Un cerezo llorón comprado con el injerto a dos metros del suelo no va a ser nunca mucho más alto que esos dos metros. El tronco ya está hecho y no alarga: todo lo que gane el árbol a partir de ahí lo gana en anchura de copa y en la caída de las ramas. Conviene saberlo antes de pagarlo, porque es la primera sorpresa que se lleva quien planta un cerezo de primavera esperando sombra dentro de diez años.

Qué es el cerezo de primavera

El árbol que en los viveros españoles responde a este nombre es el Prunus × subhirtella, un híbrido de origen japonés de la familia de las rosáceas. No existe como especie silvestre pura: se seleccionó en Japón hace siglos a partir del cruce de cerezos de montaña, y de él descienden casi todas las variedades ornamentales de floración temprana que se venden aquí. En japonés se le llama higan-zakura, el cerezo del equinoccio, y ese detalle explica bastante bien su calendario.

Es un árbol caducifolio de 5 a 8 metros en su forma normal, con copa redondeada y algo abierta, corteza lisa parduzca con lenticelas horizontales muy marcadas y ramillas finas. Las hojas son ovado-lanceoladas, de 4 a 8 cm, dentadas, verde medio, y en otoño toman tonos amarillos y anaranjados que en años de otoño fresco resultan notables.

La floración llega antes que la hoja, entre finales de febrero y marzo en la mitad sur y buena parte del litoral, y en marzo o principios de abril en zonas frías del interior y del norte. Son flores pequeñas, de 2 a 2,5 cm, rosa pálido o casi blancas, simples o semidobles, agrupadas en pequeños ramilletes a lo largo de toda la ramilla. El fruto es una drupa negruzca de menos de un centímetro, amarga y sin interés gastronómico, que se comen los pájaros. No es un cerezo de fruta: para eso está el Prunus avium.

Cerezo de primavera en plena floración

Las variedades y el lío de los nombres

La etiqueta de la maceta rara vez dice Prunus × subhirtella a secas. Lo que se lee es el nombre del cultivar, y cada uno se comporta de una manera:

'Autumnalis' y 'Autumnalis Rosea'. Aquí hay una confusión que merece aclararse. Este cultivar abre una primera tanda de flores en octubre y noviembre, sigue soltando ramilletes sueltos durante los inviernos suaves y remata con la floración fuerte a finales de invierno. No está enfermo ni desorientado por el clima: florece así de fábrica. Quien lo compre pensando que tendrá una única explosión de primavera se encontrará con algo distinto, más repartido y menos espectacular en un momento dado, pero con flor en noviembre, que no es poco.

'Pendula' y 'Pendula Rosea'. La forma llorona, y la más vendida. Las ramas caen verticales hasta casi rozar el suelo. Se injerta sobre un tronco recto de un patrón vigoroso, y ahí está el detalle del principio: la altura del punto de injerto es la altura definitiva del tronco. Si buscas un ejemplar alto, cómpralo ya injertado alto, porque no se corrige después.

'Pendula Rubra' y 'Fukubana'. Rosa más intenso, casi fucsia en el caso de 'Fukubana'. Menos frecuentes en vivero español.

Aparte queda una confusión de calle: buena parte de los árboles que en España se señalan como «cerezos de flor» en aceras y medianas no son este, sino Prunus cerasifera 'Pissardii', el ciruelo de hoja roja, que florece rosa muy pálido y luego saca hoja púrpura. Y el cerezo japonés de flor doble y rosa fuerte que florece en abril suele ser Prunus serrulata 'Kanzan'. Distinguirlos importa porque el subhirtella es más temprano, de flor más pequeña y de aspecto mucho más ligero.

Dónde plantarlo

Sol directo, mínimo seis horas. A la sombra florece mal y se vuelve larguirucho.

Resistencia al frío: aguanta en torno a -20 °C sin daños en madera. El problema no es el invierno, sino las heladas tardías: al florecer tan pronto, una helada de -3 °C a mediados de marzo puede llevarse la flor abierta de un año. Se pierde el espectáculo, no el árbol. En zonas donde eso ocurre con frecuencia, plantarlo resguardado de la orientación norte y del corredor de aire frío del jardín ayuda.

El frío también hace falta. Necesita acumular horas de frío invernal para brotar y florecer con normalidad. En Canarias y en el litoral subtropical más cálido la floración sale escasa y desigual año tras año, y no hay abono que lo arregle.

El suelo es el punto crítico en España. Pide tierra profunda, fértil, fresca y bien drenada, con pH entre 6 y 7,5. En suelos con mucha caliza activa y regados con agua dura —es decir, en medio Levante, el valle del Ebro y buena parte de la Meseta— aparece clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios verdes, brotes cortos, y una decadencia lenta que acaba en muerte de ramas. Si tu jardín ya da clorosis a otras rosáceas, este árbol te va a dar guerra. Se sobrelleva con quelato de hierro EDDHA en primavera, aportes de materia orgánica y mulching, pero es un mantenimiento permanente, no un arreglo.

Distancia: tiene raíces bastante superficiales. Tres o cuatro metros de separación de pavimentos, piscinas, muretes y arquetas. Y evita colocarlo en el centro de un césped al que se le den riegos diarios y cortos: la humedad constante en el cuello del tronco favorece la gomosis.

Prunus subhirtella Pendula Rosea de porte llorón

Riego y abonado

No es una planta de secano. En el interior peninsular necesita riego de apoyo desde mayo hasta septiembre, en dosis abundantes y espaciadas: mejor un riego largo cada cuatro o cinco días en pleno julio que un goteo corto a diario. Lo que se busca es mojar el bulbo de raíces a 40-50 cm, no la superficie.

Una capa de acolchado orgánico de 5 a 8 cm —corteza, restos de poda triturados, paja— bajo la copa reduce a la mitad la tensión hídrica del verano y mantiene el suelo fresco. Déjala siempre separada unos centímetros del tronco.

Abonado, poco: un aporte de compost o estiércol maduro en superficie a finales de invierno. Los abonos ricos en nitrógeno dan brotes largos y blandos, muy apetecibles para el pulgón y muy sensibles al chancro bacteriano.

Poda: cuanto menos, mejor, y nunca en invierno

Aquí se juega la vida del árbol. Los Prunus compartimentan mal las heridas y responden a los cortes grandes con gomosis, esa exudación ambarina en el tronco que suele preceder a un chancro. Además, el hongo de la monilia y la bacteria Pseudomonas syringae entran por las heridas de poda, y ambos son mucho más activos con humedad y frío.

De ahí la regla que contradice lo que se hace con los frutales: este árbol no se poda en enero ni en febrero. El momento bueno es a finales de verano o comienzos de otoño, con tiempo seco y varios días sin lluvia por delante, cuando la planta todavía está activa y cierra la herida deprisa.

Y la intervención debe ser mínima: retirar ramas secas, cruzadas o rotas, poco más. En las formas lloronas, ninguna necesidad de dar forma; caen solas. Recortar las puntas colgantes «para igualarlas» produce un cepillo horrible y una brotación desordenada al año siguiente.

Dos apuntes prácticos: no uses pastas selladoras, que retienen humedad y no evitan la infección; y arranca de raíz, tirando en lugar de cortando, cualquier chupón que salga por debajo del punto de injerto, porque pertenece al patrón y, si lo dejas, acabará dominando al llorón injertado.

Plagas y enfermedades habituales

Pulgón negro del cerezo (Myzus cerasi). En abril y mayo encrespa y ennegrece las hojas jóvenes de las puntas. Suele bastar con jabón potásico repetido cada semana mientras dura el ataque, o con no hacer nada si el árbol es adulto y hay mariquitas trabajando.

Monilia (Monilinia laxa). Tras una primavera lluviosa, flores que se pardean sin caer y puntas de ramilla que se secan con aspecto de quemadas. Se corta la madera afectada 15-20 cm por debajo de la lesión y se retira del jardín.

Cribado (Wilsonomyces carpophilus). Manchitas redondas en la hoja cuyo centro se cae y deja el limbo agujereado. Sale con primaveras húmedas y se controla mejorando la aireación de la copa.

Chancro bacteriano y gomosis. Zonas hundidas en el tronco con exudado de goma. Casi siempre hay detrás una herida, un roce del cortacésped, un tutor mal atado o una poda hecha en invierno.

Araña roja en veranos secos y calurosos, sobre todo en árboles en maceta o pegados a una pared que reverbera.

En maceta, con reservas

Se puede, y las formas lloronas injertadas bajas son las más razonables para ello, pero hay que ser honesto con lo que implica: contenedor de 60 litros como mínimo, sustrato que drene de verdad, riego diario en julio y agosto, trasplante o renovación del cepellón cada tres o cuatro años y un árbol que nunca alcanzará su porte ni su longevidad. En una terraza orientada al sur del interior peninsular, con el tiesto recalentándose a 45 °C, las raíces sufren mucho más que la copa. Si hay suelo disponible, el árbol va al suelo.

Longevidad y seguridad

No es un árbol para varias generaciones: entre 30 y 50 años en buenas condiciones, y bastante menos en los ejemplares injertados que arrastran problemas de suelo. Merece la pena asumirlo desde el principio en lugar de encarnizarse con un ejemplar decaído a los veinticinco años.

Sobre toxicidad: la pulpa del frutito no es tóxica, pero, como en todos los Prunus, las semillas y las hojas contienen compuestos cianogénicos. Para las personas no supone un riesgo práctico en un jardín, ya que nadie come esos huesos. La precaución real es ganadera: las hojas marchitas tras una poda o una rama caída son más peligrosas que las verdes, así que si tienes cabras, ovejas o caballos, retira los restos de poda en lugar de dejarlos a su alcance.

En resumen

El cerezo de primavera (Prunus × subhirtella) es un caducifolio ornamental de 5 a 8 metros que florece en rosa pálido a finales de invierno, antes de echar la hoja, y que no produce cerezas comestibles. Quiere sol, frío invernal, suelo profundo y poco calizo, y riego de verano; la clorosis férrica en terrenos calizos es su talón de Aquiles en gran parte de España. La poda se hace a final de verano y en cantidad mínima, porque los cortes de invierno abren la puerta a la gomosis y al chancro. Si eliges una forma llorona, fíjate en la altura del injerto, que será la altura definitiva del tronco, y arranca sin contemplaciones los chupones que broten por debajo de él.


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