Compra dos cipreses en el mismo vivero, plántalos juntos y puede que al cabo de quince años tengas una columna estrecha a un lado y, al otro, un árbol de copa abierta y ramas horizontales del que cuelga la sombra. No hubo error en la etiqueta: son las dos formas naturales de la misma especie, Cupressus sempervirens L., y saber cuál te llevas es lo primero que hay que resolver antes de plantar.

Las dos siluetas de la misma especie

El ciprés común pertenece a las cupresáceas y procede del Mediterráneo oriental: Creta, las islas del Egeo, Chipre, el sur de Turquía e Irán. En la península Ibérica lleva plantado desde época romana, tanto que se comporta como uno más del paisaje, sobre todo en Levante, Andalucía y las dos Castillas.

La forma silvestre es la variedad horizontalis: ramas que salen abiertas del tronco y copa cónica ancha, parecida a la de un abeto. Es la que crece en los montes de Creta y la que se usa en repoblación y en pantallas cortavientos.

La silueta que viene a la cabeza al oír «ciprés» corresponde a la variedad sempervirens, también llamada stricta o pyramidalis: ramas pegadas al eje, porte de columna, apenas 1,5 o 2 metros de anchura frente a 15 o 20 de altura. Es una forma fijada por selección humana desde la antigüedad y es la que se planta en cementerios, avenidas y jardines formales. Se propaga por esqueje o injerto precisamente porque de semilla saldría un porcentaje alto de plantas abiertas.

En vivero verás además cultivares columnares con nombre propio —'Stricta', 'Totem', 'Green Pencil'— que solo difieren en la estrechez de la copa y el tono del follaje. Merece más la pena preguntar por su tolerancia al chancro que por el matiz de verde, y a eso volvemos más abajo.

Ciprés común (Cupressus sempervirens) de porte columnar

Es un árbol longevo. Con 30 metros y varios siglos encima no es raro encontrarlo en claustros y cementerios antiguos; el más famoso de España, el ciprés del claustro de Santo Domingo de Silos, ronda los cinco siglos. Crece a ritmo moderado, entre 30 y 60 cm al año en su juventud, y no es de esos árboles que hay que retirar a los veinte años.

La hoja es escuamiforme: escamas diminutas, de aproximadamente un milímetro, opuestas y apretadas contra el ramillo, de un verde oscuro mate. Persistente, como indica el epíteto sempervirens. La corteza es pardo grisácea y se desprende en tiras longitudinales finas.

Gálbulos, polen y la alergia de febrero

Es monoico: los conos masculinos y femeninos salen en el mismo pie. Los masculinos son minúsculos, amarillentos, en la punta de los ramillos, y sueltan el polen entre enero y marzo según la zona, con el pico en febrero en el interior peninsular.

Ese polen importa. La polinosis por cupresáceas ha dejado de ser una rareza en España y hoy es una de las causas frecuentes de rinitis y conjuntivitis en pleno invierno, cuando el paciente no espera tener alergia y suele confundirla con un catarro que no acaba de irse. El aumento tiene que ver con la enorme cantidad de setos de ciprés y arizónica plantados en urbanizaciones desde los años ochenta. No es motivo para no plantar ciprés, pero sí para pensárselo dos veces si en casa hay una persona diagnosticada, y desde luego para no rodear su ventana con un seto de cupresáceas recortado.

El fruto es el gálbulo: una piña leñosa y globosa de 2,5 a 4 cm, con ocho a catorce escamas poligonales encajadas como un rompecabezas. Tarda unos dos años en madurar, pasa de verde a pardo grisáceo y puede quedarse cerrado en el árbol durante años, abriéndose por calor o sequía extrema para soltar las semillas, unas decenas por gálbulo, provistas de un ala estrecha.

Gálbulos y semillas del ciprés común

Suelo, clima y plantación

Sol pleno, sin discusión. En sombra pierde densidad, se abre y el interior de la copa se desnuda.

Sobre el suelo, tiene fama de conformarse con cualquier cosa y en gran medida es cierto: prospera en terrenos calizos, pedregosos, pobres y superficiales, aguanta pH básicos altos y cierto grado de salinidad, y soporta la contaminación urbana mejor que la mayor parte de las coníferas. Pero esa fama esconde el detalle que decide si el árbol vive o muere: necesita drenaje. En arcilla que se queda encharcada en invierno, o dentro de una pradera de césped con riego diario en verano, se asfixia la raíz, entran hongos del suelo del género Phytophthora y el árbol se vuelve gris de arriba abajo sin remedio. Un ciprés amarilleando en mitad de un jardín con aspersores casi siempre está muriendo de exceso de agua, no de falta.

De frío aguanta bien: un ejemplar adulto tolera en torno a -15 ºC en clima seco. Lo que lleva peor es el frío húmedo prolongado del norte atlántico y, sobre todo, la nieve pesada: en las formas columnares la carga abre las ramas hacia fuera y el árbol se descuelga en jirones que ya no vuelven a cerrar.

Época de plantación: octubre a marzo, mejor en otoño para que la raíz trabaje durante el invierno y llegue al verano instalada. Se planta de contenedor, con el cepellón entero y sin enterrar el cuello. Hoyo del doble del cepellón, descompactando el fondo; si el terreno es arcilloso, mejor plantar sobre un pequeño caballón elevado que en un hoyo que hará de bañera.

Riego: generoso pero espaciado los dos primeros veranos —30 o 40 litros cada 10 o 15 días— y prácticamente nada a partir del tercer año en clima mediterráneo. Es una especie de secano; su problema nunca es la sed.

El tutor, si hace falta por viento, se pone bajo y se retira a los dos años. Un tutor permanente produce un tronco que no engorda en la base y que se troncha en cuanto se quita.

El seto de ciprés: dónde está el límite de la tijera

El uso más común hoy es el seto alto y estrecho, y ahí hay una regla que conviene grabar antes de coger la tijera: las cupresáceas no rebrotan de madera vieja sin hojas verdes. Si cortas hasta el interior pardo y desnudo de la mata, ese hueco se queda vacío para siempre; no hay abono, ni riego, ni año que lo rellene. Es la diferencia con el tejo (Taxus baccata), que sí rebrota de tronco viejo y perdona una poda de rejuvenecimiento drástica.

De ahí se deriva toda la práctica correcta:

Recorta pronto y a menudo. Dos pasadas al año, una a finales de primavera (mayo-junio, terminado el brote fuerte) y otra a finales de verano (agosto-septiembre), siempre sobre brotación del año. Nunca esperes a que el seto alcance el grosor deseado para empezar a formarlo.

Recorta en talud. La base debe quedar más ancha que la coronación, con las caras ligeramente inclinadas. Un seto con las caras verticales o, peor, más ancho arriba, se queda sin luz en la parte baja y se pela por abajo en pocos años.

Fija la altura antes de que se te escape. Cortar la guía cuando el seto ya mide seis metros deja un corte visible y ramas que tardan en tapar. Si quieres un seto de tres metros, despunta a los tres metros.

Marco de plantación: entre 70 y 100 cm entre pies para las formas columnares. Más juntos no se cierra antes, solo compiten y se pelan por la base.

Un apunte con consecuencias vecinales: el Código Civil fija en su artículo 591 una distancia mínima de dos metros a la linde para árboles de porte alto y 50 cm para arbustos, salvo que exista ordenanza municipal o costumbre local que diga otra cosa. Un seto de ciprés común entra en la primera categoría, y las ordenanzas municipales suelen ser más restrictivas todavía. Consultarlo antes de plantar cien metros de seto sale mucho más barato que arrancarlo después.

El chancro del ciprés, la enfermedad que hay que conocer

Si un ciprés se seca por partes, la causa más probable en España es el chancro, provocado por el hongo Seiridium cardinale y especies próximas. Llegó a Europa a mediados del siglo XX y ha matado cipreses por millones en el Mediterráneo.

Se reconoce así: ramas sueltas que enrojecen y se secan repartidas por toda la copa, mientras el resto sigue verde; en la rama o el tronco afectado, una zona deprimida y de corteza agrietada, con exudación de resina abundante y pegajosa; por encima del chancro todo está muerto, por debajo el árbol sigue vivo. Un árbol que amarillea entero y de golpe, en cambio, suele tener un problema de raíz, no chancro.

La infección entra por heridas, y las heridas que más cuentan son las que hacemos nosotros. Medidas que sí funcionan:

Desinfecta la herramienta entre árbol y árbol, y sobre todo entre setos. Con alcohol de 70º o lejía diluida basta. Una tijera de setos que ha pasado por un pie enfermo inocula a los treinta siguientes en una tarde.

Poda con tiempo seco y nunca en periodos de lluvia o humedad alta, que es cuando las esporas se dispersan por salpicadura.

Corta bien por debajo del chancro, en madera sana, y saca ese material del jardín; no lo dejes triturado bajo el propio seto.

Elige planta tolerante. Existen clones seleccionados por su resistencia al chancro; el italiano 'Bolgheri' es el más conocido y difundido, y en España también se ha trabajado en la selección de clones tolerantes para repoblación y jardinería. Preguntar por ellos en el vivero, especialmente si vas a plantar un seto largo, es la decisión que más determina el resultado a diez años.

No hay fungicida que cure un árbol con chancros en el tronco. Cuando la lesión está en el eje principal, el ejemplar está sentenciado y lo sensato es retirarlo antes de que contamine a sus vecinos.

Otras plagas y problemas

Pulgón del ciprés (Cinara cupressi): pulgones grandes, pardos, agrupados en la base de los ramillos verdes, a veces con hormigas subiendo por el tronco. Provocan manchas amarillas que pasan a pardas en zonas concretas del seto, con negrilla en las hojas de abajo. Se controla con jabón potásico o aceite de verano bien mojado, insistiendo en el interior de la mata, que es donde están.

Cochinillas del género Carulaspis, pequeñas escamas blancas sobre la escama foliar, que deslucen el follaje en ejemplares poco ventilados; tratamiento invernal con aceite de parafina.

Barrenillos (Phloeosinus spp.), que atacan sobre todo árboles ya debilitados por el chancro o por sequía extrema y perforan galerías bajo la corteza. Si aparecen, el problema real casi siempre es otro.

Asfixia radicular y podredumbres, ya comentadas, que son la causa número uno de mortalidad en jardines domésticos con riego automático.

Para qué sirve, más allá del cementerio

La asociación con los camposantos es cultural y muy antigua —árbol funerario ya en Grecia y Roma, con una silueta vertical que se leía como signo de duelo y hospitalidad—, pero es de largo su uso menos interesante.

Como cortavientos agrícola es difícil de superar: pantallas de ciprés en la variedad horizontalis protegen huertas, cítricos y frutales del viento seco, reduciendo la evapotranspiración y el rameado del fruto. Ocupa poco suelo, no compite tanto como un eucalipto y no exige riego una vez instalado.

Como pantalla visual y acústica, la forma columnar resuelve medianeras estrechas donde no cabe otra cosa: dos metros de anchura, ocho de altura, hoja todo el año.

Su madera es rojiza, aromática, densa y muy resistente a la pudrición y a los insectos, cualidades que le dieron uso histórico en puertas, arcones y construcción naval; sigue apreciándose en carpintería y en tornería, aunque hoy sea marginal por disponibilidad.

Y hay un uso que sorprende a quien asocia conífera con hoguera: las masas y setos de ciprés bien mantenidos arden con más dificultad de lo que se supone, porque el follaje conserva bastante humedad y la estructura densa frena el paso del viento y de las pavesas. Es un efecto observado en incendios mediterráneos, incluido alguno en la Comunidad Valenciana donde una parcela de cipreses quedó en pie rodeada de pinar calcinado. Ahora bien, esto vale para setos vivos, limpios y sin acumulación de material muerto en la base; un ciprés seco por chancro, con hojarasca y ramillas acumuladas debajo, es exactamente lo contrario: una antorcha pegada a la casa. El mantenimiento es lo que marca la diferencia, no la especie por sí sola.

En resumen

Cupressus sempervirens es una conífera mediterránea longeva, de secano, indiferente a la caliza y tolerante a la contaminación, con dos formas: la columnar de jardín y la abierta silvestre, útil como cortavientos. Pide sol y drenaje, y a partir del tercer año prácticamente ningún riego; lo que lo mata en los jardines no es la sequía sino el agua estancada.

Tres decisiones concentran casi todo el resultado. La primera, comprar planta tolerante al chancro y desinfectar siempre la herramienta de poda, porque Seiridium cardinale viaja en la tijera. La segunda, empezar a recortar el seto desde joven, dos veces al año y en talud, sin entrar nunca en la madera desnuda, que no vuelve a brotar. La tercera, mirar la linde y la ordenanza municipal antes de plantar, y tener presente su polen de invierno si en casa hay alguien alérgico a las cupresáceas.


Contenidos relacionados