En las montañas de Kitayama, al norte de Kioto, hay cedros japoneses que llevan seis siglos sin llegar a ser árboles: cada pocos años se les cortan los brotes verticales para obtener varas rectas de madera, y de la cepa vuelven a salir otros. La técnica se llama daisugi y funciona por una razón botánica poco habitual entre las coníferas: esta especie rebrota de la madera vieja. Ese detalle, que en Japón sostiene un oficio, en un jardín español significa que tiene usted entre manos una conífera que sí se deja podar.

La planta es Cryptomeria japonica, el sugi japonés, árbol nacional de Japón y única especie de su género. En la etiqueta del vivero leerá «cedro japonés», pero de cedro no tiene nada: los cedros verdaderos pertenecen al género Cedrus, de la familia de las pináceas, mientras que la Cryptomeria está en las cupresáceas, emparentada con las secuoyas y los cipreses. La confusión importa poco para el nombre y mucho para el cultivo, porque las exigencias de una y otra son casi opuestas: donde el cedro del Líbano prospera en caliza seca, el cedro japonés se muere.

Bosque de Cryptomeria japonica con troncos rectos de corteza rojiza

Cómo es la planta

En sus bosques de Japón alcanza los 40 o 50 metros y troncos de más de dos metros de diámetro; los ejemplares monumentales de la isla de Yakushima superan los dos milenios de edad. En un jardín peninsular con buenas condiciones, cuente con un árbol de 15 a 25 metros y unos cinco o seis de anchura, de silueta cónica estrecha y crecimiento moderado, en torno a medio metro al año durante su juventud.

Lo que más llama la atención de cerca es la textura. Las hojas son subuladas, de medio centímetro a un centímetro, dispuestas en espiral alrededor de la ramilla y curvadas hacia dentro, de modo que el brote entero parece una cuerda verde mullida. Son blandas al tacto, nada punzantes, y esa suavidad es la razón de que funcione tan bien en jardines donde se busca volumen sin agresividad visual.

La corteza es el otro atractivo: pardo rojiza, fibrosa, se desprende en tiras verticales largas y con los años forma un tronco acanalado de un color cálido que contrasta con el follaje oscuro. Las piñas son pequeñas, globosas, de 1,5 a 2 centímetros, con las escamas terminadas en puntas cortas, y maduran en el mismo año.

Dónde funciona en España y dónde no

Esta es la parte que decide si el árbol vivirá o será un gasto. La Cryptomeria viene de un clima húmedo todo el año, con veranos lluviosos y aire cargado de humedad, sobre suelos volcánicos ácidos. Trasladado a nuestro mapa:

  • Cornisa cantábrica, Galicia y norte de Portugal: condiciones ideales. Crece rápido, mantiene el color y no necesita casi atención. De hecho hay plantaciones forestales antiguas en el norte peninsular que dan idea de lo bien que se aclimata.
  • Zonas de montaña con suelo ácido y precipitación abundante: sierras del Sistema Central, Pirineo prepirenaico húmedo. Va bien con riego de apoyo en verano.
  • Meseta, valle del Ebro, interior de Andalucía: complicado. El verano seco con noches cálidas y, sobre todo, el suelo calizo con pH alto le provocan clorosis, pardeado de las ramillas y una fealdad crónica de la que ya no sale.
  • Sureste árido y primera línea de costa mediterránea: descartado como árbol. Ni la sequedad del aire ni la salinidad son negociables para esta especie.

En los dos últimos casos la salida razonable no es empeñarse con el árbol, sino recurrir a los cultivares enanos plantados en maceta grande o en un arriate elevado con sustrato ácido, regados con agua de lluvia o descalcificada. Con el agua muy dura del grifo, la clorosis reaparece en dos o tres temporadas por mucho que se acidifique el sustrato al plantar.

De frío no hay que preocuparse demasiado: un ejemplar establecido tolera heladas de hasta unos -15 o -18 ºC. Lo que sí le hace daño es el viento frío y seco de invierno, que deshidrata el follaje y lo deja bronceado y quebradizo por el lado expuesto. Un seto de protección al norte y al noroeste resuelve el problema.

Suelo, riego y abonado

Suelo profundo, fresco, rico en materia orgánica y de reacción ácida o neutra, con un pH ideal entre 5 y 6,5. Fresco no significa encharcado: aunque agradece la humedad constante, el agua estancada le pudre las raíces igual que a cualquier otra conífera, así que en terreno arcilloso conviene plantar sobre caballón.

El riego es la diferencia entre un ejemplar hermoso y uno mediocre en casi toda España. Los dos o tres primeros años, riegos regulares y abundantes en cuanto la capa superficial se seque. Después, en verano seco, siga regando en profundidad cada una o dos semanas: esta especie no es resistente a la sequía y no lo será nunca. La primera señal de que va corta de agua es el pardeado de las ramillas interiores, que además caen y dejan claros que tardan mucho en rellenarse. Un acolchado grueso de corteza de pino, que además acidifica lentamente, es aquí más útil que en ningún otro árbol.

El abonado, moderado. Un aporte de compost o de estiércol muy hecho en superficie a la salida del invierno, más un fertilizante para plantas de suelo ácido si el agua de riego es dura. En suelo calizo, las correcciones con quelato de hierro alivian el síntoma pero no curan la causa.

La planta se pone marrón en invierno y no está enferma

Todos los inviernos aparece la misma consulta: el cedro japonés se ha vuelto bronce, cobrizo o casi morado, y el propietario supone que se está secando. En la mayoría de los cultivares —y de forma muy marcada en 'Elegans' y en 'Vilmoriniana'— ese cambio de color es una respuesta normal al frío, no un síntoma. La planta acumula pigmentos con las bajas temperaturas y recupera el verde en cuanto arranca la primavera.

El problema es lo que se hace por miedo: regar más de la cuenta en pleno invierno con el suelo frío, o echar abono nitrogenado fuera de temporada. Con eso sí se consigue matar la planta, o al menos provocar podredumbre radicular. Si quiere un ejemplar que se mantenga verde en invierno, elija el cultivar por esa característica —'Yoshino' es de los que mejor conservan el color— en vez de pelear contra la genética de la planta que ya tiene.

Distinga bien: el bronceado fisiológico es uniforme y afecta a toda la planta, y se va solo. Las ramillas que se secan de dentro hacia fuera, quedan grises y se rompen al doblarlas responden a otra cosa, normalmente falta de agua, viento seco o araña roja.

Cultivares para jardines de tamaño real

La especie tipo pide seis u ocho metros libres. Como pocos jardines los tienen, casi todo lo interesante está en las selecciones enanas, que además son las que mejor encajan en una composición de estilo japonés:

  • 'Globosa Nana': mata redondeada y densa de 1,5 a 2 metros, con las ramillas ligeramente colgantes. Es el cultivar más versátil y el que mejor va en maceta grande.
  • 'Vilmoriniana': enano compacto de crecimiento lentísimo, apenas un metro a los diez años, con forma de bola apretada. Broncea intensamente en invierno. Ideal para rocalla o jardinera de piedra.
  • 'Elegans': conserva de por vida el follaje juvenil, largo, plumoso y muy blando, y toma tonos púrpura en invierno. Espectacular, pero con los años se abre y se tumba, sobre todo si le cae nieve encima; conviene atarlo o aceptar su porte desgarbado como parte del efecto.
  • 'Sekkan-sugi': brotación nueva de color crema muy luminosa. Necesita algo de sombra en las horas centrales del verano o los brotes claros se queman.
  • 'Cristata': ramillas fasciadas, aplanadas como crestas de gallo. Una curiosidad para un lugar donde se pueda mirar de cerca.
  • 'Tenzan': el extremo del enanismo, un cojín congestionado de crecimiento mínimo, muy usado en jardines de artesa y como material de bonsái.
Cryptomeria japonica Globosa Nana de porte redondeado en jardín

Plantación y multiplicación

Plante en otoño en el norte húmedo, o a finales del invierno donde los inviernos sean duros. Hoyo amplio, tierra mezclada con materia orgánica y turba o mantillo de acículas si el suelo es tirando a básico, cuello a ras de superficie y acolchado inmediato. Los dos primeros veranos son críticos.

La multiplicación es sorprendentemente fácil, y esta es otra ventaja de la especie: los esquejes semileñosos enraízan bien. Se toman brotes del año de 10 a 15 centímetros a finales de verano o principios de otoño, se les quitan las hojas de la mitad inferior, se aplica hormona de enraizamiento y se colocan en perlita con turba, a la sombra y con humedad ambiental alta. En unos dos o tres meses tiene raíz. Es tan fiable que en la silvicultura japonesa buena parte de las plantaciones se establecen con clones enraizados en lugar de con semilla, y explica por qué los cultivares enanos son relativamente baratos: no hace falta injertarlos, como ocurre con casi todas las coníferas ornamentales.

La semilla también funciona, sembrada en primavera en sustrato ácido y con humedad constante, pero la descendencia es variable y no reproduce las formas enanas.

Poda y formas orientales

Aquí está su mayor virtud práctica. Cipreses, tuyas y enebros no rebrotan si se corta en la madera vieja sin follaje: quedan huecos permanentes. La Cryptomeria, en cambio, emite brotes desde el tronco y las ramas gruesas, lo que permite rejuvenecer, reducir y dar forma con mucha más libertad.

Para un jardín de aire oriental, dos caminos:

Pinzado tipo niwaki. Se seleccionan unas pocas ramas estructurales, se limpia el interior de ramillas muertas y se recortan las masas de follaje en almohadillas separadas, dejando ver el tronco y el vacío entre ellas. El trabajo se hace en primavera, cuando el brote nuevo está tierno, pinzando con los dedos en lugar de con tijera para que los cortes no se pardeen. Retoque a finales de verano si hace falta.

Cepa múltiple al modo daisugi. Cortando la planta joven a baja altura se obtienen varios troncos verticales desde una misma base, que después se van seleccionando y limpiando. Da un conjunto de líneas rectas paralelas muy característico y ocupa poco suelo, algo útil en jardines estrechos.

En cualquier caso, evite el recorte indiscriminado con cortasetos sobre el follaje adulto: deja las puntas cortadas a la vista y la planta tarda semanas en taparlas.

Problemas que conviene conocer

Araña roja. En veranos calurosos y secos, y sobre todo en plantas de maceta, los ácaros producen un punteado amarillento que acaba en un bronceado sucio y en caída de hoja. Se detecta sacudiendo una ramilla sobre papel blanco. Aumentar la humedad ambiental con pulverizaciones al atardecer previene bastante; si la población es alta, jabón potásico o un acaricida autorizado.

Hongos foliares y de ramilla. En ambientes muy húmedos y con mala ventilación aparecen manchas y muerte de ramillas. La respuesta es cultural: aclarar el interior de la planta, no mojar el follaje al regar y retirar el material afectado.

Phytophthora y podredumbre de raíz en suelos que se encharcan. No hay remedio una vez instalada; todo se juega en el drenaje.

Rotura por nieve y viento. Los cultivares de follaje plumoso, con 'Elegans' a la cabeza, se abren en abanico bajo el peso de la nieve. En zonas nevadas, un atado discreto con cuerda de yute durante el invierno evita el desgarro de las ramas bajas.

Polen. Merece mencionarse con precisión y sin alarmismo: el polen del sugi es el principal causante de rinitis alérgica estacional en Japón, donde las repoblaciones masivas de posguerra crearon un problema de salud pública. En España, con plantaciones ornamentales dispersas, la exposición es incomparablemente menor, pero si en casa hay alguien con alergias respiratorias severas conviene saber que estos árboles emiten polen abundante al final del invierno y no situarlos junto a las ventanas del dormitorio.

Con qué acompañarlo

Las plantas que comparten sus exigencias son precisamente las del repertorio japonés clásico, lo que simplifica el diseño: Acer palmatum, azaleas y rododendros, Pieris japonica, camelias, helechos, Hakonechloa macra y musgos. Todas piden suelo ácido, humedad y sombra parcial, así que un mismo arriate preparado sirve para el conjunto.

Un ejemplar de 'Globosa Nana' como masa oscura y densa detrás de un arce de hoja fina, con un manto de musgo o de Ophiopogon a los pies y una piedra grande sin desbastar, resuelve un rincón de estilo oriental sin necesidad de nada más. La regla que hace japonés al jardín no es la cantidad de plantas, sino el vacío que se deja entre ellas.

En resumen

Cryptomeria japonica es una cupresácea, no un cedro, y esa diferencia manda: quiere suelo ácido, profundo y fresco, humedad ambiental y riego de verdad en verano. En la cornisa cantábrica y en montaña húmeda crece sola; en la mitad seca y caliza de la Península hay que limitarse a cultivares enanos en maceta o arriate ácido, con agua blanda. El bronceado de invierno es normal y no se corrige regando más. A cambio ofrece dos cosas que pocas coníferas dan: rebrota de la madera vieja, lo que permite formarla al modo niwaki o en cepa múltiple, y se multiplica por esqueje sin injerto. Elija el cultivar según el espacio real disponible —'Globosa Nana' o 'Vilmoriniana' para jardines pequeños, la especie tipo solo si tiene seis metros libres— y protéjala del viento frío y seco.


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