La celinda es uno de esos arbustos que se plantaban en todos los jardines de pueblo y que la jardinería moderna ha ido arrinconando sin motivo. Florece a finales de primavera con una nevada de flores blancas y desprende un perfume a azahar que se nota a diez metros de distancia. Aguanta heladas fuertes, se conforma con cualquier suelo y no necesita riego una vez arraigada. Su único requisito serio es que la podes en el momento correcto, y ahí es donde se equivoca casi todo el mundo.
Origen y características
Philadelphus coronarius L. es un arbusto caducifolio de la familia Hydrangeaceae, la misma de las hortensias, aunque durante mucho tiempo se clasificó entre las saxifragáceas. Es originario del sur de Europa, el Cáucaso y Asia Menor, y se cultiva en jardines europeos desde el siglo XVI, lo que lo convierte en una de las plantas ornamentales con más solera del continente.
En español se conoce como celinda, jeringuilla, jazmín de los poetas o flor del ángel. Lo de "jeringuilla" tiene una explicación práctica: los tallos jóvenes tienen la médula blanda y hueca, y vaciándolos se fabricaban jeringas y canutos, un uso que también dio nombre al saúco. Lo de "jazmín" es puro parecido de aroma: no tiene ninguna relación botánica con los Jasminum, y conviene no confundir la celinda con el falso jazmín o con el naranjo mejicano (Choisya ternata), que es perenne y de otra familia.
Porte. Arbusto de 2 a 3 metros de altura, ocasionalmente 4, y anchura similar. Forma una mata densa de tallos erguidos que se van arqueando hacia fuera con el peso de la floración, dando esa silueta de fuente tan característica. Emite renuevos desde la base con regularidad, lo que le permite renovarse continuamente.
Corteza. Un detalle que se aprecia en invierno: en las ramas de dos o más años se exfolia en tiras finas y papiráceas, de color pardo anaranjado, dejando ver la capa interior más clara.
Hojas. Opuestas, ovadas u ovado-lanceoladas, de 4 a 9 cm, verde medio, con tres o cinco nervios marcados desde la base y el margen dentado de forma irregular y espaciada. Sin color otoñal destacable: amarillean discretamente y caen.
Flores. El motivo de plantarla. Son blanco crema, de 3 a 4 cm de diámetro, con cuatro pétalos anchos que se solapan y un ramillete central de estambres amarillo dorado. Se agrupan en racimos terminales de 5 a 9 flores en el extremo de los brotes del año anterior. La floración es breve pero intensísima: de mayo a junio, unas tres o cuatro semanas en las que la mata queda literalmente cubierta de blanco.
El perfume es su mejor baza. Recuerda al azahar, con un fondo dulce que se intensifica al atardecer y en días cálidos y húmedos. Una celinda bien situada perfuma un patio entero. Dato importante para quien compre por catálogo: no todos los Philadelphus huelen igual. La especie tipo, P. coronarius, es de las más fragantes; algunos híbridos de flor doble han perdido buena parte del aroma en el proceso de selección. Si el perfume es lo que buscas, huele la planta antes de comprarla o elige variedades con fama contrastada.
Cultivares habituales:
'Aureus': hojas amarillo dorado intenso al brotar, que viran a verde amarillento en verano. Muy luminoso. En España hay que plantarlo a media sombra, porque a pleno sol en el interior el follaje se quema por los bordes.
'Variegatus': hojas con margen blanco crema. Menos vigoroso y también sensible al sol directo intenso.
'Belle Étoile': híbrido de flor sencilla grande con una mancha púrpura en el centro, muy perfumado, porte compacto de 1,5 m.
'Virginal': flores dobles blancas grandes, muy vistosas, arbusto de 2,5-3 m.
'Manteau d'Hermine': enano, de 70-100 cm, flores semidobles. La opción para jardines pequeños y para maceta.
Ubicación
Sol o media sombra. Florece más y mejor a pleno sol, pero en el interior peninsular y en el sur, donde el verano castiga, un emplazamiento con sol de mañana y sombra a partir del mediodía es preferible: la planta sufre menos y las flores duran algo más. En sombra profunda vegeta pero apenas florece.
Colócala donde se aproveche el aroma. Esto no es un detalle menor. Junto a una terraza, al lado de un banco, bajo una ventana que se abra en mayo, flanqueando un camino de paso. Una celinda al fondo del jardín desperdicia la mitad de sus virtudes.
Protección del viento. No la necesita especialmente, aunque el viento fuerte durante la floración acorta el espectáculo.
Tierra
Es de las plantas menos exigentes que hay. Vive en suelos ácidos, neutros o calizos, arcillosos, francos o arenosos, con pH entre 5,5 y 8. Prefiere terreno fértil, algo fresco y con buena materia orgánica, pero se conforma con mucho menos.
Lo único que le sienta mal es el encharcamiento permanente. En arcilla pesada que se anega en invierno, mejora el drenaje con arena gruesa y compost o plántala ligeramente elevada.
En suelo muy pobre y seco florecerá menos y la mata será más pequeña, pero sobrevivirá. Es un arbusto difícil de matar.
Riego y abonado
Riego. Durante el primer y segundo año, riegos regulares en verano, cada 5-8 días según el clima, para que enraíce en profundidad. Ya establecida es bastante resistente a la sequía: en el norte y en zonas de veranos suaves puede pasar sin riego, y en el interior o el sur agradece un riego profundo cada 10-15 días de junio a septiembre. Si le falta agua en verano, lo notarás en las hojas mustias por la tarde; no es grave, pero repetido año tras año merma la floración siguiente.
El acolchado con compost, corteza o restos de poda triturados, en una capa de 5-8 cm, reduce mucho la necesidad de riego y mantiene el suelo fresco en la zona radicular superficial.
Abonado. A finales de invierno, un aporte generoso de compost o estiércol bien fermentado extendido alrededor de la mata. Si el suelo es muy pobre, añade un abono de floración rico en potasio y fósforo en marzo. Evita el exceso de nitrógeno: produce mucha hoja, muchos brotes vigorosos y verticales y muy pocas flores, un desequilibrio bastante frecuente en celindas plantadas en el borde de un césped que se abona con frecuencia.
Época de plantación
El mejor momento es el otoño, de octubre a diciembre, con la planta ya en reposo: las raíces se desarrollan durante el invierno y en primavera arranca con ventaja. En zonas de invierno muy duro, retrasa la plantación a finales de invierno o principios de primavera, en febrero o marzo, en cuanto el suelo sea manejable.
Abre un hoyo del doble del cepellón, descompacta el fondo, mezcla la tierra extraída con compost, coloca la planta con el cuello a nivel del suelo y riega abundantemente para asentar. Deja al menos 1,5-2 metros entre ejemplares si vas a formar un seto informal, y 2,5-3 m respecto a otras plantas grandes.
Los trasplantes de ejemplares ya crecidos se toleran razonablemente bien si se hacen en reposo vegetativo y con un cepellón amplio, pero conviene podar la parte aérea a la vez para compensar la pérdida de raíz.
La poda: el punto crítico
Si tu celinda no florece, apostaría sin dudarlo a que el problema es este. La celinda florece sobre los brotes formados el año anterior, es decir, sobre madera vieja de una temporada. Las yemas florales que se abrirán en mayo se forman durante el verano y el otoño previos.
Consecuencia directa: si la podas en invierno o a principios de primavera, estás cortando exactamente las ramas que iban a dar flor. Ese es el error clásico, y es el mismo que arruina la floración de forsitias, lilos, weigelas y kerrias. Muchísima gente poda todos los arbustos del jardín en febrero, por comodidad, y luego se pregunta por qué la celinda no florece.
El momento correcto es inmediatamente después de la floración, entre finales de junio y julio, sin dejar pasar más de dos o tres semanas desde que caen los últimos pétalos. Así la planta dispone de todo el verano para emitir los brotes que darán flor el año siguiente.
La poda tiene dos componentes:
Poda de floración. Corta las ramas que acaban de florecer justo por encima de un brote lateral vigoroso situado más abajo. Ese brote será el que florezca al año siguiente.
Poda de renovación. Es la que mantiene la mata joven y productiva. Cada año, elimina a ras de suelo entre un cuarto y un tercio de los tallos más viejos —los más gruesos, oscuros, poco ramificados y con la corteza más desprendida—. La planta responde emitiendo renuevos vigorosos desde la base. Con este sistema, cada tallo tiene como máximo tres o cuatro años y la mata se mantiene indefinidamente en plena forma.
Rejuvenecimiento. Si te encuentras con una celinda vieja, hueca por dentro, con toda la vegetación en las puntas y floración escasa, tiene arreglo. Se puede cortar entera a 20-30 cm del suelo a finales de invierno; rebrota con fuerza desde la cepa. Perderás la floración de ese año y probablemente también la del siguiente, pero recuperarás un arbusto nuevo. Una alternativa menos drástica es hacerlo por tercios en tres temporadas consecutivas.
Multiplicación
Fácil por varios métodos, lo que la convierte en una planta ideal para compartir entre vecinos.
Esquejes semileñosos. En junio o julio, aprovechando los restos de la poda, toma brotes del año de 10-15 cm, con la base ya algo endurecida. Elimina las hojas inferiores, reduce a la mitad las superiores, aplica hormona de enraizamiento y clava en turba y perlita a partes iguales. A la sombra y con humedad ambiental alta enraízan en cuatro o seis semanas.
Estaquillas leñosas. El método más cómodo. En diciembre o enero corta trozos de rama sin hojas de 20-25 cm y del grosor de un lápiz, entierra dos tercios en un rincón resguardado o en macetas al exterior y espera. En primavera brotan y a lo largo del verano enraízan. No requiere ningún equipo.
Acodo. En primavera, dobla una rama baja hasta el suelo, haz una pequeña incisión en la parte que quedará enterrada, entiérrala unos 10-15 cm sujetándola con un alambre o una piedra y mantén la zona húmeda. Al otoño siguiente estará enraizada y podrás separarla.
División de la mata. Como emite renuevos basales, se pueden separar hijuelos con raíz en otoño o a finales de invierno, con la planta en reposo, cortando con una pala.
Plagas y enfermedades
Pulgón. Es su plaga por excelencia. En abril y mayo colonizan los brotes tiernos y los pedúnculos florales, deformando las hojas nuevas y produciendo melaza sobre la que se instala la negrilla. Casi nunca compromete a la planta. Un chorro de agua a presión, jabón potásico aplicado al envés en dos o tres pasadas separadas una semana, o simplemente paciencia mientras llegan las mariquitas, bastan. Evita insecticidas de amplio espectro durante la floración: la celinda es muy visitada por abejas.
Cochinilla algodonosa. Ocasional en las axilas de las ramas y en el interior de matas densas y poco aireadas. Aceite de parafina en invierno o alcohol con bastoncillo en focos pequeños.
Araña roja. En veranos muy secos y calurosos, especialmente si la planta está estresada por falta de agua. Punteado amarillento en el haz. Se controla mejorando el riego y la humedad ambiental.
Oídio. Polvo blanco harinoso en las hojas, sobre todo al final del verano, en ubicaciones húmedas y con poca ventilación. Poda de aclareo del interior de la mata, retirada de hojas afectadas y, si es muy persistente, azufre mojable.
Podredumbre de raíz. Solo en suelos anegados. Es la única causa habitual de muerte.
Rusticidad
Aquí es donde la celinda gana la partida a casi todos los arbustos de flor. Resiste sin daño alguno heladas de -20 a -25 °C. Se cultiva perfectamente en la meseta, en el valle del Duero, en zonas de montaña, en el Pirineo y en cualquier punto del interior donde el invierno sea duro. Es de los pocos arbustos de floración blanca y perfumada que se pueden plantar sin reservas en Soria, Burgos o Teruel.
El matiz está en el otro extremo. La celinda necesita cierto número de horas de frío invernal para florecer bien. En el litoral mediterráneo cálido, en el sur costero o en Canarias, donde el invierno es suave, la floración suele ser pobre e irregular. No es que muera: es que no da lo que promete. Para esos climas hay opciones mejores de arbusto perfumado, como el Choisya ternata, el Pittosporum tobira o el Murraya paniculata.
Cómo usarla en el jardín
En seto informal libre plantada cada 1,5-2 m, formando una barrera que en mayo es una pared blanca. En macizos mixtos, hacia el fondo, combinada con lilos (Syringa vulgaris), weigelas, deutzias y viburnos: el conjunto encadena floraciones de abril a junio. Como ejemplar aislado sobre césped, donde su porte de fuente luce.
Un detalle útil: como es caducifolia y su floración es corta, conviene acompañarla de algo que aporte interés el resto del año. Rosales de floración continua a sus pies, gramíneas ornamentales, o bulbos de primavera y otoño bajo la copa aprovechan el mismo espacio sin competir en exceso.
Las flores cortadas duran poco en jarrón, tres o cuatro días, pero perfuman una habitación entera. Córtalas a primera hora de la mañana y quema o escalda el extremo del tallo.
En resumen
La celinda (Philadelphus coronarius) es un arbusto caducifolio rusticísimo, resistente a -20 °C, que en mayo y junio se cubre de flores blancas con perfume de azahar. Le vale casi cualquier suelo, incluido el calizo, tolera la sequía una vez arraigada y no tiene plagas serias más allá del pulgón de primavera. La clave de todo está en la poda: florece sobre madera del año anterior, así que hay que podarla justo después de florecer, en junio o julio, y renovar cada año un tercio de los tallos viejos a ras de suelo. Podarla en invierno equivale a quedarse sin flores. Y plántala donde la vayas a oler, porque ahí está su verdadero valor.