A mediados de abril, cuando los plátanos ya están verdes y las moreras han cerrado la copa, la catalpa sigue siendo un esqueleto gris con vainas colgando del año pasado. Cada primavera hay quien la da por muerta y llama a un jardinero. No lo está: Catalpa bignonioides es de las últimas especies en brotar y de las primeras en soltar la hoja, y ese calendario tardío forma parte de su carácter.
De dónde viene y cómo es
Procede del sureste de Estados Unidos —Georgia, Alabama, el norte de Florida—, donde crece en riberas y suelos frescos. Pertenece a las Bignoniaceae, la familia de la jacaranda y de la bignonia trepadora, y de ahí le viene el epíteto bignonioides: «parecida a una bignonia». En España se la llama catalpa común, árbol de las trompetas o, con menos fortuna, árbol de las judías.
Es un árbol de porte medio, entre 8 y 15 metros, de copa ancha, redondeada y bastante más extensa que alta en ejemplares aislados. El tronco es corto, la corteza gris pardusca y algo escamosa, y la ramificación gruesa y poco densa.
Las hojas son su sello: acorazonadas, de 15 a 25 centímetros, blandas, dispuestas en pares opuestos o en verticilos de tres. Al estrujarlas desprenden un olor desagradable, dato útil para separarla de su prima Catalpa speciosa, cuyas hojas no huelen. Salen tarde, en abril o incluso mayo según la zona, y caen pronto, en octubre, sin apenas coloración otoñal: pasan del verde al pardo y se van.
La floración llega en junio, tarde comparada con casi todo lo que florece en el jardín, y es espectacular: panículas erguidas de 20-30 centímetros con decenas de flores acampanadas blancas, con la garganta rayada de amarillo y salpicada de puntos púrpura. Duran dos o tres semanas y luego alfombran el suelo.
Después vienen los frutos, que son la parte más reconocible en invierno: cápsulas colgantes finas y cilíndricas de 20 a 40 centímetros, verdes primero y marrones después, que permanecen en el árbol desnudo hasta bien entrado el invierno y acaban abriéndose en dos valvas para soltar semillas planas con un penacho de pelos en cada extremo.
Un aviso sobre las vainas
El nombre popular de «árbol de las judías» ha llevado a más de un susto. Esas vainas no son comestibles: ni el fruto ni las semillas ni las hojas tienen uso alimentario. La planta contiene iridoides como el catalpol, y su ingestión puede provocar molestias digestivas. No es un árbol de toxicidad grave y no hay motivo para desterrarlo de un jardín con niños, pero sí conviene explicar en casa que esas «judías» no se comen y recoger las vainas caídas si hay críos pequeños o perros con la costumbre de mordisquearlo todo.
Variedades y la confusión de la catalpa bola
En vivero encontrarás sobre todo tres cosas distintas con la misma etiqueta genérica de «catalpa».
'Aurea' tiene el follaje de un amarillo dorado intenso al brotar, que va virando a verde lima en verano. Es preciosa, pero pide sombra en las horas centrales del día en el interior peninsular: el sol de julio en Madrid o Zaragoza le quema los bordes de la hoja con facilidad.
'Nana' es la famosa catalpa bola de plazas y calles. Merece una aclaración, porque genera decepciones año tras año. No es una especie enana ni un árbol pequeño por naturaleza: es un cultivar de porte compacto injertado a una altura fija, normalmente entre 1,80 y 2,20 metros, sobre un pie de catalpa común. Toda la bola es el injerto; el tronco recto de abajo pertenece al patrón. Dos consecuencias prácticas. La primera, que prácticamente nunca florece, porque la poda anual que le mantiene la forma esférica elimina la madera donde se formarían las flores; si compras una catalpa esperando las panículas blancas, compra la especie, no la bola. La segunda, que si dejas de podarla, la bola se descompone en un amasijo de ramas largas y desiguales que ya no vuelve a redondearse sin una intervención fuerte.
Fuera de estas dos, verás también Catalpa × erubescens 'Purpurea', híbrido de brotación granate que va aclarando a verde oscuro, y Catalpa speciosa, más alta, más recta, más resistente al frío y con floración algo anterior.
Dónde plantarla
Sol, sí; viento, no. Quiere pleno sol para florecer bien, pero la combinación de hojas enormes y madera frágil la hace muy vulnerable a las rachas fuertes. En un emplazamiento expuesto acabarás recogiendo ramas rotas cada temporada y viendo las hojas hechas jirones desde julio. Búscale un rincón resguardado.
Espacio. Calcula que la copa llegará a 8-10 metros de diámetro. Plantarla a menos de 5 metros de la fachada es condenarse a podarla en contra de su forma natural para siempre.
Y el suelo de abajo. Aquí conviene ser honesto: la catalpa ensucia mucho. Flores en junio, hojas grandes y blandas en octubre y vainas de 30 centímetros durante todo el invierno. Junto a una piscina, sobre una terraza de madera o encima de un aparcamiento, da un trabajo constante. Es un árbol magnífico sobre pradera o zona de tierra, mediocre sobre pavimento.
Cuidados
Suelo. Profundo, fértil y fresco, con buen drenaje. Tolera calizas moderadas sin clorosis marcada, pero en suelos muy calizos y compactados languidece. Lo que no aguanta es el encharcamiento: es de ribera, no de charca.
Riego. Es su punto débil en clima español. Esas hojas grandes transpiran muchísimo, y en el interior peninsular una catalpa sin riego de verano se queda con las hojas quemadas por los bordes ya en julio y las tira en agosto. Los tres primeros años, riego semanal abundante en verano. Después, en secano interior, sigue necesitando un par de riegos profundos al mes entre junio y septiembre. En zonas atlánticas y de montaña media puede pasar sin riego una vez establecida.
Abonado. Un aporte de compost o estiércol maduro extendido bajo la copa a finales de invierno le basta y le sobra. Los abonos ricos en nitrógeno le producen brotes largos, blandos y todavía más quebradizos.
Plantación. A raíz desnuda, de noviembre a febrero, en parada vegetativa. En contenedor, cualquier momento entre otoño y principios de primavera, evitando el verano. Los trasplantes de ejemplares adultos son delicados: la catalpa tiene raíces gruesas y poco ramificadas y rebrota mal si se le maltrata el cepellón.
Poda. A finales de invierno, con el árbol dormido, y con criterio distinto según lo que busques. Si quieres flor, poda poco: solo madera seca, ramas cruzadas y chupones, porque las panículas nacen en el extremo de los brotes del año que salen de la madera vieja, y un recorte generalizado se lleva la floración por delante. Si lo que buscas es un follaje enorme y una silueta compacta, puedes terciar o trasmochar cada dos o tres años: la catalpa lo tolera bien, rebrota con fuerza y produce hojas mucho más grandes de lo normal, a cambio de no ver una sola flor. Son dos objetivos incompatibles; elige uno.
Multiplicación. Por semilla es lo más sencillo: se recogen las vainas maduras en invierno, se extraen las semillas aladas y se siembran en primavera en sustrato ligero, apenas cubiertas, con germinación en dos o tres semanas sin necesidad de estratificación en frío. También arraiga por esqueje leñoso en invierno y por estaca de raíz. Los cultivares como 'Aurea' o 'Nana' no se reproducen fieles por semilla; se injertan.
Plagas y enfermedades
Su problema sanitario más serio es la verticilosis (Verticillium dahliae), un hongo de suelo que obstruye los vasos conductores. Se manifiesta como marchitez repentina de una rama o de un sector entero de la copa en pleno verano, con la hoja colgando seca sin caerse; al cortar la rama se ve un anillo oscuro en la madera. No tiene tratamiento curativo. Se evita no plantándola donde antes hubo otro huésped sensible —arce, olmo, tomate, patata, algodón— y manteniendo el árbol sin estrés hídrico. Si aparece, se retiran las ramas afectadas desinfectando la herramienta entre corte y corte y se refuerza el riego y el abonado orgánico.
Entre los insectos, la cochinilla algodonosa es la visita habitual: masas blancas algodonosas en el envés y en las axilas de las hojas, melaza pegajosa y, detrás, negrilla. En ataques leves basta con lavados a presión y aceite de parafina o jabón potásico aplicados a última hora del día; en árboles grandes conviene tratar en primavera, cuando salen las ninfas móviles, que es cuando son vulnerables. También aparecen pulgones en la brotación tierna, sin mayor consecuencia.
En veranos húmedos puede salirle oídio y manchas foliares al final de la temporada. Como llegan cuando la hoja ya está de retirada, rara vez justifican un tratamiento: basta con retirar la hojarasca.
Resistencia al frío y al calor
De frío no hay que preocuparse: soporta sin daño -18 a -20 °C, lo que la hace válida en toda la Península, incluida la meseta norte y zonas de montaña media. Su brotación tardía la protege además de las heladas de primavera que arruinan a otras especies.
El límite real está en el otro extremo. Calor seco sostenido por encima de 38-40 °C con viento y sin agua en el suelo la deja hecha un desastre en pocos días. En Sevilla, Córdoba o el valle del Ebro es un árbol perfectamente cultivable, pero solo con riego asegurado.
En resumen
Catalpa bignonioides da una sombra densa y una floración de junio poco habitual, a cambio de tres exigencias claras: sitio abrigado del viento, espacio para una copa de ocho o diez metros y agua en verano. Brota tarde, así que no la des por muerta en abril. Si compras una catalpa bola, entiende que es un injerto que no florecerá y que hay que podar cada año. Vigila la marchitez veraniega de ramas aisladas, que apunta a verticilosis, y recuerda que las vainas colgantes son decorativas pero no se comen.