En la etiqueta del vivero pone «Catalpa bungei» y en la maceta hay un tronco recto de dos metros rematado por una bola compacta de hojas enormes, como una sombrilla cerrada. Esa planta es la que se acaba plantando en miles de patios, medianas y jardines pequeños de toda España, y merece la pena saber qué es de verdad antes de meterla en el hoyo, porque de ello dependen la poda que necesitará y las flores que nunca verás.

Qué árbol estás comprando en realidad

La Catalpa bungei auténtica, descrita por C. A. Meyer, es una especie del norte y centro de China, de hojas más triangulares y flores blanquecinas con manchas purpúreas. Casi nunca es esa la que sale del vivero europeo. El nombre viaja pegado a otro árbol: el cultivar Catalpa bignonioides 'Nana' —también catalogado como 'Umbraculifera'—, injertado en pie alto sobre la especie tipo.

La especie madre, Catalpa bignonioides Walter, viene del sureste de Estados Unidos, pertenece a la familia de las bignoniáceas y en su forma normal es un árbol de 10 a 15 metros con flores blancas acampanadas en panícula y frutos en cápsula alargada de 20 a 40 cm, esas «judías» colgantes que le han dado el nombre popular de árbol de las judías. El cultivar 'Nana' es una mutación de porte enano y ramificación densísima que forma una copa esférica de dos a tres metros de diámetro sin intervención humana.

La consecuencia práctica es la que más decepciones causa: 'Nana' prácticamente no florece. No es que sea joven, no es que le falte abono ni que esté mal orientado. La forma esférica es vegetativa y la floración es una rareza. Si compras una catalpa bola esperando las panículas blancas del ejemplar que viste en un parque, estás comprando el árbol equivocado: para eso hay que plantar la especie sin injertar, o Catalpa speciosa, y darle diez o doce metros de espacio.

Ejemplar de Catalpa bungei con su copa esférica característica

Cómo se comporta a lo largo del año

Es un árbol caducifolio de ciclo corto y tardío, y conviene tenerlo presente antes de plantarlo pensando en la sombra de una terraza. Brota muy tarde: en el interior peninsular no suele abrir hojas hasta finales de abril o principios de mayo, y en zonas frías puede irse a mediados de mayo. Durante buena parte de la primavera es una estructura de ramas desnudas. En otoño pasa lo contrario: las primeras heladas serias tumban toda la hoja de golpe, a veces en una sola noche, y a partir de noviembre vuelve a ser un esqueleto.

Las hojas son acorazonadas, de 15 a 25 cm, blandas y de textura casi aterciopelada. Son bonitas y son un problema logístico: al caer forman una capa gruesa que se pega al pavimento mojado y mancha el suelo poroso. Si la piscina o la zona de comer están justo debajo, cuenta con recogerlas. Machacadas desprenden un olor desagradable, característico del género.

Clima, suelo y ubicación

En rusticidad va sobrada para la península: un ejemplar establecido aguanta bien por debajo de -20 ºC, así que sirve tanto en Burgos como en Sevilla. El problema en España no es el frío, es el verano.

Quiere sol directo —a media sombra se ahíla y la bola se abre— y suelo profundo, fértil y con buen drenaje. Tolera bien la caliza moderada y la contaminación urbana, que es justamente por lo que se ha plantado tanto en alineaciones de calle. Lo que no tolera es la sequía prolongada con calor: con las hojas tan grandes y finas transpira mucho, y en julio y agosto en el Levante o en la Meseta los bordes se queman y se rizan si le falta agua. Un riego por goteo con dos o tres emisores y aportes semanales generosos durante el estío resuelve el asunto mucho mejor que un riego diario escaso.

Dos avisos de ubicación que se pasan por alto. Primero, la madera es frágil: las ramas se desgajan con viento fuerte, y la copa densa de 'Nana' funciona como una vela. Evita esquinas ventosas y pasillos entre edificios. Segundo, el punto de injerto queda a unos dos metros de altura y es la zona estructuralmente más débil del árbol; un tutor firme durante los tres o cuatro primeros años, y luego revisarlo, evita disgustos.

Tampoco es un árbol para primera línea de costa: la brisa salina le quema el follaje.

La poda es obligatoria, no opcional

Aquí está el malentendido que más ejemplares estropea. Como el árbol viene ya redondo del vivero, se da por hecho que mantiene la forma solo. No la mantiene. Sin poda, la bola crece de forma desigual, se hace pesada, se vacía por dentro y en cuatro o cinco años tienes una masa deforme sobre un tronco fino, con ramas que se quiebran por su propio peso.

El manejo correcto es una poda anual de renovación al final del invierno, en febrero o principios de marzo, antes de que brote —y como brota tardísimo, hay margen de sobra. Se recortan los ramos del año anterior dejando dos o tres yemas sobre la estructura vieja, igual que se trata un plátano de sombra en cabeza de gato. El resultado en mayo es una copa densa, homogénea y con hoja de mayor tamaño.

Hay una tarea que no se puede olvidar: eliminar cualquier brote que aparezca por debajo del injerto, en el tronco o al pie. Ese rebrote es de la especie tipo, crece con vigor de árbol grande y, si se le deja, se come el injerto y acabas con un Catalpa bignonioides normal de doce metros donde querías una bola de tres. Se arrancan en verde, de un tirón, mejor que cortarlos con tijera.

Problemas sanitarios que hay que vigilar

El más serio, con diferencia, es la verticilosis (Verticillium dahliae). El género es sensible y el síntoma típico es el marchitamiento súbito de una rama o de un sector entero de la copa en pleno verano, con las hojas colgando secas sin caerse. No tiene tratamiento curativo: se poda por debajo de la zona afectada desinfectando la herramienta entre corte y corte, se mantiene el árbol bien regado y sin exceso de nitrógeno, y se cruzan los dedos. La prevención está en no plantar donde antes hubo cultivos hortícolas sensibles —tomate, pimiento, berenjena, patata— ni un olivo o un arce muertos por lo mismo.

Con menos gravedad aparecen oídio en otoños húmedos, que blanquea el haz y no suele requerir tratamiento en un árbol adulto, y colonias de pulgón en la brotación de primavera, que ensucian de melaza lo que haya debajo. Las cochinillas algodonosas se instalan en los cruces de ramas de ejemplares mal ventilados; ahí sí, un tratamiento invernal con aceite mineral resuelve.

Con qué combina y dónde tiene sentido

Su papel natural es el de árbol de porte controlado para espacios pequeños: patios, jardines de adosado, alineaciones bajo cableado, parterres estrechos. Una pareja o una hilera regular a 4-5 metros de distancia entre pies da un efecto arquitectónico que pocas especies consiguen sin recurrir a topiaria constante.

Debajo funciona bien la plantación con vivaces que aprovechen la luz de la primavera temprana, cuando el árbol aún está desnudo: bulbos, Helleborus, Brunnera. Lo que no conviene es poner césped fino justo debajo, porque en verano compite mal con la sombra densa y en otoño queda ahogado por la hojarasca.

Sobre toxicidad, conviene ser preciso y no alarmista: las catalpas contienen catalpol y otros iridoides, y la ingestión de hojas o de semillas puede causar molestias digestivas, pero no se trata de una planta de riesgo grave para personas o mascotas. El cultivar 'Nana', además, apenas fructifica, así que ni siquiera hay vainas al alcance de un niño.

En resumen

Detrás de la etiqueta «Catalpa bungei» de los viveros españoles hay casi siempre un Catalpa bignonioides 'Nana' injertado en pie alto: un árbol de copa esférica de dos a tres metros que no florece y que se planta por su forma, no por sus flores. Aguanta el frío peninsular sin problema y agradece el sol, pero pide riego generoso en verano y un emplazamiento resguardado del viento por lo frágil de su madera. Necesita poda de renovación cada final de invierno para conservar la esfera, y limpieza sistemática de los rebrotes del portainjertos. Vigila la verticilosis, no lo plantes donde hubo solanáceas y no lo sitúes justo encima de una terraza si te molesta recoger hojas grandes durante quince días de noviembre. Si lo que buscas son las panículas blancas y las vainas colgantes, planta la especie sin injertar y reserva diez metros de espacio.


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