Las flores brotan directamente de la madera vieja: del tronco, de las ramas gruesas, de ramillas de tres o cuatro años que llevaban meses aparentemente muertas. En marzo, antes de que asome una sola hoja, el Cercis occidentalis se cubre de racimos de un magenta intenso pegados a la corteza. Ese fenómeno se llama caulifloria y conviene tenerlo presente desde el primer día, porque condiciona cuándo se puede meter la tijera y cuándo no.
Qué planta es exactamente
El Cercis occidentalis pertenece a las leguminosas (Fabaceae), dentro del grupo de las cercidoideas, y procede del oeste de Norteamérica: laderas de California, sur de Oregón, Nevada, Arizona y Utah, casi siempre en pie de monte, chaparral y bordes de barranco. En inglés lo llaman western redbud. En España se le conoce sobre todo como árbol del amor de California, por parentesco con el Cercis siliquastrum mediterráneo.
Es caducifolio y de porte arbustivo. Lo normal es que forme una mata de varios troncos de 3 a 5 metros, con algún ejemplar viejo llegando a 6, y una copa igual de ancha que alta. Si se quiere un arbolito de un solo tronco hay que conducirlo desde joven; no lo hace solo.
Las hojas son la segunda razón para plantarlo. Redondeadas o casi arriñonadas, de 4 a 8 cm, con la base acorazonada y el ápice redondeado o incluso escotado, nervadura palmeada y un tono verde azulado con aspecto encerado que aguanta el sol de julio sin quemarse por los bordes. En otoño viran a amarillo, y en zonas con noches frescas de octubre pueden llegar a un rojizo apagado.
Después de la floración vienen las legumbres: vainas planas de 5 a 9 cm que durante el verano toman un color vinoso muy vistoso a contraluz y luego se secan en pardo, quedándose colgadas buena parte del invierno. A algunos jardineros les gustan y a otros les parecen sucias; conviene saberlo antes de plantar, porque el árbol produce muchas.
En qué se diferencia del árbol del amor de toda la vida
Quien busque este arbolito en un vivero español se topará casi seguro con Cercis siliquastrum, el árbol de Judas o árbol del amor, o con Cercis canadensis en alguna de sus variedades de hoja púrpura. Merece la pena distinguirlos, porque no se comportan igual:
C. siliquastrum es un árbol de verdad, de 8 a 10 metros, con hoja más grande y claramente acorazonada con punta. Es mediterráneo de origen y encaja en cualquier jardín peninsular.
C. canadensis viene del este de Estados Unidos, donde llueve en verano. Plantado en el interior seco de España sufre: pide riego de apoyo todos los veranos y en secano se defiende mal. Las selecciones de hoja roja tipo 'Forest Pansy' son preciosas y también las más delicadas al golpe de calor.
C. occidentalis es el más pequeño de los tres y el que mejor soporta el verano seco, porque procede de un clima de tipo mediterráneo idéntico al nuestro: lluvia de invierno, cinco meses sin una gota. Esa es su ventaja real y la razón para buscarlo. Si se le va a regar como a un arce, no compensa el esfuerzo de conseguirlo.
Clima y suelo que necesita
Aguanta el frío sin problemas: resiste en torno a -18 °C, así que la meseta, el valle del Ebro o la Castilla fría le vienen bien. Lo que no admite es lo contrario.
Necesita horas de frío invernal para florecer con abundancia. En la costa mediterránea templada, en el sur de Andalucía litoral o en Canarias la planta vive, pero abre cuatro flores contadas y la mitad de las yemas se quedan sin brotar. Este es el punto que más decepciones causa: no es un problema de abono ni de riego, es que el árbol no ha pasado suficiente frío.
Quiere sol directo todo el día. A media sombra se estira, florece poco y pierde el color azulado de la hoja.
En cuanto al suelo, es poco exigente en fertilidad y muy exigente en drenaje. Vive sobre terrenos pedregosos, pobres y de reacción básica sin dar problemas de clorosis, cosa que no puede decirse de otros arbolitos ornamentales. Lo que lo mata es el agua parada: un hoyo de plantación en arcilla compacta que se convierte en bañera durante el invierno acaba con él en dos temporadas. En suelo pesado, plantar sobre un caballón o un montículo de 30 cm.
Plantación: hay que comprarlo pequeño
Desarrolla una raíz pivotante profunda desde muy joven y detesta que se la toquen. Un ejemplar de contenedor grande, con la raíz enrollada al fondo de la maceta, arranca peor y tarda años en enderezarse; a veces no llega. Es de esas plantas en las que un plantón de dos años adelanta a otro de cinco al cabo de una década.
La época es otoño en casi toda la Península: de octubre a diciembre, para que enraíce con las lluvias y llegue al primer verano con algo hecho. En zonas de heladas muy fuertes, finales de invierno.
Los dos primeros veranos sí conviene regar, pero a fondo y espaciado: un riego largo cada dos o tres semanas, mejor que un poco cada pocos días. Riegos cortos y frecuentes generan raíces superficiales y anulan justo lo que se busca de esta especie. A partir del tercer año, en un jardín de secano del interior peninsular, puede quedarse prácticamente sin riego.
Y hay un matiz que sorprende: ser leguminosa no significa que fije nitrógeno. El género Cercis no forma nódulos con rizobios. No se autoabastece. Dicho eso, tampoco pide casi nada: una aportación de compost bien hecho en superficie cada dos o tres inviernos le sobra, y el exceso de nitrógeno solo produce brotes largos y blandos que luego se hielan.
La poda, donde se pierde la floración
Volvamos a la caulifloria del principio. Las flores nacen sobre madera de dos años o más, incluida la del tronco. Quien haga la poda de invierno «de limpieza», recortando puntas y aclarando ramas gruesas como se hace con un frutal, está cortando literalmente las flores de marzo antes de que se vean. El árbol brotará, y florecerá poco o nada esa primavera.
La regla práctica: podar justo después de la floración, en abril, y con moderación. Basta con quitar ramas cruzadas, secas o mal orientadas y elegir los tres o cuatro troncos que se quieren conservar si se busca porte arbolado. Las heridas grandes en madera vieja cicatrizan mal y son puerta de entrada de chancros, así que mejor intervenciones pequeñas y frecuentes que una gran poda cada diez años.
Problemas sanitarios
Es una planta sana. Los contratiempos que se ven suelen tener una causa de cultivo detrás:
Muerte de ramas y decaimiento general. El género es sensible a la verticilosis (Verticillium), un hongo de suelo que obstruye los vasos. No tiene tratamiento curativo: se corta lo afectado y se evita plantar después en ese sitio otras especies sensibles. Un suelo con buen drenaje y sin riegos excesivos reduce mucho el riesgo.
Chancros en ramas. Aparecen sobre heridas de poda o daños mecánicos. Se elimina la rama por debajo de la zona hundida y se desinfecta la herramienta entre corte y corte.
Hojas amarillas con nervios verdes. Rara vez es carencia de hierro; suele ser asfixia radicular por riego excesivo o suelo encharcado. Antes de comprar quelatos, comprueba con la mano cómo está la tierra a 20 cm de profundidad.
Las flores del género Cercis son comestibles y se usan en ensalada por su sabor ácido; no hay toxicidad reseñable en la planta, ni para personas ni para perros o gatos. Las vainas secas no se comen.
Multiplicación
Por semilla, que es como se consigue en la práctica cuando el vivero no lo tiene. La cubierta seminal es dura e impermeable, así que hay doble letargo que romper: primero escarificar (remojo en agua muy caliente, retirada del fuego, dejando enfriar 24 horas) y después estratificar en frío húmedo en la nevera, en torno a 4 °C, durante seis u ocho semanas. Siembra en primavera en maceta alta y profunda, precisamente por la raíz pivotante, y trasplante al sitio definitivo lo antes posible.
Por esqueje es difícil y poco fiable. El acodo y el aprovechamiento de rebrotes de cepa funcionan mejor a escala de aficionado.
Dónde queda bien
Por tamaño y por raíz poco agresiva, encaja en jardines pequeños, patios amplios, alcorques generosos y taludes donde no llegue el riego. Funciona muy bien en composiciones de bajo consumo de agua junto a lavandas, Teucrium, romeros o gramíneas mediterráneas, todas con las mismas necesidades: sol, drenaje y verano seco. Plantado en medio de un césped de riego diario, en cambio, está en el sitio equivocado.
En resumen
El Cercis occidentalis es un arbusto o arbolito caducifolio de 3 a 5 metros, con floración magenta sobre madera vieja en marzo, hoja redonda azulada y vainas vinosas en verano. Aguanta -18 °C, tolera suelos pobres y calizos, exige drenaje y sol pleno, y una vez arraigado pasa el verano peninsular con muy poco o ningún riego. Necesita frío invernal para florecer bien, por lo que decepciona en el litoral más templado. Cómpralo pequeño por su raíz pivotante, plántalo en otoño, riega poco y muy espaciado los dos primeros años y no lo podes en invierno: la poda de febrero le quita la floración que has ido a buscar.