Marzo en un arenal del litoral andaluz, entre matas de barrón y jaguarzos: a ras de suelo aparecen manchas rosas del tamaño de una moneda, sostenidas por tallos finos y pegajosos que se doblan con el viento. Eso es Silene colorata, y de lejos parece una planta de jardín escapada de algún chalet. No lo es: es una anual silvestre mediterránea que lleva milenios colonizando arenas, cunetas y barbechos de media España.
Merece la pena aclarar el nombre antes de seguir, porque arrastra un malentendido con consecuencias prácticas.
Colleja no es una sola planta
En la cocina tradicional de La Mancha, Aragón o Castilla, la colleja que va al revuelto o al gazpacho manchego es Silene vulgaris: una planta perenne, glabra, de hojas azuladas y flores blancas con un cáliz hinchado como un globo. Esa es la colleja de toda la vida.
Silene colorata Poir. comparte género y poco más. Es anual, está cubierta de pelos cortos y algo viscosos, tiene flores rosas y un cáliz tubular estrecho, no inflado. Que en algunas zonas se la llame también colleja —o colleja rosada, o clavelillo— no la convierte en la misma planta ni le transfiere el uso culinario. Ninguna guía seria de plantas comestibles la incluye, y confundir especies del género Silene por el nombre popular es exactamente el tipo de atajo que conviene no dar en el campo. Si el interés es gastronómico, la especie que hay que aprender a identificar es S. vulgaris, y con la planta delante, no por el nombre que le dé el vecino.
Aquí hablamos de Silene colorata como lo que realmente es: una flor silvestre ornamental, fácil de sembrar y de las pocas que aguantan un verano peninsular sin que nadie las riegue, porque para entonces ya ha terminado su ciclo.
Cómo se reconoce
Es una Caryophyllaceae pequeña, de 10 a 40 cm, con porte tumbado o ascendente y ramificación desde la base. Los rasgos que la separan de sus vecinas del género:
El cáliz. Tubular, alargado, marcado por diez nervios longitudinales bien visibles y cubierto de pelos. Es el carácter más fiable, porque persiste aunque los pétalos ya hayan caído.
Los pétalos. Cinco, de un rosa que va del pálido al fucsia intenso, con el limbo partido en dos lóbulos —de ahí que la flor parezca tener diez pétalos si se mira deprisa— y una pequeña corona de escamas en la garganta.
El tacto. Toda la planta es pubescente y ligeramente pegajosa al pasar los dedos por el tallo. Ese pegajoso no es casual: en el género Silene funciona como barrera contra hormigas y otros insectos rastreros que subirían a robar néctar sin polinizar nada.
Las hojas. Opuestas, estrechas, lanceoladas o espatuladas, sin peciolo claro en las superiores.
Florece de marzo a junio según la altitud y la latitud: desde finales de febrero en la costa de Cádiz o Málaga, hasta bien entrado junio en zonas de interior y de más altura. Después seca, suelta la semilla por la cápsula —que se abre por dientes en el ápice— y desaparece hasta el otoño siguiente.
Dónde vive
Su terreno son los suelos arenosos, sueltos y pobres, con sol directo todo el día: dunas fijadas y trasduna, pinares aclarados sobre arena, cunetas, ribazos, barbechos, olivares poco laboreados y terrenos removidos. Aparece por casi todo el litoral mediterráneo y atlántico sur peninsular, en Baleares, y se adentra por el interior aprovechando suelos arenosos y ambientes térmicos. En el norte húmedo es rara o falta.
Es una terófita típica del clima mediterráneo: germina con las lluvias de otoño, pasa el invierno como una roseta rastrera que se confunde con cualquier hierba de cuneta, estira en primavera, florece, fructifica y se seca antes de que llegue el calor serio. No compite por resistir el verano; lo esquiva. Entender eso es entender su cultivo entero.
Sembrarla en el jardín
Se siembra directamente en su sitio, y esto no es una preferencia estilística. La raíz principal se desarrolla pronto y el trasplante de plantel comprado o criado en alveolo la deja renqueando: florece poco, tarde y con tallos endebles. Semilla al suelo y a esperar.
Época. En la mitad sur, en el litoral y en cualquier zona de inviernos suaves, siembra de finales de septiembre a noviembre, aprovechando las lluvias de otoño. La planta tendrá cinco meses de raíz por delante antes de florecer, y esa es la diferencia entre una mata de 30 cm cuajada de flor y cuatro tallos raquíticos.
En zonas de interior con heladas fuertes y prolongadas —páramos de Castilla y León, Teruel, zonas altas de Cuenca o Guadalajara— la siembra otoñal se pierde en parte con los hielos. Ahí funciona mejor febrero-marzo, en cuanto el suelo deja de estar helado. Se pierde algo de porte pero se asegura la nascencia.
Cómo. Superficie del suelo rastrillada, semilla esparcida al voleo o en líneas y apenas cubierta: unos 2-3 mm de arena o tierra fina. La semilla es diminuta y enterrarla a un centímetro es condenarla. Un pisón ligero o un rulo casero para asegurar contacto con el suelo, y riego en lluvia fina si no llueve en los diez días siguientes.
Densidad. Alrededor de 1 g por metro cuadrado en pradera mixta. Sembrada muy espesa se ahíla, se tumba y se apelmaza, con lo que llega el oídio.
Suelo, riego y abonado
Suelo drenante por encima de todo: arenoso, pedregoso, incluso el típico terreno de obra con restos calizos. Tolera bien el pH básico, habitual en casi toda España. En arcilla compacta que encharca en invierno, la plántula se pudre por el cuello y no llega a primavera; en ese caso, lomo elevado, un buen aporte de arena gruesa o directamente maceta.
Riego: el de establecimiento y poco más. Una vez que la roseta está hecha, la planta vive de la lluvia. Si el invierno viene seco de verdad, un riego de apoyo cada dos o tres semanas basta. Regar en primavera como si fuera un petunia produce tallos largos, blandos, tumbados por el primer chaparrón y con la mitad de flor.
Abonado: ninguno. Añadir estiércol o un complejo NPK a una anual de suelo pobre da follaje exuberante y floración mediocre; además la vuelve apetecible para el pulgón. Si el terreno se ha enmendado hace poco, este año no es el año de sembrar collejas.
Qué le pasa cuando algo va mal
Caracoles y babosas. El peligro real está en las cuatro primeras semanas tras la nascencia otoñal, con el suelo húmedo y las plántulas de un centímetro. Una noche de lluvia templada puede llevarse un bancal entero. Barreras físicas, trampas o revisión manual a última hora de la tarde.
Pulgón. Aparece en los ápices florales en abril, sobre todo si se ha abonado. Un chorro de agua a presión suele bastar; en cualquier caso, la planta va a secar en junio, así que rara vez compensa tratar.
Oídio y botritis. Polvillo blanco en hojas o podredumbre gris en la base, siempre en siembras demasiado densas o en rincones sin ventilación. Se corrige aclarando, no pulverizando.
No florece. Casi siempre significa sombra: con menos de seis horas de sol directo la floración se desploma. La segunda causa es siembra tardía —marzo en el sur ya es tarde—, que da plantas pequeñas con dos flores contadas.
Qué hacer con ella en el jardín
Su sitio natural es la pradera de secano, esas mezclas de anuales que se siembran una vez y se resiembran solas cada otoño. Combina bien con amapola (Papaver rhoeas), Echium plantagineum, Anchusa azurea, Chrysanthemum coronarium y gramíneas anuales de porte bajo. El contraste del rosa con el amarillo del jaramago o el azul del viborera funciona sin necesidad de planificar nada.
También va bien en rocalla, en el borde de un camino de gravilla, entre losas, y en jardineras de exterior con sustrato muy arenoso. En maceta pide tiesto ancho y bajo, mejor de barro, y riego escaso.
Para que se resiembre sola hay que dejarla secar en pie: nada de segar en cuanto pierde vistosidad. La cápsula tarda unas tres o cuatro semanas desde que cae el pétalo hasta soltar semilla. Si el aspecto seco molesta, se siega a finales de junio y se deja el material tirado un par de semanas antes de retirarlo.
Un apunte que suele pasarse por alto: estas anuales silvestres son alimento de primavera temprana para abejas solitarias y mariposas en un momento del año en que el jardín ornamental típico todavía no ofrece gran cosa. Media docena de metros cuadrados sin regar hacen más por los polinizadores del barrio que un macizo de flor de temporada regado a diario.
En resumen
Silene colorata es una anual mediterránea de flor rosa, no un arbusto ni la colleja comestible de la cocina castellana, que es Silene vulgaris. Se siembra a voleo en otoño en el sur y el litoral, en febrero-marzo en el interior frío, apenas cubierta y en suelo arenoso a pleno sol. No quiere abono, casi no quiere riego y no admite trasplante. Florece de marzo a junio, seca en verano y vuelve sola al año siguiente si se le deja soltar la semilla. Sus dos enemigos reales son las babosas en la nascencia y el exceso de agua o de nitrógeno después.