Decir "arce" no dice gran cosa. El género Acer reúne más de un centenar de especies, y entre el arce japonés de vivero que cabe en una maceta y el Acer pseudoplatanus de treinta metros que crece solo en un hayedo hay tanta distancia como entre un limonero y una encina. Casi todos los fracasos que se ven con arces en España vienen de aplicar a uno los cuidados del otro: se compra un Acer palmatum pensando que es un árbol de jardín cualquiera, se planta a pleno sol en tierra caliza y se riega con agua del grifo. En dos veranos está seco.

Así que lo primero es saber qué arce se tiene entre manos, porque de ahí se deduce casi todo lo demás.

Qué arces funcionan en España y cuáles no

Conviene separarlos en tres grupos según su tolerancia al clima peninsular.

Los arces mediterráneos e ibéricos son los fáciles. El arce de Montpellier (Acer monspessulanum) es autóctono de buena parte de la península, aguanta suelos calizos, secos y pedregosos, y una vez arraigado sobrevive a veranos duros con riego mínimo o ninguno. El arce menor o arce campestre (Acer campestre) es igual de agradecido, tolera la caliza sin inmutarse, admite poda severa —se usa mucho en setos altos y en alineaciones— y da un amarillo dorado muy limpio en otoño. El arce de Italia (Acer opalus) es una tercera opción muy poco usada y que merece más presencia. Si vives en la mitad sur, en el interior seco o en cualquier sitio con agua dura, estos son tus arces.

Acer campestre con la hoja amarilla en otoño

Los arces de clima fresco y húmedo son el Acer pseudoplatanus (falso plátano), el Acer platanoides (arce real) y el Acer saccharum, el arce del azúcar norteamericano. Los dos primeros van bien en la cornisa cantábrica, el Pirineo, el Sistema Central en cota alta y jardines con suelo profundo y fresco. El Acer saccharum, el de la hoja de la bandera canadiense, es directamente difícil fuera del norte húmedo: necesita veranos suaves y suelo que no se seque, y en Madrid o Valencia pasa el verano sufriendo.

Los arces japoneses (Acer palmatum, Acer japonicum, Acer shirasawanum) son los más vendidos y los más delicados. No son plantas de sol pleno mediterráneo ni de suelo calizo. Se pueden tener perfectamente en casi toda España, pero en maceta y con condiciones hechas a medida, que es de lo que trata la mitad de este artículo.

Mención aparte para el Acer negundo, el negundo, que se vende barato y crece rapidísimo. Aguanta de todo, pero tiene madera frágil que se desgaja con el viento, raíces invasoras y en algunas zonas se comporta como invasora. Si buscas sombra rápida hay opciones mejores.

El suelo: aquí se gana o se pierde la partida

La clorosis férrica es el problema número uno de los arces en España, y en particular de los japoneses. El síntoma es inconfundible: la hoja amarillea entre los nervios mientras estos se mantienen verdes, empezando por los brotes nuevos. No es falta de hierro en el suelo —la caliza española tiene hierro de sobra—, es que con pH alto el hierro queda bloqueado en formas que la raíz no puede absorber.

Los arces japoneses quieren pH entre 5,5 y 6,5, suelo suelto, rico en materia orgánica y con drenaje excelente. Si tu tierra es caliza, no intentes acidificarla a base de aportes: en pleno terreno la corrección dura una temporada y vuelve al punto de partida. Es más honesto plantarlos en maceta o en un arriate elevado con sustrato propio.

Una mezcla que funciona bien para maceta: dos partes de sustrato para plantas acidófilas o turba rubia, una parte de mantillo o compost bien hecho y una parte de material drenante grueso —akadama, kiryu, arena silícea de granulometría gruesa o picón—. Lo que no debe llevar es arena de playa ni tierra de jardín compactada. El arce japonés tiene raíces finas y superficiales que se asfixian con facilidad; el encharcamiento le mata más ejemplares que la sequía.

Los arces mediterráneos, en cambio, se plantan en el suelo que haya. El Acer monspessulanum y el Acer campestre viven sobre caliza en la naturaleza y no piden nada especial más allá de un hoyo de plantación generoso.

El agua de riego, el detalle que casi nadie mira

Puedes acertar con el sustrato y arruinarlo en seis meses regando con agua del grifo. En gran parte de España el agua de red lleva bicarbonatos y sale con pH por encima de 7,5; cada riego deja carbonatos en el sustrato y el pH sube hasta que aparece la clorosis, por muy ácido que fuera el sustrato de partida.

La solución sensata es recoger agua de lluvia para los arces japoneses y las demás acidófilas del jardín. Un bidón conectado a una bajante da para todo el verano en un patio con tres o cuatro macetas. Si no es posible, se puede corregir el agua bajando su pH a 6-6,5, y como apoyo puntual aplicar quelato de hierro —busca uno estabilizado como EDDHA, que es el único que aguanta pH alto; el EDTA se degrada y no sirve de gran cosa en suelo calizo—. Ojo: el quelato es un parche que devuelve el verde a la hoja, no arregla la causa. Si cada primavera hay que echarlo, el problema está en el agua o en el sustrato.

En cuanto a la frecuencia: riego regular sin encharcar. Los arces no tienen mecanismos de resistencia a la sequía como un olivo o una adelfa; en cuanto pasan sed, la hoja se seca por los bordes y ese daño no se recupera esa temporada. Comprueba el sustrato con el dedo o con el peso de la maceta antes de regar, y en julio y agosto asume que una maceta mediana al aire libre puede pedir agua a diario. Un buen acolchado de corteza de pino de cuatro o cinco centímetros ahorra riegos, mantiene la raíz fresca y, en el caso de los japoneses, acidifica ligeramente al descomponerse.

La luz: ni pleno sol ni sombra profunda

Aquí hay una creencia extendida que conviene matizar. Se repite que el arce japonés es planta de sombra, y no es exacto: en su ambiente natural crece en el sotobosque, con luz abundante pero filtrada. En la mitad norte húmeda tolera el sol de mañana perfectamente y las variedades rojas incluso necesitan luz para mantener el color; en sombra profunda las variedades purpúreas viran a un verde bronceado apagado.

La regla práctica para España es sol de mañana y sombra a partir del mediodía. Lo que quema es el sol de la tarde de julio combinado con aire seco. Las variedades de hoja muy dividida (los dissectum, tipo 'Seiryu' o 'Crimson Queen') y las de hoja fina son las más sensibles: se les secan las puntas de los lóbulos con una sola tarde de poniente. Las de hoja ancha, como 'Osakazuki' o 'Bloodgood', aguantan bastante más.

El otro enemigo es el viento seco. Un arce japonés en una terraza expuesta se quema aunque esté a la sombra, simplemente porque la hoja transpira más agua de la que la raíz repone. Colocarlo contra un muro, entre otras plantas o en un rincón resguardado cambia el resultado por completo.

Arce japonés Acer palmatum con la hoja roja

Abonado sin pasarse

Los arces son poco exigentes y el exceso de abono les hace más daño que la carencia. Un arce sobrealimentado con nitrógeno produce brotes largos, blandos y acuosos que se queman al primer golpe de calor, atraen pulgón y no endurecen a tiempo para el frío.

Para los japoneses en maceta basta un abono para plantas acidófilas de liberación lenta aplicado una vez a la salida del invierno, y si acaso un refuerzo ligero a comienzos de verano. El abonado se corta a partir de finales de agosto: alimentar en otoño retrasa el agostamiento de la madera y hace al árbol vulnerable a las primeras heladas. Los arces de jardín en pleno suelo se apañan con un aporte anual de compost o estiércol maduro extendido bajo la copa en otoño o al final del invierno.

Poda: menos de lo que crees y no cuando crees

Los arces tienen una particularidad que sorprende a quien viene de podar frutales: sangran muchísimo si se cortan a finales de invierno o comienzos de primavera, cuando la savia empieza a moverse. Ese llanto debilita al árbol y deja heridas que tardan en cerrar. Es exactamente lo contrario de lo que la mayoría hace, porque "en invierno se poda todo".

El momento correcto para los arces es el final del verano o el comienzo del otoño, cuando el crecimiento se ha parado pero el árbol aún está activo y cicatriza bien. Si has de intervenir en invierno, hazlo en pleno reposo profundo y con cortes pequeños.

Sobre el volumen de poda: los arces japoneses forman su silueta solos y quedan mejor cuanto menos se les toca. Limítate a retirar madera seca, ramas cruzadas que se rozan y brotes que rompen la estructura, y aclara un poco el interior para que entre luz y aire. Nada de recortes de seto ni de despuntar todas las guías: destruyes el porte en capas que es justo lo que hace bonito a un Acer palmatum. Los arces campestres, en cambio, admiten poda dura sin problema y rebrotan con fuerza, por eso funcionan tan bien en setos y en trasmochos.

Cultivo en maceta y trasplante

La maceta es la forma más razonable de tener arces japoneses en gran parte de España, porque te da control sobre sustrato, agua y ubicación. Elige recipiente ancho más que profundo —la raíz es superficial— y con buenos agujeros de drenaje. No uses plato bajo la maceta en verano: retiene agua estancada y pudre las raíces finas.

El trasplante se hace a finales de invierno, con el árbol sin hoja y antes de que hinchen las yemas, o alternativamente en otoño una vez caída la hoja. Cada dos o tres años en ejemplares jóvenes, cada cuatro o cinco cuando el árbol está formado. Aprovecha para recortar el cepellón por los lados y por debajo, retirar el sustrato viejo y compactado y renovarlo. Un arce en maceta que lleva ocho años sin trasplantar tiene el sustrato mineralizado, drena mal y se queda clorótico haga lo que haga con el abono.

En invierno, la maceta es también el punto débil: la raíz en un contenedor está mucho menos protegida del frío que en el suelo. Los Acer palmatum aguantan bien heladas de varios grados bajo cero en tierra, pero en maceta expuesta y con temperaturas muy bajas conviene arrimar el recipiente a un muro, agruparlo con otros o forrarlo. El riesgo real no es tanto el frío como la helada tardía de marzo o abril sobre los brotes ya abiertos: quema el crecimiento nuevo y obliga al árbol a rebrotar desde yemas secundarias.

Problemas frecuentes y cómo leerlos

Bordes de hoja secos y crujientes, color marrón. Es quemadura por sol, viento seco o falta de agua, no un hongo. Suele aparecer de julio en adelante. Cambia la ubicación y revisa la frecuencia de riego; no sirve de nada tratar con fungicida.

Hoja amarilla con nervios verdes. Clorosis férrica, ya comentada: pH alto por agua o sustrato.

Una rama entera se marchita de golpe en verano y no se recupera. Sospecha de verticilosis (Verticillium dahliae), un hongo de suelo que taponan los vasos conductores y que ataca con especial saña a los arces. Al cortar la rama afectada se ven anillos o estrías oscuras en la madera. No tiene tratamiento curativo: hay que podar por debajo de la zona afectada desinfectando la herramienta entre corte y corte, evitar el exceso de riego y de nitrógeno, y no replantar otro arce en ese mismo hoyo. Muchos árboles conviven años con la infección si se mantienen sin estrés.

Brotes tiernos pegajosos con hormigas subiendo por el tronco. Pulgón, muy habitual en primavera. Con jabón potásico y un par de aplicaciones se controla; las hormigas van detrás del melaza, no son la causa.

Bultos como escamas marrones en ramas jóvenes. Cochinilla. Se trata con aceite de parafina fuera de las horas de calor, o a mano con un algodón si el ejemplar es pequeño.

Manchas negras redondeadas con halo amarillo sobre la hoja. Suele ser antracnosis o mancha foliar, favorecida por primaveras húmedas y follaje denso. Casi siempre es estético: retira la hojarasca caída, aclara la copa y no riegues mojando la hoja.

Cómo conseguir un buen color de otoño

El color otoñal espectacular de los arces depende de tres factores que el jardinero controla solo en parte: noches frescas con días soleados, un final de verano sin sequía extrema y suficiente luz. Un arce que ha pasado sed en agosto tira la hoja seca en septiembre sin dar color. Uno sobreabonado con nitrógeno mantiene la hoja verde demasiado tiempo y luego se le hiela. Y uno en sombra profunda apenas vira.

Por eso, en interior peninsular, el consejo práctico es mantener el riego regular hasta bien entrado septiembre, cortar el abono en agosto y darle luz sin sol abrasador. En zonas donde las noches de octubre no bajan de doce o trece grados, hay que aceptar que el color será más discreto que en una foto de Kioto o de Nueva Inglaterra: no es culpa del cuidado, es el clima.

Hojas de Acer saccharum, el arce del azúcar

En resumen

Elige la especie según tu clima antes que según la foto del vivero: Acer monspessulanum y Acer campestre para suelo calizo y verano seco, Acer pseudoplatanus o platanoides para el norte fresco, y Acer palmatum en maceta con sustrato ácido si vives donde el agua es dura.

Para los japoneses, las cuatro claves son sustrato ácido y drenante, agua de lluvia siempre que puedas, sol de mañana con sombra por la tarde y protección del viento seco. Abona poco y solo en primavera, poda al final del verano —nunca cuando la savia empieza a subir, porque sangran— y trasplanta cada dos o tres años renovando el sustrato.

Y cuando algo falle, lee el síntoma antes de tratar: nervios verdes sobre hoja amarilla es pH; bordes marrones es sol, viento o sed; una rama muerta de golpe es verticilosis. Casi ningún problema de arce se arregla con un producto, se arregla cambiando una condición de cultivo.


Contenidos relacionados