¿Cómo acaba un mismo árbol llamándose a la vez árbol del amor y árbol de Judas? La respuesta explica bastante bien lo que es Cercis siliquastrum: una leguminosa mediterránea de flor rosa, cargada de historia popular, que lleva siglos plantada en patios, plazas y avenidas de media España.

El apodo de árbol de Judas casi con seguridad no viene del apóstol, sino de la geografía. En francés se llamó arbre de Judée, árbol de Judea, por su abundancia en las colinas de Oriente Próximo; el paso a arbre de Judas es una deformación fácil que después arrastró la leyenda del ahorcamiento y el cuento de que las flores enrojecieron de vergüenza. Lo de árbol del amor tiene un origen más prosaico: las hojas son perfectamente acorazonadas. Ninguna de las dos denominaciones dice nada sobre su cultivo, pero conviene conocerlas porque en los viveros aparecen indistintamente.

Un árbol que florece por el tronco

Lo característico del género Cercis es la caulifloria: las flores no salen en los brotes del año, sino directamente de la madera vieja, de las ramas gruesas y hasta del tronco. Entre finales de marzo y abril, según la zona, el árbol se cubre de racimos rosa púrpura sin una sola hoja que los tape. Es una floración de tres o cuatro semanas, intensa y muy visible a distancia.

Las flores son amariposadas, de 1,5 a 2 cm, con la estructura típica de las leguminosas. Detrás vienen legumbres aplanadas de 8 a 12 cm que pasan del verde rojizo al pardo y se quedan colgadas todo el invierno; hay a quien le gusta ese efecto en contraluz y a quien le molesta la caída de vainas.

El follaje sale después: hojas redondeadas y cordiformes de 7 a 12 cm, glaucas por el envés, con un otoño amarillo limpio aunque breve. Y la silueta invernal, de ramas retorcidas y ángulos abiertos, tiene bastante más carácter que la de otros árboles de porte pequeño.

Cercis siliquastrum florecido en primavera con las ramas cubiertas de flores rosas

Qué especie estás comprando

La etiqueta del vivero pone muchas veces solo «Cercis» o «árbol del amor», y detrás puede haber tres plantas con exigencias distintas. La diferencia se paga después, sobre todo en suelos calizos.

Cercis siliquastrum es el mediterráneo, el que se ha plantado siempre aquí. Alcanza de 6 a 10 metros, tiende a formar varios troncos, tolera la caliza sin inmutarse y aguanta el verano seco una vez instalado. Es el que hay que buscar para la mayor parte de la Península. Tiene selecciones interesantes: 'Bodnant', de flor más oscura y saturada, y 'Alba', de flor blanca y follaje verde claro.

Cercis canadensis es el americano. Su follaje es su gran baza —variedades púrpuras como 'Forest Pansy' o doradas como 'Hearts of Gold'—, pero exige suelo neutro o ligeramente ácido. Plantado sobre caliza activa amarillea, se queda corto de brote y termina cogiendo chancros. Quien lo compre por la hoja púrpura en un jardín del valle del Ebro o de La Mancha debe contar con aportes de quelato de hierro EDDHA cada primavera, y para siempre.

Cercis chinensis es más arbustivo, de 3 a 5 metros y floración muy densa. Va bien en clima suave y húmedo, y es la opción razonable para un rincón pequeño donde un árbol de 8 metros no cabe.

Suelo, clima y ubicación

Cercis siliquastrum es poco exigente en fertilidad y muy tolerante a la caliza, hasta pH 8 sin problemas. Lo que no perdona es el encharcamiento: en suelo compacto y mal drenado se asfixia y se pudre por el cuello. Si el terreno es arcilloso, plantar sobre un ligero montículo resuelve más que cualquier enmienda.

Rusticidad: soporta bien hasta -15 °C, con daños en madera joven por debajo de esa cifra. Eso lo hace apto en casi toda la Península salvo las zonas de invierno más duro de la meseta norte y de montaña, donde hay que darle una ubicación resguardada. En la franja litoral y en el sur va sobrado.

Quiere sol pleno. A media sombra vive, pero florece flojo y se estira buscando luz. Como es un árbol de floración temprana, una posición abrigada del viento del norte adelanta y prolonga la flor, y protege de que una helada de finales de marzo se lleve la temporada.

La sequía la lleva bien a partir del tercer o cuarto año. Antes no: durante los dos primeros veranos necesita riegos de asiento espaciados y abundantes, 30 o 40 litros por semana en el interior, para forzar a la raíz a bajar.

Plantación

Hay un detalle que condiciona todo lo demás: el Cercis desarrolla una raíz pivotante y poca raíz fina, así que se trasplanta mal en cuanto tiene tamaño. Un ejemplar arrancado de campo de tres o cuatro metros puede pasarse cuatro años parado, o no recuperarse. Comprar un árbol en contenedor, de 1,5 a 2 metros, adelanta tiempo aunque parezca lo contrario.

La ventana buena es de octubre a diciembre, para aprovechar las lluvias de invierno. El hoyo, ancho y descompactado alrededor, poco profundo; el cuello, al nivel del suelo o ligeramente por encima. Enterrarlo es un fallo silencioso que se cobra el árbol tres o cuatro años más tarde. Nada de estiércol fresco en el fondo: materia orgánica en superficie, como acolchado, y ya está.

Un tutor solo el primer par de años, atado flojo, y retirado en cuanto el tronco engorda. Los tutores olvidados estrangulan más árboles de los que sujetan.

Poda: intervenir poco y en el momento justo

Este árbol cicatriza mal las heridas grandes. Un corte de más de cinco centímetros de diámetro se queda abierto durante años y por ahí entran los hongos de chancro. Así que la regla es sencilla: formar en los primeros años y después limitarse a limpiar.

El momento correcto es inmediatamente después de la floración, en abril o mayo. Podar en invierno elimina la flor del año, porque las yemas ya están hechas sobre la madera vieja: quien lo pode en enero se queda sin primavera. Se retiran ramas secas, cruzadas o rotas, y se despejan las horquillas cerradas con corteza incluida, que son por donde se desgaja de adulto.

Si se quiere un solo tronco limpio, hay que ir subiendo la cruz poco a poco desde joven, quitando una o dos ramas bajas al año. Intentarlo de golpe en un árbol hecho produce una herida enorme y una copa descompensada.

Problemas que puede dar

Verticilosis (Verticillium dahliae). Es lo más grave y no tiene cura. Una rama o un sector entero se marchita de golpe, las hojas se secan sin caer y la madera muestra un anillo oscuro al corte. Se previene sobre todo con la ubicación: no plantar donde hubo huerta de solanáceas, olivo o arces, y no herir el cuello con la desbrozadora.

Chancros de Botryosphaeria y compañía, que aparecen casi siempre después de un estrés previo —sequía severa, poda mal cerrada, golpe en el tronco—. Se corta bastante por debajo del margen, en madera sana, y se retira el material.

Pulgón en la brotación tierna y algún oídio en primaveras húmedas. Ninguno pone en riesgo al árbol; en ejemplares recién plantados basta jabón potásico.

Un apunte sobre seguridad: no es una planta tóxica. Las flores han sido comestibles de forma tradicional en el Mediterráneo oriental, encurtidas o en ensalada, y ni flores ni hojas suponen un riesgo conocido para niños o mascotas. Las semillas, como en cualquier leguminosa ornamental, no son alimento y no hay motivo para probarlas.

Dónde colocarlo en el jardín

Su tamaño lo hace un árbol de parcela urbana o de jardín mediano. Aislado sobre grava o pradera luce la silueta todo el año; delante de un muro claro o de un seto oscuro, la floración gana muchísimo. En alineación de calle se comporta bien porque la raíz no es agresiva y no suele levantar aceras, aunque la caída de flor y de vainas exige barrer.

Conviene dejarle al menos cuatro metros hasta una fachada y no plantarlo pegado a una piscina, más por la suciedad estacional que por otra cosa. A sus pies admite bulbos de floración simultánea —narcisos, muscari— y plantas de secano bajo su sombra ligera de verano: lavandas, salvias, Teucrium.

Detalle de las flores rosas del árbol del amor brotando directamente de la rama

Multiplicación

Por semilla funciona, con paciencia. La cubierta es impermeable y el embrión tiene latencia, así que hace falta escarificar —remojo en agua muy caliente unas horas, o lijado suave de la testa— y después estratificar en frío, en arena húmeda a 4-5 °C durante unos dos meses. Sembrando en febrero o marzo, la germinación es razonable. Las plantas de semilla tardan entre cinco y siete años en dar la primera flor.

El esqueje enraíza mal, motivo por el cual las variedades seleccionadas se injertan sobre pie de semilla. En esos ejemplares hay que eliminar a ras cualquier rebrote que salga por debajo del punto de injerto, o en dos temporadas el patrón se impone.

En resumen

El árbol del amor es Cercis siliquastrum, una leguminosa mediterránea de 6 a 10 metros que florece sobre la madera vieja entre marzo y abril, antes de echar la hoja acorazonada que le dio el nombre. Tolera la caliza, la sequía una vez asentado y el frío hasta -15 °C, pero no el encharcamiento ni el trasplante de adulto: se planta joven, en otoño, con el cuello al nivel del suelo. Se poda poco y siempre después de florecer, porque las yemas están sobre madera de años anteriores. Si el jardín tiene suelo calizo, esta especie es la elección acertada; el Cercis canadensis, más vistoso de follaje, exigirá corrección de hierro cada primavera para seguir verde.


Contenidos relacionados