La nandina es uno de esos arbustos que se compran por la foto de invierno: hojas encendidas en rojo y racimos de bolitas escarlata sobre la escarcha. Luego se planta en casa y, con frecuencia, se queda verde todo el año, no fructifica y acaba con las hojas amarillentas. No es que la planta sea caprichosa: casi siempre falla la ubicación, el agua de riego o la forma de podarla. Vamos por partes.
Qué es realmente la nandina
Su nombre botánico es Nandina domestica y pertenece a la familia de las berberidáceas, la misma que el agracejo (Berberis) y la mahonia. Es originaria del este de Asia: China, Japón y la vertiente himalaya de la India.
Se la conoce popularmente como bambú sagrado o bambú celestial, y ese apodo es la primera fuente de confusión. No tiene absolutamente nada que ver con los bambúes. No es una gramínea, no emite rizomas rastreros y no se va a extender por el jardín. El apodo viene solo del aspecto: tallos finos, erguidos, sin ramificar y con anillos marcados donde se insertaron las hojas, que recuerdan a las cañas de bambú. Saber esto importa porque cambia por completo cómo se poda: quien la trata como un bambú, la trata mal.
Es un arbusto de porte erguido y estrecho que en España suele quedarse entre 1,5 y 2 metros de alto por menos de un metro de ancho, aunque ejemplares viejos y bien situados pasan de los dos metros. Las hojas son grandes, compuestas, divididas dos o tres veces en foliolos lanceolados; esa estructura ligera y aireada es lo que le da su aspecto casi oriental. Florece a finales de primavera y principios de verano, entre mayo y junio, en panículas terminales de florecillas blancas con anteras amarillas, poco vistosas de cerca pero abundantes. En otoño llegan los frutos: bayas redondas de un rojo intenso que aguantan en la planta buena parte del invierno.
Dónde plantarla: el sol decide el color
Este es el punto donde se juega el resultado. La nandina se vende como planta de semisombra y, efectivamente, tolera la sombra parcial sin problemas: sigue viva, sigue creciendo y mantiene la hoja. Pero en sombra se queda verde. Los tonos rojos, bronce y púrpura por los que se compra la planta son pigmentos que se fabrican con luz directa y frío. Sin sol de invierno no hay color.
La regla práctica para el clima peninsular:
Norte y zonas de interior con inviernos fríos: pleno sol. Cuanto más sol reciba, más intenso será el rojo entre noviembre y marzo, y más flor y fruto dará.
Levante, sur y valle del Guadalquivir: sol de mañana y protección en las horas centrales de julio y agosto. El sol directo de mediodía con 40 grados y aire seco quema los foliolos jóvenes, que se secan por los bordes. Bajo un árbol de copa ligera o en orientación este está perfecta.
En cuanto al frío es un arbusto notablemente resistente: aguanta sin daños heladas de -10 °C y sobrevive a puntas de -15 °C, aunque en esos casos puede perder buena parte de la hoja y rebrotar en primavera. Es semiperenne: en climas suaves conserva todas las hojas y en zonas frías se defolia parcialmente. Que se quede medio pelada tras una ola de frío no significa que esté muerta; hay que esperar al rebrote de abril antes de arrancar nada.
Suelo y riego: la clorosis es el problema número uno
La nandina prefiere suelos sueltos, con materia orgánica y de reacción ligeramente ácida a neutra, en torno a pH 5,5-7. Tolera bastante bien terrenos pobres, pero no tolera dos cosas: el encharcamiento y la caliza activa.
Y aquí está el fallo más repetido en media España. En suelos calizos, y sobre todo regando con agua dura del grifo, la planta no consigue absorber el hierro aunque el suelo lo contenga. El síntoma es inconfundible: las hojas nuevas amarillean pero los nervios se mantienen verdes, dibujando una retícula. Es clorosis férrica, no falta de abono ni exceso de sol.
Se corrige así:
Quelato de hierro EDDHA disuelto en el agua de riego, en primavera y repitiendo a principios de verano si hace falta. Es el único quelato que sigue siendo eficaz por encima de pH 7; el sulfato ferroso y los quelatos EDTA se bloquean en suelo calizo y son dinero tirado.
Acolchado de corteza de pino de tres o cuatro centímetros al pie. Acidifica lentamente, conserva humedad y mantiene fresca la raíz superficial, que en esta planta es somera.
Agua de lluvia siempre que sea posible, especialmente en maceta, donde las sales del agua dura se acumulan sin lavado.
El riego debe ser regular pero moderado. En plena tierra, una vez establecida a partir del segundo año, resiste periodos secos razonables, pero la sequía prolongada le hace perder hoja y le arruina la fructificación. En verano, en el interior peninsular, un riego abundante cada tres o cuatro días es una pauta razonable; en maceta, cada dos días o incluso a diario en agosto. Siempre comprobando antes que los primeros centímetros de sustrato están secos: el exceso de agua constante pudre las raíces y produce un amarilleo generalizado, distinto del reticulado de la clorosis.
Poda: cañas enteras, nunca tijeretazo horizontal
Aquí es donde el apodo de bambú sí resulta útil. La nandina crece emitiendo cañas desde la base que no ramifican: cada tallo sube recto y saca las hojas en la parte alta. Con los años, las cañas viejas se desnudan por abajo y la planta queda con el aspecto de un manojo de palos con un penacho arriba.
El error clásico es cortar todas las cañas a la misma altura con el cortasetos para igualarla. Como el tallo no ramifica bien, lo que se consigue es un arbusto de palos truncados, feo y sin flor durante uno o dos años.
La poda correcta es de renovación, a finales de invierno (febrero o principios de marzo), antes del rebrote:
Se eligen las cañas más viejas y desnudas, un tercio del total como máximo, y se cortan a ras de suelo. La planta responde emitiendo cañas nuevas desde la base, con hoja hasta abajo.
Del resto, si se quiere escalonar la mata, se pueden cortar algunas cañas a distintas alturas, unas a media altura y otras un poco más arriba. Nunca todas a la misma. El objetivo es un volumen escalonado, no un plano.
Repitiendo esta operación cada año, la planta se renueva sola y nunca llega a envejecer. Los cultivares enanos como 'Fire Power', 'Nana' o 'Gulf Stream' apenas necesitan poda: basta con retirar hojas secas y algún tallo estropeado.
Abonado y multiplicación
Es una planta poco exigente. Con un aporte de compost o estiércol bien hecho al pie a finales de invierno, más un abono de liberación lenta para plantas ácidas en primavera, va sobrada. En maceta conviene ser algo más constante: abono líquido para acidófilas cada quince o veinte días entre abril y septiembre, a la dosis del envase o algo por debajo. El exceso de nitrógeno produce cañas largas, blandas y verdes, sin color otoñal y sin fruto.
Para multiplicarla, lo más sencillo con diferencia es la división de mata en otoño o a finales de invierno: se descalza un lateral y se separa un grupo de cañas con sus raíces. También arraiga por esqueje semileñoso en verano, con hormonas de enraizamiento y calor de fondo, aunque tarda. La semilla germina, pero es lenta y caprichosa, y los cultivares no se reproducen fieles.
Fruto, pájaros y toxicidad
Para que haya bayas hace falta que haya habido flor, y para que haya flor hace falta sol y no haber cortado las cañas a destiempo. Además, los cultivares enanos de hoja roja como 'Fire Power' prácticamente no florecen ni fructifican: se seleccionaron por el color del follaje, no por el fruto. Si lo que se busca son los racimos rojos de invierno, hay que plantar la especie tipo o cultivares de porte alto. Plantar dos ejemplares juntos mejora bastante el cuajado.
Un aviso importante y poco conocido: las bayas son tóxicas. Contienen glucósidos cianogénicos, compuestos capaces de liberar cianuro durante la digestión. No es motivo para desterrarla del jardín, pero conviene tenerlo presente si hay niños pequeños o perros que muerdan todo lo que ven, y no plantarla justo al lado de la zona de juegos. Los pájaros comen los frutos en invierno y dispersan las semillas, así que no es raro encontrar plántulas espontáneas bajo setos y arbustos cercanos; conviene arrancarlas cuando aparecen, porque en zonas de clima suave la nandina se naturaliza con facilidad.
Problemas habituales
Es un arbusto sano y con pocos enemigos. Lo que suele verse:
Hojas amarillas con nervios verdes: clorosis férrica por suelo o agua caliza. Quelato EDDHA.
Hojas verdes todo el invierno: falta de sol. No es enfermedad, es ubicación.
Puntas y bordes de foliolos secos y quebradizos: golpe de calor y viento seco, o agua con exceso de sales. Sombrear en las horas centrales del verano y lavar el sustrato en maceta con un riego abundante que drene por abajo.
Caída masiva de hoja en enero: normalmente frío. Esperar al rebrote antes de intervenir.
Cochinilla algodonosa en las axilas de las hojas, sobre todo en ejemplares muy resguardados y con poca ventilación. Se trata con jabón potásico o aceite de parafina, insistiendo un par de veces separadas diez días.
En resumen
La nandina es un arbusto agradecido siempre que se entiendan tres cosas. La primera, que el color rojo lo producen el sol y el frío: en sombra tendrás una planta verde y correcta, pero no la de la foto. La segunda, que en suelo o agua calizos amarillea sin remedio si no se aporta hierro en forma de quelato EDDHA y se acidifica el entorno de la raíz con acolchado de corteza de pino. Y la tercera, que se poda cortando cañas viejas enteras a ras de suelo, un tercio cada invierno, nunca recortando todos los tallos a la misma altura.
Con eso, y un riego regular sin encharcar, tendrás un arbusto de silueta ligera, follaje fino que cambia de color con las estaciones y racimos rojos que aguantan todo el invierno. Recuerda solo que las bayas son tóxicas y sitúala en consecuencia.