Un cedro del Líbano plantado a cinco metros de la casa es una decisión que se paga treinta años después, cuando el tronco supera el metro de diámetro y las ramas bajas, horizontales y pesadas, ocupan un radio de ocho o diez metros. Antes de hablar de riegos y abonos conviene tener clara la escala de este árbol, porque casi todos los problemas que da vienen de haberlo puesto donde no cabía.
Cedrus libani es una conífera de la familia de las pináceas, de crecimiento lento pero de porte enorme y de vida muy larga. En jardines españoles bien situados alcanza sin dificultad los 20 o 25 metros, y en su montaña de origen pasa de los 35. A cambio, es un árbol duro: aguanta heladas fuertes, no le molesta la caliza y, una vez enraizado, se las arregla con la lluvia en buena parte de la Península.
De dónde viene y cómo se reconoce
Su área natural está en las montañas del Mediterráneo oriental: el macizo del Líbano, el noroeste de Siria y, sobre todo, los montes Tauro del sur de Turquía, entre los 1.300 y los 2.000 metros de altitud. Ese detalle explica su carácter mucho mejor que cualquier ficha: es una planta de clima de montaña, con inviernos fríos y nevadas y veranos secos pero frescos por la noche, no una planta de costa cálida.
Las hojas son acículas cortas, de uno a tres centímetros, de un verde oscuro algo grisáceo. En las ramas viejas nacen agrupadas en rosetas de veinte a cuarenta acículas sobre unos braquiblastos leñosos con aspecto de pequeñas verrugas; solo en los brotes del año aparecen sueltas y espiraladas. Esa disposición en rosetas es lo que distingue a un cedro de un pino a diez pasos de distancia.
Las piñas son otra seña de identidad. Están erguidas sobre la rama, con forma de barril de 8 a 12 centímetros, y tardan dos o tres años en madurar. Cuando lo hacen no caen enteras: se deshacen en el propio árbol y sueltan las escamas una a una, de modo que al pie de un cedro solo se encuentran escamas sueltas y el eje central desnudo, parecido a un huso de madera. Otra rareza: los cedros sueltan el polen en otoño, entre septiembre y noviembre, cuando el resto de coníferas de nuestros jardines lleva meses en reposo.
No confundirlo con sus parientes
En vivero conviven tres cedros y las etiquetas se equivocan con frecuencia. La diferencia se ve en la punta de las ramas jóvenes y en la guía:
- Cedrus libani: guía erguida y puntas de rama horizontales o ligeramente ascendentes. De adulto forma pisos planos y superpuestos y acaba con la copa aplanada por arriba, esa silueta de mesa que todo el mundo asocia al cedro.
- Cedrus atlantica, el cedro del Atlas: acículas más cortas, ramas jóvenes claramente ascendentes y piñas menores, de 5 a 8 centímetros. La forma Glauca, de follaje azul plateado, es la más plantada en España con diferencia.
- Cedrus deodara, el cedro del Himalaya: acículas largas, de hasta 4 o 5 centímetros, y sobre todo guía y puntas de rama colgantes. Es el más rápido de los tres y el que peor aguanta el frío seco continental.
Si compra usted un árbol joven etiquetado como cedro del Líbano y tiene el follaje muy azul, lo más probable es que se lleve un Cedrus atlantica 'Glauca'. No es mal árbol —de hecho tolera mejor el calor y la sequía del interior—, pero no dará la copa aplanada del auténtico, y de eso conviene enterarse antes de plantarlo y no quince años después.
Dónde plantarlo
A pleno sol y con espacio. A la sombra crece torcido y desgarbado, buscando la luz, y pierde por completo la estructura en pisos que es su gracia. Como referencia mínima razonable, déjele diez metros libres a la edificación más cercana y no lo plante sobre una red de saneamiento antigua ni bajo una línea eléctrica. En una parcela urbana de 400 metros cuadrados, sencillamente, no cabe.
En cuanto al clima, la mitad norte peninsular, los sistemas montañosos y las zonas de interior con inviernos francos son su terreno. Se comporta muy bien en Castilla y León, el norte de Madrid, Aragón, La Rioja o las sierras andaluzas. Donde flojea es en el litoral mediterráneo cálido y en el sureste árido: allí sufre veranos muy largos con noches calurosas y suele quedarse raquítico o acabar tomado por pulgón. La brisa salina tampoco le sienta bien, así que primera línea de playa está descartada.
El suelo
Aquí está su mejor virtud de cara al jardín español: tolera perfectamente los suelos calizos, incluso con pH por encima de 8, lo que lo convierte en una de las pocas coníferas de gran porte que no amarillea en media España. Lo que exige a cambio es profundidad y drenaje. Necesita suelo hondo donde clavar una raíz principal potente, y no perdona el encharcamiento: en arcillas compactas que se quedan mojadas semanas después de una lluvia, el cedro acaba con las raíces podridas.
Si su terreno es pesado, la solución no es cavar un hoyo grande y rellenarlo de sustrato ligero, porque eso crea una bañera que retiene el agua alrededor del cepellón. Es mejor plantar sobre un caballón o un montículo de 30 o 40 centímetros de altura y varios metros de anchura, con la tierra del propio sitio mejorada con arena gruesa y algo de materia orgánica bien hecha.
Plantación y trasplante
La época buena es el otoño, de octubre a diciembre, o el final del invierno antes de que arranque la vegetación. Plantando en otoño el árbol dispone de todo el invierno y la primavera para emitir raíces antes de enfrentarse al primer verano, que es la prueba de fuego.
Dos detalles marcan la diferencia. El primero, no enterrar el cuello: el punto donde el tronco se ensancha para convertirse en raíz debe quedar a ras de suelo o un par de centímetros por encima. Plantar hondo es la causa silenciosa de muchas coníferas que languidecen durante años sin motivo aparente. El segundo, romper el cepellón por fuera si viene de contenedor y tiene raíces enrolladas: si se dejan tal cual, seguirán girando y el árbol nunca anclará bien.
Elija ejemplares jóvenes, de uno a dos metros. Un cedro pequeño arranca mucho mejor y en diez años habrá adelantado a otro de cuatro metros comprado con cepellón escayolado, que pasará años parado. El trasplante de ejemplares adultos es delicado y caro, y con frecuencia se salda con la muerte del árbol dos o tres veranos después.
Riego y abonado
Durante los tres primeros años hay que regarlo de verdad: riegos espaciados pero copiosos, del orden de 40 a 60 litros por planta cada diez o quince días en verano, mejor que un poco cada día. El objetivo es que el agua baje y la raíz la persiga hacia abajo. Un acolchado de corteza o astilla de 8 a 10 centímetros, sin tocar el tronco, ahorra la mitad del trabajo.
Pasado ese periodo, en la mitad norte y en zonas de montaña un cedro adulto vive de la lluvia. En el interior seco agradece un par de riegos profundos en pleno verano, sobre todo en años de sequía severa. Lo que no soporta es el riego frecuente y superficial del césped: mantener el suelo constantemente húmedo alrededor del tronco es la receta directa para la podredumbre de cuello y para Phytophthora.
De abono, poca cosa. Un árbol plantado en suelo de jardín no necesita más que un aporte de compost o de abono granulado de liberación lenta para coníferas a la salida del invierno, y solo durante los primeros años de formación. Cargar de nitrógeno a un cedro produce brotes largos, blandos y con más pulgón, y no acelera nada útil.
Poda: cuanto menos, mejor
El cedro del Líbano construye su arquitectura solo y no admite correcciones. La única intervención imprescindible es vigilar la guía cuando es joven: si aparecen dos ramas terminales compitiendo, hay que eliminar la más débil cuanto antes. Un cedro con dos guías codominantes acaba, veinte o treinta años más tarde, partiéndose por la horquilla en un temporal, con el peso y el daño que eso supone.
Por lo demás, retire solo madera muerta, rota o enferma, y hágalo en final de verano o principio de otoño, evitando la primavera de savia en movimiento. Dos cosas que no debe hacer nunca: despuntar la guía para «controlar la altura», porque el árbol responde con un penacho de ramas desordenadas y pierde la forma para siempre; y levantar la copa cortando las ramas bajas para «ganar sitio», porque justo esas ramas horizontales que barren el suelo son lo que hace hermoso a este árbol. Si estorban, el problema era la ubicación.
Plagas, enfermedades y otros disgustos
Pulgón del cedro (Cinara cedri). Es su plaga más característica. Se trata de un pulgón grande y pardo que se agrupa en las ramillas y en los braquiblastos, chupa savia y suelta melaza abundante; sobre ella se instala la negrilla y todo bajo el árbol acaba pegajoso y negro. En ejemplares jóvenes o estresados por sequía puede llegar a defoliar ramas enteras. En árboles pequeños se controla con jabón potásico bien aplicado; en árboles grandes lo sensato es fomentar la fauna auxiliar y, sobre todo, quitar el estrés hídrico, porque el pulgón se ceba en los cedros que lo pasan mal.
Procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa). Los cedros están entre sus huéspedes habituales, y en zonas de pinar afectadas es cuestión de tiempo que aparezcan los bolsones. Conviene recordar que los pelos urticantes de las orugas provocan reacciones serias en la piel y en las vías respiratorias de personas y perros, y que el peligro no desaparece cuando bajan del árbol: los pelos siguen activos en los bolsones viejos y en el suelo. Nunca se manipule un bolsón sin protección completa, y en jardines con niños o animales lo prudente es avisar a un profesional. Los tratamientos con Bacillus thuringiensis var. kurstaki se aplican en otoño, con las orugas todavía pequeñas.
Hongos de raíz. Armillaria mellea y Phytophthora son las causas más frecuentes de muerte de cedros en jardín, y casi siempre detrás hay suelo compactado, riego excesivo o plantación demasiado profunda. No hay tratamiento fiable una vez instalados: la prevención es el drenaje.
Ramas secas aisladas. En primaveras húmedas pueden aparecer chancros y muerte de puntas por hongos como Sirococcus. Se resuelve podando por debajo de la zona afectada, con la herramienta desinfectada entre corte y corte, y retirando los restos.
Rusticidad, cultivares y multiplicación
La rusticidad es su gran baza: un ejemplar establecido aguanta sin daños helados de -20 ºC, y las procedencias turcas (la subespecie stenocoma, de los montes Tauro) resisten todavía más y son las que se recomiendan para zonas continentales frías. Los brotes tiernos de primavera sí pueden quemarse con una helada tardía fuerte, pero el árbol rebrota sin consecuencias.
Para jardines medianos existen selecciones de porte contenido que sí caben: 'Nana' y 'Sargentii', esta última de ramas colgantes y crecimiento muy lento, que no pasa de dos o tres metros y funciona muy bien en rocallas o sobre un muro. También se cultiva Cedrus libani como bonsái, aprovechando su brotación en rosetas y su corteza agrietada.
La multiplicación por semilla es la vía práctica para la especie. Las piñas maduran en otoño; una vez extraídas, las semillas se estratifican en frío, en nevera a unos 4 ºC dentro de un sustrato húmedo, durante tres o cuatro semanas, y se siembran a continuación en bandejas profundas con mezcla muy drenante. Germinan de forma irregular y la plántula agradece sombra ligera el primer verano. Los esquejes prenden mal, así que los cultivares se propagan por injerto sobre patrón de la especie, trabajo de vivero más que de aficionado.
Usos y algo de historia
En el jardín su papel es uno solo y muy claro: ejemplar aislado sobre pradera, plantado para verse entero y desde lejos. En parques históricos españoles es un árbol frecuente y buena parte de los grandes cedros que conocemos se plantaron en el siglo XIX, cuando la jardinería paisajista se llenó de coníferas exóticas.
Su madera, aromática y muy resistente a la pudrición y a los insectos por su contenido en resinas, se explotó durante milenios: los fenicios construyeron con ella sus barcos, aparece en la construcción de templos en los textos bíblicos y ya el poema de Gilgamesh sitúa en el bosque de cedros el escenario de la aventura. Esa explotación continuada, sumada al pastoreo, ha dejado los cedrales originales del Líbano reducidos a unos pocos rodales protegidos, entre ellos los famosos Cedros de Dios de Bcharre. El árbol figura en la bandera del país y la especie está catalogada como vulnerable en su área natural, aunque las poblaciones turcas se encuentran en mejor estado y son la fuente de casi toda la semilla comercial.
En resumen
Cedrus libani es un árbol de parque, no de patio: pleno sol, diez metros libres alrededor y suelo profundo y bien drenado, aunque sea calizo. Riego generoso y espaciado los tres primeros años y prácticamente ninguno después en la mitad norte; abonado mínimo; poda casi nula, salvo asegurar una única guía en la juventud. Vigile el pulgón Cinara cedri y los bolsones de procesionaria, y desconfíe siempre del suelo que se queda encharcado, porque ahí es donde se pierden los cedros. Si el espacio no da, hay cultivares enanos como 'Sargentii' que ofrecen la misma textura sin la escala. Y compruebe la etiqueta antes de pagar: la copa plana que está imaginando la da esta especie, no el cedro del Atlas azul que suele ocupar su sitio en el vivero.