Los arces forman el género Acer, con unas 130 a 160 especies repartidas por el hemisferio norte, sobre todo en Asia oriental, Norteamérica y Europa. Hoy se clasifican dentro de la familia Sapindaceae, aunque durante mucho tiempo tuvieron familia propia, las aceráceas. Son casi todos árboles y arbustos caducifolios, y su fama se debe al color otoñal, pero el género es mucho más amplio y más adaptable de lo que sugiere la imagen del arce japonés en un jardín húmedo.

De hecho, la idea más extendida sobre los arces en España es también la más equivocada: que necesitan suelo ácido y clima fresco. Eso es cierto para Acer palmatum y poco más. Tenemos cuatro especies de arce autóctonas y varias de ellas viven precisamente sobre calizas y en climas mediterráneos secos. Elegir bien la especie cambia por completo el resultado.

Características del arce

Hay tres rasgos que permiten identificar un arce aunque no sepas la especie.

Hojas opuestas. Salen de dos en dos, enfrentadas en el mismo nudo. Es un carácter poco frecuente entre los árboles europeos y descarta de golpe a robles, olmos, hayas, plátanos y abedules. Solo lo comparten fresnos, cornejos y algún otro grupo.

Hoja palmatilobulada. La mayoría tiene el limbo dividido en tres, cinco o siete lóbulos con los nervios saliendo en abanico desde el pecíolo. Hay excepciones llamativas: Acer carpinifolium tiene hoja simple, ovalada y de nerviación paralela, exactamente igual que un carpe, y Acer negundo la tiene compuesta, con tres o cinco foliolos, lo que hace que mucha gente lo confunda con un fresno.

Fruto en disámara. Dos sámaras unidas por la base, cada una con una semilla y un ala membranosa. Al caer giran como las palas de un helicóptero, lo que retrasa el descenso y permite al viento llevarlas lejos. El ángulo entre las dos alas es un carácter diagnóstico: en Acer campestre forman casi 180° (horizontales), en Acer pseudoplatanus unos 60-90° y en Acer platanoides quedan muy abiertas y casi planas.

Del color otoñal conviene explicar el mecanismo, porque de él dependen los cuidados. Cuando los días se acortan y las noches refrescan, el árbol degrada la clorofila y aparecen los carotenoides amarillos y anaranjados que ya estaban en la hoja. Los rojos y granates son distintos: son antocianinas que la planta sintetiza de nuevo en otoño, y para hacerlo necesita días soleados, noches frescas por encima de cero y azúcares acumulados. Por eso el color otoñal es espectacular en un otoño luminoso y con contraste térmico, y decepcionante en un otoño gris, cálido o con estrés hídrico previo.

El tamaño va desde los dos metros de los Acer palmatum 'Dissectum' hasta los 35 metros de Acer pseudoplatanus, así que hablar de "el arce" sin apellido no dice nada sobre el espacio que hará falta.

Acer platanoides, arce real

Para qué sirve un arce

Sombra y ornamento. Los arces grandes dan una sombra densa y fresca, y al ser caducifolios dejan pasar el sol en invierno, que es exactamente lo que se pide a un árbol junto a una casa. Acer campestre y Acer platanoides son de los mejores árboles urbanos disponibles: aguantan poda, compactación y contaminación.

Madera. La de Acer pseudoplatanus, blanca, homogénea y de grano fino, es la madera clásica del fondo y los aros de violines, violas y violonchelos; los ejemplares con veta ondulada alcanzan precios altísimos en lutería. La de Acer saccharum, el arce duro americano, se usa para suelos deportivos, bolos, tacos de billar y encimeras, por su dureza y su resistencia al desgaste.

Sirope de arce. Se obtiene sobre todo de Acer saccharum, y también de A. nigrum y A. rubrum. A finales del invierno, cuando alternan noches bajo cero y días por encima de cero, se genera una presión que hace fluir la savia; se perfora el tronco y se recoge. Hace falta hervir alrededor de 40 litros de savia para obtener un litro de sirope. En España no es viable: nos falta ese régimen de heladas nocturnas alternas y las especies adecuadas.

Bonsái. Acer palmatum y Acer buergerianum están entre las especies más trabajadas del mundo, por su hoja pequeña, su ramificación fina y su respuesta a la poda.

Función ecológica. Los arces florecen temprano, entre marzo y abril, y son una fuente de néctar y polen importante para las abejas en un momento del año en que hay poco más disponible.

Cómo se cuida un arce

Suelo. Aquí es donde se decide todo. Acer palmatum, Acer japonicum y Acer rubrum exigen suelo ácido, con pH entre 5,5 y 6,5, y en terreno calizo desarrollan clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios verdes, brotes cortos y decaimiento progresivo. Los arces europeos, en cambio (A. campestre, A. monspessulanum, A. opalus), y también A. platanoides y A. pseudoplatanus, toleran perfectamente la caliza. Ninguno soporta el encharcamiento salvo A. rubrum, que en su hábitat americano crece en humedales.

Exposición. Los arces grandes van a pleno sol. Los japoneses de hoja fina o variegada necesitan sombra en las horas centrales del verano en casi toda España: el sol de las 14 h de julio les quema los bordes de la hoja, un daño que se llama chamuscado marginal y que no se recupera hasta la brotación siguiente. Casi tan importante es protegerlos del viento seco, que produce el mismo síntoma aunque el suelo esté húmedo.

Riego. Sus raíces son superficiales y extendidas. Riega en profundidad y con menos frecuencia, en lugar de mojar poco a diario. Un arce joven en el interior peninsular puede necesitar 30-50 litros por semana en julio y agosto. Un acolchado orgánico de 8-10 cm de corteza o restos de poda triturados sobre el alcorque, sin tocar el tronco, es probablemente la mejor inversión que puedes hacer: mantiene la humedad, modera la temperatura del suelo e imita la hojarasca del bosque.

Agua de riego. Para los arces acidófilos, el agua del grifo muy calcárea de gran parte de España va acidificando el problema con el tiempo. Alterna con agua de lluvia siempre que puedas y aplica quelato de hierro EDDHA en primavera si aparece clorosis.

Abonado. Poco y en el momento adecuado. Basta con compost o mantillo en superficie a finales de invierno. Si usas fertilizante mineral, uno de liberación lenta equilibrado en marzo. Nunca abones a partir de julio: el nitrógeno tardío provoca brotes blandos que no lignifican y que se hielan, y además apaga el color otoñal.

Poda. Este es el error más común. Los arces tienen presión radicular fuerte a finales del invierno y una herida hecha en febrero o marzo sangra savia durante semanas. No suele matar al árbol, pero lo debilita y ensucia. Lo correcto es podar en pleno verano, de julio a agosto, o bien en otoño avanzado tras la caída de la hoja, de noviembre a diciembre. Y podar poco: eliminar ramas secas, cruzadas o mal insertadas y poco más. Los arces japoneses se aclaran, no se recortan.

Trasplante. Se hace en reposo, entre noviembre y febrero, con el árbol sin hoja. Los arces de porte pequeño toleran bien la maceta, siempre grande, con sustrato acidófilo drenante y trasplante cada dos o tres años.

Los problemas más habituales

Verticilosis (Verticillium dahliae). Es la enfermedad grave de los arces. El hongo entra por la raíz y coloniza los vasos conductores. Se manifiesta como marchitez brusca de una rama o de un sector de la copa, a veces en pleno verano y con el suelo húmedo; al cortar una rama afectada se ve un anillo o unas manchas verdosas u oliváceas en la madera. No hay tratamiento curativo. Lo que se puede hacer es cortar la parte afectada bastante por debajo del síntoma, desinfectando la herramienta entre cortes, mantener el árbol sin estrés hídrico y no replantar otro arce en el mismo sitio.

Mancha negra del arce (Rhytisma acerinum). Las manchas negras redondeadas y brillantes que aparecen a final de verano en las hojas asustan mucho y no son casi nada: es un hongo puramente estético que no compromete la salud del árbol. Retirar y no compostar la hojarasca reduce el inóculo del año siguiente. No merece la pena tratar con fungicida.

Pulgón. Muy abundante en primavera en A. pseudoplatanus, con abundante melaza y negrilla que ensucia coches y mobiliario. Se controla con jabón potásico y, sobre todo, favoreciendo mariquitas y crisopas.

Clorosis férrica. Ya mencionada: hoja amarilla con nervios verdes en arces acidófilos sobre suelo calizo. Se corrige con quelato EDDHA, pero la solución de fondo es no plantar la especie equivocada.

Chamuscado de bordes. Tan frecuente en España que conviene repetirlo: no siempre es falta de agua. Suele ser exceso de sol directo, viento seco o agua salina. Antes de aumentar el riego, comprueba la humedad del suelo.

Las especies que merece la pena conocer

Acer campestre, arce menor. Autóctono de buena parte de España. Árbol de 10-15 m, hoja pequeña de cinco lóbulos redondeados que amarillea intensamente en otoño. Es el arce más adaptable que existe para nuestro país: aguanta caliza, sequía moderada, poda severa, suelos compactados y contaminación urbana. Se puede usar incluso como seto recortado. Si alguien me pide un solo arce para un jardín español medio, este es.

Acer monspessulanum, arce de Montpellier. Nuestro arce mediterráneo por excelencia, pequeño (5-10 m), de hoja trilobulada, coriácea y brillante. Es el más resistente a la sequía y al calor de todo el género y vive sobre calizas en Andalucía, Aragón o Castilla. Crece despacio y se usa poco en jardinería, injustamente.

Acer opalus, arce blanco. Otro autóctono, de montaña calcárea, con hojas de lóbulos poco marcados y buen color amarillo dorado. Su subespecie granatense vive en las sierras béticas y en Baleares.

Acer pseudoplatanus, falso plátano o sicomoro. El arce grande de Europa, hasta 30-35 m, de hoja ancha de cinco lóbulos y envés grisáceo. Muy rústico y muy longevo, adecuado para el norte peninsular y la montaña. No es árbol de jardín pequeño: se resiembra con enorme facilidad y en zonas húmedas puede volverse invasivo.

Acer pseudoplatanus, falso plátano

Acer platanoides, arce real o de Noruega. Hasta 25 m, copa densa y regular, hoja de lóbulos acabados en punta fina y amarillo otoñal muy limpio. Su pecíolo segrega látex blanco al romperlo, lo que lo distingue al instante del falso plátano. Muy usado en alineaciones urbanas. Cultivares de interés: 'Crimson King', de follaje púrpura oscuro todo el verano, y 'Globosum', de copa esférica y crecimiento contenido, ideal para calles estrechas.

Acer palmatum, arce japonés. El de las fotos otoñales. Arbusto o arbolillo de 3 a 8 m, con centenares de cultivares: 'Bloodgood' (rojo oscuro estable), 'Sango-kaku' (ramillas coral en invierno), 'Osakazuki' (el rojo otoñal más intenso), el grupo Dissectum (hoja plumosa y porte llorón). Exige acidez, humedad ambiental, sombra en verano y abrigo del viento. En el interior seco solo funciona en maceta y muy protegido.

Acer saccharum, arce del azúcar. El del sirope y de la hoja de la bandera canadiense. En España se comporta mal fuera del norte húmedo y de la montaña: sufre con el calor seco y no tiene sentido plantarlo esperando cosechar savia.

Acer rubrum, arce rojo americano. Espectacular en otoño, con rojos muy vivos, y además florece en rojo a finales del invierno. Necesita suelo ácido y fresco, incluso húmedo. Buena opción para el norte peninsular, mala para el interior calizo.

Acer pensylvanicum, arce de corteza de serpiente. Norteamericano, de talla media, con corteza verde surcada de estrías blancas verticales que lo hacen ornamental en invierno. Es planta de sotobosque: quiere sombra parcial, frescor y suelo ácido. Solo para el norte y la montaña.

Acer carpinifolium. La rareza del género, con hoja simple de nervios paralelos idéntica a la del carpe. Planta de coleccionista.

Acer negundo, negundo o arce de hoja de fresno. Se planta mucho porque crece rápido y es barato, y es una mala idea. Madera frágil que se rompe con el viento, vida corta, raíces invasoras, resiembra masiva y comportamiento invasor en riberas de buena parte de España. Los cultivares variegados como 'Flamingo' son algo más contenidos, pero tienden a revertir. Existen alternativas mejores.

En resumen

Los arces se reconocen por sus hojas opuestas, su hoja palmeada y sus frutos alados en pareja, y ofrecen el mejor color otoñal disponible en jardinería. Pero el género es enorme y las exigencias varían radicalmente de una especie a otra: el arce japonés necesita suelo ácido, sombra estival y humedad, mientras que Acer campestre y Acer monspessulanum prosperan sobre caliza y aguantan la sequía mediterránea. Elegir la especie según tu suelo y tu clima resuelve el 90 % de los problemas antes de que aparezcan.

En el manejo hay tres reglas que evitan la mayoría de los disgustos: acolchar el alcorque para mantener frescas sus raíces superficiales, podar en verano o a finales de otoño y nunca al final del invierno, cuando sangran, y no abonar con nitrógeno a partir del verano. Y una advertencia final: evita el negundo por muy barato y rápido que sea.


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