Es la referencia para tapizar taludes.

'Blue Chip': unos 20-25 cm, con las ramillas ligeramente ascendentes, azul muy limpio que se vuelve malva en invierno.

'Andorra Compacta' (o 'Plumosa Compacta'): forma un cojín más abombado, de 30-40 cm, verde grisáceo en verano y claramente púrpura en invierno.

'Prince of Wales': muy plano y de verde azulado, seleccionado en Canadá, uno de los más resistentes al frío extremo.

'Mother Lode': mutación dorada de 'Wiltonii', de color amarillo intenso que se broncea en invierno. Crece más despacio que sus hermanos verdes y en el interior peninsular necesita algo de resguardo en las horas centrales del verano, porque el follaje dorado se quema con más facilidad.

Mata de Juniperus horizontalis cubriendo el suelo

Dónde se le da bien en España

Es una planta de pleno sol y no admite discusión en esto. A media sombra se ahíla, pierde densidad, se abre por el centro y el color azul se apaga hasta quedarse en un verde deslucido. Bajo la copa de un árbol grande no funciona.

De frío no hay que preocuparse en ningún punto de la Península: resiste sin daños por debajo de -25 ºC, muy por encima de lo que exige cualquier clima español, incluidos los páramos de Soria o Teruel. El problema es el otro extremo. En zonas de verano muy caluroso y húmedo a la vez —franja litoral mediterránea con noches cálidas, algunos puntos del sur— la combinación de calor y humedad nocturna favorece las enfermedades foliares y la planta se deteriora. En el interior peninsular, con verano seco por caluroso que sea, va perfectamente.

Tolera la caliza sin problema, aguanta suelos pobres y pedregosos, y tiene buena resistencia a la salinidad, lo que lo hace útil en jardines costeros y en medianas de carretera donde se echa sal. Lo único que no perdona es el encharcamiento: en suelo pesado y mal drenado se pudre el cuello y aparecen hongos de raíz del género Phytophthora, que no tienen tratamiento razonable a nivel de jardín particular. Si el terreno es arcilloso, hay que plantar en caballón o montículo elevado, no en hoyo.

Plantación, riego y mantenimiento

La mejor época para plantar es el otoño, de octubre a noviembre, para que enraíce con las lluvias y llegue al verano con el sistema radicular hecho. La primavera temprana también sirve; plantar en mayo o junio obliga a regar todo el verano.

Para cubrir superficie, un marco razonable es de 80 cm a 1 metro entre plantas con los cultivares más extendidos, algo menos con los compactos. Tarda dos o tres temporadas en cerrar, así que conviene poner acolchado desde el principio o el trabajo de escardar las malas hierbas entre medias será considerable. Para esto, grava o gravilla funciona mejor que la corteza de pino: la corteza retiene humedad justo contra las ramas basales, que es donde no interesa que la haya.

El riego solo es una preocupación durante el primer año o los dos primeros: un aporte generoso cada 10-15 días en verano, siempre al suelo y nunca mojando el follaje. A partir de ahí, en buena parte de España se sostiene con apoyos puntuales en olas de calor y poco más. Es una planta que se mata mucho más por riego que por sequía.

Abonado, muy poco: viene de suelos pobres y el exceso de nitrógeno le provoca crecimientos blandos y propensos a hongos. Basta un puñado de abono complejo de liberación lenta a finales de invierno, y ni siquiera todos los años.

La poda: aquí está el error caro

Los enebros, como el resto de las Cupressaceae, no rebrotan de madera vieja desprovista de hojas. Si se corta una rama por una zona marrón, sin follaje verde, ese corte queda muerto para siempre y deja un hueco que la planta no cerrará nunca. Es el fallo típico de quien intenta reducir un enebro que se le ha ido de tamaño: acaba con un cerco de agujeros permanentes.

Lo que sí se puede hacer es acortar cada rama por un punto donde todavía haya hoja verde, y hacerlo con regularidad para que nunca haga falta un corte drástico. Se despunta a finales de invierno o a comienzos de primavera. Y hay que retirar las ramas secas del interior, que se acumulan de forma natural conforme la mata se cierra sobre sí misma y retienen humedad.

Conclusión práctica: no se compra un enebro rastrero pensando en tenerlo a raya a base de tijera. Se elige el cultivar cuyo tamaño adulto encaje en el hueco disponible.

Plagas y enfermedades a vigilar

Roya del enebro y el peral. Hongos del género Gymnosporangium alternan su ciclo entre enebros y rosáceas —peral, manzano, espino albar, membrillero—. En el enebro forman agallas y unas masas gelatinosas anaranjadas muy llamativas en primavera lluviosa; en el peral, manchas naranjas en la hoja. Si hay perales cerca, conviene tenerlo en cuenta antes de plantar una masa grande de enebros.

Tizones de ramilla (Phomopsis y Kabatina): puntas de ramilla que pardean y mueren, sobre todo en primaveras húmedas. Se corta y se retira el material afectado, y se revisa que la planta no esté en un sitio demasiado cerrado.

Araña roja (Oligonychus ununguis): la plaga más frecuente en verano seco. Da un aspecto apagado, bronceado y polvoriento al follaje, con telarañas finas si la infestación va avanzada. Se detecta sacudiendo una ramilla sobre un papel blanco. Como remedio preventivo, mojar el follaje con manguera en las tardes de julio y agosto reduce mucho las poblaciones, y ese es el único caso en que interesa mojarle las hojas.

Cómo multiplicarlo

Por semilla es un ejercicio de paciencia: los gálbulos necesitan doble estratificación y pueden tardar dos años en nacer, y además las plántulas no reproducen el cultivar. Por eso se hace por esqueje semileñoso, tomado entre finales de otoño e invierno, de 8-12 cm, con un pequeño talón de madera vieja, deshojando la mitad inferior, con hormonas de enraizamiento y en sustrato muy drenante bajo humedad ambiental alta. Enraíza despacio: de dos a cuatro meses.

El atajo más simple es el acodo. Las ramas que reposan sobre el suelo enraízan solas con frecuencia; basta con hundir un tramo de rama bajo un par de centímetros de tierra, sujetarlo con una piedra y separarlo del pie madre al año siguiente, cuando haya emitido raíces.

En resumen

El enebro rastrero de jardín es Juniperus horizontalis, una conífera perennifolia de porte plano que cubre entre metro y medio y tres metros de suelo sin pasar de los 40 cm de alto, con follaje escamoso azulado que suele virar a morado en invierno. Quiere sol directo, suelo drenado —caliza incluida— y poco riego una vez establecido; lo que lo mata es el agua estancada, no el frío ni la pobreza del terreno. No se puede podar por madera sin hojas porque no rebrota, así que hay que elegir el cultivar por su tamaño adulto y no por el de la maceta. Y antes de comprar, conviene asegurarse de que no se trata de Juniperus sabina, muy parecida y tóxica.


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