El árbol del paraíso, Melia azedarach, es uno de esos árboles que casi todo el mundo ha visto sin saber su nombre. Está plantado en avenidas, aparcamientos y patios de colegio de media España, aguanta lo que le echen y en primavera se cubre de racimos lilas con un aroma dulce que recuerda vagamente a la lila. También se le llama cinamomo, melia, agriaz o rosariera, este último por sus frutos redondos y duros, con los que tradicionalmente se ensartaban rosarios.
Qué árbol estás plantando
Conviene aclarar el nombre antes de nada, porque «árbol del paraíso» se usa también para el Elaeagnus angustifolia, un arbolito espinoso de hoja plateada que no tiene nada que ver. Aquí hablamos de la meliácea, originaria del sudeste asiático y naturalizada en el Mediterráneo desde hace siglos.
Es un árbol de porte medio, entre 8 y 12 metros, de copa amplia y redondeada, tronco corto y ramificación abierta. Su hoja es caduca, grande, dos o tres veces compuesta, con foliolos dentados que dan una sombra ligera y muy agradable. Florece entre abril y mayo en panículas de flores lilas con el centro violeta oscuro, y después cuaja unos frutos globosos de un centímetro, amarillentos, que permanecen en el árbol todo el invierno cuando ya no queda ni una hoja.
Aviso importante: esos frutos son tóxicos. Contienen meliatoxinas y su ingestión resulta peligrosa para niños, perros y cerdos. No es motivo para no plantarlo, pero sí para pensárselo dos veces en un jardín con niños pequeños o en un patio donde el perro roa cualquier cosa que caiga al suelo.
Dónde plantarlo
A pleno sol, sin discusión. A media sombra crece desgarbado, se estira buscando luz y florece poco. Es un árbol de gran adaptabilidad urbana: tolera la contaminación, la reverberación del asfalto y los suelos compactados mejor que la mayoría de ornamentales.
Deja espacio. Doce metros de copa madura junto a una fachada son un problema recurrente de podas y de canalones atascados. Calcula un mínimo de cinco o seis metros de separación a muros y linderos. Sus raíces no son especialmente agresivas comparadas con las de un chopo o una morera, pero tampoco conviene plantarlo sobre una arqueta.
Un detalle que se suele olvidar: los frutos caen en gran cantidad y manchan. Sobre un paso de coches o una terraza de piedra clara, la limpieza invernal es constante.
Suelo, riego y abonado
El árbol del paraíso no es exigente con el suelo. Vive bien en tierras calizas, pobres, arenosas o arcillosas siempre que no se encharquen. Ese es prácticamente su único límite: el agua estancada le pudre las raíces.
En cuanto al riego, es notablemente resistente a la sequía una vez arraigado. Los dos primeros años sí necesita apoyo: riegos abundantes y espaciados, dos veces por semana en verano y una en primavera y otoño, siempre mojando bien todo el volumen de raíces en lugar de dar riegos cortos y frecuentes. A partir del tercer año, en el interior peninsular suele bastar con un par de riegos profundos en pleno agosto, y en zonas costeras con lluvias regulares puede prescindir de riego por completo.
El abonado es opcional. Un aporte de compost o estiércol maduro al final del invierno, extendido en la proyección de la copa, cubre sus necesidades de sobra. Los abonos nitrogenados fuertes le provocan brotes largos y blandos que el viento parte con facilidad, así que mejor moderar la mano.
Poda
Se poda en reposo vegetativo, entre diciembre y febrero, cuando ha perdido la hoja. Y se poda poco: retirar ramas secas, cruzadas o mal orientadas, y formar la copa en los primeros años para levantar la cruz a la altura que te interese.
Es habitual verlo desmochado en podas municipales, con todas las ramas cortadas a la misma altura. Rebrota con vigor y sobrevive, pero cada desmoche crea madera débil y puertas de entrada a hongos de pudrición. En un jardín particular no tiene ningún sentido: si el árbol se te va a hacer demasiado grande, el error se cometió al elegir el sitio.
Multiplicación
La vía natural es la semilla, y germina con facilidad. Recoge los frutos maduros en invierno, retira la pulpa, y siembra el hueso en primavera en una mezcla de tierra y arena, cubierto con un centímetro de sustrato. Es útil dejar la semilla en remojo 24 horas antes. Germina en unas semanas con temperaturas templadas.
De hecho germina demasiado bien: en zonas cálidas y en algunos países se comporta como especie invasora, con plántulas espontáneas por todo el jardín y por los alrededores. Merece la pena arrancar los brotes jóvenes en cuanto aparecen.
Plagas, enfermedades y resistencia al frío
Es un árbol sano. Le pueden salir cochinillas en ramas jóvenes y algún ataque puntual de pulgón en primavera, ambos tratables con jabón potásico o aceite de parafina, o simplemente tolerables. Lo que sí le hace daño de verdad son los hongos de raíz en suelos encharcados y, en ejemplares viejos y mal podados, las pudriciones de tronco.
Curiosamente, el propio árbol tiene propiedades insecticidas: sus hojas y frutos contienen compuestos emparentados con los del nim (Azadirachta indica), de la misma familia, y tradicionalmente se han usado macerados de hoja como repelente en huertos y graneros.
En cuanto a rusticidad, resiste heladas de hasta unos –12 °C ya establecido, lo que lo hace viable en casi toda la Península salvo zonas de montaña con inviernos muy severos. Los ejemplares jóvenes son bastante más sensibles y agradecen protección los dos primeros inviernos en zonas frías.
En resumen
La Melia azedarach es un árbol de sombra rápido, agradecido y muy resistente a la sequía y al calor, ideal para climas continentales y mediterráneos. Pide sol directo, un suelo que drene y espacio para crecer, y a cambio pide muy poco cuidado: riego los dos primeros años, una poda ligera en invierno y poco más. Tenlo presente en dos aspectos: sus frutos son tóxicos y ensucian, y se resiembra sola con facilidad.