En el pasillo de jardinería de cualquier gran superficie hay coníferas compactas en maceta, verdes o doradas, etiquetadas como "conífera" a secas o como "ciprés enano". Detrás de ese cartel suele haber un Chamaecyparis. Y se muere en España con enorme frecuencia, no porque sea difícil, sino porque procede de climas fríos y húmedos y se coloca sistemáticamente en el sitio equivocado. Conviene entender de dónde viene antes de decidir dónde ponerlo.
Qué es el género Chamaecyparis
Chamaecyparis Spach es un género de coníferas de la familia Cupressaceae que agrupa unas cinco o seis especies naturales, repartidas entre Norteamérica occidental y oriental, Japón y Taiwán. El nombre significa literalmente "ciprés enano", del griego chamai (bajo, en el suelo) y kyparissos, aunque resulta engañoso: varias de sus especies superan los 50 metros en su hábitat.
En español se llama falso ciprés. Las especies con relevancia ornamental son:
Chamaecyparis lawsoniana, el ciprés de Lawson o cedro de Oregón. Originaria de una franja costera muy estrecha del suroeste de Oregón y el norte de California, un área natural sorprendentemente reducida para lo extendida que está en cultivo. Alcanza 50-60 m allí, 15-25 m en jardín. Es la especie con más cultivares, probablemente más de doscientos.
Chamaecyparis obtusa, el hinoki o ciprés japonés. De Japón y Taiwán, donde su madera es la más apreciada del país y se reserva tradicionalmente para la construcción de templos. Follaje verde oscuro brillante, en abanicos densos, con las escamas de ápice obtuso y unas marcas blanquecinas en el envés en forma de Y que la identifican.
Chamaecyparis pisifera, el sawara. También japonesa. Follaje más áspero, de ápice punzante, con marcas blancas en el envés en forma de X o de mariposa. Ha dado los cultivares de follaje filiforme y los de hoja juvenil plumosa.
Chamaecyparis thyoides, del este de Estados Unidos, de zonas pantanosas; la única que tolera suelos permanentemente húmedos. Poco frecuente aquí.
Una aclaración taxonómica que ya se ha impuesto: el antiguo Chamaecyparis nootkatensis, el ciprés de Nutka, ya no pertenece a este género. Hoy se clasifica como Xanthocyparis nootkatensis o Callitropsis nootkatensis, y es uno de los progenitores del famoso ciprés de Leyland (× Cuprocyparis leylandii). Muchos catálogos siguen usando el nombre antiguo.
Cómo distinguirlo de un ciprés de verdad
Es la duda más frecuente en vivero, y hay tres claves fáciles:
Las ramillas. En Chamaecyparis, las ramillas se disponen en abanicos claramente aplanados, todas en un mismo plano, con aspecto de fronde de helecho. En Cupressus, la ramificación es tridimensional, en todas direcciones, con secciones más o menos cuadrangulares.
Los conos. Los del falso ciprés son pequeños, de 6 a 12 mm, con 8-12 escamas, y maduran en un solo año. Los de Cupressus son bastante mayores, de 2 a 4 cm, más leñosos, y tardan dos años en madurar.
La guía terminal. En Chamaecyparis lawsoniana, la punta del árbol suele estar ligeramente inclinada o colgante, un detalle que se aprecia a distancia y que no presentan los cipreses verdaderos.
Cultivares: para qué sirve cada tipo
La enorme diversidad de cultivares es lo que hace interesante a este género. Una orientación práctica:
Columnares y de porte medio-alto, para setos, pantallas y ejemplares verticales: C. lawsoniana 'Columnaris' (azulado, estrecho, 8-10 m), 'Alumii' (verde azulado, cónico), 'Stardust' (dorado), 'Ellwoodii' (el más vendido en maceta: compacto, gris azulado, follaje juvenil, 2-3 m en muchos años).
Enanos y globosos, para rocallas, primeros planos y jardineras: C. obtusa 'Nana Gracilis' (el clásico de los jardines japoneses y del bonsái, con conchas de follaje muy características, crecimiento lentísimo), 'Nana Aurea', C. lawsoniana 'Minima Aurea' y 'Minima Glauca'.
De follaje filiforme o plumoso, con textura muy diferente: C. pisifera 'Filifera Aurea' (ramillas colgantes como hilos dorados), 'Squarrosa' y 'Boulevard' (follaje juvenil suave, azul plateado, muy vistoso pero de los más exigentes en humedad).
Todos comparten una característica agronómica importante: los cultivares enanos no son plantas distintas en necesidades, solo en tamaño. Un 'Minima Aurea' tiene las mismas exigencias de clima y suelo que un lawsoniana de veinte metros.
El problema del clima: dónde funciona en España y dónde no
Aquí está la clave de este artículo, y es lo que casi nunca se advierte al comprarlo.
El Chamaecyparis lawsoniana crece de forma natural en una franja costera de Oregón y California caracterizada por niebla frecuente, humedad ambiental altísima, precipitaciones abundantes y veranos frescos. Los hinokis y sawaras japoneses proceden de montañas con lluvias monzónicas y humedad atmosférica elevada. Ninguno de ellos es una planta mediterránea, y esto no se arregla regando más.
Donde funciona bien: Galicia, la cornisa cantábrica, el País Vasco, Navarra húmeda, el Pirineo, zonas de montaña del Sistema Central e Ibérico, y en general cualquier sitio con veranos suaves, humedad ambiental alta y suelo que no se seque del todo.
Donde da problemas: el interior peninsular seco, el valle del Ebro, La Mancha, el litoral mediterráneo cálido, Andalucía interior, Murcia y Almería. Ahí, el falso ciprés se enfrenta a tres enemigos simultáneos: calor extremo, aire seco y suelo calizo. Lo típico es que aguante uno o dos años, empiece a pardear por dentro, pierda color y acabe muriendo por un lado. Y no es falta de riego: es que la baja humedad relativa y las temperaturas de 38-40 °C le producen un estrés fisiológico que el agua del suelo no compensa.
La escena habitual es un 'Ellwoodii' en maceta de plástico negro en una terraza de Sevilla o Zaragoza orientada al sur. Ese árbol está condenado desde el primer día. Si tu clima es ese, hay coníferas mucho más adecuadas: Cupressus sempervirens, Cupressus arizonica, Juniperus de porte columnar o rastrero, Calocedrus decurrens, o el enebro de la miera.
Frío. No es un problema. Resiste sin daño entre -20 y -25 °C. Lo que sí le afecta es el viento seco y frío del invierno continental, que deseca el follaje y produce quemaduras pardas en la cara expuesta.
Suelo y plantación
Suelo. Prefiere terrenos ácidos o neutros, con pH entre 5 y 7, profundos, frescos, ricos en materia orgánica y con buen drenaje. En suelos calizos con caliza activa alta desarrolla clorosis férrica: el follaje amarillea, sobre todo en las brotaciones nuevas, y el crecimiento se detiene. Se puede paliar con quelatos de hierro, pero es un mantenimiento perpetuo que conviene evitar eligiendo bien la especie.
La contradicción que hay que manejar: quiere humedad constante pero no encharcamiento. Un suelo arcilloso que se anega en invierno lo mata; un suelo arenoso que se seca en verano, también. El punto óptimo es un suelo franco con buen contenido de materia orgánica, mullido y acolchado.
Plantación. De octubre a marzo, mejor en otoño. Abre un hoyo del doble del cepellón, incorpora compost o mantillo, y planta sin enterrar el cuello. Riega abundantemente y aplica de inmediato un acolchado de 8-10 cm de corteza de pino o astilla: en esta planta el acolchado no es un adorno, es una condición de supervivencia, porque mantiene fresca y húmeda la capa superficial donde se concentra la raíz.
Exposición. Sol o media sombra en el norte; media sombra obligada en climas cálidos, evitando el sol de tarde y los muros que reflejen calor. Los cultivares dorados o variegados necesitan más luz para conservar el color, pero también se queman con más facilidad: en el interior peninsular, el equilibrio suele estar en el sol de mañana.
Distancias. Para seto, planta a 60-80 cm entre ejemplares en el caso de cultivares columnares. Como ejemplares aislados, calcula el tamaño adulto real del cultivar, que puede ir de 50 cm a 20 metros según cuál sea.
Riego y abonado
Riego. Regular y constante. No tolera bien los ciclos de sequía y encharcamiento. En verano, riego profundo cada 4-7 días en jardín según el clima y el suelo; en maceta, hay que vigilar a diario, porque el sustrato de un contenedor al sol se seca en horas y una conífera que se seca del todo no se recupera: a diferencia de un arbusto de hoja caduca, no rebrota de la madera desnuda, y las ramillas pardas son pérdida definitiva.
En zonas de aire seco ayuda pulverizar el follaje al atardecer en los días más calurosos, y agrupar las macetas para crear un microclima algo más húmedo.
Abonado. De marzo a septiembre, un abono para coníferas o para plantas acidófilas, de liberación lenta, una o dos veces por temporada. Si aparece clorosis, quelato de hierro en riego. Evita abonar en pleno verano en climas cálidos y no abones nunca una planta estresada por sequía.
En maceta. Sustrato para acidófilas o mezcla de turba, mantillo y perlita, en un recipiente de al menos 30-40 litros para cultivares medianos. Mejor cerámica o barro que plástico negro, que se calienta muchísimo al sol y cuece las raíces. Trasplanta cada dos o tres años a comienzos de primavera. En invierno, protege la maceta del hielo prolongado: la raíz en contenedor es mucho más vulnerable que en suelo.
Poda: la regla que no se puede romper
Es corta y es absoluta: no cortes nunca por madera vieja sin follaje verde.
Las cupresáceas de este grupo carecen de yemas latentes en la madera antigua. Si recortas un seto de Chamaecyparis hasta la zona parda del interior, esa zona no volverá a brotar jamás y quedará un hueco permanente y antiestético. No hay abono, hormona ni paciencia que lo resuelva. Es exactamente el mismo error que arruina los setos de tuya y de leylandii.
La poda correcta consiste en recortes ligeros y frecuentes, siempre sobre la capa verde exterior, una o dos veces al año: a finales de primavera, cuando la brotación ya ha endurecido, y opcionalmente a principios de otoño. Evita podar en pleno verano, con calor fuerte, y en pleno invierno, con riesgo de helada sobre los cortes.
Para un seto, lo importante desde el principio es darle sección trapezoidal: más ancho abajo que arriba. Si se recorta con las caras verticales o, peor, más ancho arriba, la parte baja queda en sombra, pierde follaje y se pela. Y al ser irrecuperable, un seto pelado por abajo solo se arregla arrancándolo.
Retira también, cuando aparezcan, las ramillas secas del interior y las guías dobles en ejemplares que deban tener eje único.
Plagas y enfermedades
Podredumbre radicular por Phytophthora. El problema más grave, con diferencia. Phytophthora lateralis ha causado mortandades masivas de Chamaecyparis lawsoniana tanto en su área natural como en Europa, y P. cinnamomi es igual de destructiva. Los síntomas son un amarilleamiento y pardeamiento generalizado y bastante rápido, desde la base hacia arriba o por sectores, y al descalzar el cuello se ve la corteza oscurecida. Se transmite por agua, suelo y herramientas. No tiene cura práctica. La prevención lo es todo: drenaje impecable, no plantar en zonas donde ya haya muerto otra planta por lo mismo, no regar encharcando el cuello, adquirir planta de vivero sano y desinfectar tijeras.
Araña roja (Oligonychus, Tetranychus). La plaga más frecuente en climas cálidos y secos, y la que explica muchos falsos cipreses que "se secan sin motivo". Provoca un bronceado o pardeamiento del follaje interior, que va avanzando hacia fuera, con telarañas finísimas visibles si se sacude una rama sobre un papel blanco. Se controla con acaricidas específicos y, sobre todo, aumentando la humedad ambiental y evitando el estrés hídrico.
Cochinillas, tanto diaspinos como algodonosas, en el interior de matas densas. Aceite de parafina al final del invierno.
Chancros y muerte regresiva por hongos como Seiridium o Pestalotiopsis, favorecidos por heridas de poda y por estrés. Se manifiestan con ramas sueltas que se secan de golpe. Corta por debajo de la zona afectada —siempre por zona verde— y desinfecta la herramienta entre cortes.
Pardeamiento fisiológico. No siempre hay patógeno. La caída natural de las ramillas interiores más viejas, que amarillean y se desprenden en otoño, es normal y no requiere nada. Distinguirla de un problema real es cuestión de mirar si el daño está solo dentro y disperso, o si avanza hacia las puntas.
Usos en el jardín
Setos y pantallas. Los cultivares columnares de C. lawsoniana forman setos densos y de textura fina, más elegantes que los de leylandii y de crecimiento algo más contenido, lo que a la larga es una ventaja de mantenimiento.
Ejemplares aislados. Los de porte cónico y color contrastado —dorados, azulados— funcionan como puntos focales en céspedes y macizos.
Rocallas y jardines pequeños. Es aquí donde el género es insustituible. Los cultivares enanos, con crecimientos de 2-5 cm al año, permiten composiciones que se mantienen estables durante décadas.
Jardín japonés y bonsái. Chamaecyparis obtusa 'Nana Gracilis' es una de las especies de referencia para bonsái de conífera, por su follaje compacto y su ramificación densa.
Maceta y jardineras. Muy usado, con la advertencia climática ya explicada: en el norte de España, sin problema; en el sur y el interior seco, es una planta de vida corta en contenedor por mucho que se cuide.
En resumen
El Chamaecyparis o falso ciprés se reconoce por sus ramillas en abanicos aplanados y sus conos diminutos que maduran en un año, frente a los cipreses verdaderos. Ofrece una variedad de cultivares enorme, desde enanos de rocalla hasta columnas de veinte metros. Su exigencia real es climática: procede de zonas frescas y húmedas y prospera en el norte peninsular y en montaña, mientras que en el interior seco y en el litoral mediterráneo cálido sufre calor, aire seco y caliza y termina muriendo. Necesita suelo ácido o neutro, fresco y bien drenado, riego constante sin encharcar y acolchado. Vigila la Phytophthora en suelos húmedos y la araña roja en ambientes secos. Y recuerda la regla que no admite excepciones: nunca podes por madera vieja sin follaje verde, porque ahí no volverá a brotar nada.