Elegir el árbol de Navidad se decide casi siempre en diez minutos, delante de un montón de abetos apoyados contra una valla, sin saber muy bien qué se está comparando. Y sin embargo hay diferencias enormes entre unos y otros: hay especies que aguantan tres semanas en un salón sin soltar una aguja y otras que empiezan a desprenderlas al cuarto día; hay árboles que se pueden plantar después en el jardín y otros que no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir por mucho que se rieguen.

Este artículo explica qué se está comprando en cada caso, cómo reconocer un ejemplar fresco, qué cuidados necesita mientras está en casa y en qué condiciones tiene sentido replantarlo. También aclara un par de creencias muy extendidas que conviene dejar atrás.

Abetos preparados para la venta como árboles de Navidad

Qué especies se venden realmente como abeto de Navidad

Bajo el nombre comercial de "abeto" se venden en España al menos cinco coníferas distintas, y solo algunas pertenecen de verdad al género Abies. Saber cuál se lleva uno a casa condiciona el precio, la duración y la posibilidad de replantarlo.

Abeto de Normandía (Abies nordmanniana). Es hoy el árbol de Navidad más vendido de Europa y, con diferencia, el que mejor se comporta en interior. Sus acículas son planas, de un verde oscuro brillante por el haz y con dos bandas blanquecinas por el envés, romas en la punta —no pinchan— y muy bien sujetas a la rama. Un ejemplar cortado y bien hidratado aguanta tres o cuatro semanas en un salón sin desprender apenas nada. Su porte es cónico y regular, con verticilos bien espaciados que dejan sitio a los adornos. A cambio es el más caro: crece despacio y un árbol de dos metros ha pasado entre ocho y diez años en plantación. Su olor es discreto, mucho menos resinoso de lo que la gente espera.

Abeto rojo o pícea (Picea abies). Botánicamente no es un abeto, sino una pícea, aunque se venda como tal. Es el árbol de Navidad tradicional del centro y norte de Europa, el más barato del mercado y el que tiene ese aroma resinoso intenso que muchos asocian a la Navidad. Se reconoce por sus acículas cortas, de sección cuadrangular, punzantes, insertadas alrededor de toda la rama, y por sus conos colgantes. Su gran defecto es la duración: en una habitación calefactada empieza a soltar acículas a los siete o diez días y al cabo de dos semanas puede haber dejado la alfombra sembrada. Si se compra, conviene hacerlo lo más tarde posible, ya en diciembre avanzado, y mantenerlo lejos de cualquier fuente de calor.

Abeto blanco o abeto común (Abies alba). Es la especie autóctona del Pirineo, donde forma bosques por encima de los 900-1.000 metros. Se comercializa menos porque su porte natural es menos compacto y su ritmo de crecimiento en plantación resulta más lento. Retiene bien las acículas, algo menos que el de Normandía. Al ser especie nativa, es la que mejor pronóstico tiene si se pretende plantarla después en zona de montaña húmeda.

Abeto azul (Picea pungens, variedades glaucas). Otra pícea, esta de color azul plateado muy llamativo y acículas rígidas y punzantes —hay que tener cuidado al decorarlo con niños alrededor—. Aguanta razonablemente bien en interior y tolera mejor el frío y la sequedad que Picea abies. Es una buena opción como planta permanente de jardín en la mitad norte peninsular, sacándola al exterior después de las fiestas.

Abeto de Douglas (Pseudotsuga menziesii). Ni abeto ni pícea: un género propio. Ramas flexibles, acículas blandas y un olor cítrico característico al frotarlas. Retiene bien la hoja, pero sus ramas no soportan adornos pesados.

Merece una mención aparte el pinsapo (Abies pinsapo), endemismo de las sierras de Cádiz y Málaga. Es un árbol protegido y su recolección en el medio natural está prohibida. Existen ejemplares de vivero y como planta ornamental es magnífico, pero no es un árbol de Navidad de uso corriente ni debe buscarse como tal.

Natural o artificial: los números reales

La idea de que comprar un abeto natural contribuye a la deforestación es falsa. Los árboles de Navidad que se venden legalmente en España proceden de plantaciones agrícolas —principalmente de Girona, Lleida, Navarra, el País Vasco y Galicia, además de importación danesa y alemana—, se cultivan en turnos de ocho a doce años igual que cualquier otro cultivo leñoso y se replantan tras la corta. Cortar un abeto de un bosque público es otra cosa muy distinta: es ilegal y está sancionado.

Los análisis de ciclo de vida que comparan ambas opciones suelen coincidir en el orden de magnitud: un árbol artificial de PVC, fabricado normalmente en Asia, necesita reutilizarse del orden de una década o más para igualar la huella de carbono de comprar cada año un árbol natural de producción local que después se recicle. Si se cambia de árbol artificial cada tres o cuatro años, la opción natural sale mejor parada. Si se conserva el mismo árbol de plástico veinte años, la artificial gana.

Dicho de otro modo: no hay una respuesta única. Lo que sí es coherente en ambos casos es la duración. Un árbol artificial tiene sentido si se piensa usar mucho tiempo; un árbol natural tiene sentido si se compra de proximidad y se lleva después al punto de recogida municipal, donde se tritura para compost o astilla. Lo que no tiene defensa es el árbol artificial que se sustituye cada dos temporadas por cambio de estilo.

Cortado, con cepellón o cultivado en maceta

Esta es la distinción que más confusión genera y la que más determina el destino del árbol en enero.

Cortado. Se ha talado en plantación y se vende sin raíces. Es la opción más honesta: nadie espera que sobreviva y su destino es el reciclaje. Bien hidratado, un Normandía cortado dura toda la Navidad en perfecto estado.

Con cepellón. Aquí está la trampa. La mayoría de estos árboles se han arrancado del campo con una máquina que corta el sistema radicular a unos treinta o cuarenta centímetros del tronco, y se ha metido lo que quedaba en un saco de arpillera o en una maceta. Ese árbol ha perdido entre el 70 y el 90 % de sus raíces absorbentes. Aunque siga verde en enero —una conífera tarda meses en manifestar que está muerta—, sus probabilidades de arraigar son bajas. Es el motivo por el que tanta gente cuenta que plantó su abeto, que "aguantó bien" hasta la primavera y que se secó de golpe en junio.

Cultivado en maceta. El árbol ha crecido en contenedor desde pequeño y conserva íntegro su sistema radicular. Cuesta más y suele ser de menor tamaño, porque cultivar en maceta un abeto de dos metros es caro. Es la única modalidad con posibilidades reales de sobrevivir a un trasplante. Se distingue del anterior porque el cepellón está bien trabado por las raíces —al levantar el árbol por el tronco, el sustrato no se desmorona— y porque suele haber raíces asomando por los agujeros de drenaje.

Si el vendedor no sabe decir cuál de las dos cosas es, hay una prueba razonable: mover el tronco lateralmente. En un árbol cultivado en maceta, el tronco y el cepellón se mueven como una sola pieza. En uno arrancado del campo, el tronco gira dentro del sustrato suelto.

Cómo reconocer un ejemplar fresco en el punto de venta

Los árboles cortados llevan a veces varias semanas de camión y almacén encima. Cuatro comprobaciones bastan para descartar los malos:

La prueba de las acículas. Coger una rama por la base y deslizar la mano hacia la punta con una presión moderada. En un árbol fresco no debe quedar prácticamente nada en la mano. Unas pocas acículas del interior, secas y amarillentas, son normales; un puñado de acículas verdes no lo es.

El peso. Un abeto recién cortado está lleno de agua y pesa notablemente. Uno deshidratado se nota ligero al levantarlo, y ese árbol ya no se recupera por mucho que se meta en agua.

La flexibilidad. Las ramitas finas del extremo deben doblarse sin partirse. Si crujen y se rompen en seco, el árbol lleva demasiado tiempo cortado.

El corte de la base. Debe verse claro y resinoso, no oscurecido ni cubierto de una costra seca. Si el corte está sellado, habrá que refrescarlo en casa.

Conviene además mirar la estructura: un tronco recto, una única guía terminal —los árboles con dos guías quedan bifurcados y feos—, y verticilos de ramas espaciados. Un árbol demasiado tupido no deja colgar nada hacia el interior.

Un consejo práctico sobre el tamaño: hay que medir el techo antes de salir de casa y restar entre 30 y 40 centímetros para el pie y el remate de la punta. Un abeto que en la calle parece mediano crece de golpe cuando se mete en un salón.

El árbol nevado o flocado

La nieve artificial es un polímero acrílico o de almidón que se pulveriza sobre el follaje. Tiene tres consecuencias que casi nadie menciona en el momento de la compra: tapona los estomas y el árbol se deshidrata antes; hace imposible replantarlo, porque las acículas dejan de funcionar; y complica el reciclaje, ya que muchas plantas de compostaje no admiten material tratado. Si se quiere efecto nevado, es preferible resolverlo con decoración retirable.

Cuidados durante las fiestas

Un abeto es un árbol de montaña húmeda y fría. Un salón español en diciembre, con calefacción a 22 grados y humedad relativa por debajo del 35 %, es prácticamente lo contrario. Todo lo que se haga para acercar las condiciones al original alarga la vida del árbol.

Para un árbol cortado. Al llegar a casa, serrar entre dos y tres centímetros de la base del tronco, con corte recto y perpendicular. La resina sella el corte original en pocas horas y bloquea la absorción de agua. Después, colocarlo en un soporte con depósito de agua y no dejar nunca que el nivel baje por debajo del corte: si el tronco vuelve a quedar en seco, se sella otra vez y ya no hay forma de rehidratarlo sin volver a cortar. El consumo sorprende: un árbol de dos metros puede beber entre uno y dos litros diarios los primeros días. Conviene revisar el depósito todas las mañanas.

No hay que añadir nada al agua. Azúcar, aspirina, lejía, glicerina y conservantes caseros no han demostrado ninguna ventaja sobre el agua sola, y algunos favorecen la proliferación bacteriana que obtura los vasos conductores. Tampoco sirve de nada pelar la corteza de la base: el agua sube por la albura, justo debajo de ella.

Para un árbol en maceta. Regar cuando los dos primeros centímetros del sustrato estén secos, sin encharcar y retirando el agua del plato. El error más común es el contrario del que se teme: se riega tanto "porque el ambiente está seco" que las raíces se asfixian. Es útil pulverizar agua sobre el follaje por la mañana y, sobre todo, limitar la estancia en interior a un máximo de diez o doce días. Cuanto más tiempo pase el árbol a 20 grados, más se activa vegetativamente y peor encaja después el frío de la calle.

Ubicación. Lejos de radiadores, chimeneas, estufas y de la salida del aire acondicionado. Un abeto a un metro de un radiador puede perder la mitad de las acículas en una semana. Mejor una zona fresca de la casa y, si es posible, con luz natural. En cuanto a las luces, las guirnaldas de LED apenas calientan y son claramente preferibles a las bombillas incandescentes antiguas, que además de resecar el follaje suponen un riesgo real de incendio en un árbol deshidratado.

Detalle de las ramas y acículas de un abeto

Replantarlo después: cuándo tiene sentido y cuándo no

Esta es la parte donde conviene ser franco. Los abetos son especies de clima frío y húmedo, de suelos ácidos o neutros, sin sequía estival marcada. Su distribución natural en España se limita al Pirineo y, en el caso del pinsapo, a unos pocos enclaves de montaña andaluza con niebla frecuente.

Eso significa que un abeto plantado en Madrid, Sevilla, Murcia, Valencia o Zaragoza no tiene futuro. No es una cuestión de riego: el problema es la combinación de calor estival, aire seco y suelos calizos. Puede aguantar dos o tres veranos y acabará muriendo, normalmente de golpe tras una ola de calor. En la cornisa cantábrica, el Pirineo, el Sistema Central por encima de 900-1.000 metros, el norte de Cataluña o la montaña leonesa, en cambio, un abeto bien plantado puede prosperar sin problemas.

Si las condiciones acompañan y el árbol es de cultivo en contenedor, el procedimiento es este:

Aclimatación. No se pasa de un salón a 20 grados al jardín a 2 grados en una tarde. Hay que dejar el árbol una o dos semanas en un espacio intermedio —garaje luminoso, porche cubierto, galería sin calefacción— para que el cambio térmico sea gradual.

Momento. Finales de enero o febrero, con el árbol todavía en reposo y antes de que arranque la brotación de primavera. Plantar en pleno mayo lo condena al primer verano.

Hoyo y sustrato. Un hoyo de al menos el doble del ancho del cepellón y de profundidad similar a la del cepellón, nunca más honda: el cuello debe quedar al mismo nivel que estaba en la maceta. Enterrarlo de más es una causa habitual de muerte por asfixia radicular. Mejorar la tierra extraída con materia orgánica bien descompuesta, y si el suelo es calizo, olvidarlo directamente.

Después. Alcorque, acolchado de corteza de pino o astilla de unos 8 centímetros de espesor sin tocar el tronco, y riegos regulares durante los dos primeros veranos completos. Un árbol recién plantado no ha explorado todavía el suelo circundante y depende del riego mucho más de lo que sugiere su tamaño.

Si el árbol es de cepellón arrancado del campo, se puede intentar igualmente —no se pierde nada—, pero conviene no hacerse ilusiones ni convertirlo en una tradición familiar que se repite cada año con un árbol nuevo.

Alternativas si no hay sitio ni clima

Para pisos, terrazas pequeñas o climas mediterráneos hay opciones más sensatas que comprar y matar un abeto al año:

La Picea glauca 'Conica' es una pícea enana de crecimiento muy lento y porte cónico natural perfecto, que vive años en maceta grande en la terraza y entra en casa unos días en diciembre. Necesita exposición fresca y sufre en veranos muy tórridos del interior, pero en zonas litorales del norte y en climas templados funciona bien.

La araucaria de Norfolk (Araucaria heterophylla) es una conífera de interior de verdad, con verticilos horizontales muy decorativos. No tolera el frío, así que vive todo el año dentro de casa junto a una ventana luminosa y solo se decora en diciembre.

Para exterior en clima mediterráneo, el ciprés (Cupressus sempervirens) en maceta grande o un romero (Salvia rosmarinus) conducido en cono son alternativas que sí sobreviven al verano peninsular y se pueden decorar sin complicaciones.

Qué hacer con él en enero

Casi todos los ayuntamientos habilitan puntos de recogida de árboles de Navidad durante la primera quincena de enero, y muchos disponen además de programas de recuperación para los ejemplares con raíz. El árbol cortado se tritura y se convierte en compost o acolchado; el árbol con cepellón, cuando el servicio lo contempla, se lleva a un vivero municipal. Dejarlo junto al contenedor de la basura orgánica lo manda al mismo sitio que el resto de residuos, que es exactamente lo que no interesa. Merece la pena consultar el punto limpio del municipio antes de las fiestas y no después.

En resumen

Si lo que se busca es un árbol bonito que aguante toda la Navidad sin ensuciar, la respuesta es Abies nordmanniana cortado, comprado fresco y mantenido en agua lejos del radiador. Si lo que se busca es un árbol para conservar, hay que exigir que esté cultivado en maceta —no arrancado del campo— y ser realista sobre el clima: en la mitad sur y en el interior seco un abeto no sobrevive, por bien que se cuide. El Picea abies es la opción económica y aromática, a cambio de perder acículas pronto. Y en el debate entre natural y artificial, lo que decide no es el material sino la duración: un árbol de plástico solo compensa si se usa más de una década, y un árbol natural solo compensa si es de proximidad y termina en el punto de recogida.


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