En septiembre, las aceras de muchas plazas de Barcelona, Valencia, Granada o Zaragoza amanecen salpicadas de bolitas oscuras del tamaño de un guisante, colgadas de rabillos largos y finos. Vienen de un árbol de corteza gris y lisa como la de un haya, hoja áspera y sombra densa: el almez, Celtis australis. Cuando la grafiosis liquidó los olmos de calles y paseos en los años setenta y ochenta, este árbol ocupó buena parte del hueco que dejaron, y hoy domina el género Celtis en el arbolado español.
Un género que ya no está donde lo dejaste
Durante décadas, cualquier manual colocaba Celtis en la familia de las ulmáceas, junto a los olmos. Los estudios moleculares de las últimas dos décadas lo movieron de sitio: hoy el género se clasifica en las Cannabaceae, la familia del cáñamo (Cannabis) y del lúpulo (Humulus). No es una curiosidad de despacho, porque explica algo con consecuencias prácticas muy concretas: el almez no es un olmo y no le afecta la grafiosis, la enfermedad causada por Ophiostoma novo-ulmi que arrasó los olmedas españolas. Por eso los servicios de parques y jardines lo eligieron como reemplazo masivo en calles y paseos.
Diferenciarlo del olmo sobre el terreno es sencillo si miras el fruto. El olmo produce sámaras, discos membranosos y planos que vuelan en primavera. El Celtis produce drupas, frutos carnosos con un hueso duro dentro, que maduran en otoño. La hoja se parece —alterna, dentada, con la base asimétrica—, pero el fruto no deja lugar a dudas.
El género reúne unas sesenta o setenta especies repartidas por las regiones templadas y tropicales del hemisferio norte. En jardinería y arbolado urbano español manejamos básicamente dos: la mediterránea Celtis australis y la norteamericana Celtis occidentalis.
Celtis australis, el almez
Árbol caducifolio que alcanza los 20-25 metros de altura, con copa amplia y redondeada y un tronco recto que en ejemplares viejos puede superar el metro de diámetro. Vive mucho: hay pies documentados de varios siglos, y no es raro encontrarlo como árbol singular en plazas de pueblo de Aragón, Cataluña, Levante y Andalucía oriental.
La corteza es su rasgo más reconocible: gris ceniza, lisa y tensa incluso en árboles viejos, con la superficie ligeramente abollada. Muchos la comparan con la del haya o con la piel de un elefante.
Las hojas son alternas, de 5 a 15 cm, ovado-lanceoladas, terminadas en una punta larga y con la base claramente asimétrica: un lado de la lámina arranca antes que el otro. El margen es aserrado. Al tacto, el haz es áspero como papel de lija fino y el envés está cubierto de pelos cortos que lo vuelven grisáceo. Ese contraste entre las dos caras es un buen criterio de campo. En otoño amarillean y caen relativamente pronto.
La floración pasa desapercibida: flores pequeñas y verdosas que salen con la hoja nueva, en marzo o abril, polinizadas por el viento. El árbol produce flores masculinas y flores hermafroditas en el mismo pie.
El fruto es la almeza o llidó, una drupa esférica de 9 a 12 mm sostenida por un pedúnculo largo y delgado. Pasa de verde a amarillo anaranjado y termina en septiembre y octubre de un pardo violáceo casi negro. Aquí conviene deshacer una idea muy repetida: la almeza es comestible. La pulpa es escasa pero dulce, con un sabor que recuerda al dátil pasado, y ocupa apenas una capa fina alrededor de un hueso grande y duro. Generaciones de niños se las comieron por los caminos, y en muchas comarcas del Levante y del sur todavía se recuerda su nombre local. No es una fruta de mesa, pero no hay nada tóxico en ella.
Su distribución natural cubre la cuenca mediterránea, el norte de África y Asia Menor. En la Península aparece de forma espontánea sobre todo en la mitad este, en barrancos, ramblas, bases de cantil y suelos frescos y profundos, generalmente por debajo de los 1.200 metros.
Madera, usos tradicionales y un poco de historia
La madera del almez es dura, tenaz y sobre todo extraordinariamente flexible, una combinación poco común. Se aprovechó durante siglos para mangos de herramienta, varas, aros de cedazo, bastones, remos, radios de rueda, fustas y, muy especialmente, horcas de labranza: en algunos lugares del sur de Francia y del este peninsular llegó a haber cultivos guiados de almeces, donde se conducían las ramas jóvenes durante años para obtener piezas de tres puntas de una sola pieza de madera. Fue una industria artesanal seria hasta que el aluminio y el plástico la liquidaron a mediados del siglo XX.
También arrastra una tradición literaria: buena parte de los comentaristas identifican el loto de los lotófagos de la Odisea con esta especie, por sus frutos dulces. La atribución es discutida, pero explica que en algunos textos antiguos se le llame lotus o almez de los poetas.
Celtis occidentalis, el almez americano
Originario del este y centro de Norteamérica, donde se conoce como hackberry, es un árbol algo más modesto: entre 12 y 20 metros, ocasionalmente 25, de copa más irregular y ramificación más desordenada que su pariente mediterráneo.
Lo distingues sin mirar dos veces por la corteza. Frente a la superficie lisa del almez europeo, la de Celtis occidentalis desarrolla desde joven unas crestas y verrugas corchosas que sobresalen del tronco y le dan un aspecto rugoso, casi acorchado. Es el carácter diagnóstico más fiable del árbol adulto.
La hoja tiene la misma silueta asimétrica, pero es más delgada, de un verde más claro y bastante menos áspera al tacto. El amarillo otoñal suele ser más limpio y llamativo que el del almez. El fruto es algo menor, de 7 a 10 mm, de color rojo anaranjado que oscurece a púrpura, más dulce, y tiene la particularidad de persistir en el árbol buena parte del invierno, lo que lo convierte en un recurso alimenticio importante para mirlos, zorzales y estorninos cuando ya no queda otra cosa.
Su gran ventaja sobre Celtis australis es la resistencia al frío: soporta sin problema temperaturas por debajo de los -25 °C, aguanta el viento seco y tolera suelos alcalinos, compactados y encharcamientos ocasionales. En climas continentales duros —el interior de Castilla y León, zonas de montaña— es la opción más segura de las dos.
Los dos problemas típicos del almez americano
Quien planta un Celtis occidentalis debe conocer de antemano dos afecciones que le acompañan casi siempre y que en el almez mediterráneo apenas se ven. Ninguna de las dos mata al árbol, pero si nadie te avisa acabas gastando dinero en tratamientos inútiles.
La primera son las agallas foliares producidas por psílidos del género Pachypsylla. En verano, el envés de las hojas se llena de protuberancias redondeadas, a veces decenas por hoja, dentro de las cuales se desarrolla la larva del insecto. El aspecto es feo, pero el daño fisiológico es prácticamente nulo: el árbol crece, fructifica y vive igual. No merece la pena tratar.
La segunda son las escobas de bruja, esos manojos densos de ramillas cortas y retorcidas que se ven muy bien en invierno, con el árbol desnudo. Están causadas por la acción combinada de un ácaro eriófido y un hongo de oídio que colonizan las yemas. Deforman la silueta y afean el árbol en la estación fría, pero tampoco comprometen su supervivencia. Se pueden ir cortando las ramillas afectadas por debajo del manojo, sin esperanza de erradicarlas del todo.
Cultivo: dónde, cómo y con qué precauciones
Exposición y clima. Ambas especies quieren sol pleno. Celtis australis encaja perfectamente en el clima mediterráneo peninsular: soporta veranos secos y calurosos una vez enraizado y resiste hasta unos -15 °C, suficiente para la meseta salvo en las zonas más frías. Celtis occidentalis cubre el rango de frío que la otra no alcanza.
Suelo. Es una de las especies menos exigentes que se pueden plantar. Vive en suelos calizos, pedregosos, pobres y compactados, con pH de 6 a 8,5 sin síntomas de clorosis. Prefiere terrenos profundos y frescos, donde crece mucho más deprisa, pero se conforma con poco. Lo único que no perdona es el encharcamiento permanente.
Riego. Los tres primeros años, riego de apoyo en verano para que la raíz profundice. A partir de ahí, un almez adulto en clima mediterráneo se mantiene sin riego, apoyado en un sistema radicular pivotante que baja mucho. Esa raíz profunda tiene una contrapartida: el trasplante a raíz desnuda de ejemplares grandes sale mal con frecuencia. Planta árboles jóvenes, en contenedor o con cepellón bien formado, y evita mover un almez que lleve años en el sitio.
Marco de plantación. Es un árbol grande. Deja al menos 6-8 metros hasta fachadas y, en alineación de calle, 7-9 metros entre pies. El alcorque debe ser generoso: por debajo de un metro cuadrado de superficie permeable, las raíces superficiales acaban levantando las baldosas. El problema es menor que con el plátano de sombra, pero existe.
Poda. En los primeros años, formación de guía central y elevación progresiva de la cruz para dejar paso por debajo. Después, poco: retirada de ramas secas, cruzadas o mal insertadas, en parada vegetativa. El almez tolera podas severas y rebrota, pero el desmoche o terciado le arruina la estructura y le abre la puerta a pudriciones en los muñones; no hay ninguna razón técnica para practicarlo.
Antes de plantarlo, ten en cuenta esto: el fruto cae en cantidad durante semanas, mancha el pavimento y, aplastado, resbala. Sobre una terraza, un aparcamiento o la puerta de un comercio da problemas todos los otoños. Y las semillas germinan con facilidad, así que en jardines cercanos aparecerán plántulas de almez donde no las has puesto. Es un árbol excelente para plazas, paseos, aparcamientos con firme de tierra y parcelas amplias; mal elegido para un patio pequeño y pavimentado.
Multiplicación
Se propaga por semilla, que es el método natural y también el más eficaz en vivero. Los frutos se recogen maduros en octubre, se despulpan por maceración en agua durante un par de días y se lavan bien, porque la pulpa fermentada favorece los hongos.
La semilla necesita frío para germinar. Hay dos caminos: sembrarla en otoño en semillero al aire libre, protegida de roedores y pájaros, dejando que el invierno haga el trabajo; o estratificarla artificialmente en arena húmeda dentro del frigorífico, a 3-5 °C, durante dos o tres meses, y sembrar en marzo. Sin ese periodo de frío la germinación es errática y se reparte a lo largo de dos años.
Las plántulas crecen rápido y desarrollan enseguida una raíz principal larga, así que conviene repicarlas pronto o usar contenedores altos y antiespiralantes. Un almez de vivero está listo para plantar a los dos o tres años.
El esqueje da resultados irregulares y no es una vía práctica a nivel doméstico. Los cultivares seleccionados —variedades de Celtis occidentalis sin fruto o con porte más regular— se propagan por injerto sobre patrón de semilla.
Otras especies del género
Además de las dos principales, en colecciones y algún vivero especializado puedes encontrar Celtis laevigata, norteamericana, de hoja lisa y más estrecha y bastante menos propensa a las agallas y a las escobas de bruja que Celtis occidentalis; Celtis sinensis, asiática, de porte medio y hoja más pequeña, muy utilizada en bonsái; y Celtis tournefortii, un arbolillo o arbusto de los Balcanes y Asia Menor, de hasta 6 metros y hoja pequeña, apto para jardines reducidos y climas secos.
En resumen
Celtis es un género de la familia Cannabaceae —ya no de las ulmáceas—, cuyos frutos carnosos lo distinguen de los olmos y cuya inmunidad a la grafiosis explica su papel como sustituto de estos en el arbolado urbano español. Celtis australis, el almez, es un árbol mediterráneo de 20-25 metros, corteza gris y lisa, hoja áspera de base asimétrica y frutos dulces comestibles en otoño, muy resistente a la sequía, la caliza y la contaminación una vez establecido. Celtis occidentalis, el almez americano, se reconoce por su corteza verrugosa y corchosa, aguanta fríos muy severos y carga habitualmente con agallas foliares y escobas de bruja, ambas antiestéticas pero inofensivas. Los dos se multiplican por semilla estratificada en frío, quieren sol y no toleran el encharcamiento, agradecen un alcorque amplio, no se dejan trasplantar de mayores y conviene plantarlos lejos de pavimentos delicados por la caída del fruto.